domingo, 17 de mayo de 2020

Superpoder



Nunca he sabido muy bien qué responder a esa pregunta de cuestionario tontorrón acerca de qué superpoder me gustaría disfrutar, si hubiera elección posible. Para empezar dudo bastante – y las tramas de X-men están conmigo – de que un superpoder pudiera aportar una alegría limpia. Una potencia personal más allá de las capacidades de un humano medio seguramente multiplicaría por cinco o diez la cuota de soledad, de por sí jugosa, con la que uno nace. Poder leer las mentes de los que te rodean, marearte con ese barullo cacofónico, y que a cambio nadie te comprenda. Ser invisible, fisgonear en las vidas ajenas, y darte cuenta de que no era preciso renunciar a la materialidad para que tu peso en ellas resulte insignificante. Teletransportarte para descubrir que la imaginación es una fiera hambrienta a la que siempre le parecerá deseable cualquier lugar distinto de aquel en el que te encuentras. Tener una fuerza tan descomunal que dar abrazos te asuste.

Sin embargo, hace unos días me topé por ahí con una frase que, estampada en algodón, no engendraría quizás la camiseta más cool del mundo: Calm is a superpower. (Escribo esto y a la vez busco las imágenes que Google asigna a este mantra. Rectifico: hay posibilidad de merchandasing). Ajá, me digo, la calma. Ese es el superpoder que yo elijo.

Mejor: ese es el superpoder que me elige. Los deseos grandes rara vez tienen una réplica a su altura. Por eso me parece más hermoso imaginar que los superpoderes van por ahí, flotando por el éter, buscando un poco distraídamente en quién encarnarse. Y así es cómo estoy yo en mi balcón otra vez, elucubrando si los barrotes me broncearán las piernas con un diseño de código de barras. O a pique de llevarme una falange por delante mientras pico cebollas, porque con la canción que está sonando la cohesión entre mis células se afloja. O admirando cómo mi famélico jazmín aguanta en sus tallos el embate del viento, la carga de unas gotas de lluvia bien gordas. Es cuando una nubecilla de calma pasa por mi ventana y me descubre. Y calcula que, pese a ese fondo inquieto que la tranquilidad de mis costumbres y gestos sólo disimula en parte, yo podría resultar un acogedor envase. Y entonces el superpoder me toma, más o menos como cuando la araña radiactiva pica a Peter Parker.

Y pasa lo que también en X-men te han contado. Que al superpoder hay que hacerle un hueco apañado para que no se roce mucho con tus estructuras y las dañe. Que hay que aprender a modularlo. Te cambia, pero tú también tienes que cambiarlo. Porque de lo contrario se vuelve ingobernable: si te descuidas, la calma puede convertirte en roca y hacer que todo te importe una mierda. Todos estos días la entreno, por tanto. Embrido mi calma, le pongo luego las noticias, y no permito que se desboque ante las cifras diarias de unos muertos que, pese a curvas descendentes, hace tan poco que han dejado de ser personas que no deberían ser ya puro número. O ante las imágenes de los que reivindican airadamente el retorno de sus libertades individuales, envolviéndose sin notar el sarcasmo en una bandera que. oh, sorpresa, tal vez no nos represente a todos.

Y así, domesticando a mi superpoder, impidiendo que me domine y me vuelva impasible, es como puedo disfrutar de su pasajera gracia. Gracias a ella puedo darme cuenta de que no es ni siquiera ético que, en medio de tanta exuberancia – los pulmones intactos, la casa amable aunque modesta, las necesidades cubiertas, la hoja nueva de los árboles – dedique una atención desmedida a lo que me falta.


lunes, 11 de mayo de 2020

No corras



¿Qué hora es, dime?

Parece una pregunta sin complicaciones. Pero ahora mismo, para mí son las 09:34 de un 11/05/2020 que no volverá a repetirse. ¿Y para ti? ¿Qué instante irrepetible estás ocupando? Incluso aunque a ti y a mí nos rodeen los relojes, las respuestas nunca son fáciles.

Busquemos pues una solución de consenso. Pongamos que son las 19:53 de un día de los de últimamente. Pongamos que ni yo estoy escribiendo ni tú estás leyendo esto que te llega rebotado. Si no tengo turno de tarde, ni hoy es uno de esos días excepcionales en los que me da la levantera del ayuno, a las 19:53 probablemente esté a punto de empezar mi cena. Estoy adelantando y hasta suprimiendo mi horario de comer por la noche. Mala época para los viejos hábitos. ¿Y tú, qué haces?

No te conozco de nada, no me conoces. No eres uno de mis escasísimos lectores habituales. De ellos ya empiezo a saber de qué pie cojean y con cuál pisan fuerte. De ti sólo puedo calcular que a esta hora, 19:53 de uno de estos días trastornados, debes de andar atándote los cordones de las zapatillas deportivas. En cinco minutos estarás besando con ellas mi calle o la calle de abajo; el puente a cuya altura el río es domesticado y se encanija y desfallece; el paseo donde no crees que pase nade si haces un descansito en un banco; cualquier atajo que pienses que sólo a ti se te habrá ocurrido tomar, por eso de cruzarte con menos gente; o cualquier calle, en realidad, cualquier camino de tierra de las afueras por donde nunca, nunca hasta ahora había andado ni tú ni nadie.

19:58. Antes de hincar el tenedor en la ensalada me asomo al balcón un instante, porque la hora feliz de los garitos de guiris suele coincidir graciosamente con la hora feliz de la luz en primavera. Te veo justo entonces. No has podido esperarte a que den las ocho. Total, dos minutos más o menos qué importan. La vida no es un asunto de cálculos. Tampoco podías esperarte antes. Ya sabes, cuando dos minutos antes de la hora pactada incitabas al aplauso a todo el barrio.

Se ve que las ocho de la tarde es una hora fetiche, especialmente apta para los rituales. Momento clave para aflojar las restricciones internas de la jornada a fuerza de mojitos, crepúsculos, homenajes, paseos y trotes. No voy a confesar que a mí las ceremonias grupales me revientan, pero casi. Digamos que me incomoda hacer manifestación pública, porque toca, de sentimientos que, de tan sinceros, resultan obvios. Pero debo confesar que he echado de menos tus prematuros aplausos. Un guirigay de charlas, zancadas de carrera y tocotós de ciclistas restallando contra los escalones de la cuesta ha ido sustituyendo a las palmadas. Tú no perdonabas ni un día la cita. ¿Lo recuerdas? Hace poco más de una semana.

¿No te acuerdas de a quién aplaudías? ¿Te haces cargo de lo que sentirá una de esas enfermeras agotadas a la que agradecías el sacrificio cuando te vea corriendo con tus dos colegas, usando los bancos públicos en corrillo, yendo sí o sí allá adonde no se puede evitar el roce? Porque reconquistar las calles y las sendas es lo que ahora toca. Aplaudir en forma de pasos la libertar propia.

Ah, pero permite que te diga una cosa. Resulta que la vida sí que es cuestión de cálculos. Un asunto de mucho o muy poco. Mucha gente en las calles = contagio. Demasiados pacientes = sistema sanitario desbordado. Muy poco oxígeno en las células = muerte. Demasiado libre albedrío más muy poca responsabilidad individual= caos.

Son cuentas casi más sencillas que responder a la pregunta de la hora, me parece. Vuelve a tu casa y piensa en ello. La libertad no es una operación de lo que decides más/menos lo que te dejan hacer. Es un estado interno e independiente de si estás o no metido entre paredes. Yo también quiero aire libre y correr y abrazar a mi gente y chupetear un cucurucho en un banco y devolverme a mis paisajes primordiales, pero elijo posponer las satisfacciones inmediatas. Entre lo que necesito yo y lo que necesitamos todos, me quedo con lo segundo. Elijo que haya más vida, una vida decente para todos en cuanto sea posible, antes que unas migajas en forma de paseos apelotonados.

Así que haznos el favor y no corras. Vete mejor a tu casa y aplaude.

domingo, 3 de mayo de 2020

Incontenible



Sigo haciendo una parte de la vida en el balcón, a pesar de que el paisaje urbano haya vuelto a cambiar dramáticamente. Soy una gárgola más extraña aún que la de las catedrales. Ahora mismo hago equilibrios con el portátil sobre el regazo, escamoteando superficie a la placa solar en la que pretendo convertirme. En mi nueva normalidad, y mira que he jurado que iba a censurarme a rajatabla para no usar la expresión odiosa, la intención era no amontonar tarea sobre tarea en un mismo tramo de tiempo. Si estás fotosintetizando y dejando que la atención baile con cualquiera, no se te permite andar entrando y saliendo del yo impunemente, como un gato intransigente con respecto al cierre de puertas.

Pero que la lengua se le ponga negra al que pronuncie nueva normalidad con la fe dura de los conversos. Estoy casi convencida de que todos cruzamos los dedos a la espalda cuando decimos o somos dichos que la realidad ha de ser irremisiblemente tuneada. Todos debemos de andar obsesionados con recuperar nuestro propio orden tal y como lo dejamos hace mes y medio. Continuar la frase justo en el “decíamos ayer”. El río de gente que pasa bajo mi balcón lo demuestra. Yo también, tan inepta como siempre para traspasar los umbrales y enfocarme en un solo asunto.

Salto de contarme los lunares a escribir una frase, a seguir el viaje de las pelusas vegetales, a considerar si realmente hay algo que necesita ser dicho, a rezagarme en las charlas de las personas que se van encontrando por la calle, casual o intencionadamente. Vigilo desde mi puesto de control, pero no a la gente que pasa sino a mí misma. Es verdad que tengo que contenerme para no gritar como una Torquemada cosas como: “¿tú qué parte de hacer deporte individualmente no has entendido?” o “me parece a mí que tienes un cutis demasiado estupendo como para tener más de setenta años, amiga”. Me muerdo la lengua. La linterna del faro ha de iluminar hacia adentro.

Me doy un haz de luz para que mi compasión no encalle en bajíos ni se extravíe. Ayer pasó, me parece. Tuve una relación tirando a bipolar con la especie. Por la mañana no pude contenerme y salí también a la calle, pese a lo mucho que había fardado delante de mí misma de que podía esperar y no salir el primer día, imitando escenas de montoneras en las rebajas. Pero salí, y salió otra mucha gente, y todos me parecieron ligeros, nobles y alegres. Personas felices tan solo por moverse y saludarse desde lejos. Entonces me pareció que, rebautizados por el sol, éramos por fin animales hermosos.

A partir de las ocho de la tarde la cosa cambió, y los que eran corceles se transformaron en termitas, royendo las calles, tris tris, con gula. Como yo por la mañana, nadie se contuvo, y bajo mi balcón pasaron hordas. Familias enteras, cuadrillas de adolescentes que se rozaban los dedos, pelotones de ciclistas kamikazes. Una alegría y una sensación de liberación incontenible, una preocupación incontenible por mi parte. Toda esa gente, y yo sintiéndome como uno de esos corzos que han estado merodeando en algunas ciudades. Odiando la hipótesis de que la falta de contención de algunos me obligue a contener sine die el control de mis idas y venidas, y la vuelta a mi hogar, y la concreción en carne y tronco y arena y hoja de mis amores.

No, no tuve compasión ayer por lo incontenible. Me fui a la cama con rabia, por la feria en la calle, por mi impaciencia. No supe ver que todos estamos sufriendo más o menos, justificada o solapadamente, de alguna u otra forma. Todos echamos de menos algo o a alguien. Todos queremos andar sin que se nos dicte dónde y cuándo y cómo, mirarnos analógicamente y olernos tal vez ,y retozar unos con otros como mamíferos normales.

Y ya ha llegado la hora de los abuelos, mientras escribo esto. Ua pareja muy, muy vieja se apoya entre sí para subir los escalones de esta cuesta medio lisboeta. Ella con una mano en la cintura y la otra en el hombro del tanto rato marido. Él colocándole la mascarilla en un momento de respiro. Están vivos y juntos y bajo el mismo sol que a mí ha empezado a quemarme el escote. Son la luz que alimenta mi faro.



domingo, 26 de abril de 2020

Niños sacándonos de paseo



Reconozco que ayer por la tarde tuve mi momentito Herodes. Envidié con inquina a los niños a punto de ser libertados. Fue un día oscuro, machacón ya de lluvia, el cielo forrado de nubes como una arteria esclerótica, multiplicando la clausura, haciendo del confinamiento un juego de muñecas rusas. Salí al balcón, me apoyé contra la baranda mojada. Volví a revisar el estado del limonero de mi vecina, la de la izquierda. Un tallo desgarbado como un adolescente, metido en una maceta, tres hojitas por aquí, un empeño de azahar por allá, demasiado esquemático como para merecer el nombre que le he dado.

Pero dado que se cuida solo, se lo merece. Mi vecina de la izquierda desapareció en aquellos primeros días de nuestra prisión preventiva. Se llevó a su gata, la que le hizo poner sobre los barrotes de su balcón una tela de rejilla, para evitar que se viniera de excursión al mío a través de la cornisa. Negra, tímida como un amor incipiente, suavísima. Lo sé aunque no llegara a tocarla, cuando estuvo a punto de colarse en mi dormitorio el verano pasado. Hay sensaciones nunca percibidas de hecho que, debido quizás a un sutil proceso de sinestesia, se saben y se viven como propias.

Como el abandono en la casa de mi vecina. Veo su limonerito valerse por sí mismo como un niño de la calle, comiendo lo que el cielo quiera dejar caerle, y pienso en el interior de sus habitaciones sin seres: los muebles que sólo un tabique separa de mi cabeza cuando me meto en la cama, los platos fríos y la ropa desamparada esperando en sus respectivos armarios, esa desolación discreta de las viviendas que no iban a dejarse en principio más que cuatro o cinco días, y luego las semanas pasan, y las cosas acaban convirtiéndose en algo casi animado a través de la nostalgia.

Así andaba yo ayer, medio triste por las cosas tristes de otra persona. Como si las paredes se hubieran vuelto permeables y ya no pudiera decirse esto es mío, esto es tuyo. Yo no paro de chocarme con mis cosas. Ellas también quieren escaparse. Al libro que acabo determinar le gustaría ponerse húmedo de hierba. Puede que la silla que no he podido sacar al balcón en los últimos dos días sueñe con la ribera de un río. Diana, mi hija imaginaria, o la niña que me habita, patea dentro de mí queriendo que la saque y la oree y la deje mojarse con la lluvia. Se va a quedar enclenque como el limonerito. Creo que los decretos gubernamentales no aceptan la opción de sacar de paseo a niños imaginarios.

Pero los otros, los reales, hoy han sabido absolverme. Los veo pasar debajo de mi balcón, arco iris andantes, llenos a rebosar de todo el espectro que va de la excitación al miedo. Sí, justo como si estuvieran enamorados. Una niña con coletitas le pregunta al hombre que la lleva de la mano: papi, ¿verdad que las moscas no hacen nada?; mi costra de Herodes y el corazón que hay debajo se resquebrajan. Como si también las personas nos hubiéramos vuelto permeables, y los niños fueran ya de todos. Sé, como sé ciertas cosas indemostrables, que alguno de ellos llevaba de la mano a mi Diana.

domingo, 19 de abril de 2020

Palabra de abuela



Tienes dos estrategias posibles: dejar que el primer escalón de tu pirámide nutricional se llene de palabras dulces, o imponerte un ayuno estricto. Silencio crudo y sin condimentos.

En realidad, entre una y otra tienes toda una gama de opciones híbridas. Esas premisas de que hay dos tipos de personas, las que hacen algo y las opuestas: no las soporto. Me cuesta tener paciencia con la dialéctica. Porque la vida suele ser un continuo pegajoso y no es tan fácil darle forma. Pero de vez en cuando podemos darnos el lujo de jugar al pasatiempo de las alternativas simples. Fingir que todo es tan elemental como dividir a la gente en dos clases: la que respira y la que ni un poquito.

Podemos pensar entonces que ahora mismo hay dos tipos de personas.

Aquellas que deciden nutrirse con mensajes de fuerza y aliento. La energía curativa que contienen determinadas frases no se disipa cuando las pronuncian, sino que permanece en torno a sus cabezas como el aura de los santos. Dicen “todo va a ir bien” sin que la voz les vacile. Dicen “todos juntos derrotaremos a este virus”, echando abajo las fachadas de sus casas para sumarse a un recio, inédito espíritu comunitario. Dicen que seamos valientes en esta situación crítica, y es como si esa vida que en ocasiones, al meternos en la cama, nos parecía quizás algo blandengue, se hubiera convertido en un relato de hazañas. Dicen que somos héroes. Dicen y las palabras vuelven a ser sortilegios. A veces funcionan y te elevan por dentro; otras se mezclan con más y palabras y amenazan con producir empacho. Otras simplemente desfallecen.

Luego están las personas de oído duro que prefieren atenerse a los hechos. Y como los hechos son en gran parte lo que se cuenta de ellos, no es raro que se les vea perplejos. Y por eso callan y acallan. Tijeras en ristre, podan los mensajes de frondosidades y se quedan con su esqueleto. Si hay que encerrarse en casa y alejarse de las personas y los lugares que aman, se hace. No ven en ello un acto heroico, sino imprescindible. No terminan de creer que sea un sacrificio especialmente oneroso permanecer en un lugar que, por poca suerte que tengas en estas latitudes, al menos protege de los elementos. No salen a la compra con pinturas de guerra en la cara. Escuchan que esto es lo peor que les va a pasar en la vida y no pueden evitar sentir apuro, porque lo humano presenta una variedad excepcional de estados no precisamente amables. Piensan en Haití, en Siria, en el campo de refugiados de Moria.

Entonces cruzan los dedos y a lo mejor formulan mentalmente su propia versión de aquello que decía mi abuela, y mi madre dice, y yo, que uso palabras y hasta sorbo su magia, pero que tengo más fe en el silencio, he empezado a decir con frecuencia: que se conforme dios con esto.


domingo, 12 de abril de 2020

EPI



Ayer vi un mosquitero. Llegó volando raudo y se posó en el muro del parque como si viniera con una intención precisa. Como si posarse a cinco metros de mi balcón fuera su propósito esencial del día. Algunos pájaros están pasando así ahora: frenéticos, como lanzados por una honda, olímpicos. Como mensajes deliberados. También vi un puñado de jilgueros. No los había visto en la ciudad antes. Al mosquitero tampoco. Por mi falta de atención, seguro. No creo que un mes baste para que los animales ocupen nuevos territorios. La curiosidad sí que puede. Es una estrategia irresistible de conquista.

Qué cosita es un mosquitero, no más largo quizás que mi dedo largo. Pensar que en ese cuerpo diminuto se empaquetan un corazón, un hígado, pulmones, buche, molleja, huesos construidos con más aire que materia, y un montón más de maquinitas, me pone al borde de algo. No de las lágrimas, porque llorar no es mi fuerte. Quizás al borde del gemido. Llegó, cantó unas frases y se fue igual de rápido. Un heraldo atareado. Lo que se dicen entre sí los pájaros me cautiva. Aún más imaginar que puedan cantar para sí mismos, por gusto o por aferrarse a una estrofa segura.

Tanta prisa se dio que no tuve tiempo de llevarme a la cara los prismáticos. Un rato por las mañanas monto en el balcón un puesto de vigía. Una silla de director, el libro que esté leyendo, los prismáticos colgados del respaldo, la guía de pájaros. No la he usado todavía. Podría decirse que ésa es mi ancla, mi estrofa segura. Apoyo los pies desnudos contra los barrotes. Se me puede ver desde la calle: plegada en la estrechura de mi espacio como un animal a punto de ser parido, incómoda, acalorada, viva. Los pájaros son una excusa. En realidad me quedo privada por la visión de detalle de los árboles. Escudriño la intimidad de las ramas. Fresno. Ciprés. Olmo. Naranjo. Tan minuciosamente que es como si los estuviera trepando. Todos estamos quizás haciendo listas de lo que haremos cuando el confinamiento sea levantado. Entre los diez primeros puestos de la mía está el subirme a un árbol. Habitar un faro sobre olas verdes, un rato.

O sea, que yo sería una centinela nefasta. Mi capacidad para comprender el panorama general es más bien limitada. Porque me engatusan los detalles. Al principio del encierro pensé, un poco atolondradamente, que tal vez este tiempo empantanado fuera una oportunidad para repensar la vida. Salir al balcón como el que sube a lo alto del mástil y grita tierra, al poco. Eso no está ocurriendo todavía. A veces miro al horizonte y la orilla no aparece. Pero casi todo el tiempo me lo paso deslumbrada con los reflejos cercanos. Cuando el sol ilumina la cresta de las olas es como si el mar sonriera. Desde mi atalaya mínima yo me engancho a las sonrisas escondidas de las cosas.

No me sale una manera más provechosa de superar este trance. No soy capaz de trazar los planos de mi casa venidera. Sólo salgo al balcón y canto mi estrofa segura. Sigo el curso de lo que vuela. Procuro no frustrarme con los sucedáneos de libertad. Un equipo de protección individual compuesto de alas y ramas.

sábado, 4 de abril de 2020

Primer vistazo de la isla



Sólo puedo decir esto, de entrada: la isla en la que hemos encallado es un territorio demasiado extraño como para que podamos entenderlo de un vistazo. Para ello haría falta sacarnos los ojos de antes. Las fábricas que han parado deberían estar manufacturando ojos nuevos, además de respiradores y mascarillas. O los talleres estar reparando el cableado entre cerebro y sentidos.

Es éste, el cerebro, el que quizás se ha quedado obsoleto, y por eso cuesta entender un mundo en el que de repente no hacen falta semáforos: puedes cruzar la calle un poco a lo loco, pero tocar la almohada que compartes con tu pareja ya no es un gesto inocuo. No entiendes el repentino desarrollo de una precisión virtuosa para esquivar la poca gente que encuentras en la calle. Ni que el volumen al que hablan los pájaros urbanos sigan acoplados a un ruido ausente. Ni las autovías desiertas un viernes por la noche, como sendas antiguas hacia un destino del que ya no quedan memoria ni ruinas.

No entiendes una sociedad que impondrá mascarillas como burkas, y que esconderá la manifestaciones menos sutiles de la sonrisa. Habrá que aprender a leerlas en los pliegues de los ojos. No entiendes todavía el abrazo como una forma de libertinaje. ¿Lo imaginas? Un kama sutra entero de sutiles roces. Nos encontraremos furtivamente para tocarnos la piel delicada donde los dedos se unen.

No entiendes la amenaza ubicua porque aún seguimos pensándonos con el viejo paradigma de la invulnerabilidad. Es lo que tiene ser una especie superdepredadora: que la fragilidad recién adquirida se tiñe con los colores del trauma.

Ojos nuevos. Reparación de circuitos. Cuando se entiende poco, resulta tentadora la idea de que, pasado un tiempo, también nosotros seremos otra cosa. Habrá paisajes del mundo antiguo a los que nos apegaremos tercamente: a todos los ecosistemas de la piel y el tacto. Otras novedades sí querremos adoptarlas, con entusiasmo de nuevo rico. Aclimatarnos a ser criaturas pasajeras. Instalar la mortalidad como premisa. Abrazar lo inmediato. Nos arrancaremos al niño mimado del carácter. Querremos no olvidar nunca que la interdependencia no es una idea vaga sino la forma física de la vida.

O puede que cuando la amenaza se aplaque y los números dejen ya de dolernos recuperemos los viejos ojos fatuos y bailemos otros locos años veinte. Puede que sigamos depredando con desenfreno y olvidemos lo que se siente al ser una presa. No somos una especie precisamente sensata.

Puede. Yo, por mi parte, cogí las tijeras de cocina esta semana y me corté el pelo. Hay algún trasquilón que otro, pero no llega a la categoría de desastre. Habitar un territorio nuevo precisa de adaptaciones. Sí quiero creer que la piel es mudable.


domingo, 29 de marzo de 2020

Día 14



No te preocupes si mañana no me encuentras agazapada en la trinchera. Con suerte, no habré pasado a integrar el parte de bajas. Pero qué desalmados esos números anónimos, qué asépticos. Como si el exceso neurótico de higiene estuviera manteniendo también las historias a raya. Quizás sea lo apropiado, justo ahora: esterilizar el corazón, una vez al día por lo menos, para que el dolor de los que mueren y de los que batallan no nos arrolle por completo. Cada uno tendrá su propio método de aseo: tú, inventarle juegos a tus hijos; tú, mirar en una pantalla las caras de tus padres; yo, mi rato de teléfono, mi cachito de sol y mis modestos árboles.

Pasará que volveré a hacer ronda ahí afuera. Prácticamente todos los días, como si la vida de antes volviese a ser lo que era. Y será un espejismo, claro, pero también una forma de estructura. Mi tiempo volverá a estar embutido en un horario impuesto externamente. Se habrá retirado buena parte del aluvión de horas. Y habrá que volver a hacer cuentas para que la vida cuadre: cuidar esta casa mínima, este cuerpo y el de al lado, seguir regando las relaciones. En el momento del naufragio yo me agarré a estas letras como a un trozo de madera suelto. Y a ellas me he aferrado hasta poner los pies en una isla.

Cada uno habrá llegado a la suya, supongo. Pasadas dos semanas tras el hundimiento, la urgencia de entender remite. La angustia de ver volar la realidad por los aires empieza a aplacarse por costumbre. Es que somos tan gloriosamente adaptables. Entonces te parece que ahí enfrente empieza a recortarse una orilla. Le das alcance como puedes, y te pones en pie después de escupir arena húmeda, porque eso, ponernos en pie, es lo que sabemos hacer los humanos. ¿Será amable contigo este nuevo sitio? ¿Encontrarás el modo de sobrevivir en él? ¿Serán útiles aquí los esquemas del viejo mundo, o tendrás que reinventarlos?

Hace falta tiempo y temple para responder a esas preguntas sin precipitarse. Con suerte, siempre con suerte, porque nunca como hasta ahora ésa fue la razón definitiva de andar sobre esta tierra, el diario de la trinchera se convertirá en una crónica de la isla. Empiezo desde ya a reconocerla. No faltes en tu orilla cuando lance mi botella.

sábado, 28 de marzo de 2020

Día 13



Filosofía barata de balcón: habrá muchas maneras de vivir, pero para hacerlo con cierta integridad es preciso aprender equilibrios. Una novedad loca, ¿a que sí? Pero los aprendizajes por boca de otros raramente funcionan: es como si cada criatura individual debiera recorrer por sí misma todos los milenios de historia. En un momento soleado de este día tan bipolar como los anteriores, salgo a mi afuera jibarizado, arremangada y con los pies desnudos encima de las zapatillas, para que mi piel sepa beber luz como las hojas. Viene de tan inconcebiblemente lejos, la energía del sol: la holgura del universo me roza.

Paparruchas de jipi: ideas a la vez irrefutables y chuscas. La abundancia de domesticidad te vuela la cabeza a veces. Pero también es capaz de llevarte por caminos anchos. Recordar la lejanía del sol me lleva a pensar que la distancia y la percepción colaboran necesariamente. Hace falta que esa luz remota sea reflejada por los objetos que me rodean para que mis ojos puedan verlos. Lo que oigo es una forma de energía que recorre un espacio entre mi oído y otros cuerpos. Los mirlos están ahí en alguna parte: no alcanzo a tocarlos y sin embargo visitan mi casa con sus canturreos. Y tampoco es preciso que esté unida físicamente a aquello que huelo. Pan tostado y leche caliente en el piso de la derecha, un derroche de suavizante en el de arriba, una nota de azahares apenas imperceptible que estremece.

Esta es una de mis estrategias de reconciliación con esta distancia que nos socava el corazón al tiempo que ha de salvarnos. Bien entendida, me digo, la distancia es un bien precioso. Pero hay que entrenar el equilibrio, sí. También en un balcón diminuto de una primera planta. Hay que encontrar ese punto en el que lo lejano se compensa con lo que está cerca. En mi corteza cerebral pulula un potosí de información acerca de cosas a las que no dan alcance mis dedos. Y puedo jugar con ella, mezclarla, ponerla al fuego y guisarla y masticarla, digerirla después y calentar con ella mis huesos, y puedo hasta intoxicarme. Es fantástico y peligroso, este don de operar en otros lugares y otros tiempos, de convivir mentalmente con personas distantes.

Pero también es preciso ajustar la lente y acercarse a lo que está cerca, tan cerca que prácticamente es adentro. Es posible que ayer alcanzara mi propio pico en la curva de la desolación y el miedo. Pude sobrepasarlo, con toda la prudencia del mundo, volviendo a acercarme a esto. Esto. No me preguntes lo que esa vaguedad significa: busca el tuyo ahora mismo, atente a tu esto. Quedarnos tan cerca del presente que prácticamente se nos meta en la sangre nos ayudará casi tanto como mantenernos lejos.

viernes, 27 de marzo de 2020

Día 12



Está el asedio ahí afuera, y también el asedio interno. Mi dolor de espalda tiene prácticamente la misma edad que el confinamiento. Si acaso me quedé varada en mi propia forma un par de días antes de que la realidad naufragase. Son como dos hermanos mellizos, lumbago y epidemia. Sólo que el cachorro más joven ha cogido una delantera despiadada en la carrera de las fieras.

A veces me da por pensar que mi dolor es una frase que resume mis emociones actuales, o ni siquiera eso: una interjección, un ay por la vida que se escribe en mis músculos y mis nervios. Duele más cuando me levanto, en los dos sentidos del término: cuando un bendito nuevo día arranca; cuando me planto sobre ambos pies y pongo distancia entre mi cabeza y el suelo. Como si algo me dictara: hazte un ovillo, date al letargo. Y sin embargo, me muevo. Aunque sienta que me están haciendo vudú cuando ando, yo sigo con mis paseos de preso. Aunque me parta un rayo cuando me paro, estrujo con ahínco la fregona y remuevo mis pucheros. Cuando el hambre de ser me posee, ignoro incluso la molestia y hago algo parecido a un entrenamiento. Y entonces la alimaña se amansa unas buenas horas. Porque soy brava frente al dolor cuando puedo entenderlo. Dar la cara se recompensa con una buena dosis de conciencia.

Pero calla el dolor, y entonces la inquietud no encuentra ya un cauce para expresarse y así no es raro que se desborde. Es más difícil manejar la preocupación que el daño físico. El dolor te clava al presente y a tu propia materia. El miedo es una fuga de esto de aquí, esto de ya: de la sustancia misma de la vida. Por eso me obligo a contarte que a veces soy valiente y otras veces flaqueo. Para encarrilar mis interjecciones. Capeo bien el daño real, corro al burladero cuando huelo el daño hipotético. La mente es un artefacto que necesita remiendos.

Sigo en ello. Y vuelvo a ponerme en pie, que es lo que toca.

jueves, 26 de marzo de 2020

Día 11



Hoy he visto piornos en flor. Y ningún humo intentando evadirse de esta tierra. Sólo retales de niebla entre las cosas sin forma. Campos insólitamente tranquilos. No hace tiempo ni humor para andar quemando. La rama del olivo no se desarticula tan fácilmente en sus elementos, no se deshace demasiado pronto en calor, agua y dióxido de carbono. El sol que la engordó no recuperará aún la energía invertida. Que espere. No siempre puede ganar la banca. Cerezos, en flor también, en las faldas de la sierra. Cuando llegue el tiempo compraré kilos como para rellenar un colchón y dormir sobre rojo y dulce. No habrá nada más imperioso que meterse esa modalidad perfeccionada de sol en la boca.

Y he visto una oropéndola dando su habitual volantazo raudo, como si se avergonzara de su propio lujo, como si la hubieran vestido y maquillado para una fiesta en la que no se sentirá cómoda. He olido rastros de zorro. Me levanto la gorra como señal de respeto cuando atravieso sus rutas explicadas. Un día les pediremos a los zorros que nos cuenten cómo lo hacen: cómo insisten en ser a pesar del cartucho y el lazo. Cómo parecen morir con la sonrisa puesta. Cómo se echan carreras a sí mismos y siempre salen ganando. También he visto la primera amapola del año.

Dudo mucho mientras hago este pequeño inventario. Me da apuro resultar desconsiderada en plena desdicha. Florecitas y bichos, ¿no? Vete a una UCI, so necia. Llévate al campo a los abuelitos moribundos. Háblale del sol a las enfermeras, a ver si no te restriegan por la cara una mascarilla que ya hace días deberían haber desechado.

Pero allá adonde pisan mis botas llevo mi compasión conmigo. Y voy tomando nota para contarte luego que el curso natural de las cosas no se ha interrumpido, aunque al asomarnos a nuestras ventanas nos lo parezca. Que la primavera está ahuecando sus plumas para secarse como un pollito recién nacido. A pesar de las heridas recibidas el planeta no desfallece. Todo se sigue empeñando en ser como ha sido hasta ahora. Se abrirá el resto de flores; se vestirán robles y castaños todavía desnudos; nacerá todo lo que está programado para nacer; madurarán los frutos. Te cuento pero sobre todo me cuento a mí misma que la muerte es una más entre las estaciones de un ciclo. Que hoy queda un día menos para que salgamos afuera y el sol nos seque y absuelva.


miércoles, 25 de marzo de 2020

Día 10



Se me han puesto las manos como las de una mujer de antes. De las que tenían que romper el hielo de los lavaderos antes de restregar sus trapos. Pero el olfato sigue en su sitio: el ominoso rastro de la lejía se ha infiltrado en mis paredes y en mis entrañas. Habrá a quien ese olor le haga sentir seguro. A mí me nubla un poco el ánimo. Pero, vamos, que no se me puede hacer mucho caso porque soy un ser sin entendimiento alguno: ¿quién piensa trajinar con lejía teniendo la manos atópicas, sin ponerse guantes?

Será cosa de las metamorfosis repentinas: como no se te concede un lapsus de transición, en la realidad nueva sigues conservando muchos paradigmas antiguos. Yo funcionaba mejor a piel desnuda y con plena hospitalidad de tacto. Era un muestrario minucioso de arañazos, cardenales y heridas. Y parece que ahora es tiempo de acostumbrarse a la protección masiva.

Pero no, yo no creo que lo logre. Dudo mucho que lo de hoy pueda convertirse en rutina. Higienizar todo lo traído del supermercado. Esas cosas superfluas que, para mi vergüenza, seguimos comprando. Botecitos y envases se alinean en mis armarios como la soldadesca de un sistema totalitario. Quizás poco a poco vaya declinando la era de la vida ante todo cómoda. Limpié pues los yogures uno a uno, el frasco de alcachofas, las bandejas de pollo, la bolsa de kale. Y mientras pasaba mi bayetita funesta a cada artículo, me miraba un instante desde afuera y me preguntaba: ¿de dónde sales tú, criatura pulcra? Respuesta inmediata: del país de la paranoia.

Dejé que la criatura se moviese dentro de mí otro rato, que poseyera mis maltrechas manos. Que no se confíe, porque no tardaré en practicarme un exorcismo. Es que vivir así es un dislate: recelosa y enemistada con todas las cosas. Si me doy por completo la vuelta a mí misma como un calcetín para que la realidad no me manche, entonces es que ya estoy infectada. Aunque el olor a lejía no se pase.



martes, 24 de marzo de 2020

Día 9


Llovió. Toda la tarde. Apenas pudimos salir del coche. Confinamiento al cuadrado. Sí estiré un poco las piernas junto a un área recreativa. Desierta. Me temo que por la meteorología y el estado de alarma en una proporción de 40/60. Salí del coche, me puse el abrigo, di unos pasos breves pisando hojas de álamo caídas el pasado otoño, cuando aún éramos cándidos. Alcé la cara al cielo. Sin mascarilla ni nada. Pequeña broma idiota. Me encanta cuando me llueve encima. Ya no odio que se me mojen las gafas. A lo mejor últimamente una visión un poco distorsionada se agradece.

El mundo sin virus olía estupendamente. Bendito sea mi olfato ileso. Dicen que esa es otra de las bajas que la enfermedad causa. Por eso me paso la mitad del día metiendo la nariz en el bote donde guardo los dientes de ajo, en la tableta de chocolate, en, oh, ironía, el desodorante. Pero no hay nada como la hojarasca húmeda. Nada. Bueno, sí, los alcornoques recién descorchados, o aquel aroma íntimo de mi bosque, que no sé nunca muy bien quién lo exhala. Es aproximadamente el del brezo, pero no había arbustos en flor aún la última vez que fui asaltada. Una forma de aliento, entonces. O quizás de alma.

Y volví a meterme rápidamente en el coche. Mi compañero todavía se preocupa por que unas cuantas gotas sobre un abrigo espeso puedan enfriarme y hacerme pillar un resfriado. En otra ocasión me habría reído y le habría amenazado con ponerme a saltar charcos. Eso en el trabajo no lo hago, conste. Ayer me limité a asentir y a ponerme a resguardo. No porque temiera que fuera a subirme la fiebre. Sino porque me sentí desahuciada del río y de los árboles.

Es que estaba la tarde tan sola. Los caminos sin ciclistas, los campos sin tractores, los pueblos sin propósito. Una carga de separación penosa. Podría haber elegido pensar que en la naturaleza la soledad es improbable. Si miras donde hay que mirar alguna compañía siempre aparece. Los sauces cuajados de amentos como orugas gordas, los insectos, seguro, en alguna parte. Sólo que ayer tenía yo los ojos gastados. Demasiado mundo nuevo que mirar. Demasiado desamparo.


lunes, 23 de marzo de 2020

Día 8



Por un momento he pensado que iba a hacer un poco de trampa. A las tres de la tarde saldré de casa: trabajo. Seré un par de ojos desmesuradamente abiertos y un modesto coágulo rodante de vocación de cuidado. Nada heroico, obviamente. En el lenguaje faltan palabras, y lo que están haciendo allí, en los frentes de guerra, merece la invención de nombres más contundentes y justos. Ellos salvan; otros vigilaremos que las cosas no se salgan demasiado de madre. Lo de los barrancos y las hierbas. Lo de los nidos y las sendas. Lo de las hogueras y los charcos. Habrá a quien le parezca una tarea trivial, en situaciones como ésta. Que imagine entonces, pandémicamente, a grupos de siete hombres metidos en un mismo vehículo, camino de un incendio.

A ti, que seguirás hoy responsablemente encerrado, te parecerá un privilegio que salgamos a comprobar cómo sigue su curso la naturaleza. Y lo es, desde luego: ser testigo de esa indiferencia perfecta de las rapaces, cruzando desiertos, montañas y mares sin alarma para instalarse en nuestra primavera infectada. Espiar el chismorreo de las urracas y los arrendajos, extrañados por el silencio de los humanos. Lo es, ahora más que nunca, y también cuando vivíamos instalados en una normalidad cuestionable. Un regalo tan grande para los que tenemos una relación de amor-odio con las paredes que abruma no poder compartirlo.

Pero esto no es un diario de confinamiento, sino de trinchera. Y a veces es preciso echar un vistazo al trémulo mundo que la rodea. Te confieso que la madriguera engulle eficazmente. Que franquearé la puerta de la mía con una inquietud que ya nos empieza a calar los huesos. En casa una se siente a salvo. Fuera el enemigo acecha. Con la mano en el corazón, si puedo quedarme aquí ahora mismo, que le den un poquitito a los campos. El instinto de protección es más básico que el compromiso. Y la naturaleza no necesita niñeras.

Es el compartamiento humano el que debe ser supervisado. Por eso vamos a salir algunos, con el desasosiego en un rabillo del ojo y, en el otro, una gratitud profunda. Así podremos ir informando de que, hermana, amigo, ahí afuera lo vivo sigue funcionando.


domingo, 22 de marzo de 2020

Día 7



También está pasando otra cosa con nuestros cuerpos. Al menos con los que aún no se ha demostrado que no estemos sanos. Créeme que me da apuro hablar de las insignificancias que nos puedan estar ocurriendo a los que por ahora seguimos alejados de los hospitales, los que no tenemos a los íntimos en las residencias. Pero también es en cierto modo saludable ir reparando en lo pequeño. Mejor eso que pensar en bucle que mi hermana es enfermera en un país que hasta ahora se ha comportado con una relajación más que negligente. O que las personas a las que quiero podrían morirse solas. O que está ya aquí, en mi pulmón o en el tuyo, o allí, en el picaporte de la nevera de donde sacarás los guisantes cuando te toque ir al supermercado, en el aliento de quien te pedirá explicaciones por estar en la calle, en el guante del panadero.

Mejor darle una vuelta al síndrome de Alicia, ¿no te parece?

Pasa que la percepción de nuestros cuerpos tampoco es ya lo que solía. A ratos se dilata, a ratos se achica. Ahora yo soy yo y todas las interacciones que suceden a un metro y medio de mis límites. Lo que es bastante parecido a afirmar que tales límites no existen. Si tu brazo entra en mi esfera de influencia, empezamos a confundirnos. Si nos besamos, empieza mejor a usar mi nombre. De golpe nos hemos hecho extensos. Una araña también es ella y la red que, partiendo de su abdomen, va tejiendo. Tú eres tú y tus conexiones. Por eso mantenerse sano se ha convertido en una labor titánica: tenemos una responsabilidad hacia muchos más miembros que una cabeza, un par de piernas, un par de brazos y todo el barullo de en medio.

Pero es que también nos vamos contrayendo. Tantos gestos que hacía sin darme cuenta de repente han dejado de ser inocuos. Vaya, me estoy mordisqueando un nudillo para concentrarme en algo. Me estoy peinando una ceja mientras trato de acordarme de algo. Me paso un dedo por el labio inferior a modo de ancla. No hace tanto que pasaba la yema de los dedos por setos, fachadas y troncos mientras andaba. El tacto se va penalizando. Yo era yo y mis gestos involuntarios. Ahora tendremos que ir domesticando esa parte de nuestros rostros, meter en una jaula aquello que tanto dice.

Pasarnos el día creciendo y menguando. No hay manera de reconocerse en la era pandémica.


sábado, 21 de marzo de 2020

Día 6



Los trabajos. Los paseos. La vida sin techo. Los abrazos.

Pero también la prisa. Y otras irritaciones menudas de las anteriores rutinas: suspendidas. Atascos. Alarmas. Subordinaciones mezquinas. Despedidas de solteros. Las calles a codazos. Pero sobre todo la prisa. Es mi víctima favorita.

Todo lo estoy haciendo al menos a la mitad de velocidad de lo que solía. Me lavo los dientes como si tuviera la boca de un cachalote. Desmenuzo zanahorias en trocitos minúsculos: una forma de rosario. Practico taichí cuando me estiro desde el sofá para coger un libro. Todo dura. Barrer un piso de menos de cincuenta metros cuadrados como si fuera el palacio de Versalles. O la playa de Los Lances. Respirar como una ballena azul, no como una ardilla. Extender la esterilla de ejercicios con la morosidad del vendedor de alfombras para el que una venta es una forma de seducción a la antigua, un arte. En mi cerebro ya no hay ráfagas de semipensamientos, imágenes que apenas se condensan y ya se están disipando. No. Ahora pienso hierbas brotando en time lapse, estelas de un avión, paisajes cuya huella permanece en la pantalla mental un rato.




No es una forma de engañar al aburrimiento. En absoluto. No tengo nada contra él. Es más, me gustaría toparme de vez en cuando con un charco de tiempo en el que revolcarme cual cochino. Me gustaría parar y llegar al meollo de la situación. Qué estoy aprendiendo. Qué es lo que no he echado de menos ni un minuto desde que la vida se desacompasó. Qué es lo que claramente sobra, y lo contrario, dónde pongo mis debes. Pero me he vuelto tan lenta que... oh, ya está llegando otra noche.

(Mi pelo no. Sigue creciendo a ritmo desaforado. Me pregunto si habrá un mercado negro de servicios. Saldremos de casa al fin y antes que en los bares, nos pegaremos otras cosas en las peluquerías)


viernes, 20 de marzo de 2020

Día 5



No sé a qué hora habrá entrado hoy la primavera. Yo no noto mucho cambio ahí afuera, en el mundo abreviado. Tal vez se han abierto discretamente dos o tres nuevos azahares en el naranjo del parque. Podría dedicarme a contarlos, porque el pobrecito no se da a los desenfrenos florísticos que suceden en el huerto de mi padre. Si no lo estoy haciendo es porque aún encuentro suficientes puntos de contacto con lo que era mi vida hasta ahora. Puedo leer. Como antes. Puedo escribir y compartir lo que escribo, puedo hablar por teléfono, puedo comunicarme como antes. Puedo cocinar y y puedo cuidar mi diminuto entorno y puedo hacer algo ejercicio, tal vez no como antes. Estoy anclada en el dolor de los músculos. Es una putada y una frustración, pero también una forma de aprendizaje.

Más o menos como antes. Equinoccio suena a afectado nombre de perfume, a complejo hotelero, a discoteca de verano. A indiscriminado concepto de los hombres. Una raya ficticia en el calendario. Eso es porque mi perspectiva no es lo bastante amplia. No me fijo en la bóveda celeste, sino en las uñas de mis pies, que he vuelto a pintarme, y en el puñadito de abejas que merodea en torno a ese puñadito de azahares. Oigo pájaros y no el artrítico crujir del planeta deslizándose cansinamente en su órbita. Parecen inventadas, pero es reconfortante que las cuentas astronómicas sigan operando. Significa que los dían pasan, las estaciones aún se suceden, mis pulmones y, por favor, también los tuyos, siguen funcionando.

Me acuerdo un poco de los pulmones cuando no estoy haciendo nada, que también es una forma de hacer algo. Mi vida depende de cosas que no puedo sentir directamente. Qué desamparo. Qué magia. Me tumbo en el sofá con la puerta del balcón abierta. El autillo ha perdido el recato y suelta su reclamo a cualquier hora del día. A lo mejor es lo que ha hecho siempre, y el ruido de los coches no me dejaba escucharlo. Mis pulmones están dialogando con el mundo, hermanándose con los cloroplastos en las células de los cipreses y los naranjos.

Así como estoy me doy cuenta de que mi mejor opción es centrarme en mis perspectivas minúsculas. El mar en mi respiración. El bosque en mis pulmones. La primavera al alcance del brazo. El tiempo del calendario mandado a tomar por saco. Ahora, sólo ahora: seguir respirando. Mis gases se suman y negocian con los de otras criaturas vivas; tal vez, por una maravillosa carambola, también con los tuyos. Viajes más inconcebibles se ven en la naturaleza. De alguna u otra forma estamos juntos.


Familia


jueves, 19 de marzo de 2020

Día 4



Nos asustamos. Nos reconfortamos. Tenemos broncas efímeras. A mí me regañan por andar descalza por el mármol. Yo regaño porque la misma sudadera que ayer estuvo en el Carrefour echa la siesta ahora sobre el edredón que esta noche me subiré hasta los ojos. Nos reímos. Nos entretenemos de las varias maneras que sabemos. Nos buscamos con los ojos cuando escuchamos algo tremendo. Dormitamos. Competimos por el control de Youtube mientras completamos faenas domésticas sobredimensionadas, bienvenidas. Hacemos las paces con el Night Fever de los BeeGees, que siempre es una solución de consenso. Recorremos a distintos ritmos las curvas de la neurosis y el consuelo, cada uno en una fase, a veces encontrándonos.

Decir a estas alturas que no tenemos miedo es un poco grosero, además de insensato. Miedo por nosotros, por nuestros propios cuerpos. Quizás esta carne que lleva mi DNI y mi nombre está sana todavía. Pero yo ya no soy yo sola. Ni tú no eres ya tú solo. Nuestras sustancias se confunden, galletas puestas a hornear demasiado juntas. Si tú caes yo caigo. Y ese tú se amplifica hasta límites imprevistos, como ondas en un estanque. ¿Tenía que pasar esto para que pudiéramos comprenderlo hasta el tuétano? ¿Hay quién aún no lo ha pillado? Que somos diminutos. Que somos a la vez vastos.

Vaya, que el miedo está justificado. Esta no es una afirmación pesimista. Es un pilar de nuestra casa. Hay que empezar a construir edificios en torno a una prudente preocupación por dañarnos. No avergonzarnos del miedo, no intentar sofocarlo. Sacarlo a la mesa del salón, ponerlo junto al parchís o los libros. Usarlo como plastilina. Sin la componente de la inquietud estos días no serían tan intensos. Serían sólo un puto fastidio, o un receso. No nos brindarían alguna que otra oportunidad de cambio.


miércoles, 18 de marzo de 2020

Día 3



Los viejos. Si tuviera folios grandes y una mínima pericia para la cosa gráfica, haría carteles para pegarlos en las paredes de las cuatro estancias de mi casa. Algo que pudiera recordarme siempre que, aquí y allí, retrepados en su soledad sólida y con ramas, los viejos siguen respirando. A duras penas, es cierto. Pero aún se empeñan. Hablo de los cobardemente elegidos por el virus, por supuesto, pero también de los que por ahora sólo están enfermos de años. Cada uno en su habitación descarnada, si tienen suerte. Los escasos amarres que los mantenían anclados a sus semejantes están siendo uno a uno cortados. Se acabaron las visitas. Se acabó juntarse a ver la tele o a jugar a las cartas. Van menguando los cuidados, porque los cuidadores con fiebre son letales. Impedidos, dolientes, infinitamente solos en días de mercurio y en noches de angustia.

Tengo que acordarme de los viejos de continuo. No para darme ánimos, o para sentir que este encierro tiene un propósito. Esas son buenas razones, si las necesitas. Yo no. Aún no. Quedarme en casa leyendo, haciendo el poco ejercicio que me sigue racaneando la cadera mala, cuidando de mi espacio, recostándome en un herbazal de tiempo, no me parece todavía heroico. Cuando consigo dejar de ponderar lo que podíamos hacer hasta hace sólo una semana y lo que podemos hacer ahora; cuando paro de acariciar un pasado tan reciente, tan remoto, con la insistencia con la que te pasas la lengua por una llaga; cuando me olvido de que el futuro vendrá seguramente lleno de cuervos, entonces me encuentro con un regalo. Todo este tiempo. Esta calma que me atrevería a calificar de onírica, si no se estuvieran viviendo pesadillas en otros lugares.

Esta mañana, después de limpiar casi cada centímetro cuadrado del dormitorio, como si estuviera restaurando un valioso cuadro, he arrimado una silla al balcón y he vuelto a mirar a los pájaros. Mi mente boba piensa: míralos, cómo van de locos, como niños en un nuevo mundo sin reglas. Pero lo más seguro es que sigan a lo suyo, como cuando los ruidos de los coches y los cumpleaños al fondo del parque. Me daba el sol en el escote. La calle vacía era mi patio. Estaba bastante cerca de la gloria. Tanto que me he obligado a recordar a los viejos. Solos. Insoportablemente frágiles.

No podemos. Ni ahora ni cuando la ola pase, cuando el mar se retire y lo deje todo lleno de escombros. No podemos olvidarlos.

martes, 17 de marzo de 2020

Día 2



He salido hoy a la calle. A la farmacia. Anteayer me tomé el último sobre de calcio que tomo como tratamiento para la pérdida de hueso. Qué banal parece ahora ese achaque, ¿no es cierto? Hubo un tiempo en que íbamos al médico por malestares de clase media. No dormíamos bien. Se nos aligeraban los huesos. Hubo un tiempo en que sólo usábamos herramientas de piedra. En qué momento, me pregunto, ponemos ahora el año, el día o la hora cero capaces de diferenciar eras.

He salido con cierto aire furtivo. Como si en 1943 me dirigiera a un tugurio de Hamburgo donde se practican todos los vicios, mientras la RAF borra la ciudad metódicamente. Sobres de calcio, qué necesidad tan vana, cuando en los hospitales hay una guerra. No los necesito para mi supervivencia. Sí para estar más fuerte. Eso va a ser cada vez más importante. Tenemos que echar madera en el tronco. Tenemos que ser cada vez más robustos por respeto a los frágiles.

Y ha sido raro salir, por supuesto. Aunque no hacía ni dos días desde que salí por la puerta. En otras ocasiones he permanecido más tiempo en casa, por elección o incapacidad. Raro no porque me sienta enclaustrada, o porque las calles no se parezcan más que en el caparazón a sí mismas. La ausencia de personas y de coches, los sonidos amortiguados como si nos hubiéramos vuelto subacuáticos: todo eso arranca una curiosidad digamos que periodística, pero no zozobra, en mi caso. Lo raro es ir por ahí con miedo a tocar las cosas. Creo que la soledad radica ahí, más que en lo que está faltando. En que a priori todo pueda ser peligroso, empezando por mí misma. Esa esfera de intocabilidad que de repente nos envuelve. Tu mano, mi mejilla. Nuestras cosas. Ahora se comprende, dermatológicamente, Chernóbil. Que pueda resultar literal decir me muero por tocarte: de locos.

¿Se esfumará el miedo tan rápidamente como vino? ¿Volveremos a tocar con inocencia?

lunes, 16 de marzo de 2020

Diario de la trinchera (1)



Sí, hoy ha sido mi día 1. Ayer tuve más suerte que tú y salí a hacer mi trabajo. Llegué a casa con una sensación de privilegio que me hizo sentir a la vez agraciada y culpable. Y con un pequeño ramo de genista. Como si presintiera que no iba a pisar el campo en una buena temporada. Ahora tengo una esquirla de primavera en casa. Esa que está a punto de llegar y que nos va a ser birlada. Los días grandes de esa verbena ocurrirán probablemente sin que tantos ojos humanos la contemplen. A las flores, a los insectos, a los pájaros haciendo sus nidos, a los animales buscándose entre sí para fabricar vida: a ninguno va a importarle. No somos grandes polinizadores, más allá de nuestros cultivos. Imaginar una primavera exarcebada en nuestra ausencia, por nuestra ausencia, me aflige. Aunque con la boca chica diga que es un consuelo.

Pero tengo una primaverita pequeña al alcance. Tengo un balcón azotado por la luz de la mañana. Salgo a él con mi libro, leo un par de líneas de pie, porque mis lujos son discretos y no hay espacio para una butaca. Discretos pero macizos. Hoy ha hecho más frío. Será sugestión, pero hasta el frío parece más limpio. Llovió también un poquito. Algo parece estar soltando algún que otro suspiro de alivio. En la sierra habrá nevado. Me gustaría seguir allí rastros de huellas. Pero tengo mi balcón y pude ver una curruca cabecinegra moneando en el naranjo del parque clausurado. Pongo mi libertad en sus alas.

No estoy nada mal, conste. Mis vocaciones, campo aparte, se llevan bien con los encierros. Tengo libros para años. Tengo todo lo que puede hacerse con músculos, huesos y articulaciones. La crisis lumbar va remontando. Ya gasté en la infancia toda veta de aburrimiento. Y he limpiado rincones recónditos del cuarto de baño. Se encuentra una con selvas vírgenes donde menos se las espera. Pienso memeces así mientras restriego con el estropajo el agujero de detrás del bidé. Hay diseños que no entiendo. En mi baño como fuera de él.

Seguimos aplaudiendo a las ocho de la tarde. Sigamos. No pensemos hasta cuándo. Sigamos confiando en salir de ésta más amables, más simples. ¿Más sabios?


La luz eléctrica no hace migas con las cosas del campo