sábado, 22 de abril de 2017

La (dudosa) timidez de los árboles

La ciencia me resulta de lo más tierna cuando se pone poco científica: cuando se mete en el bazar del corazón, tan lleno de saldos y ropa revuelta, para nombrar fenómenos que se suponen objetivos. Resulta que algunos árboles de bosques o parques especialmente frondosos parecen seguir un patrón apocado y tienden a evitar que sus ramas contacten con las de los árboles vecinos. Ello genera que entre copa y copa se recorte un vacío por donde el cielo es cribado, una alternancia de árbol y no árbol que dibuja meandros, eses y hasta caligrafías de alguna lengua muerta. Los botánicos llaman a esto la timidez de los árboles, y a mí me da un poco la risa. Será porque en la escuela me domesticaron a fuerza de categorizaciones. Lo afectivo no se confunde con lo aséptico. El saber no ha de contaminarse con sensiblerías.

Me agradezco a mí misma haber desactivado esos escrúpulos, esa manía de plantar lindes entre puntos de vista no tan distintos. La ciencia y la poesía pertenecen a la misma especie y pueden por tanto aparearse y dar frutos y crías. Desde que se me puso el corazón verde, ya no puedo andar por el bosque sin escuchar rimas. Sin que el rocío y la savia y mis secreciones mentales se vuelvan una misma cosa.

Y sin embargo, leo acerca de la timidez de los árboles y se me pone cara de indulgencia. Automáticamente imagino a quien describió el fenómeno como a una criatura desvalida y sin armas frente al despiadado mundo. A mí, que he sido tímida a un nivel patológico y que todavía llevo encima lo mío, nunca se me hubiera ocurrido cargarle a los árboles el peso de mi insuficiencia. No me cabe en la cabeza que ambos términos puedan ir en una misma frase. Árboles. Timidez. A quién ha podido ocurrírsele. Yo no he visto todavía al primer árbol cohibido. Sí árboles chalados que se obcecan en arraigar en paredes de piedra. Sí árboles hospitalarios. Sí charlatanes. Seres tan sólidos y a la vez tan livianos que no temen que te acerques, que te dejan estar ahí debajo con tu falsa importancia y tu vandalismo latente.

Y he leído también de árboles que se comunican. Se dan noticias, se alertan, se sincronizan. Se conectan mediante redes tan sutiles y ubicuas como nuestros sistemas de comunicaciones virtuales. Hablan sin parar idiomas indescifrables. Y como la ciencia no da con la piedra Rosetta que los traduzcan, nos atrevemos a personificarlos. A la distancia entre árboles se le da una connotación mustia, igual que a la distancia entre humanos. Porque quien se atreve a decir que la timidez es hermosa es que siempre la ha contemplado desde afuera y arriba, desde la posición fanfarrona con que se estudia a las larvas.

Vemos árboles que no se tocan y pensamos en seres retraídos. No en una forma elegante de colaboración y respeto, no en espacios que no tienen propiedad y por tanto pueden ser compartidos. Me alejo un poco de ti no porque te tenga miedo o porque malinterpretemos la compañía, sino por deferencia: el espacio que te rodea está impregnado de tus mensajes, y si yo lo usurpo podré entenderte sólo a medias.

Para captarnos debemos dejar canales de silencio abiertos. Eso es lo que me dicen árboles nada tímidos cuando paseo o me siento bajo ellos.


Los de mi barrio se toquetean como quinceañeros.

domingo, 16 de abril de 2017

Una pieza suelta

 
Un día te levantas inclemente, más cansada o más lúcida, y entonces te das cuenta de que nada encaja en tu vida. Es una primera intuición errónea, pero al menos consigue por fin ponerte en la vía de la duda. A continuación puedes hacer lo de todos los días: cambiarte de acera. Rehuir como siempre tus intuiciones. Tienes cierto talento para ese arte. Podrías sacudirte la nueva visión de la cabeza, atarte bien la bata en torno al cuerpo y prepararte un té tan fuerte que no deje espacio en el paladar a otras amarguras. O podrías en cambio atender al verdadero mensaje. Colocarte de modo que te alcance en el pecho el tiro de gracia. Ya lo has demorado bastante. Estás cansada, estás lúcida, estás inconmovible respecto a tus propias argucias. Hoy es el día en el que definitivamente aceptas que tú eres la única pieza que no encaja.

A tu alrededor todo está bien. Tienes un trabajo aceptable. Una afición en torno a la cual vertebrar el tiempo libre. Un puñado de gente a la que al menos no tienes que explicar cada vez qué es un soro o un prótalo. Vives en una ciudad pulcra junto al mar, ordenada y a un par de horas en tren de paisajes que logran que todo se calle. En esa misma ciudad vive alguien cuyo nombre repites mentalmente con tal constancia que a veces lo confundes con tu propio pulso. Todo cabal, todo correcto. Salvo que nada de eso te reclama. Nada de eso te invoca, a la manera en que en el universo se invocan todos los objetos con masa. No eres la madre de nadie ni de nada. No eres urgente ni necesaria. En tu trabajo, en tu afición, en tu ciudad, o en tu grupo. A alguien le dolería en un primer momento que te perdieras de vista, pero lo terminaría agradeciendo a la larga. Alguien que te lo ha enseñado todo en el arte de esquivar conflictos.

Como ya no vas a darte tregua, repasarás cada una de aquellas miradas que te parecieron puertas de entrada, pasillos que llevaban a lo íntimo. Dobles sentidos a los que se les han marchitado las insinuaciones. Roces que a lo mejor sólo eran accidentes, o a lo mejor flores de un minuto, bellos híbridos improductivos. Desgranarás tus indicios y reconocerás lo endebles que eran. Podrían haber apuntado o no a una historia, y ese o no te pone la cara roja. ¿Se habrá dado cuenta él? ¿Habrá querido compensar con amistad y favores lo que no podía prometer sin mentirte? Oh, por favor, ¿le habrás dado lástima? Y si fuera todavía un o sí, si en verdad hubiera habido una historia: una de esas que no pasan nunca del prólogo, puntos suspensivos infinitos por culpa de la parálisis y la cobardía. ¿No sería mucho peor eso? Como una planta en un tiesto que crece y crece hasta agotar el sustrato.

Un día Betty se despierta inclemente y sabe que su tiempo en Dunedin, en la misma Nueva Zelanda, se ha agotado. Contempla a veces su propia vida con el deseo irrealizable de un fantasma. Nada en ella necesita de su concurso. No tiene peso ni raíces. La pertenencia no la ampara. En un universo sometido a la gravedad, ella se siente un objeto sin masa. Si no fuera por la tía Gwen, sería como un globo que escapa de la mano de un niño. Ella sigue siendo como un oasis que, en vez de agua y frescura, promete familia. La única persona que la sigue convocando. Ha llegado el momento de volver a intentarlo en Gran Bretaña. Puede que allí, de una vez por todas, se desarrolle la verdadera historia.

O puede que no. Todavía.

jueves, 13 de abril de 2017

Naranjo santo

Vamos también en procesión. Perro, gato, yo, un puñado de insectos. Me llevan en volandas como a una Virgen, aunque sea todo lo contrario, porque no tengo hijo y no tengo más que dolores solidarios, y porque. No tengo que dar más explicación. Humana entre criaturas de la tierra y el aire: híbrida. A veces estoy tan libre de mí misma que me siento un árbol que anda. Nico y Bola me preceden como heraldos. Gata marrullera y perra lánguida, tan diferentes en temperamento y tamaño que parecen dos cowboys imprevistos. Nico, camafeo. Bola, Orson Welles, unidas en alguna empresa sin nada que perder ni demasiada esperanza.

Me portan a mi iglesia, me dejan en mi nicho. Envuelta en mi incienso favorito. Dentro del naranjo el olor marea como un escape de monóxido de carbono. Aspiro con avaricia: si un depredador diera conmigo mi carne sabría a azahares. Tomad y comed. También aquí hay algo santo.

Soy burlona, dios no me entra en el cerebro, pero mi corazón no tiene ni cinco gramos de cinismo. Cuando me meto debajo de los árboles estoy a punto de creer en que algo que sólo puede ser bueno provee. Miro con arrobo las naranjas que mejor saben del mundo. Un par de grados más ácidas que dulces, esa es la combinación que me gusta. ¿Cuántos litros de agua han bombeado las raíces, cuánto en la tierra se ha desmenuzado a un nivel microscópico, cuánto sol para producir cuántos cientos de kilos de azúcar? ¿Cuántos metros cúbicos de compuestos volátiles para atraer a cuántos insectos y a este ser humano que parece que está callado pero en realidad canta?

Podría quedarme hora tras hora inmersa en este lugar vivo y no pasaría sed ni hambre. Me parece una buena premisa para establecer santidades. Comerse una naranja en su misma fábrica se parece bastante a la eucaristía. El árbol dentro de mis células, el sol, la lluvia, la el planeta desecho en sus minerales. Es bastante abrumador, pensar así el alimento. Fruta, hierba, músculo que una vez corrió, saltó, voló, nadó. Es una generosidad tan radical, de unas dimensiones y un alcance tan desmesurados, que no me extraña que hubiera que revestirla de mito y liturgia para poder seguir comiendo como si fuera un acto insignificante.

Mi padre ve mis zapatillas fucsias asomando por debajo de la copa y me pregunta qué haces ahí debajo. Nada, simplifico. No es fácil contar así como así que lo sigo intentando. Entender. Descifrar el juego de luces y sombras, la coreografía de los bichos. Que de pronto la naturaleza se revele y me explique sus procesos. Por qué este año hay más abejas que otros, según mi padre. Por qué los nísperos parecen haberse librado del tizne. Por qué ese peral de ahí, en plena floración, ha empezado a secarse. Cómo se comunica entre sí este mundo de criaturas sutiles, qué sumas y restas y multiplicaciones y sinergias se dan infatigablemente para que yo mire lo que miro, huela lo que huelo y me embriague. No es sólo curiosidad, ni sólo esperanza práctica (quiero que se acaben los crímenes de la agricultura y que dejen de morirse mis árboles). Es la única manera que tengo de interrogarme por el sentido. 
 

Que sí, fotógrafos finos. Hasta yo sé hacer fotos mejores. Pero en esta estaba casi el rayito de la revelación

sábado, 8 de abril de 2017

Hablar de correr sin disculparme

Correr.

Oh, vamos.

¿Va a ser este un texto entre tantos? ¿Uno puramente bloguero? O sea: la expresión de una vida irrelevante que mediante la publicación se imagina singular y digna. Internet está alicatado de relatos sobre el correr entendido como revelación, vía de luz o catarsis. Empiezas a correr, y luego hablas de que corres, y lo haces con la misma familia de palabras que las que usó el ángel de la Anunciación con la Virgen María. Sin darte cuenta de que estás sumando una voz más, tu voz no tan particular, a un estribillo masivo.

¿O va a ser más bien un texto esnob? ¿Uno de tono ligeramente burlón o condescendiente? Oh, sí, los blogs: ese paisaje desmesuradamente llano y atestado de parcelitas, cada una con su casa y su árbol y su columpio para los niños, una infinita zona residencial de Texas. El running, oh, sí, cómo no: la enésima fiebre gregaria en un estilo de vida que ha desdibujado al individuo.

Pues...no. No sé. Opina lo que prefieras. Lo único que quiero decir es que, desde hace unas semanas, corro. No mucho. Apenas. Mi marca está ahora mismo en diez minutos. Diría: una mierda, si este no fuera un sitio más o menos distinguido. Pero para mí son diez minutos de triunfo. Corro. Diez minutos. Seguidos. Internet es como el monte Testaccio de Roma: una colina artificial levantada con escombros de triunfos ínfimos. Nada de lo que diga me rescatará de la insignificancia. Ninguna frase agraciada o aguda maquillará el hecho incontestable de que soy un número. Una oveja más en el rebaño de los que corren. Para mí no tiene ninguna importancia. Nunca he tenido esperanzas de que la escritura fuera a convertirme en un objeto de lujo.

Por qué lo cuento entonces. Porque si no estructuro mi trivial experiencia de este modo, mi propia vida me sabe a dèjá vu escurridizo. Y por qué después lo comparto. Porque aunque todos hacemos y decimos lo mismo, y a todos nos duelen los mismos dolores, y nos reímos con los mismos chistes, en realidad estamos muy solitos.

Así que corro, y a las primeras zancadas me duele el tibial anterior porque mis rodillas son aparatos volubles. Corro, y no me ilumino ni me hago el amor a mí misma. Corro y sólo pienso en que se acabe de una vez por todas. Corro porque para mí es un acto gratuito. No lo hago por razones de salud o disfrute; no espero ponerme aún más maciza. Si quisiera inventarme una finalidad, correría como quien levanta barricadas en la calle. Alardearía de formar parte de una guerrilla urbana contra el coche y la silla y el movimiento pasivo. Pero ante todo es una guerra íntima: correr como toque a degüello contra mis propios prejuicios. ¿Así que has odiado toda tu vida correr? Corre. ¿Aún te duele y te avergüenza aquella criatura torpe que en la clase de gimnasia no daba pie con bola? Corre. Expurga los dolores falsos que nunca te sirvieron para que te declararan exenta. Di sí son las piernas a lo que siempre fue un no rotundo.

Corro porque mientras corro, corro y punto. No estoy en otro sitio más que dentro de unas zapatillas perfectamente improcedentes para mi tipo delirante de pisada. No escapo de mi ahora jadeante. No me dejo embaucar por oasis lejanos. No voy trazando planes. El futuro se jibariza y dura sólo los minutos de mierda que tengo hoy asignados. Tiempo y espacio adquieren las dimensiones de un lugarcito hogareño. El mundo no parece tan inhóspito cuando los horizontes quedan al alcance de los pies y las manos.

Corro porque creo firmemente en la propagación de los actos. Emprendes algo en un ámbito de tu vida y sus efectos se irradian hacia ámbitos aparentemente incomunicados. Una ramita seca cae en medio de la charca y la energía en forma de ondas llega hasta la orilla. Imitas coreografías en una clase colectiva de zumba y tu andar por el monte se hace más animal y leve. Escribes la vida de forma asidua y sorprendentemente cada vez te das menos importancia. Te empecinas en correr y quién sabe dónde terminará manifestándose ese empeño, bajo la forma de qué nueva claridad o firmeza. Con tus mínimos triunfos banales y gregarios, qué monte no se construye.

sábado, 1 de abril de 2017

Al calor de los helechos

 
Betty lo siente en la piel de la espalda y se estremece. Tiene una especie de rádar. Cuando cada vocación incipiente en tu vida ha sido ridiculizada por una madre demasiado exquisita; cuando la gente se ha cambiado de acera a tu paso por miedo a que la contagies, aprendes a detectar los focos de calidez ajena. El cliente nuevo la sigue hasta la que será su habitación. No parlotea; no se opone al silencio irrespirable de un hotel que ha sido abierto sólo para su estancia. Las chimeneas están ciegas. En el bar el licor se condensa venenosamente al fondo de las botellas. La madera que reviste las paredes parece guardar entre sus vetas el eco de los deportistas huidos, los aventureros, los recién casados, los amantes furtivos, los que buscan calmar los nervios agotados en la nieve, los que han leído demasiadas veces La montaña mágica. Betty se está preguntando en cuál de esas categorías podrá encuadrarse a este hombre. No parece un furtivo, no tiene pinta de necesitar que lo apacigüen. Más bien... Pero ya ha alargado el trayecto todo lo que la planta del hotel permite. Lo siguiente es dar en vueltas en círculo, recorrer una y otra vez los mismos pasillos, envuelta en el calor amable del extraño, mecida por sus pasos sincopados. Espero que le guste su habitación, señor Holloway. No le dice que ha escogido para él su favorita, a la que ella le gustaría entrar seguida de un marido flamante. A qué hora prefiere que le sirva el desayuno.

A las siete y media Betty lo tiene ya todo listo. Ha preparado una tetera no con el té insulso que se almacena en la despensa del hotel, sino con el que la tía Gwen le envía desde Londres, y que ella atesora como si fuera una promesa de vida recia. En la bandeja, junto a los bollos de especias que la han hecho madrugar y la ración de mantequilla por la que la harán rendir cuentas, las flores que recogió en el paseo de ayer. Manuka, cinco especies de genciana con cinco tonos de blanco ligeramente distintos. Hijas de la nieve. Estaba nerviosa mientras batía los huevos, encendía el horno, sacaba brillo otra vez a los cubiertos. Temía el momento de llevar la bandeja de la cocina a la galería acristalada donde anoche decidió que atendería a su cliente. Su cliente. El posesivo modesto la hace sentir dichosa. Temía armarla de nuevo. Pero la taza ha dejado de bailar contra el platillo en el momento en que lo ha visto. Ese hombre tiene algo: una suavidad infalible que se derrama sobre todas las cosas y las vuelve igualmente suaves, desprovistas de filos, espinas y trampas.

Por encima de los bollos recién horneados, el té fuerte y la vista sedante de los prados alpinos, él ha admirado las flores. Y así es cómo por fin se ha enterado de la categoría que le corresponde. El cliente y ella son de la misma especie. ¿Puedes creerlo, Betty? ¡La botánica te ha seguido el rastro hasta la cima de las montañas! Antes de que el té se quede inevitablemente frío, Betty ya sabe que además de catedrático es reverendo, y él, que Betty ha trabajado con Lucy Cranwell, una señorita estupenda, aunque tal vez un tanto vehemente, ¿no es cierto? Se siguen contando sus cosas: las sendas descubiertas por el deshielo que él no debería perderse; cómo anda ahora mismo enfrascado en el ciclo reproductor de un género arcaico de helechos, un asunto tan endemoniadamente esquivo que necesitaba estas vacaciones, salir del laboratorio y del despacho, solazarse la vista con las flores y su sexualidad tan obvia, tan simple. Disculpe, querida.

Pocas semanas después Betty comprobará con sus propios ojos que el laboratorio y el despacho de Holloway son una misma cosa: una habitación de dimensiones humildes, acorde con la asignación económica que la Universidad de Otago concede a su cátedra. Ha bajado de sus montañas y ha seguido al profesor hasta Dunedin. Trabaja como arreglista floral y recepcionista en un hotel donde él conocía a alguien. Los días libres acude de oyente a sus clases, y esta vez todo parece distinto: los espacios cerrados ya no la agobian tanto, y no sabe si lo que ha cambiado es el espacio, que es más distinguido, más británico, o es ella la que ha cambiado. El aire libre y el esfuerzo montañero la han endurecido, han calmado su claustrofobia. Holloway la sigue envolviendo en calidez, la sigue estremeciendo, vuelve la vida un deslizarse. Los domingos es invitada a comer a su casa, donde su esposa Margaret, tan dulce como él, tan difícil de detestar, recibe a los mejores estudiantes del profesor como a sobrinos muy queridos. Él le da la comunión en la catedral, y es voluptuoso, es más que un consuelo sentir que por fin forma parte de una familia.

Luego, en el laboratorio ridículamente austero donde las bombillas se cubren con latas de cacao para facilitar la visión al microscopio, él la introduce en las intimidades de los helechos. Mira, Betty, Psilotum, uno de los dos géneros vivientes de la psilotáceas. ¿Entiendes por qué no había manera de saber cómo se reproduce esta condenada familia? Porque el gametófito, el órgano sexual, es subterráneo y se asocia con un hongo. O sea, que no hace la fotosíntesis. El ser que genera una planta apenas si es una planta. Qué te parece. 

Misterioso, eso es lo que le parece. Sarcástico, un erotismo tan secreto. Inolvidable. Betty jamás podrá dejar de sentir una especie estremecedora de calidez cada vez que su vida se cruce con el Psilotum.


Los botánicos...necesitan salir más con gente cariñosa
 

jueves, 30 de marzo de 2017

Llave mágica

 
Diez de la noche pasadas. Aún no me he quitado el uniforme. En mi piso alquilado suena el timbre. Es uno de esos sonidos que se han vuelto anacrónicos. Nadie llama ya a la casa de nadie, sin previo aviso por whasapp. He aquí otro intento de hacer sociología a partir de una experiencia propia. La verdad es que nadie llama nunca al timbre de mi casa.

La presidenta de la comunidad hoy sí, bendita. Casi todos los días oigo a través de los tabiques cómo toca el timbre también de la vecina que nunca sale y le pregunta cualquier cosa. Las veo con el ojo de la mente. Pijama de felpa frente a bata cerrada a la altura del cuello con mano de pájaro. Charlan durante un rato: voz firme y dinámica frente a trino quebradizo. Nunca sabré por qué no sale la vecina que no sale nunca, porque nunca seré lo bastante descarada, lo bastante compasiva, como para salir en pijama al descansillo a crear comunidad y llevar a la casa de una enferma mi olor de calle. Que la compasión sea un acto de osadía dice poco del mundo que habito.

La presidenta que merece su cargo no viene expresamente a darme charla, sino a traerme la nueva llave maestra. La que a partir del lunes abrirá las cuatro cerraduras que blindan el microhábitat de pasillos cortos e impolutos que compartimos. Llave maestra: diminuta excitación interna. Objeto mágico. La miro en la palma de mi mano. Grandona, dorada. Me cuesta un poco entender que sea una objeto inocuo, salido de un lugar tan prosaico y a la vez tan fabuloso como es una ferretería. Después miro a la presidenta. La gente en pijama me resulta bastante irresistible. Razón por la que me veo, uniformada y hambrienta de cena, buscando espacios comunes. Le pregunto por su madre de noventa años. Me pregunta por cómo anda el campo. Las dos guardamos llaves mágicas en nuestras manos.

Y a continuación viene algo obvio. Es cuando yo me pregunto cuál es la llave maestra que lo abre todo. ¿El amor? Pero el amor es una criatura tan ambigua, se puede confundir con tantas cosas, apetito, indigencia, afán de dominio... El amor a medio digerir a veces abre y otras veces cierra puertas.

¿La alegría? Sí, podría ser, esa responsibilidad de uno mismo hacia el hecho de estar vivo. Si no fuera porque a veces la alegría íntima linda con la autocomplacencia, y ese es un sentimiento que cierra herméticamente el acceso al dolor ajeno.

¿La atención a las cosas grandes y pequeñas? El cielo y los pulgones. Los ecosistemas en trance y mi dolor de cadera. La soledad y el palabreo incesante. La atención esmerada e ingenua, la que no categoriza ni juzga, vuelve permeables los muros, abre huecos en las fronteras, pero a veces me parece que atender sólo no basta; ser testigo sin más de las intimidades del mundo es como quedarse en el umbral de las puertas.

Hace falta la llave, sí, pero también hace falta sentir que la puerta se abre a algo tuyo. El árbol que admiras. La somnolencia conmovedora de la persona junto a la que te levantas. Los dos conductores que se pican delante de ti en la autovía. La cochinilla acanalada en los naranjos. Mi vecina que no sale nunca. Las migrañas. Para que todo se abra ante ti es necesario sentir que no eres diferente en esencia. Hace falta entregarse y a la vez apropiarse del mundo. Hospitalidad: esa me parece la llave maestra.

domingo, 26 de marzo de 2017

Micorrizas


Los talentos tienen muy buena prensa, pero tal vez la falta de maña tenga aún más poder para dictar el rumbo de una vida. A uno le gusta identificarse con lo que le sale: metes a menudo un balón entre tres palos y te haces llamar futbolista; juntas palabras con cierta solvencia y esperas que el mundo te llame escritora. Pero cuántos de los nudos decisivos de tu historia no han estado marcados por la incompetencia. Cuántas biografías alternativas has dejado de contarte porque no sabías o no te atrevías a hacer tal cosa. Cuánta de tu fuerza vital no ha germinado al plantarle cara a una falta de aptitudes. Es una posibilidad incómoda, pero también bastante reconfortante: tu torpeza construye y por tanto puede llegar a ser absuelta.

Betty Molesworth era en verdad una camarera torpe. Es algo que intuyes al ver sus primeras fotos, los brazos como alambres, la seriedad incrustada en los ojos. Ahí no ves rastro de don de gentes, de paciencia a prueba de clientes asesinables. No era una mujer robusta. Tal vez no tuviera el duende necesario como para que sus desaguisados con las bandejas y los platitos de té inundados se perdonasen a primera vista. Y sin embargo, algo debían de ver en ella para que no la mandaran con viento fresco a casa de su madre. Quizás una combinación infalible de determinación y desamparo.

Cuando se hizo evidente que Betty era una calamidad en los comedores, alguien la recolocó en recepción, donde su seriedad podía tornarse fácilmente en prudencia, y su falta de vigor en una estampa de delicadeza elegante. Fue un buen trato para ella. Como trabajaba los fines de semana, después se la compensaba con días laborables libres, y como había sido exonerada del ajetreo de cocinas y salones, podía reservar su energía física para las montañas. El asunto era todavía más ventajoso fuera de temporada, cuando el hotel echaba el cierre: las chicas que sí valían para camareras debían recoger su maleta y sus destrezas y bajar allí adonde el verano, a diferencia de lo que ocurría en una estación de esquí, pudiera ser convertido en dinero. Betty, marcada felizmente por su torpeza, se quedaba en las alturas de guardia, pendiente de la llegada de clientes ocasionales. Tenía la llave del hotel; tenía la novedad excitante de alquilar una habitación con algunos de los amigos que, ella, sí, por fin había hecho; y sobre todo, tenía todo el tiempo del mundo para darle suelta al romance.

No tengo datos ni tengo derecho ninguno para insinuar que el objeto de sus amoríos fuera otro que el paisaje. Yo sé en mis carnes que una puede enamorarse del aire libre. Pero también sé de sobra que ese es del tipo de amor que crece misteriosamente al ser compartido. No es necesario ponerle un toque de picante al impulso que está a punto de tomar la vida de Betty. Pero, después de haber entrevisto una infancia marcada por la falta de afecto, después de haberme compadecido de su larguísima y abandonada convalecencia, estoy deseando que alguien demuestre al fin cariño por mi personaje.

En el momento en que el reverendo Holloway aparece en escena, la biografía cede paso a la ficción. Suponiendo que sean dos cosas distintas. Yo estoy firmemente convencida de que hasta la historia más enraizada en la verdad entra en simbiosis con los cuentos. Es como una forma de micorriza. Sin tal alianza entre raíz y hongo, la planta apenas tiene esperanzas de hacerse madura. Sin invenciones la vida no puede contarse.

Así que, por qué no, imaginemos a Betty enamorada. La majestad de la roca nevada ha empezado a operar el hechizo. La está haciendo fuerte de corazón y de piernas; ha cavado en ella para rescatar su vehemencia de niña. La enfermedad pasó y ha dejado en su pecho un espacio disponible. Betty, loca de las montañas, está lista para entregarse. Pasa siempre cuando te encandilas: que el encantamiento se propaga. Ponle a esa entrega la connotación que más te guste. Piensa en su cuerpo, en su mente o en su mirada y crea así tu propia novela. Haya o no algo de cariz romántico entre Holloway y ella, su relación dará frutos. 

Estensione delle radici di mycorrhizal
Wood wide web, qué inventazo.