sábado, 27 de mayo de 2017

Greenery


Pantone® ha decidido que el color del 2017 es un tono de verde amarillento que ha dado en bautizar como greenery, traducido como follaje, vegetación: el verdor entendido como cualidad teórica del paisaje, como cosa que se menciona al bulto porque el detalle no interesa. Categorías que ni huelen ni pinchan ni te manchan la ropa porque no te puedes sentar en ellas. Yo prefiero traducirla libremente como reverdecer, porque según los cursis de Pantone®, el greenery “evoca los primeros días de la primavera, cuando la naturaleza revive, se restaura y renueva”. Y nena, necesitas vestirte de verde, ponerle un toque lozano a los chismes que vamos a venderte, si lo quieres es sobrevivir en este angustioso y convulso planeta.

Imagino esa reunión en la que se decreta el color del año. La petulancia convertida en uno de los elementos constituyentes de la atmósfera. El hombre sensible entre mujeres, matizando histéricamente los tonos de la paleta e inventando nombres imposibles para mearse en el cliché de que los hombres son ciegos a las sutilidades. Esa presunción de saber que influyes, porque ¿cuántas veces no te has paseado por los obedientes pasillos de Zara y H&M y te has sentido el líder espiritual de la tonalidad de la masa? ¿No le has puesto un mote ñoño a cualquier rosa y lo has vendido sutilmente como un arma de dulzura? ¿No has intentado convencernos de que el color, tu color, puede compensar una realidad sombría?

Al margen de lo tenebroso que me resulta que una empresa se erija en árbitro y ministro de la luz que reflejan las cosas, me pregunto: la teoría del color ¿es o no una paparrucha? Cuando contemplo una hoja tierna atravesada por el sol, ¿se alegra realmente y vibra en una longitud de onda particular el fondo de mis células? Veo un cielo blanquecino y digo pesadez y pellizco, pero ¿hay una relación directa entre color y corazón, o es que mi mente se ha colado entre medias? ¿Se vinculan mis emociones a la energía que la realidad emite? ¿Hay un flujo de ondas o electrones entre mi pena y mi placer y todo lo que me rodea? Ciprés oscuro, bolso naranja, aire recalentado, quejigo en el recuerdo, runrún de la nevera. 

National Geographic, mi amor y agradecimiento hacia tu generosidad no decae  No me vas a denunciar, ¿verdad?
 

La mujer de esta foto me ofrece su respuesta. Ella es su propio Pantone, ella elige y dicta el color que ha de adoptar el mundo. ¿Tuvo siempre los ojos verdes o es que se le han teñido por transferencia? Pinta las paredes y se viste según un patrón casi religioso. Tiene una moral cromática: ve verde, siente verde, cree en verde y manipula la realidad para que interior y exterior sean una misma cosa. ¿Por qué me emociona su veredicto? Pues porque esta mujer sufre demencia. Su memoria declina y el individuo que ha sido se pierde, mientras su mirada y ella misma se transforman en otra cosa. Un latido verde, una radiación, un tipo distinto, inaccesible para el resto, de experiencia. Quien la ha retratado dice, refiriéndose a los enfermos de Alzheimer: “cuando ellos no pueden seguir viviendo en nuestro mundo, nosotros tenemos que vivir en el suyo; es más facil para ellos y para nosotros”. Me parece tan sabio, tan hermoso, tan definitivo a la hora de construir relaciones, que con gusto accedería a ese reverdecer, a ese vibrar íntimamente al mismo compás que el mundo. Con gusto me vestiría y pintaría mis paredes y dejaría que los ojos se me tiñeran de greenery.


lunes, 22 de mayo de 2017

La savia parada (21)

 
Creyó tal vez que la guerra lo cambiaría todo. Que arrasaría su vida y encontraría en la ruina algún tipo de forma. Betty, buena chica, cuerpo endeble, hija de su madre antes que ninguna otra cosa, desaparecería como tantos buenos chicos enviados al frente. El tedio saltaría por los aires. Lo visceral quedaría por fin expuesto. Su verdad candente escondida tras ropas grises. A los treinta años Betty era un fruto maduro que empieza a fermentar antes de caerse del árbol. No había a la vista ser o periplo que la devorase y pudiese transportar su semilla, lejos, lo más lejos posible de la rama en la que se pudría.

Pero Nueva Zelanda era como el Plutón de las pasiones. La pura definición de la periferia. Sí, los aviones japoneses zanganeaban de vez en cuando por los cielos estrechos de Wellington y Auckland, tan altos, tan inconstantes, que la amenaza de invasión apenas conseguía arrancarte de la somnolencia. Sí, la guerra hizo mella en las importaciones, pero qué épica podía haber en las cartillas de racionamiento y en las colas. Recostada en el interior del camión que le habían asignado, Betty consideraba que la guerra allí no era más que monotonía en uniforme. De la fábrica de mantas a la base aérea, de la base al puerto, del puerto a la fábrica de galletas. Facturas, albaranes, bostezos. Esperas y prisas. Ni un bache en las carreteras. Alguien a quien conocía fue movilizado a la campaña del norte de África. Un bueno chico aburrido con un futuro ligado naturalmente a la cría de ovejas. Si en su momento Betty le hubiera dicho sí, ahora tendría al menos un nombre por el que preocuparse, su ración propia de drama.

Le dijo que no y cuando lo mataron no tuvo siquiera derecho al luto. Nada de lo que pasaba en el mundo parecía tocarla. La pena era esa cosa sin esqueleto instalada en la mente y no en el pecho. Una emoción a la que tenía que obligarse. La expectación bélica declinó pronto, incumpliendo sus promesas: ruina y regeneración; arrebato y cambio. Berlín y Japón no se habían rendido aún y Betty volvió a ser transplantada al Museo de Auckland. A veces fantaseaba con que todo lo que le ocurría, y sobre todo lo que dejaba de ocurrirle, era producto de un encanto. El aire se blindaba cada vez que intentaba abandonar el país para siempre, la vida plana que le ofrecía. ¿Su madre era la bruja del cuento? Demente y bella como la madrasta de Blancanieves, bromeaba para sí misma. ¿Era Lucy Cranwell una de sus secuaces?

Lucy, siempre Lucy. Su modelo y su afrenta. La mujer odiosa de tan admirable. Si nada parecía tocar a Betty, Lucy conseguía moldear el mundo. Todos los soldados aliados destinados al frente del Pacífico atesoraban en su petate un folleto que ella había escrito. Un compendio de alimentos silvestres que en caso de ser derribados, podrían mantenerlos con vida en la jungla. Lucy guía y brújula, chispa vital, hada buena. Lucy ganando siempre en velocidad, adelantándose. En 1943 volvió a crearse a sí misma y se casó de forma intempestiva con un capitán americano. Un año más tarde ya se había mudado a Tucson. El aire abría pasillos para ella en vez de blindarse.

Y Betty fue la elegida para sustituirla en el puesto de conservadora botánica de un museo que conocía de sobra. ¿Tenía acaso que alegrarse? ¿Por volver a Auckland, tan cerca de su madre? ¿Por seguir la estela de Lucy? ¿Por la pequeñez y el encierro y las excursiones para señoritas y niños? ¿Tenía que darse por satisfecha con el éxito de la muestra floral que Lucy había instaurado y Betty organizaba dócilmente tras su marcha? Flores cortadas. Especímenes pardos entre papel secante. Habitaciones sin ventanas. ¿Cuándo iba a empezar a correr la savia?

viernes, 19 de mayo de 2017

Mi cortafuegos

 
Muchas veces no sé qué hacer con esto. Con la alegría. Con las palabras. No entiendo muy bien cómo han llegado a convertirse en parientes, pero así ha sucedido.

Primero vinieron las ganas de contar y de soltar, de absorber y de ceder, de libar belleza y dulzura y veneno en estado bruto para después devolver algo comestible. De la mano de las ganas, la atención a lo que está fuera de mí y también dentro, y la comprensión de que no son territorios tan dispares, y de que el cráneo y la piel son más permeables de lo que parece. Espié cómo actúa el filtro de la mente y pensé ah, cabrón, ah, tramposo, ah, pobrecito. Y entonces fue llegando la reconciliación: entre lo que pensaba que debía ser la realidad y lo que es; entre mis ganas imprecisas y yo misma. De ahí a la alegría quedaban unos metros, fáciles de superar con un salto. Es lo que hice y es lo que hago, porque soy un animal comodón por naturaleza, y porque a la vida quiero verle todavía menos inconvenientes que ventajas.

No creas que me engaño. Sé tan bien como cualquiera que, vista con instrumentos de precisión, un microscopio o un catalejo, cualquier biografía es susceptible de hacerte enarcar una ceja. Tanto afán, tanto apremio. Tanto dolor, tanta miseria. Tanto desamor, tan poca inocencia. Respirar mata, el ADN te traiciona. Nadie habla verdaderamente tu lengua. La mezquindad campa a sus anchas. La decencia es pose o artículo de lujo. Toda realidad es interpretable y todo generalmente se malinterpreta.

De todo eso me protejo con mi cortafuegos de alegría y palabras. Procuro moverme desnuda, curiosa y simple por este mundo sucio. Pero ¿con eso basta? A mí me viene bien, desde luego, pero yo ya he dejado de pensarme exclusivamente como un individuo. El afán ajeno me consume. Tu dolor me hace tanto daño. Cada tara en el amor de la que soy testigo se suma a mis propias taras. La mezquindad de los demás me salpica. Tu ego invoca a mi ego y termina sacándolo medio podrido de donde lo había enterrado. No soy capaz de sobrevivir sola en mi isla de calma. Conjugar los verbos del vivir en primera persona es una trampa.

¿Cómo colectivizo entonces la sonrisa a prueba de ruina? ¿Qué palabra ofrezco? Si es que las palabras sirven de algo. Si funcionan mejor que una tirita taponando un tajo en el cuello. A veces intento encontrar un consuelo hablado para el mal o el fracaso ajenos. Y casi siempre me siento una boba bienintencionada, qué combinación medio odiosa. ¿Cómo puede curar mi discurso improvisado a un discurso mental tuyo que llevará fraguándose años? ¿Cómo puedo convencerte de que esto es verde y no rojo? ¿Cómo convencerte de que si tu impotencia fluye en mi dirección, también puede fluir hacia ti mi alegría? ¿Qué te digo para que confíes en que sigue habiendo ventajas?

lunes, 15 de mayo de 2017

Wanna Hug*

 
Mi amiga a la que sólo abrazo con palabras y yo nos escribimos cartas. Empezamos cruzando correos electrónicos y después, como una forma de rito, nos pasamos al papel. La tinta. Los sellos que ya no dejan un sabor amargo en la boca porque ya no hace falta chuparlos. Los sobres: entro en el estanco con la leve zozobra de los actos inusuales, casi como si fuera a comprar la píldora del día después. Los buzones siempre ponen a prueba mi confianza, y siempre se la ganan. Entrego mi carta y me encomiendo al buen hacer de alguien. Es una labor cuajada de huellas, una interacción en la que intervienen manos. Cuando hay manos de por medio, hay un plus de calor, una recuperación de la solidez.

No conozco la estatura de mi amiga, las cambios que la risa produce en su cara. No he escuchado su voz ni su acento, ni me ha llegado su olor, aunque yo lo imagino como una mezcla de hierba mañanera y pan tibio. Con semejante falta de datos, ni siquiera sé si tengo derecho a llamarla amiga. Nunca he besado sus mejillas ni la he abrazado. Y a pesar de que nuestra simpatía es intangible, nos enviamos materia escrita de una parte a otra del país. Como si nos lanzáramos salvavidas para no naufragar en el mar sin sustancia que amenaza con tragarnos. Una forma bastante cándida de intentar nivelar la balanza inclinada sí o sí a favor de las realidades virtuales.

¿Nostalgia de un mundo moribundo? Sin duda. Las cosas físicas declinan. Monedas, nóminas y facturas, libros y cuadernos de campo, amistades y música; mapas de carretera, álbumes de fotos, aparatos que funcionan a pilas, guías de viaje, fuego en las cocinas. Claro que podemos pasar sin todo eso. Lo sólido es un engorro. La mente no necesita alimentos materiales para crecer y multiplicarse. Yo odiaría volver a los bancos para hacer transferencias. El corazón me dolería si tuviera que renunciar a mis fuentes de música emancipadas del disco. Y si ya no me leyera nadie a través de este blog... Seguiría saliendo alegre al mundo y encontrándolo extraño, voraz o deslumbrante, pero siempre miraría a mi alrededor con la esperanza de tener cerca a alguien a quien señalárselo. Me sentiría el último mohicano.

Hacer los deberes de niña, tomar apuntes en la universidad, escribirlo todo a mano, me formó un tremendo callo en el dedo anular que con los años y los teclados se ha ido desintegrando. No lo echo de menos en absoluto. Y sin embargo, cuando un ataque informático global nos estremece y nos pone a las puertas de una distopía sin dinero, ni electricidad ni memoria personal ni vínculos, mi hambre de materia se renueva. Libros acariciables. Letra manuscrita. La voz seguida de aliento. El dedo que señala al pájaro. Manos que haciendo cosas se transforman. Abrazos.

Y me pregunto si habrá alguna otra forma cándida de equilibrar la balanza. Si todavía hay tiempo de corregir paradojas: confiar en un mundo fácil pero vulnerable. Guardar mi corazón en un disco duro que no entiendo, como tampoco entiendo a mi cerebro, y esperar que se quedé siempre ahí, bien fresco y a mi disposición. Mandar adonde quiera mi voz de manera que conserve algo de cuerpo. Estar allí contigo, lejos, a través de una pantalla, y que a la vez haya un flujo de calor. Abrazar con palabras y que eso sea otra forma de materia.


(* Hug = abraz0, anglófobos. Mi versión del virus. Ya podéis ponerlo a rular por vuestros equipos en red )


jueves, 11 de mayo de 2017

Carta a quien no me influyó

 
Estimado señor de la Fuente:

Disculpe que no me dirija a usted usando su nombre propio, ni mucho menos lo llame amigo. No creo que pueda permitirme esas confianzas, porque aunque yo sepa quién es usted desde siempre, ninguno de los dos hemos tenido la oportunidad de que dirigiera mi vida de algún modo o la cambiase. No crea que no me entristece. Pienso en lo cerca que está usted del corazón de mucha gente a la que quiero y admiro; hago cuentas de las veces que me han dicho que una trayectoria sólida de amor a la naturaleza fue catalizada por su presencia rotunda y su obra; e inevitablemente siento la nostalgia de quien se ha enterado demasiado tarde de la celebración de una fiesta.

Pasa que nací sólo unos cuantos años después de lo debido. Pasa que usted murió prematuramente cuando yo no llevaba más que quince meses en este abigarrado y paradójico planeta. Pasa que usted es la conmoción y la leyenda de otros, y no mis propias conmoción y leyenda. Le tengo un respeto aprendido y un cariño de prestado. Sentimientos de los que seguramente carecería si no fuera por sus intermediarios. Lo quiero a usted como se quiere a las chancletas de una madre, al pijama del marido, a los Sandokán y Naranjito y Petrovic que hicieron vibrar a mis íntimos. Su presencia en mi vida es un agradable ruido de fondo, una canción del verano, una impregnación tan larga que pasa desapercibida. Una caricatura, incluso. No hay antes y después de usted. No hay boca abierta delante de la tele ni ojos improntados.

Y lo lamento, nuevamente. Siento la congoja que quizás deben de sentir los hijos cosechados en un banco de esperma. Mi vocación naturalista tiene uno entre cien mil padres desconocidos. El cruce efímero de biografías no me ha permitido ser su huérfana. Y créame que yo vengo necesitando una figura poderosa que me encauce. Esa vocación es segura pero tardía. Han tenido que caer muchas hojas y volver muchas primaveras para que la forma de mi amor se revelase.

Por eso ahora me encuentro con que tengo malformaciones de crecimiento. Desconozco tantas cosas: tantos actores, tantos vínculos, tantos porqués y tantos nombres. Antes pensaba que la taxonomía carecía de importancia, que acumular especies cifradas en una lengua muerta, de plantas, de pájaros, de insectos, era una variedad blanda y benigna del síndrome de Diógenes. Ya no soy tan arrogante. Ponerle un nombre a cada cosa es una tarea de Adanes. Lo dice la Biblia, y aunque para mí eso no sea un refrendo, sí que es una fuente de belleza. El canto del reyezuelo sencillo es distinto del canto del reyezuelo listado. El sábado pasado me lo enseñaron. En otro tiempo hubiera dicho pues vale. Ahora sé que el hecho de que cada cosa se llame de un modo farragoso significa que el ojo y la memoria aprecian la diferencia y el matiz, y por tanto, la chalada exuberancia de la naturaleza. No hay necesidad ninguna de que haya siete especies distintas de reyezuelos, pero puesto que el arrollador brío de la evolución ha sido maníaticamente capaz de imaginarlos, sí es un acto de admiración poder distinguirlos. Es necesario.

Pero dime, Félix, ¿quién me cataliza a mí? ¿Y de dónde saco yo ahora un tutor que me corrija las deformidades? ¿Qué leo, a quién acudo? ¿Quiénes son los guardianes de los nombres? ¿Quién podría secar mis lagunas sin marchitarme?

¿Podrías tú mandarme una bibliografía desde el lugar que seguro que compartes con los animales muertos malamente, de forma prematura? ¿Eh, amigo?

domingo, 7 de mayo de 2017

Entregada


¿Sabes cuando una canción encaja tan perfectamente en una hora y en un paisaje que es como si de repente algo que no te da vergüenza llamar dios - porque de repente ya no hay vergüenza  - se hubiera curado de su ataque secular de mutismo?

¿Sabes cuando entre canción, paisaje y corazón se forma un triángulo de amor perfecto? Cuando vas conduciendo y te recuestas de tal modo en esa cama que estrellarte contra un camión que misteriosamente ha dejado de estar lejos no te parece tan mala opción.

¿Sabes cuando te dispersas y te fundes y ya no hay manera de distinguir biografía y espacio? Cuando tu nombre se convierte en toponimia. Cuando puedes leer un bar de carretera, un prado, un polígono industrial, una vía de tren, un cerro quemado, un arroyo, como tus propios capítulos. 

¿Sabes olvidarte de ti mismo y no saber después dónde te has puesto y no encontrarte de ningún modo y encogerte de hombros y decirte bah, ya apareceré por algún sitio? ¿Sabes cuando la travesura de no asomar por tu propia mente te tienta?

¿Sabes cuando dejas de enfocarte de esa forma obsesiva? Cuando desatiendes tanto tu posición y tus defensas que la realidad se propaga dentro de ti como una enfermedad nueva. Cuando ya no eres memoria y hambre sino árbol, hoja nueva, insecto alojado en la agalla, helecho sobre el tronco, micelio, espora. Cuando embarrarte los calcetines dentro de las botas no te incomoda porque también eres el barro.


Mi retrato


¿Sabes cuando la importancia que te das se desvanece y el talento obvio de los demás ya no ofende a tu autoestima? Cuando la belleza ajena te adorna. Cuando ya no hay agravio comparativo. Cuando no envidias más porque tú ya no eres un ego encerrado en una celda de hueso sino una esponja, y no siendo alguien eres cualquier cosa .

¿Sabes cuando por fin, por fin, entiendes de veras que no importa qué sino cómo? Cuando te das cuenta de que cualquier cosa que hagas estará bien siempre que las hagas con amabilidad y entrega.

jueves, 4 de mayo de 2017

El hábito de sobrevivir (20)

Soñaba, claro, quizás no más que cualquier persona. Grandes sueños barrocos como cumulonimbos. Se soñaba a sí misma como una heroína de incógnito, el rey que vestido de mendigo se mezcla con sus súbditos. Imaginó, mientras se ahogaba en la pena blanca del hospital para tuberculosos, que en realidad ella era Anastasia, gran duquesa rusa, fugitiva de la fosa de los Romanov. Oyó voces que le susurraban eres radiante, eres hermosa, eres digna. No pensó que su cerebro seductor la engañase.

Soñó que finalmente zarpaba, no en aquel barco que debía circunnavegar el cabo de Hornos, sino en el Rangitane. La travesía a través del canal de Panamá no era habitualmente tan arriesgada como la que había de llevársela para siempre de Nueva Zelanda, con una fiesta de torbellinos, adrenalina y borrascas haciéndole coros a su despedida triunfante. Ah, pero el Rangitane, que sí había conseguido hacerse a la mar en guerra, tuvo la discutible desdicha de ser interceptado por una escuadra alemana. Soñó que ella estaba allí, la noche encendiéndose con bengalas y algún otro tipo menos inocente de fuegos artificiales, oficiales nazis al abordaje, ladrando, damas con ataques de nervios, capitanes insensatos. Contempló cómo el barco se hundía desde la cubierta de un buque enemigo, envuelta en una manta. Se convirtió en prisionera, hermosa en el hambre y el aplomo, digna, radiante. Repartió ánimos, entretuvo a mujeres y niños en el campo de detención de Nauru, enseñándoles nombres de plantas. Miró y fue mirada a los ojos por hombres a los que la guerra había desprovisto de modales. Fue liberada en Emirau, Papúa, y rescatada por los australianos. Después, cualquier hazaña, cualquier periplo que no terminase en los puertos de Wellington o Auckland. Gigante y sola o ataviada con el romance.

Una y otra vez Betty se soñó como superviviente. Cómo podría haber imaginado otra cosa, si su infancia y su juventud fueron un ir superando trances. Sus pulmones, su abandono, su desolación de paria. Su retraimiento, su falta de perspectivas, su educación robada. El terror a convertirse en el títere de su madre. Y a pesar de sobrevivir mejor o peor a tantas amenazas, siguió sintiendo que la camisa se le quedaba estrecha. Estalló la guerra, quedó varada, desesperó. Y en vez de resignarse al hecho de que su futuro había vuelto a ser saboteado, siguió soñando. Como no se le ocurría otro argumento decidió alistarse.

Qué ventolera, Betty, qué locura. Sólo había que verte para comprender que esta vez la sensatez estaba de parte de tu madre. Que montó en cólera y puso trabas, y movió hilos y habló con quien estuvo en su mano para que no te aceptasen. No eras precisamente la imagen de la fortaleza. Demasiado enjuta, demasiado...tísica. Pero la oposición de Nellie Maud se había convertido para ti en una forma de gasolina. Y te empeñaste. Puede que enredaras de alguna forma al médico militar que había de evaluarte. Le dijiste que el día anterior habías subido una montaña, y que por eso te faltaba un poco el resuello y, caramba, es verdad que lo habías hecho, y que acudiste con la cadera lesionada. La prueba física fue un suplicio, pero te las apañaste para evitar una radiografía pulmonar que te hubiera mandado directamente a casa. Y te fuiste de allí con tu uniforme azul de la Women’s Auxiliary Air Force. Tu madre no logró que te declararan inválida hasta el último año de la guerra. 

Resultado de imagen de Women’s Auxiliary Air Force new zealand
Gracias por el glamour

Hasta entonces condujiste camiones de base en base. Te echaste a los caminos, aprendiste a domar motores a la fuerza. Alguna vez el cielo se oscureció con siluetas de aviones japoneses y temiste saltar por los aires. Alguna vez miraste a los ojos de hombres a los que la guerra había liberado de modales. Quizás alguna vez pensaste que ojalá Holloway te viese. En tus días libres te ibas por ahí a buscar plantas, porque una base aérea no es un hogar y te podía la nostalgia.

Pero volviste a sobrevivir. Y no estabas soñando.