miércoles, 22 de marzo de 2017

Wu wei*

 
No soy una persona especialmente organizada. No tengo el talante más práctico del mundo. No creo que fuera nunca la primera opción para una vacante en la que ante todo se valorase la capacidad gestora. Para según qué cosas soy un jodido desastre. Siempre meto la ropa en la lavadora con chismes en los bolsillos. Tiendo a perder y romper con una frecuencia preocupante. No sé lo que pago por casi nada. Nunca me acuerdo de lo que me han costado las compras. Mis rutinas siguen una especie de espiral mágica, no por un complot feliz de neurotransmisores, sino porque sencillamente no termino de entender el mecanismo de las cosas. El cuadro de luces. La fiabilidad de las sillas. Las tripas del fregadero. La formalidad del despertador. La frialdad de la nevera. El cerebro y el corazón de mi coche. Confío en que la realidad sea lo bastante pragmática por sí misma como para que no me venga a mí con demandas.

Y sin embargo, pese a esta vocación de cigarra, me sorprende la cantidad de energía cerebral que derrocho programando el tiempo, atiborrándolo de faenas como si los días fueran una casa y yo tuviera horror vacui. Llega la hora de acostarme, y yo me vanaglorio íntimamente de haber cumplido mis compromisos. Me he acercado a la tienda de productos ecológicos a comprar yogures y verduras que parecen una marquesa rural nonagenaria, de nombre sofisticado y aspecto pocho. He cocinado tres comidas dignas. Martes, jueves y sábado corro. Lunes, miércoles y viernes, al gimnasio. Menús acordes a la actividad física desarrollada. Dos post a la semana, si la inspiración responde a mis galanteos y la voluntad dura. Llega el fin de semana y yo sigo planeando, listando tareas, calibrando o no la conveniencia de seguir postergando una limpieza a fondo, pero fondo-fondo, de mi casa. Urdiendo sendas. Recordándome llamadas pendientes. Mirando con un ojo el rascacielos de tiestos vacíos del balcón y con el otro mis sobrecitos de semillas de hierbas, y cantándome cuándo-cuándo-cuándo. Estimando la solidez de mis días en función de las cosas hechas.

¿Acabo de pintar un cuadro de ansiedad, o es que es así cómo funciona la mente? A pesar de mis taras y de mi exceso de confianza, ¿soy miembro de una especie condenada a la diligencia? El tiempo es vacío, y los quehaceres, forma: cuadrados, triángulos, bolas que hay que insertar donde toca.

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Si no has jugado a esto de chico es que te han criado los monos de la selva

Y aunque esta laboriosidad permanente no me agobia, a veces me da por imaginar una agenda de no-actividades: sólo habría que escoger una forma de pasividad y, dándole la vuelta al juego, dejar que el tiempo la empapese. Minutos no computados filtrándose por los recovecos del reposo.

No hablar. No moverme. No navegar los huecos libres en una balsa de lectura. No esperar correspondencia del móvil.

No imaginar vidas ajenas. No escudriñar los distintos planos de mi vida a la caza de temas a los que meter mano narrativamente. No escoger a una persona y preguntarme qué estará haciendo. No enredarme con lo ya vivido. No glosar las experiencias del día.

No recordar las veces que esta semana se ha comido en mi casa pescado azul o legumbres. No planificar. No comer sin hambre. No forzar al músculo si ya no queda frescura. No comenzar cien cosas. No terminar otras tantas. No rendir pleitesía a la moral del esfuerzo. No avergonzarme cuando la voluntad flaquee frente a una falta de ganas.

No quejarme. No poner alarmas para acotar este tiempo de parada. No hacerle ni puñetero caso a las sirenas del dinamismo. No dar presumidamente por sentado que de mí se espera algo. No admitir bajo ningún concepto el bulo de que yo soy nada más que la suma de las cosas que hago.

* Wu wei: leed la Wikipedia, o a mi prima del alma, que de esto sabe tela más que yo. (Laura, sólo al llegar al último párrafo me he dado cuenta de que me habías poseído en lo escrituril)

sábado, 18 de marzo de 2017

Animal flow

Y ahí me tenéis: con la ropa de campo aún puesta, necesitadas de lavadora y ducha; las manos apestando al salmón ahumado del bocata; la piel de los labios tirante, las ojeras, un puro escándalo, rindiéndome al discreto encanto de la cuadrupedia en el suelo de mi salón igualmente dejado. Cuidadito con lo que imaginamos. Manos sucias contra sucio suelo, rodillas en el aire, pies metamorfoseados en pezuñas. Adelanto mano derecha, adelanto pie derecho. Hago lo mismo con la otra mitad, y más que avanzar, desando. Algo no me cuadra. Algo sigue fallando. No hace falta ser un hacha para adivinar qué: mi humanidad está sobrexcitada como siempre. Soy una ridícula persona que trata de emular el paso de las bestias, desplazándose no a fuerza de músculo y reminiscencia innata, sino de lógica y compostura.

Vuelvo a intentarlo. Esta vez acometo en diagonal: adelanto mano derecha y pie izquierdo, luego alterno. Siento lástima al imaginar el animal que, con mi tamaño, se moviera como lo hago. Soy ...un sapo de 55-60 kilos. Y lo intento y lo intento, hasta que, oh, lapsus, mi opresiva identidad sapiens se me olvida. Entonces adelanto pie izquierdo, mano izquierda, pie derecho y su mano. Ahora sí: por fin estoy andando. Quizás con dudosa distinción. Pero ese es otro concepto humano.

Y qué hago haciendo el chorra, si debería estar en la cama oliendo a champú y gozando de mi siesta. Culpa del pundonor: ese punto donde se cruzan las líneas del gusto y de la insuficiencia. Acabo de volver de la práctica de campo de un curso de rastreo de fauna silvestre. Moderadamente ofuscada porque mi inteligencia no acaba de captar las huellas de paso, la mecánica del movimiento, el dibujo que deja en el suelo un animal que se ha desplazado. Pero cuando la corteza cerebral se nubla hay otros modos de intentarlo. Hay profundidad para cavar, bien adentro, más abajo del género Homo, familia homínidos, orden primates, clase mamíferos. Casi al fondo, adonde laten no tan dormidos los arquetipos físicos. Hay, debe de haber, un recuerdo lejanísimo, una pervivencia. Y si no, nos queda ese comodín llamado empatía.

El rastreo me atrae como me atrae la escritura. Así de simple. Ambos tratan de componer historias, coser existencias ajenas a partir de unas pocas pistas. En una vida mediatizada por tu propia conciencia, sentir curiosidad por el otro es un forma básica de hambre, sea ese otro tu vecino, el gato de tu vecino o el ciprés donde se mea el gato. Y para saciar esa hambre la conciencia sola no basta. Es preciso observar la mirada del vecino e intentar entrar en la pasión, la apatía o la aflicción con que mira. Es preciso ponerse a cuatro patas. Tocar la madera de un tronco y sentir cicatrices.

Creo que sólo así, desconociendo tanto como desconozco, teniendo tantas lagunas, podré llegar a ser algún día un naturalista decente.

Y para acabar, ahí va un regalo para la vista. ¿Por qué no se clona hasta el infinito a este tío?

 

martes, 14 de marzo de 2017

A tiempo

 
Como en general he sido bastante lenta para todo, solía pensar que el tiempo era algo así como un complot, una broma de mal gusto. Entre yo y ciertas personas, entre yo y ciertos lugares, había siempre un árbitro vendido, un lodazal de tiempo erróneo, una de esas viejas tías solteronas que hacen de carabina. Sucedía que llegaba demasiado pronto, demasiado poco hecha, demasiado inmadura como para que el encuentro rindiese algo más que ansia y fiasco. Desconocía aún los códigos precisos, los rituales de conexión básicos. Era como un pavo desconcertado que, sin tener idea del cortejo nupcial, intentase ligar con un somormujo.

No había aprendido a desnudarme, y no hablo, o no hablo solamente, del plano físico. No sabía que para encajar con alguien o en un determinado paisaje hace falta despojarse: de vergüenza, de expectativas, de orgullo, de plásticos protectores, de miedo a la soledad, a mostrarte frágil o al abandono, de esa ridícula importancia que los muy jóvenes se dan a sí mismos. Que hay que arrancarse trozos para mostrar toda la frescura, toda la naturalidad que alberga uno.

Andaba, o eso me parecía, desincronizada con el mundo. No pillaba el compás ni a tiros. Era tan odioso, tan humillante, sentir que la vida te mandaba siempre a comer a la mesa de los niños. Retrospectivamente, cuando ya empezaba a estar curtida, solía decirme: si hubiera estudiado justo ahora, con lo que ya sé de la inutilidad de las teorías y el aprendizaje de memoria; si estuviera recién llegada a aquel lugar, con lo amiga que he llegado a hacerme del silencio y las espesuras; si se me pusiera ahora el bombero por delante, ay, a mí que ya no me callo ni me quedo con las ganas nunca. Siempre esa misma protesta, esa torpeza de quedarte esperando, porque has llegado demasiado pronto o porque las cosas han pasado de largo. Si un AVE sale de la estación Málaga a 200 km/h, y un triciclo lo hace de Calamocha, Teruel, a 3 km/h... no se cruzan nunca, o nunca durante el tiempo mínimo necesario para intercambiar un hola.

Condenado tiempo mal calculado.

Ahora... Ahora por toda la ciudad los árboles empiezan a estallar en hojas nuevas como si la primavera fuera un asunto kamikaze. Y hace un par de semanas me volví loca de olor con los azahares del limero y los limoneros de mi padre. Por todos los santos y los cloroplastos, me pregunté entonces, cómo lo hacen. Me lo sigo preguntando. Cómo adivinan las plantas cuándo ha llegado el momento justo, la combinación única de temperatura, humedad y esperanza en el futuro que consigue desperezarlas y que inmediata, explosiva, desaforadamente se pongan al maravilloso lío de rebrotar, florecer, abrirse seductoramente a los insectos, comer luz del sol y tejer glucosa. Cómo demonios entienden que aunque la meteorología se comporte como una demente, ya no hay más vuelta de hoja. Cómo leen las señales, cómo la llamarada de savia se propaga hasta cada célula y la incendia de deseo y brío. 

Cómo sabe el autillo, ese búho del tamaño de un bote de mostaza antigua, que ha llegado su hora de cruzar el Sáhara y celebrar su despedida de soltero en Granada, con la misma estridencia, la misma alegría maníaca de, pongamos, un grupo de mozos salmantinos. Cómo parecen manejar los tiempos mejor que yo un olmo, una procesianaria del pino, o el querido aguilucho cenizo.

O a lo mejor es que, sin que mi conciencia lo percibiera, en realidad yo también lo he sabido siempre. Cuándo era o no mi momento, cuándo tocaba cada cosa, cuándo había llegado la hora de entrar a la comba. A lo mejor, pese a mi expectativa y mis ideas sobre cómo debía organizarse la vida, mi naturaleza siempre se ha sincronizado bien con el mundo. Llegué cuando había que llegar a cada fase, a cada persona y cada lugar, para ser quien soy justo ahora.

sábado, 11 de marzo de 2017

Tu debilidad tan bella

 
Cuando el levante cortocircuite tu mente, Betty; cuando las moscas del verano andaluz te hostiguen; cuando en el aire sólo detectes mierda de vaca o el aliento fétido de la refinería; cuando un Geoffrey consumido, del mismo color que las sábanas, te suplique con los ojos que lo liberes de una vez de tu esperanza; cuando a la hora del whisky no quede en la casa más compañía que la del dolor de huesos y las últimas chicharras; cuando huyendo de tus muchos años te refugies en la memoria y te empeñes en poner una fecha en el envés de tus fotos en blanco y negro; cuando una negra nostalgia te venza y no sepas flotar en tu edad dorada y entonces recuerdes lo mejor de tu vida: no te frenes en Malasia.

No te detengas en las selvas en las que fuiste única testigo y soberana. En la sonrisa genética de los que te hicieron cómodos los días. El té de las señoras pudientes. Las largas horas despreocupadas que tu marido te compraba. Su sombra de roble y sus carcajadas y su mirada pilla. La armonía posible de la tierra y los hombres en los arrozales. Tu fuerza y tu independencia y aquel categórico soltar amarras. Tu cuerpo tuyo, tu albedrío, tus cuadernos, el mundo reventando en botánica.

No te estanques en tu mito. Retrocede, Betty. No te pongas aún tu vestido blanco. No seas todavía y casi a tu pesar una novia. Sáltate la segunda guerra mundial, las penúltimas batallas con tu madre. No ensayes tu coraza hasta hacerla más tuya que tu dermis. Vuelve a tu crisálida, al tiempo en que ya no eras la de ayer pero tampoco la de mañana. Recupera aquella fragilidad de potro recién parido, la endeblez rebatida por el empeño de ser tú misma. Recae en la enfermedad de la indefinición, titubea, duda de tu competencia. Devuélvete a la edad en que eras un brote tierno, víctima potencial de las fuerzas externas. No prestes atención al florecer que vendrá, a la madera que endurecerá tus miembros. Sé arcilla fresca, sé de nuevo vulnerable.

En el barco, dale la espalda a Wellington, que un terremoto la arrase, que no quede piedra sobre piedra del Hospital de la Fiebre. Entiende el perfil de la isla sur como un abrazo, las salpicaduras del mar en la cara, un bautizo. Siéntate sola en el tren, ave zancuda fuera de lugar, vacilando entre la sed de aventura y el desamparo. El mundo es demasiado grande, el viaje demasiado largo, pero qué mundo, y qué viaje. Habrá momentos en los que estés a punto de bajarte en la siguiente estación. Te ahogarás sin duda en el trauma de los espacios cerrados y el cansancio. Pero allá, al fondo de ese apeadero de ovejas, la tierra se eleva cincelada por los dioses. Aquel tiene que ser el Monte Cook. Tú exudas romanticismo. Es preciso seguir: aparear la mirada con el paisaje, emborracharse con el esplendor de la roca tallada como un diamante. La nieve lejana parece un vestido de novia, pero qué va, Betty, tú quieres ser una vestal,subirte al templo de las montañas.

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Autoridades de NZ: creo que mi publicidad bien merece una invitación (y un par de kilos de benzodiazepinas)

Y cuando el tren se detenga finalmente en Queenstown, observa con ternura a esa criatura inerme, Betty vieja. Síguela por la ciudad desconocida, al encuentro de desconocidos que todavía la intimidan. Acompáñala en su primera noche en la estación alpina, rodeada de otras chicas ávidas de sueldo y riesgo, mucho más sueltas que ella. Ámala cuando la veas morderse los labios, casi sintiendo nostalgia por lo malo conocido. Absuelve su torpeza, su andar desgarbado en los salones, su ineptitud como camarera. Cuando haga un gurruño con el delantal manchado de sopa y se tire boca abajo sobre la cama dura. Cuando una de aquellas chicas de novela consiga arrancarle unas risas, cuando juntas se beban una botella extraviada del bar que la otra ha acogido maternalmente.

Cuando en su día libre lo olvide todo y vaya al encuentro de aquello a lo que realmente vino. Cuando acuda a la montaña con el mismo apremio y la inquietud de las citas: entonces mírala con orgullo. Tal vez no sea la mejor Betty, mariposa por volar, autoridad en las selvas, pero es la primera auténtica. Vulnerable. Inconcreta. Libre. Una promesa.

domingo, 5 de marzo de 2017

Conocer antes de opinar: esa antigualla

Solía sentirme cohibida por no tener demasiadas opiniones firmes. Por no ser lo bastante ágil en el juego de las sillas del juicio. Percibo esto, lo interpreto así, lo manifiesto: voy creando realidad en el proceso. Cuando se puso de moda la palabra, creí no ser lo bastante asertiva. Solía considerarlo una tara de carácter. Otra forma de inconsistencia.

Los convencimientos. Con los años también me he ido desembarazando de ese hechizo. Como de la idea de vocación trascendente, de la moral del esfuerzo, del amor romántico. Y oye, haber soltado ese lastre hace que me sienta despreocupada y sólida, como una vaca en un pasto. Tengo certezas, claro. Pocas y bien arraigadas. Creo que merece la pena defender la alegría, a pesar de la extinción y la torpeza en el vivir de la especie humana. Creo en la generosidad de los árboles. Creo en algunas personas y en casi todos los paisajes. Creo que la atención puede transformar en oro el polvo. Creo que la muerte despoja de importancia a cualquier evento que pueda pensarse, y que a pesar o debido a ello cualquier evento es valioso. Creo que tampoco hace falta creer para ser íntegro.

Más allá de eso, mutismo y flema. Un poco por incompetencia. Un poco porque mi máquina de procesar se hace la remolona. Un mucho por mis intimidades con lo subjetivo. Conozco el alcance de las percepciones propias. Sé de qué forma la experiencia parcial impone su canon sobre aquello sobre lo que se posa. Tu mirada es un filtro interesado que modifica la realidad que criba. Lo que ves se transforma en ti mismo: esa cara, esa montaña, ese bar, esa historia. Y ves y vives según pautas preestablecidas. Es difícil que cara, montaña, bar o historia se te muestren desnudos y puros. Es difícil arrancarse las pautas y los modos mentales. Tu cerebro consciente opera así: a base de patrones: sí/no, gusto/disgusto, bueno/malo, placer/peligro. Por eso es tan arduo percibir a una persona o un suceso en toda su magnífica e insondable riqueza de matices. Por eso que puedan sostenerse criterios imparciales es, como poco, discutible.

Y por eso me sorprende la ligereza extrema con la que en las redes sociales se excretan opiniones. No me voy a poner estupenda, eh. No soy de las que condenan lo contemporáneo por sistema. La especie humana es bocazas desde que se articuló el primer unga-bunga. Desde el alba de los tiempos todo el mundo es perito, todos opinan que los políticos son ontológicamente hez, que la justicia premia a los poderosos, y que ríos y montes están sucios. Desde que se inventó la cháchara, y se inventó a la par que el yo-Tarzán, tú-Jane, la gente ha estado pulsando en sí los botones automáticos de la indignación, el lamento, la sospecha, la vergüenza y la emoción simple. Opino, me parece, huyhuyhuy, a ver si, así nos va, hay que ver cómo está el mundo ... ¿Lícito? Por supuesto. ¿Peligroso? A tope.

Peligroso que todo lo susceptible de verbalizarse se convierta graciosamente en certeza. Que consideres verdadero aquello que escuchas y lees, a poco que sea verosímil. Que dejes ahí plantadas tus opiniones como si fueran una realidad infalible. Que noticias que firman personas con un nombre, unos apellidos y su dosis de parcialidad correspondiente se tornen leyes incontestables del cosmos. Que la palabra escrita se haga monumento y la reacción inmediata y apasionada, modo habitual de conducirse. Que te indignes, lamentes, escames y conmuevas, antes de saber la cruz de los hechos.

jueves, 2 de marzo de 2017

Profundidad de campo


Me juré que pasaría al aire libre cada hora diuna de mi descanso. Llegué a ese compromiso con mi cuerpo. Lo devolvería a su hábitat. Lo colmaría de oxígeno recién exhalado por unos cuantos cloroplastos queridos y de espacio. Nada de pantallas. Dieta restrictiva de construcciones arquitectónicas y verbales. Ojos para fundir los contornos de la realidad, libres por fin de gafas. Para acompañar un instante a los pájaros y después soltarlos. Dedos para arrancar hierba, y no para gastar teclados. Uñas sucias de tierra. Pie contra piedra y suelo blando.

Tenía mi desdicha de vaca estabulada, ordeñada exprimida esquilmada agotada. Estaba atrapada en la pegajosa telaraña de la oficina. En mis pesadillas la bestia tiene cara de ordenador y me succiona los jugos, me deja vacía y luego yo, pura cáscara, ando de camino a casa con la mirada corrompida, incapaz de darme cuenta de que no todo es plano y automático. Necesitaba recuperar la sinuosidad del mundo. La espera. La profundidad de campo. Dejar de ver cómo palabras que no se pronuncian se reproducen en una página que no existe. Esa forma de contaminación sutil.

Tenía mi síndrome de abstinencia del paisaje. De quien soy cuando atiendo a aquello que habla idiomas que desconciertan a mi cerebro, o al menos a su engreída corteza. Quería volver a chapurrear otros dialectos. El del liquen, la babosa, la mosca verde que zumba por las flores de durillo, en plena campaña de lavado de imagen. Pájaros demasiado atareados para revelarme sus nombres: corredores de bolsa. Criaturas tímidas como un déjà vu. Huellas. Polen. Feromonas. Mensajes de sexo y huida. Gato, perros a los que llamo míos sólo porque componen mi hogar y los quiero. Manipulada por las formas posesivas del cariño.

Y mira. En plena efervescencia del atardecer, cuando las cosas tragan más y más luz declinante y se vuelven suaves y sumisas, me embridé a mí misma y encendí este ordenador. El sol no es amigo de las pantallas, y hasta al sol le hemos perdido el respeto. Olvidé mi pacto del aire libre y volví al interior. Y entonces me acordé de que esta casa, paredes amarillas, nido de luz, techo alto, también es paisaje. Y de que en este corazón mío crece hierba. Aquí adentro es un país al aire libre. No hay blanco/silvestre contra negro/edificio. Estar presente así, dedos sobre el teclado, el dosel de los árboles como un credo que se confirma en cada palabra sincera: también es naturaleza.

domingo, 26 de febrero de 2017

Guardarse las montañas

 
Nueva Zelanda. Algo tiene ese par de palabras. Puro horizonte vertido al lenguaje. Un límite físico y el deseo de abatirlo, de ver lo que hay al otro lado: un final, una respuesta, la posibilidad de seguir andando o pura nada. No me digas que no te excitan. Pronúncialas en voz alta. Nueva Zelanda... Difícil hacerse a la idea de que viva allá gente, que se opera los juanetes y suda la hipoteca. Difícil extirpar los tonos románticos, acallar las sirenas del viaje. Si leíste novelas de Julio Verne antes de los diez años estás perdido. Puede que no cojas aviones ni tengas un pasaporte digno de lucirse; puede que no salgas a menudo de tu barrio o del de tus padres, pero tienes inoculado en la sangre ese virus: la vocación de entender lo lejano como algo íntimo. O quizás seas hijo de una educación adicta a las listas pintorescas y al chascarrillo. Los ríos más largos. Las montañas más altas. Nueva Zelanda, nuestras antípodas. Un dato sentimental, como los cuadernos de caligrafía y las plantillas para calcar el contorno de la península.

En el vértice opuesto del planeta uno se pregunta cómo es posible obviar un origen que suena a eslogan del exotismo. Cómo se desliga tu biografía de aquellas dos palabras. Cómo refutas Nueva Zelanda. En los cuadernos de Betty Molesworth florece un vergel de paisajes y excursiones, idas y venidas, especies botánicas e incomodidades de transporte en el que no caben aquellos bosques del fin del mundo, aquellas montañas que fueron para ella las primeras, aquellas costas que abordaron navegantes de prestigio. Betty no hablaba de donde era oriunda. No era proclive a satisfacer la curiosidad de los habitantes del presumido hemisferio norte. No bromeaba con que allí, en su tierra, la gente andaba pies arriba. Simplemente porque aquella ya no era su tierra. El registro que hizo de su vida y sus rastreos arrancó tras casarse con Geoffrey. Y no fue hasta instalarse en Malasia cuando empezó a colar en tímidas frases habladas ese mito universal de mi lugar, mi sitio. Nueva Zelanda, fin de un mundo, portazo a una época, secreto en el corazón y en los documentos oficiales que el paso del tiempo se encarga de ir acallando. Y sin embargo.

Guardar un secreto te envuelve en un aura. Te dota de empaque y cierto porte de peligro. Tienes que ser concienzudo y audaz para que esa granada no te estalle en las manos. Tienes que ser digno de custodiarlo. Un secreto puede hacer de ti un ser mezquino, pero de algún modo te fortalece. Aunque seas esclavo de él, tienes que estar a la altura de lo que no se dice. Betty le dio la espalda a su neozelandesa vida de soltera, modelando así su personaje. Pero antes de eso ya había comenzado a crecer guardando secretos. Un sigilo en el que el paisaje también tuvo un papel relevante.

Cómo no ocultarle a su madre que de pronto lo único que le interesaba era subir montañas. Ella, con su cuerpo lleno de aristas y un pasado de fiebres que todavía la amenazaba. Su madre, emperatriz socialista, intolerante al capricho. Nellie Maud no creía en el dinero contante y sonante. No consideraba que su hija necesitara recibir una paga. Betty tuvo que costearse las clases de alpinismo con los diez chelines semanales que Lucy le daba a cambio de sus servicios. Qué hubiera dicho Nellie de saber que no se gastaba ese dinero en reponer las medias cien veces zurcidas, sino en otra de aquellas fijaciones repentinas e idiotas para las que no estaba en absoluto dotada. Claro, había que ocultarlo. Tenía que guardarse para sí su sueldo, aunque no pudiera pagarse el té y el sandwich; aunque tuviera que furtivear manzanas de casa para llevarlas al museo. Era excitante que su madre, tan dominante, tan astuta, ni sospechara. Un pequeño triunfo. Esta vez no iba a consentir que la despojara de su deseo. Como siempre había sucedido.

Pero qué podía hacer, con qué iba a cebar ese fuego. Repechos, despeñaderos, traidoras pendientes de roca suelta. Un aire picante de tan puro, que absolvía sus pulmones. El cielo ecuánime que no la juzgaba. La vista desde esa salita de estar de dios que son las cimas. La sensación inédita de ser capaz, estar abajo y paso a paso, arriba; a este lado del peligroso nevero y con cuidado y esfuerzo, superarlo. Esa euforia. Cómo renunciar a ella ahora que la había probado. Ahora que la vertebraba la visión de un sentido, de un proyecto. Ahora que por fin sabía que esa era su vida.

Enamorada de las montañas, Ruapehu, Taranaki, volcanes activos, emblemas del poder salvaje, Betty encontró la forma de colársela a Nellie y escapar de su brida. En una de las ocasiones cada vez más raras y desalentadoras en las que asistía a una lección universitaria, se dio milagrosamente de bruces con lo que estaba buscando. Publicidad en un tablón de anuncios, animosa, jovial, destinada a jovencitos aguerridos. ¿Quieres hacer algo de provecho en tus vacaciones de verano? Camarera en un hotel de la otra isla. ¿Ganarte un sueldo en plena naturaleza? Un empleo como perfecta excusa. Los indómitos Alpes del Sur te están esperando. Cruzar por primera vez el estrecho de Cook que separa los dos pedazos de Nueva Zelanda. Nieve sobre el perfil meticuloso de las sierras. Paisaje inverosímil, aristocrático. Un horizonte que alcanzar y tras el que por fin poder echar un vistazo. La llamada a la aventura a la que también ella era sensible. Otra vida, sin freno, suya propia. Nellie no pondría pegas a que se marchara, con tal no tener que mantenerla. Las montañas segurían siendo un secreto.

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No robo, comparto.