martes, 21 de febrero de 2017

Germinando

 
Empieza con un tipo de admiración de la que aprendes rápido a no fiarte, porque se mezcla más de la cuenta con emociones dudosas. Ahí está esa persona, con sus mitocondrias perfectas, quemando su combustible celular con eficiencia meteórica. Ahí estás tú, al ralentí y con las manos frías, a la espera siempre de algo a lo que ni siquiera sabes poner nombre. Él o ella, porque aquí no manda la entrepierna, su cerebro como la visión nocturna de Los Ángeles. Tú, manojito de conexiones mediocres. El sexo no tiene nada que ver, pero tú quieres estar cerca de esa persona, quieres que le dé acuse de recibo a tu existencia. Tu respeto inocuo se va volviendo embarazoso. Ojalá la persona magnífica te quiera. Ojalá caiga de su pedestal. Ojalá todo el mundo descubra que es una impostora. Empiezas admirando y terminas conjugando formas posesivas. En ti, el deseo y la envidia que tú misma debes de despertar en tu propia sombra.

Y mientras tanto imitas a quien te encandila, igual que la sombra pegada a tus pies te imita. No te das cuenta, o sí, y eso es peor todavía. Humilla un poco tu amor propio, pero qué otra opción te queda. Si la suerte no te ha dotado de talentos o abundancias naturales el plagio no es tan mala idea. ¿Y si fuera una germinación en vez de un robo? El don de la persona admirada estaba ya en ti en forma de semilla. El radiante ejemplo de las dos Lucies regó un núcleo de vitalidad en nuestra Betty que hasta entonces había estado oculto.

Y aunque el daño previo no se esfuma, al menos empieza a rectificarse. Como un árbol que va abrazando con su corteza la alambrada que lo ciñe. Betty empieza a conocer a mujeres recias que le recuerdan que no siempre fue tan delicada. Se acuerda otra vez de los caballos. De nadar en el lago Rotoiti, veloz como los marrajos. Tumbarse entre las flores, adivinar en las nubes formas de países exóticos que ha aprendido a nombrar girando el globo terráqueo. Humedad en la espalda todavía tierna, naranja inundando la conciencia tras los párpados. El apasionado Big Bang de saberte vivo.

No fue un cambio radical. No quemó todavía sus naves para evitar la tentación de volver a los tiempos postrados. Betty seguía siendo rehén periódica del desfallecimiento. Pero intentó zafarse de él, recomponer piedra sobre piedra el plan de vida cabal que había concebido antes de caer enferma. Tal vez Cambridge quedaba un poco lejos. Pero había otros púlpitos, otras aulas. Cuando ya llevaba un par de años encargada de organizar el herbario en el Museo de Auckland, empapándose de relaciones de parentesco entre las especies, imaginando aún que el bosque era poco más que la suma de sus partes, las dos Lucies emprendieron juntas el gran viaje. Ellas: un club privado de dos miembros y entrada infranqueable. Australia, Ceilán, el mar Rojo, El Cairo, Gibraltar, Gran Bretaña. Alguien tenía que quedarse. Y la más capaz resultó ser Betty.

Nombrada primera botánica suplente, sintió de nuevo su vergüenza de sombra. Le faltaba tanto bagaje académico. ¿Y si le hacían preguntas comprometidas, enjundiosas? Asistió a algunas clases en la universidad local, lo intentó, lo intentó de veras, pero fue incapaz de seguir el ritmo. Betty pretendía reconstruir su plan sobre cimientos arrasados por la convalecencia. Trató de hacer una buena Lucy careciendo de su historia. Preparó exposiciones florales, siguió clasificando material, dispuso, trabajó como una funcionaria. Y cuando Lucy regresó a su puesto, aún más rica en experiencia, tan luminosa que hacía daño, Betty frágil, Betty endeble, Betty criatura, se replegó y empezó a romper sus planos antiguos. Nunca podría hacer carrera. Nunca sería una estudiosa.

Pero la semilla seguía ahí, los caballos, el lago, las nubes, los rumores de aquel primer Big Bang. Y ahí seguía el ejemplo de Lucy, regándola. En alguna de las salidas botánicas amparadas por el museo alguien habló de escalada, alguien daba unas clases. Alguien, no importa quién ahora, fue más insistente que cualquier reparo. La cubierta de la semilla empezó a resquebrajarse. De niña Betty quiso ser jinete, quiso ser pianista, quiso escribir vidas. Se saturó de paisaje. Con cada propósito, a cada nuevo ensueño, su madre y la enfermedad se encargaron de frenarla. Pero a escondidas de ambas, decidió acudir a aquellas clases. Y esta vez, sorprendentemente, sí fue capaz de seguir el ritmo: en las aulas sin techo de la montaña.

sábado, 18 de febrero de 2017

Tan brillantes, tan bravas

 
De vez en cuando coincide con Lucy por los pasillos, los almacenes, las salas donde la visión de futuras exposiciones empieza a germinar como una plántula. Y ella le sonríe fugazmente, o más a menudo su prisa y su nervio hacen que ni siquiera se percate de su existencia, y entonces Betty se siente más insignificante que un grano de polen, un alga unicelular, una espora. Tal vez si fuera una de esas cosas merecería la atención de Lucy, si fuera una de esas llaves imperceptibles pero maestras. Qué inhumano, qué injusto: los notables incapaces de interesarse por sus semejantes. La ve pasar seguida de su estela de indiferencia, y entonces recela del invento de Linneo, esa manía de agrupar a los seres vivos según parecidos cuestionables, ese abuso de las categorías. Betty y Lucy Cranwell no son de la misma especie, no importa qué profeta de la ciencia lo diga.

Aunque al menos en una ocasión Lucy ha elogiado su trabajo. Me sirves más tú en tu par de horas que cualquiera de las otras a jornada completa. Betty soba esas palabras como las cuentas de un rosario. Sólo de recordarlas se le vuelven a poner las orejas rojas. Y ahora, intentando despegar dos pliegos de papel secante sin que el ejemplar que se esconde entre ellos se haga trizas, piensa que a lo mejor se está convirtiendo en alguien útil. Conoce de antiguo ese temblor en el pecho, la excitación de estar a punto de definirse mediante el arrebato. Oh, sí, es como cuando...¡Beauty! Cuánto tiempo sin acordarse de ella, la yegua de la que se enamoró cuando no tenía ni cinco años. El músculo pulido, las pestañas largas, sus ojos llenos de juicio, aceptándola. Era amor, sin duda, de ese tipo que transforma en ambición el miedo. ¿Consiguió de verdad subirse a su lomo, ella sola? ¿Se ha inventado ese recuerdo o sucedió de veras? ¿Hubo un tiempo en que tuvo fuerza? Tan diminuta, tan exaltada... Recuerda que cuando su padre la descubrió así, ella gritó ¡voy a ser la mejor jinete del mundo! Recuerda que él se puso en jarras y rió y su bigote respondió: ¡espléndido! Y no quiere recordar más, porque a su madre le horrorizaban los caballos y se negó en redondo a que Betty recibiera clases de monta.

Pues Lucy es como aquella yegua, sólo que no la mira lo suficiente como para saber si la acepta. Sus pasos por el museo tienen un eco de cascos. Y es fuerte, es ágil y galopa. Lucy, la jugadora de cricket, la senderista que a todos adelanta, Lucy la nadadora. Huele fuerte. No a sudor ni a perfume: a adrenalina. La nariz y las mejillas a veces quemadas. Lucy pionera, la cara todavía indómita de Nueva Zelanda. Primer país donde a las mujeres se les reconoce el derecho al voto. Lucy como los animales: completa en sí misma.

Y sin embargo eso no es cierto del todo. Incluso Lucy Cranwell, desde los veintiún años directora de la sección de Botánica del nuevo museo de Auckland, tiene alguien que la redondea y la termina. Lucy tiene una semejante. Tanto, que también se llama Lucy. Naturalista como ella, igual de aguerrida y atlética. La segunda Lucy se apellida Moore, y en su tierra se la conoce como la madre de la botánica neozelandesa. Así que Linneo no andaba tan equivocado. Las dos Lucies forman una categoría: la de la leyenda. Amazonas, mujeres que viajan solas y juntas. Se ensucian de barro las piernas desnudas, en una época en la que en las tiendas que aprovisionan de ropa a los montañeros no hay sección femenina. Toman las botas prestadas a sus hermanos pequeños, sombreros de ala ancha, pantalones cortos de lona. Duermen al raso, se ríen echando hacia atrás las cabezas, se abrasan, se empapan, se caen y se arañan. Suben picos, descifran los entresijos de las selvas, viajan como prisioneros en trenes de carga. Estudian todo lo que pueda haber vivo entre las algas de la playa y las humildes flores de las cimas. Y luego publican artículos, ganan becas que gastan en nuevos viajes, son admiradas por sus colegas masculinos, les dedican incluso un poema: tan briosas, tan brillantes, tan bravas, tan fuertes, tan alegres, y tan listas.

Betty las ve llegar a veces al museo, todavía sucias de campo, incapaces de despedirse. Con esa hermosura silvestre que desprecia los cánones sociales. Huelen igual que aquella yegua Beauty de su padre. Y le despiertan el mismo deseo de ser libre y fuerte, el apetito de la intemperie, la vocación de ser alguien.


Lucy Cranwell and Lucy Moore at Maungapōhatu, 1930
Las dos Lucies. Gobierno de NZ mediante.

domingo, 12 de febrero de 2017

El tesoro inesperado

 
Betty no ha cumplido los dieciocho, lleva una falda de lana que le baila y un indisimulado complejo de pies grandes. Su cuerpo y la ropa como caída sobre él no consiguen hacer las paces. No es solo su delgadez de ex-tuberculosa, sino la cargazón de hombros y un modo de andar seco, de caderas que no saben hacer ochos. Es su primer día en el museo y tampoco sus manos parecen hoy suyas. No sabe qué hacer con ellas, dónde colocarlas, como regalos mal escogidos de una tía. Va detrás de Lucy Cranwell, intentando no perder comba, plenamente consciente de que está a punto de olvidar cada una de las indicaciones que la otra le apunta. Lucy tiene la espalda grande y robusta, y camina a grandes trancos. El suelo tiembla a su paso: las cajas apiladas, los infinitos trastos, los cachivaches, libros, animales disecados, esqueletos, frascos que se amontonan en todas las estancias. Ahí van los invertebrados. Mira, la sala de los minerales ya está casi lista, señala Lucy sin pararse. Betty mira y ve el suelo lleno de polvo y piedras. Duda de que llegue a completar una sola semana de trabajo.

Su jefa se detiene por fin en un almacén sin ventanas. Cajas. Cajas. Más cajas. Un tablón de cuatro metros de largo montado sobre caballetes. Tres sillas. Lucy habla tan rápido como anda. Parece como si le hubieran dicho que se va a morir en tres meses. Mueve los brazos, se acerca una caja como si no pesara, rasga el embalaje con una navajita que se saca del bolsillo. Indudablemente ella sí ha tomado posesión de sus manos. Antes de que Betty se sacuda la impresión de su aplastante seguridad física, Lucy la deja sola. Reverbera aún en el aire la pregunta que no ha esperado que responda. ¿Entendido? La temperatura empieza a caer en la habitación después de que Lucy se esfume.

Lo que ha podido entender Betty de esa ráfaga humana es que su tarea consistirá en desembalar cajas. Abrir. Vaciar. Clasificar. Desechar lo comido por las polillas, rescatar lo valioso o lo simplemente intacto. Hacer listas. Pasarlas a Lucy. Esperar a que ella decida. La nueva sede del museo de Auckland es todavía un Nueva York de bultos haciéndole sombra a otros bultos. Es un edificio aparatoso, disparatadamente grecolatino, vertebrado en torno al monumento a los caídos en la Gran Guerra. Betty sospecha que va a pasar frío. Mira las tres sillas, la ingente cantidad de cajas y recela: pronto le buscarán compañía. Lucy no parece la mejor anfitriona. Nada de detalles, ni una bienvenida. No le ha hecho más caso del estrictamente necesario, cosa que a Betty, ahora mismo, con sus centímetros de falda sobrante, sus pies masculinos y su timidez de paria, no le disgusta en absoluto.

A pesar del frío y del polvo, del cansancio y del horror que le provocan los sitios cerrados, a pesar de que aún carece de fuerzas para desmontar torres de cajas, Betty va a aguantar allí más de una semana. Soportará esas pegas, y también la cháchara de Naera y Marguerite, las compañeras que está temiendo. Porque al menos durante estas dos horas diarias tendrá algo que hacer y se olvidará de sí misma. Porque aunque esta ocupación se la haya impuesto ella, aquí no la eclipsa su madre. Porque quisiera volver a sentir de cerca la energía de Lucy. Y porque ella, criatura sin camada, es una persona curiosa. Toda caja cerrada es una promesa. Y algunas de estas cumplirán con creces las suyas.

Cuando pase el tiempo y su propio cerebro se convierta en un museo de botánica, Betty comprenderá la relevancia de lo que pasó por aquellas manos de las que aún no sabía adueñarse. Se acordará con espanto de la ligereza con que las otras dos arrojaban cosas al arcón de los descartes. Hojeará sus álbumes de reproducciones, acariciando flores delicadamente pintadas que no se marchitarán nunca, órganos que el ojo no distingue, vegetales extintos que ya no se comerá ninguna oruga ni recolectará ningún humano. Y evocará que sí, el original de esta, no el grabado ni la acuarela, sino el mismo especimen que copiaron del natural los artistas, lo sacó ella misma de una caja. Ejemplares que, por dios santo, describieron para la ciencia los mismísimos Banks y Solander. 


Kōwhai specimen
Como esta. Que he recolectado de aquí.


Betty, confusa, soñadora y enclenque. Betty ante pliegos que el Endeavour del capitán Cook fue acopiando en su travesía. Betty imaginándose aventurera, sosteniendo los testigos de una época en que el mundo era, como ella, joven e inexplorado. Plantas a las que ningún europeo había dado nombre. Restos de un paisaje que los colonizadores después travestirían. Lo que no se había visto y como conjunto no se volvería a ver más tarde. Lo que fue una vez virgen. Cuando un tesoro pasa por tus manos, en ellas ha de quedar un poso. Betty se fue haciendo así dueña de las suyas.

martes, 7 de febrero de 2017

La casa de la Botánica

Así que fue Nellie Maud, madre de Betty Molesworth, la que de una forma u otra la colocó en el disparadero de las plantas. Hay en ese triángulo compuesto por hija, madre y botánica una especie de necesidad ecológica, un apremio parecido al modo en que las distintas especies se ligan en los bosques. En el sanatorio para tuberculosos adonde la internó su madre Betty se consolaba del aburrimiento y de la timidez reconociendo flores. Primera piedra del edificio. Mientras lo hacía, se acordaba de que fue ella precisamente quien primero le enseñó sus nombres. Pilar maestro. Y después de aquellos dos años de hospital, blancos o negros, repuesta o hecha añicos, fue Nellie una vez más la que movió los hilos y consiguió para su hija un trabajo en el War Memorial Museum de Auckland. Fachada, tejado, felpudo de bienvenida a la casa de la botánica.

Si Betty se daba ánimos en el Hospital de la Fiebre, considerando que cada mañana se encontraba más fuerte y cada paso le costaba menos; si se hacía ilusiones respecto a lo que le depararía el día después de salir de allí, pronto se iba a sentir decepcionada. Por supuesto al cabo del tiempo terminó recibiendo el alta. La imagino dándole la espalda al hospital, sola y rematadamente flaca, una bolsa de tela en una mano con dos o tres cosas, un cepillo de dientes, uno de esos cuadernos garrapateados a los que ya se ha hecho adicta, a lo mejor uno de los viejos libros del carrito, sustraido como acto de agradecimiento o de resistencia; en la otra mano, sudadas, las monedas justas para comprar el billete de tren a casa. Ha recibido una de aquellas cartas frías con instrucciones. Puede que el hecho de salir del hospital le haya hecho concebir esperanzas, pero entre ellas no figura la de que venga a por ella su madre.

A lo largo del viaje se preguntará qué le espera a partir de ahora. Qué va a hacer y que le permitirán que haga. Si habrá modo de recomponer el proyecto de estudiar biología en Cambridge. Apoyará su frente en la ventanilla y observará con desaliento la diagonal que recorre la isla norte. Se sentirá tan cansada. Ver mundo, conocer gente, poder llamar hogar a un sitio sin que le resulte un sarcasmo. Espera que poco a poco le vayan volviendo las ganas.

Lo que no sabe aún es que la enfermedad, además de robarle un futuro y dejarla vacía, la ha convertido en una apestada. En el clima no especialmente sofisticado del país soplan bastantes prejuicios. El recuerdo de la epidemia de gripe española que en 1918 mató a cerca de 8600 personas no se ha disipado transcurridos doce años. Cuando llegue a la que solía ser su vida descubrirá que los pocos vínculos que mantenía se han marchitado sin remedio. El miedo al contagio hará que los conocidos cambien de acera cuando la vean acercarse. Las madres de algunas antiguas amigas no permitirán que las visite ni que le acerquen la nariz a menos de veinte metros. Betty es tímida pero tiene hambre de afecto. Si pensaba que su cuarto en el hospital era una celda, no tardará en darse cuenta de que aquello no era nada. Las sensaciones de reclusión y abandono se intensifican cuando eres testigo directo pero invisible del curso cotidiano del mundo.

Qué va a hacer. Qué van a permitirle que haga. Su humilde nivel de estudios ha encallado irremediablemente. Tampoco podría ponerse a trabajar en cualquier tienda u oficina. Su cuerpo no aguantaría una jornada laboral corriente y su psique no aguanta los espacios cerrados. Y nadie la quiere cerca. Esta época tras la enfermedad la va a averiar tanto que se empeñará en enterrarla en su memoria, pasado el tiempo. Ocultará que padeció tuberculosis igual que otros ocultan el sida. Pondrá poco cuidado en sus cuadernos de entonces, destruyéndolos o permitiendo que los destruyan. Se alegrará a lo largo de toda su vida cada vez que la gente se confunda y la crea inglesa.

Y hasta entonces quedará más a merced de Nellie Maud que nunca. Aunque Betty no puede soportar la idea de trabajar en un museo, su madre considera que ya es hora de que vaya espabilando. No la quiere todo el día en casa, taciturna, cada vez más consumida. No tolera que una hija suya tenga tan poco nervio. Le ha hablado a Lucy Cranwell de ella. ¿Lucy quién? Ya sabes, la hija de Marian Cranwell, del Consejo Nacional de Mujeres. Se encarga de la sección de Botánica del nuevo museo, desde hace un año. Justo recién salida de la Universidad. Qué chica extraordinaria. He tenido que insistirle para que te deje echarle una mano. Un par de horas al día y encima piensa pagarte. No me dejes en mal lugar.

Como siempre, murmura Betty. No conoce a la tal Lucy, pero ya ha empezado a caerle gorda. No quiere trabajar con ella, no puede, no quiere, de verdad que no puede. Pero qué va a hacer si no. Qué otra cosa van a permitirle. Qué otra casa que no sea la de la botánica le ha abierto hasta ahora sus puertas.

jueves, 2 de febrero de 2017

Amnesia

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Todas las ocasiones en que la naturaleza nos ha salvado. Cuando la cercanía de nuestra propia manada nos resultaba repulsiva. Cuando todo lo contrario. Cuando había demasiado corazón y nadie a quien entregárselo. Cuando te ahogabas en la insuficiencia. Cuando la vida no era la celebración que te habían vendido. Salías ahí afuera, a lo mejor no al meollo de lo salvaje, sino a un recorte de pasto entre dos solares, donde los tréboles significaban todavía una promesa de buena suerte. O a sentarte bajo uno de los olmos de la plaza. A lo mejor seguías andando, o conducías hasta donde las casas no habían aprendido a juntarse en calles. Quizás no había salvación alguna, sino una pequeña y feliz amnesia. En torno a ti, otras formas posibles de estar vivo. Respirando sin desear. Creciendo sin competir. Cumpliendo el mandato escrito en el núcleo de las células. Era una nostalgia fruto de malentendidos. Las palabras favoritas de la naturaleza son competición y deseo. Agua que disuelve a la roca. Ciervos que berrean. Árboles robándose el sitio. Pero cada cosa que veías sabía lo que tenía que hacer por sí misma. Tenía potencia. Tú, todo lo contrario.

Betty adolescente, Betty tísica, encontró pronto ese refugio. No era una chica sociable. Es difícil resolver la cuestión de si los tímidos nacen o se hacen. En caso de serlo, ¿a quién preferirías achacarle tus inseguridades? ¿A un lastre genético forzoso o a una historia azarosa que podría haber sido distinta? No hay manera de saber si Betty habría sido menos introvertida de no haberse criado en paisajes desnudos, inmolados al ganado. Si su madre, veleta que oscilaba entre el afán de distinción y el socialismo, no hubiera dado bandazos a la hora de elegir para ella escuelas populares o institutrices. Esa fue su infancia: una interacción siempre interrumpida. Puntos suspensivos que no se acaban. A veces estaba demasiado enferma como para poder salir de casa. Otras era obligada, sin armas ni herramientas sociales, a fabricarse un carácter: caminar dos, tres kilómetros hasta la escuela pública; oír el chof chof de unos calcetines mojados dentro de zapatos que ni siquiera resistirían una primavera buena; soportar el reproche y las risas cuando se atrevía a corregir la pronunciación del maestro; aprender a ser esforzada y humilde como las chicas de las fábricas.

La feroz cuarentena que le fue prescrita tras ingresar en el hospital para tuberculosos de Wellington no contribuyó precisamente a hacerla más efusiva. Un año entero de incomunicación engañada sólo con libros hizo que la charla de la gente se le hiciera intragable. Tenía esa edad díficil, ahora y en el tiempo de los troyanos. Y su proceso de socialización había sufrido podas brutales. No le interesaba nada de lo que pudieran decir aquellos con los que era obligada a pasear, una vez que le permitieron salir de la cama. Los alrededores del Hospital de la Fiebre son todavía frondosos. Entonces proponían un cobijo parecido al que las aves más tímidas hallan en el bosque. Las flores que sabía reconocer se convirtieron en un pretexto para apartarse un poco y mantenerse muda. Algunos de sus nombres se los había enseñado su madre. Ramarama, kotukutuku: ella se complacía pronunciando tres o cuatro palabras maoríes, con esa mezcla tan suya de desdén y suficiencia. Su madre, fuego frío, caminando un poco por delante y señalándole algunas plantas. Tal vez era uno de los pocos recuerdos tiernos que Betty atesoraba de ella. Su sonrisa distraida. Una calidez inesperada. Una pequeña y frágil amnesia. 

  
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La flor del kotukutuku. Fucsias, en idiomas con menor gusto por las aliteraciones.

domingo, 29 de enero de 2017

Notaria

Enciendo la radio nada más levantarme. Apenas después de abrir la ventana, porque sin aire nuevo ni luz el hábito de vivir en pie no arranca. Pero sí antes de beber agua, mear o abrigarme la pequeña orfandad de abandonar el calorcito de las sábanas. Mañana de domingo, todavía temprano para que los ciclistas se despeñen por los escalones de la cuesta, los niños agujereen el relativo silencio de un día sin coches, los turistas despistados fotografíen las hierbas entre el empedrado, como si en sus países las ciudades fueran territorio estéril y la vegetación no aguardara pacientemente su revancha. Estoy sola en casa y las voces cobran importancia.

La soledad no me asusta, conste. Vivir con un mínimo de consciencia obliga a aceptar que la soledad se aloja en la médula de los huesos. Y a mí la vida me convence, aunque venga con condiciones todavía más fulleras que las cláusulas suelo. Sólo es que yo, que sólo sé articular un lenguaje organizado y coherente en silencio y con los dedos, me dejo hechizar por la coherencia que se pronuncia en voz alta. Aunque últimamente todos los que hablan en la radio repitan sin cesar la muletilla básicamente. Me pone de los nervios. Convierte en abreviatura cada asunto que se trata. Como si no nos permitiéramos reflexiones de más de 140 caracteres.

O sea, que enciendo la radio y termino de espabilarme escuchando predicciones agoreras sobre el efecto que tendrán las políticas de nuestro nuevo Nerón sobre la salud del planeta. Eso sí que me asusta. Y que el mundo sea a la vez inabarcable y una corrala donde cada hijo de vecino escucha las miserias del de al lado me resulta chocante, a veces. Ahí estoy yo, enguajándome el sueño en el lavabo, calibrando cuánto tiempo puedo retrasar el siguiente corte de pelo, y afligiéndome a la vez, sinceramente, porque la ignorancia se revela como crimen de lesa humanidad, y porque, queridos, vamos a sudar, vamos a mojarnos hasta las rodillas, vamos a tener que ir practicando las etapas del duelo por peces, corales, anfibios, osos polares, bosques, Venecia, la posibilidad del paraíso en las islas del Pacífico.

Entonces se me van por el desagüe las vacilaciones, junto con las legañas y la acumulación de ausencias. Ayer bromeaba con mi prima acerca de lo que me estaba costando encontrar temas des escritura después del, jujuju, éxito. Prima, le decía, me siento como un concursante de Gran Hermano 7, lastrada por mis cinco segundos de fama. Era una coña, por supuesto. Pero la verdad es que me daba cierto reparo seguir escribiendo fusiones entre intimidad y naturaleza. Me parecía... descarado.

Lo sé, a lo mejor titubeo más de la cuenta. Lo de parecer que me aprovecho por puro narcisimo de una necesidad ajena a lo mejor sólo está en mi apocado cerebro. Y, cielos, lo sé: leer y escribir la trama oculta de la vida salvaje, llevarme un dedo a los labios, señalar y decir, con los ojos y las palabras, mira aquello, qué inmenso y que fértil, qué cruel, qué belleza, ahora mismo me colma. Es una vocación sincera que ya me estaba exigiendo hacerse carne, mucho antes de que tanta gente se sintiera alentada por aquel texto. Lo pienso y me digo que la vocación del consuelo también es un motivo franco y noble. No puedo quitarte el dolor, pero puedo abrazarte. No puedo darte más armas que la de certeza de que en esto incompresible del vivir no estás solo.

No puedo vencer a poderes voraces pero puedo dejar testimonio. Escribir con el corazón en un puño, hacernos notarios de la hermosura y de la riqueza, por si acaso, por si nos las arrebatan. Ser como conservadores de museo en zonas de guerra, sacando del país los mejores cuadros, agrupando en un triste almacén las estatuas. Ahora más que nunca hay que escribir la naturaleza, igual que se escribe la juventud en un diario íntimo: para preservarlas, para volver la vista después y decir qué inocente era yo, qué bonita.

Así que seguiré contando la historia de Betty Molesworth*, o cómo la botánica ayudó a sanar un corazón enfermo. Seguiré relatando la épica de las águilas y la insignificancia aparente de los helechos. Me perdonaré por aquella época en que la soledad sí me asustó y no supe estar atenta ni dejarme salvar por el paisaje.


*¡Etiqueta "Betty", etiqueta "Betty"!

jueves, 26 de enero de 2017

Tan normal

 
He sentido tantas cosas estos días que no me extrañaría que en el corazón me salieran agujetas. Por encima y por debajo de todo, mojándolo todo, asaltando a quemarropa las horas del día, atacando por la espalda las nocturnas, he sentido lo que muchos: dolor, tristeza, rabia, desamparo.

Y a la vez, la alegría imprevista de que algunas de mis palabras hayan podido servir de bálsamo. Me ha conmovido profundamente que lo que yo elaboro con la materia bruta de mi desolación y mis dudas, de mi esperanza terca y mi experiencia aislada, haya funcionado como un perro pastor para los sentimientos de otros. Lo que latía sólo en mí, ahora late fuera como un trasplante. El recluido yo, convertido en nosotros. Me he sentido honrada de que algo tan intangible como un texto, potencialmente tan torpe e interpretable, algo que carece de la fuerza y de la calidez de unas manos que arreglan o curan, o de un cuerpo que abraza, haya podido procurar consuelo.

He sentido pudor, claro. Cómo no, si aquello que se me estaba agradeciendo, aquello por lo que se me aplaudía, tenía un origen tan dramático. En algunos momentos me ha inquietado que esa alegría fuera oportunista. Pero me han hecho saber que si nadie conjurase la pena y la furia, si nadie, por respeto, quisiera ponerle voz a los que se afligen, el nudo en el corazón terminaría apretando demasiado.

Y, de vez en cuando, he sentido un desasosiego al que tampoco yo sabía ponerle palabras. Una molestia que, como una fiebre leve, no me impedía hacer mi vida, pero que me iba debilitando. Escuchaba y leía las noticias, hablaba con unos y otros del asesinato, y una alarma bajita en mi interior me advertía de que ahí había algo averiado. Algo que, lo he estado pensando, tenía que ver con lo normal y lo extraordinario.

Ahora creo que la normalidad es un asunto bastante mal calibrado. He escuchado una y otra vez que el cazador que mató a mis compañeros era un chico perfectamente normal, como tú y como yo, como cualquiera. Cortés con sus vecinos, trabajador, simpático. Iba a comprar a tu frutería y te preguntaba cómo te iba. Te pedía amistad en Facebook. Ponía en su bar un café rico. Quizás todavía no había borrado del móvil algunos de los memes navideños que tampoco tú has borrado. Cómo iba a hacer algo así uno de los nuestros. Meterle dos tiros, dos, a sendas cabezas inofensivas. Alguien que no se metía en líos, que nunca ha hecho ruido, que no era conflictivo. Pasa algo así en nuestro barrio, en nuestro pequeño círculo de influencia, y nos quedamos perplejos. No se nos ocurre otra cosa que decirle a los periodistas más que: si era muy normal.

Como si los contactos pasajeros que mantenemos con los que nos rodean nos expresaran completamente. Como si lo que ven e interpretan de nosotros es lo que fuéramos. Como si no hubiera recovecos ni ángulos muertos una vez que uno cierra la boca o la puerta de su casa. Como si la normalidad no fuera un pacto colectivo para no andar todo el día con miedo del vecino.

Y cuando la normalidad se quiebra y se convierte en lo extraordinario, entonces, ah, aparece la enajenación transitoria o la locura. Se le cruzaron los cables. No se acuerda de nada, como si hubiera sufrido una posesión demoníaca. Joder, tuvo una reacción maquinal, instintiva. Te dan un golpe en la rodilla y tu pie se levanta. Se te acercan un par de tíos uniformados y tu escopeta se dispara. Bueno, eso... normal, normal, no es. Tal vez el chico no estaba muy bien de la azotea. Va a ser eso. Que estaba loco. Sólo un chiflado puede reaccionar de esa forma. Cómo iban a haberlo evitado, los dos pobres forestales. Ese día salieron de su casa sin saber que se iban a topar con la fatalidad. Un loco con una escopeta. Un suceso trágico pero excepcional. No hay por qué sacar las cosas de quicio y asustarse. No tiene por qué volver a pasar. La inmensa mayoría de los que andan por el monte son personas normales.

Y yo no tengo la menor duda de que el monte no es un hervidero de locos. Como tampoco la tengo de que cualquiera dotado de un arma y una gestión deficiente de sus emociones tiene en su dedo el poder de matar. No tiene por qué parecer un perturbado, ni haberte acosado de pequeño en el recreo, o haber trapicheado con drogas. Ni siquiera tiene por qué ser necesariamente una mala persona, en cada una de las facetas de su vida. A lo mejor es un buen padre, un buen marido, un buen vecino. Tal vez es tan normal como tú y como yo, como cualquiera. 

Tal vez deberíamos tener más defensas contra la normalidad.