jueves, 20 de diciembre de 2012

Radiar la vida

 
Acaba la entrevista, y un calor tenue y dulce empieza a propagarse por el coche. Viene bien, porque todavía llevamos metida en el cuerpo la niebla que nos dio la bienvenida en lo alto de la sierra de Parapanda. Arriba era todo blanco y piedras, blanco y piedras parecidas a huesos, y los cristales de las gafas cuajados de gotitas. Parecía una obviedad, recordar los páramos irlandeses, sentirme, dentro del impermeable que casi me esconde, un personaje de Cumbres Borrascosas. De tanto en tanto la niebla se rasgaba, y medio despuntaban las monumentales antenas que erizan esta otra cumbre. Qué alucinación lunar, entonces. Las antenas eran como torres olvidadas de una civilización muy antigua y muy sabia, o muy antigua y muy sorda. Hacían un ruuuum, un zumbido raro que volvía superfluos los ruidos humanos. Y la imaginación saltó de la literatura fantasmal al cine de los sábados por la tarde. Casi esperábamos, con las manos metidas en los bolsillos y una expectación con olor a palomitas, que Charlton Heston apareciera por detrás de uno de los telones de piedra, y volviera a caer de rodillas, confundiendo aquellos monstruos de nuestro tiempo con su Estatua de la Libertad mutilada. En la radio, antes de que saliéramos del coche, seguían con la dichosa cantinela del fin del mundo pronosticado por los mayas. Pero si hubieran estado donde nosotros, el locutor y sus invitados a lo mejor no hubieran tenido cuerpo para ingenios. Era una imagen de acabamiento tan apropiada, el suelo sembrado de calaveras fósiles, las antenas que emitían señales desde o para otro tiempo.


Pero en el coche se está bien. Bajamos cuidadosamente, porque la pista está llena de baches. Somos dos cuerpos en el coche, y un montón de espectros preciosos. La entrevista ha terminado, y el recuerdo de tantos momentos de radio viene ahora a cobijarnos, como una madre. A veces también Jose lo hace: yo me voy antes a la cama, con mi botella de agua y mi libro, y cuando él se da cuenta de que he apagado la luz, viene y me sube el edredón hasta la nariz, y entonces yo siento que, sea lo que sea que haya pasado o dejado de pasar a lo largo del día, las cosas están perfectamente bien como están. Pues la radio arropa igual, consuela igual. La radio ha amortiguado los ecos de cada uno de los hogares donde he vivido. Su chisporroteo, mucho más que la tele, le ha proporcionado una banda sonora a mi vida en familia. Y hay un buen puñado de polaroids sonoras que tararean nuestra historia. Están los desayunos en la minúscula barra de la cocina, mi madre, yo, la voz de Iñaki Gabilondo convocando las rutinas de trabajo. Los personajes de Gomaespuma, que mi hermana y yo chicas, y mi padre más chico todavía, imitamos con la boca llena de chopped, a la hora de la cena. Mis padres echándose un pulso en el coche: él buscando en el dial el Carrusel Deportivo, ella cortando de golpe la jarana de goles, él resoplando y dejando pasar un tiempo prudencial antes de empezar de nuevo el ciclo. Y Manolito Gafotas, sentado con nosotros a la mesa del salón, mirando con los ojos redondos cómo mi padre moja pellizcos de pan en un platillo lleno de aceite, en vez de echarse un chorro encima de las tostadas, como el resto de los mortales.

Su mamá Elvira Lindo recién ha terminado de hablar en esta otra radio de coche. También he escuchado, con ternura, el blando acento de profesor rural de su marido Muñoz Molina. Las familias son más extensas de lo que da por bueno el Registro Civil, ¿verdad? Yo los escucho a ellos, y siento como un olor a tortas del pueblo, y a dulce de membrillo casero y a meriendas eternas alrededor de la mesa camilla. Los oigo, y me parecen sólo un poco menos próximos que mis tías. Y, cómo no, ellas vienen también de la mano de sus voces. Entonces evoco de nuevo a mi tía Juani, refugiándose de la jaqueca y de la apatía en el búnker de su habitación oscura, sin más compañía que el runrún de la radio. Y vuelvo a acordarme del consejo de mi tía Esperanza para cuando el despertar vuelva a pillarme desprevenida, como un invitado demasiado tempranero: los ojos duelen todavía de sueño, y es tan bueno, en ese momento, tener la radio sonando bajita junto al oído.

Acordarme de su consejo es un broche que cierra el día. Porque así fue, esta mañana. Desperté otra vez antes de las siete, y como si una de aquellas antenas me lo dictara, me levanté zombi a por los auriculares del móvil. Antes de que una reacción en cadena de pensamientos empezara a asolar mi mente, sintonicé la radio. Y fue raro, una especie de gesto de arqueología privada, porque es una costumbre que perdí hace mucho tiempo. En esta casa en la que la radio tampoco para, ahora es Jose el que duerme con el transistor debajo de la almohada. Dentro de un momento, me meteré en la cama. Él tal vez volverá a arroparme, y yo sonreiré por última vez, en este día en el que me he sentido varias veces cobijada. Y me dormiré pensando en las antenas de la cumbre de Parapanda, entendiendo por fin que su zumbido no hablaba del fin del mundo, sino de mi familia.

6 comentarios:

  1. Yo también la estuve escuchando!, Además me ocurrió un extraño episodio emocional: cuando la niña dijo la escena del libro que más le gustó (la de Manolito y su abuelo), empecé a convulsionar con una sonrisa en la cara...¿reir y llorar a la vez?, ya puedo decir que sí se puede. Qué ratos más buenos y tiernos con Manolito..como con tus posts!.
    Besitos!
    Laura

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    1. Es que la niña era un amor. Como tú.

      Besos

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  2. Hija mía,cuantos recuerdos estoy volviendo a disfrutar a través de los tuyos.
    Te quiero.

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    1. Se me olvidó el momento lotería de Navidad, camino del pueblo.
      Yo también te quiero, y retrospectivamente te apoyo, arpía anti-carrusel.

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  3. Anónimo entre comillas23 diciembre, 2012 23:35

    Leo esta palabra, radio, y me ocurre igual que cuando oigo o leo "lluvia": sobran imágenes, recuerdos, sonidos, películas ("Historias de la radio", "Días de radio"...a ver, que tu santo busque algunas más). También historias de vidas que cambiaron con la radio (nuestro niño Poveda cuenta que empezó a cantar oyendo la radio de su madre).
    Me gusta que el eco de las cumbres de Parapanda te haya hablado de tu familia y que la sientas más extensa que la que da por buena el Registro Civil y que el consejo de tu tía fuera "un broche para cerrar el día". Seguro que a ella le llega al corazón...

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    1. Seguro, porque ella tiene un corazón tan grande que es fácil hacer diana en él

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