domingo, 9 de diciembre de 2018

Hechos probados



Hace unos días olvidé, que no perdí, las gafas en el lugar más hermoso del mundo. Al menos del mundo en el que habita mi conciencia. Hay otros mundos, pero mis sueños o mis nostalgias aún no los han colonizado.

Ayer, sentada a la entrada de mi casa como tantas otras veces, soleándome y a punto de arrancarme a cantar como los jilgueros, pensaba en el sol como en un puro derroche. Las piernas se me estaban tostando bajo las mallas negras, y sentía mis mejillas encenderse como las de una campesinota suiza. No eran ni las diez de la mañana de un supuesto fin de otoño. Una ración ridícula, infinitamente pequeña de energía solar servía para calentarme, y una cantidad no mucho más grande, comparada con la fuente, bastaba para encender cada hoja de este humilde planeta, para ponerlo a sudar y a bailar las corrientes de sus mares. ¿Qué pasa con lo gordo de la luz, entonces? ¿Resbala por trozos de piedra muerta e indiferente que cuelgan del techo del Universo, se desperdicia? ¿Ilumina y vivifica mundos en los que no habita nuestra conciencia? Cuando digo “mi mundo, otros mundos”, al momento pienso en estas cosas y se me va la cabeza. Por eso no me corto al considerar que la pequeña parcela que mis pies y me corazón hollan es el todo.

El caso es que olvidé mis gafas. Bajo una hermosura de árbol junto al que me acurruqué para echarme una siesta. Ninguna habitación construida por manos humanas me procurará nunca el mismo contento. Ningún lugar conseguirá que sea menos yo y más yo al unísono. Me dormí como una princesa mema de cuento, y me desperté dentro de una esmeralda, con cara y mente de corzo recién parido. Me puse las gafas de sol para que la belleza no me deslumbrara. Recogí mis cosas. Le dije adiós a cada hierba; le puse nombre a cada vaca que me encontré en el camino de vuelta. Y mis gafas habituales se quedaron allí hasta el día siguiente. Estos son los hechos probados.

Resulta que hace unos días asistí a un curso que me sembró la conciencia de plantas extrañas. De esos frutos americanos sin los cuales no podríamos entender nuestra propia cocina. Aprendí más cosas de las que ahora mismo puedo darme cuenta cabalmente, pero el río de lava destructora, vivificadora, que ahora mismo se desliza por mi manera de mirar las cosas tiene que ver con la necesidad de ceñirte a los hechos, si de verdad quieres entenderlas. Fuera moldes cognitivos, fuera impresiones subjetivas y conjeturas, fuera prejuicios: al encuentro con la realidad una tiene que acudir desnuda, si pretendes que la realidad te toque. Esta es una proposición más radical de lo que a simple vista parece. Prueba a aplicarla a cada idea-pilar de tu mente: qué crees, qué das por sabido, quién piensas que eres. Redúcete a hechos irrefutables. A ver qué queda de tu edificio.

Antes hubiera considerado que esta regla era demasiado pragmática o seca como para medir mis pequeñas intimidades calientes. Hubiera afirmado que mirar tan de cerca la materia de las cosas destruía su poesía radicalmente. Antes yo le sacaba, le sigo sacando, moralejas fáciles a cada suceso. Mis gafas, sin las que no soy capaz de manejarme como un adulto, se quedan una noche en el monte. Mis gafas han visto cosas mientras yo dormía miope: un jabalí merodeando mi olor y las semillas del pan de mi bocadillo, una gineta deslizándose tronco abajo como un marine en operaciones especiales, el juego de ojos medio tahúr de los búhos. Todas esas imágenes secretas, esa mirada a la espalda del bosque, se han incorporado de alguna forma a mis fondos, ahora que he recuperado mi mirada protésica. Antes me hubiera conformado con esa hermosa y atolondrada interpretación de las cosas.

¿Y ahora? Ahora comprendo que cada mota de realidad tiene en sí tantas capas, que quedarse sólo con las superficiales y elucubrar el resto es lo que de verdad lastra su gracia. Jugar al lirismo de los chinos. Maquillar un despiste y olvidarme así de que mi mirada no es omnisciente. Imaginar que hay otros mundos más allá de mi mundo. Pensar en el sol como en un derroche. Ahora me ciño a los hechos irrefutables y me digo que la complejidad de las cosas tal como son, sin que la ayude mi subjetividad, es prodigiosa.


Mirar de cerca. Despojarse de ideas previas.


domingo, 4 de noviembre de 2018

A poco que mires



No sé qué demonios hago parapetada detrás de una pantalla, teniendo un día glorioso de soleado otoño por delante, lamiéndome las entrañas, cercándome. Tarde o temprano dejaré de escribir así, a contravida, por la misma razón que me llevará a no ir más al gimnasio: no tolero el sabor de los sucedáneos. La comida con edulcorantes me provoca cólera y arcadas. Sudar y jadear en una habitación llena de metal y desconocidos es un sustituto mohíno del bendito juego físico de los cachorros. Y escribir textos más o menos pulidos y preparados para el consumo me acerca tanto al corazón de los otros como las algarrobas al chocolate.

La escritura aproxima relativa y fugazmente a los que están lejos, aleja a los que están al lado, con su olor y su nombre propios. Me cuesta manejar ese doble filo sin cortarme. Me cuesta renunciar a estar en el recreo, ahí afuera. Pasar la mañana bajo un naranjo, intentando pillar in fraganti la operación secreta por la que el sol se transforma en color, vitamina y azúcar. Moverme naturalmente, con propósito, en todos los planos del espacio. Pero ¿puedo estar a la vez en dos sitios, hacer a la vez un par de cosas opuestas? Mirar y escribir. Encerrarme y moverme. Estar lejos y cerca.

A menos de veinte metros un pino y un olivo confunden sus ramas como dos siameses sus órganos, dos adolescentes sus ortodoncias. En lo que llevo escrito se me ha ido el santo al cielo al menos tres veces explorando, sin mucho éxito, en qué punto un árbol deja de ser otro. Preguntándome si me parezco más al pino, en su resistencia arrogante, al olivo, en su dadivosidad a pesar de los nudos, o más bien al margen indistinguible entre ambos. Al fondo lo que mi razón reconoce habitualmente como Sierra Bermeja. Hoy es una línea oscura que se abomba como un cachalote, un perrazo holgazán como Bola, recostado con el hocico entre las patas. Adivinar formas en la geografía cambiante es otro de mis despistes favoritos. Me encanta pensar que lo que parece estable es en realidad fluido. Desde donde estoy ahora distingo las antenas de la cumbre. Pajarillos picoteando insectos en la joroba de un búfalo. Inconcebible que ayer mismo yo estuviera ahí arriba. Y que tenga que aceptar como lógico que sean un mismo sitio. Ayer una masa monstruosa de roca que aloja en sí todavía el fuego del interior de la Tierra, rojo y verde ahogando la vista. Hoy una silueta recortable que puedo seguir con el índice. Que la inteligencia acate el juego de la perspectiva como algo normal es una monstruosidad y un milagro.

Y es que a poco que mires lo aceptado se desactiva. Tendrías que haber visto, allá arriba, al pinsapo junto a la antena de telecomunicaciones. Ambos desmesurados y arcanos. Ambos hablando idiomas inaccesibles. La antena, un faro que emite señales a navegantes de otros planetas. El árbol creando bajo sus ramas una verdadera noche nórdica en una mañana de sol deslumbrante. Conectando ambos tiempos y espacios lejanos. Monstruos milagrosos, no tan opuestos como pareciera.

A poco que se te vaya el santo al cielo y a las ramas el paisaje se desarbola. Los límites se difuminan. Lo humano deja de ser lo que está enfrente y encima y en contra de la naturaleza. La escritura ya no es ese ejercicio ensimismado y alejado del mundo. Lo que está lejos se acerca; entonces y quizás se vuelven ahora. La tapia entre el aula y el patio de recreo finalmente se derrumba. Puede que siga escribiendo de esta forma.


domingo, 14 de octubre de 2018

El reino



Hoy se cuela el otoño como una plaga por el menor resquicio de la casa: los postigos de madera guiñan, las puertas cojean imperceptiblemente como quizás yo misma, con una de mis caderas milimétricamente más alta que la otra. Vivimos cerca de la playa y de los arroyos, sobre un templete vivo de arcilla y arenas viejas. El suelo moderadamente libre de fajas de asfalto respira, su perfumado pecho sube y baja, y la casa lo acompaña en su aliento. Las estructuras pensadas por los humanos para aislarse del exterior se descuadran: incomodidad diminuta que me incorpora de vuelta a mi medio.

Y a pesar de que ha amanecido gris y mis sandalias de goma se ven ya francamente extemporáneas, después del desayuno yo he vuelto a ocupar mi trono. Uno de mis tronos, porque los reparto aquí y allá, como quien teme poner en una sola cuenta todos sus ahorros. Este en el escalón de entrada a la casa. Aquel en la horquilla del más acogedor de los aguacates. Uno a la sombra de tres quejigos en la intersección de tres caminos boscosos. Uno en un cambio de rasante de la carretera que llega a Jimena. Otros tantos que ya te iré contando. Soy reina de un territorio desmenuzado y echado al aire con un soplo.

Hoy, como ayer, mi espalda se apoya en una puerta que todavía recuerda a troncos. Este porche mira al este. Sé que el sol anda por ahí escondido. Es algo que habría que recordar siempre, en días sombríos o por la noche. Ayer fue todo un espectáculo: la mañana recién desenvuelta de su papel de regalo, estallando contra las hojas de los árboles. Algarrobo, palmera, higuera, azufaifo. Como en los coches de choque de la feria: golpe y risa. Imposible seguir leyendo cuando cada hoja tiene a su alrededor un aura de santo. La utopía es vegetal, pensé tontamente, al levantar los ojos del libro.

Creo que al mismo tiempo acierto y me equivoco. Creo efectivamente que la salvación está al abrigo de las plantas, de su actitud y de su mecánica. Creo que emular en lo posible la autosuficiencia vegetal, la generosidad con que las plantas transforman el medio en provecho del resto de seres vivos del planeta, el modo en que su poder absoluto se camufla con mansedumbre, constituiría la terapia menos lesiva contra el cáncer galopante que los humanos somos.

Creo, pero no más en términos de utopía. A la utopía hay que esperarla hasta que el impulso del corazón se detiene y la misma memoria se olvida. La utopía se cuenta en edades geológicas y distancias espaciales. El edén es una quimera que luce bonita y útil en historietas con moralina. Yo creo en una solución vegetal como creo hoy en el sol oculto tras pesadas mantas húmedas de nubes. Anda ahí, aunque no pueda verla ni vivirla inmediata ni expresamente.

Fe y listas de mandamientos. Últimamente estoy devota. Pero la mía es una religión pragmática. No quiero advenimientos. No pienso quedarme aguardando, abrazada a una esperanza vacía y reconfortante. El reino de lo verde ya está aquí, nos rodea, nos sostiene y nos penetra. Convertirme en una planta frondosa y propagarlo: ahí reside mi vocación ahora.

Se empieza siendo humilde como perejil y hierbabuena en un vaso


domingo, 7 de octubre de 2018

Higiene básica



El cielo sabe que no soy persona que descuelle por su limpieza. En general voy bastante aseadita. No se me suele ver con churretes en la cara. Me cambio de ropa interior diariamente. No huelo ni a feromona ni a producto químico. Voy hecha prácticamente un pincel, si se me contempla en distancias medias. Pero si te dejo acercarte a menos de un metro, y créeme que voy a dejarte, porque soy confiadota en lo físico, verás a lo mejor un lamparón casi imperceptible en mi camiseta. Qué le vamos a hacer: no suelo comer ni sentarme como las damas, ni tengo suficiente sabiduría doméstica como para borrar para siempre toda huella de interacción entre la realidad y mi ropa. No soy especialmente aficionada a volver la casa del revés para fregarle alma y tuétano. No suelo acechar la mugre oculta. Más bien me ciño a lo visible o perceptible con el resto de sentidos. Eso en lo que se refiere a la limpieza y a mis otras relaciones con el mundo.

Y sin embargo, hace un tiempo que tengo fijación por la idea de vivir limpiamente. Sin dejar un reguero de mierda, perdón, detritus, a mi paso. No pretendo serle tan leve a la tierra como para que las hierbas se vuelvan a enderezar al pisarlas. No fantaseo con habitar una utopía higiénica. Soy un animal y los animales dejan rastros. Lo que busco es que el entorno digiera mi presencia fácilmente, sin causarle ardor ni flatulencias ni arcadas.

Y hay tantas formas por las que una puede dejar de hacerse un poco menos indigesta. De pensamiento, palabra y obra. Si tuviera que esbozar mis propios mandamientos de limpieza, me diría:

1. No elucubrarás. Harás siempre por que tu mente se adapte a la realidad y no al contrario. Se comienza imaginando los motivos o intenciones de la gente y se acaba hundida hasta el cuello en una fosa séptica de prejuicios.

2. No mentirás ni usarás el disimulo para camuflar tus intereses. Las mentiras son como las pipas: seductoras y adictivas, porque ayudan a adornar ratos vacuos. Pero dejan las aceras hechas un cristo y si no sabes manipularlas (también es mi caso) pueden obstruirte el apéndice.

3. Dosificarás tu uso del verbo. No abusarás de la cháchara. No violentarás los silencios. No te dejarás caer en los pegajosos brazos de la maledicencia.

4. No pronunciarás una queja que no venga acompañada de una propuesta efectiva de mejora.

5. Harás por que tus valores y tus actos concuerden siempre. ¿Una perogrullada? Hazlo y luego me lo cuentas.

6. Evitarás en lo posible lo superfluo, sin necesidad de llegar a nivel amish (Compra a granel, haz tus yogures, busca comercios en los que te envuelvan el jamón en papel de estraza. Repudia baratijas manufacturadas. Por el amor de dios, usa tus cosas hasta que se gasten)

7. Seguirás el rastro de tus elecciones. Interrogarás acerca de su origen y su destino a lo que te alimenta, te cubre, te asea, te sirve, te adorna, te entretiene. Buscarás rimas entre su historia y tu ética.

8. En lo que se refiere al corazón, al juego y al aprendizaje, procurarás desenvolverte cada día como si fueras una criatura nueva. No embadurnarás el presente con chorreones de expectativas futuras o cicatrices del pasado.

9. Aplicarás conciencia y compasión a tus actos.

10. Amarás la amabilidad por encima de todas las cosas.


domingo, 30 de septiembre de 2018

Algunas cosas que aprendí sobre la luz


Estos días estuve de curso a tres pasos de Doñana, donde el cielo es malva antes de ponerse un pijama rojo y al horizonte no lo fruncen las sierras. Tierra inconclusa, reino anfibio: llegar, quedarte y comprobarla no conseguirán que su leyenda desluzca. Me quedé tan cerca esta vez que se redobló el hechizo. Y ahora, a más de trescientos kilómetros de distancia, un lazo imantado da tirones de mí y me reclama.

Pero aunque pude escuchar a las sirenas, hice mi curso sobre el impacto de los tendidos eléctricos en la avifauna y aprendí mucho. Recordé que el ser humano es una especie con una voracidad de energía insólita. Ponte en cuadrupedia y piensa en un animal cualquiera de tu tamaño. Compara ahora las calorías que necesita para desarrollar sus funciones vitales un carnero, por ejemplo, con las que tú necesitas. No me refiero sólo a lo que comes, sino a toda la energía que requieren tus desplazamientos, la construcción de tu refugio, las horas que no dedicas estrictamente a procurarte alimento o pareja. Haz las cuentas y comprenderás que, aunque todas las plantas y todos los insectos puedan pesar más que nosotros, los humanos engullimos sol en sus diversas recetas como ninguna otra especie. Padecemos de una bulimia incorregible. El planeta entero chapotea en nuestro vómito.

Aprendí que no sé nada apenas de cómo opera este mundo. No es que no me entre completamente en la cabeza la física subatómica. Tampoco que no capte el dibujo que forman al entrelazarse los seres vivos. Hay cierto punto en que acepto del mismo modo que a relatos fantásticos las teorías acerca de cómo funciona la mente y cómo la electroquímica cerebral se traduce en humores y recuerdos. Vivir es desconocer y me doblego a ello. Pero lo que sí me produce sonrojo es saber tan poco sobre las fuerzas que hacen posible y modelan mis actividades más básicas. Sé tanto de lo que ocurre cuando pulso un interruptor de la luz como de lo que sueñan los elfos. El porqué de que las aguas negras y las potables no confundan nunca sus rutas. Nunca me he planteado cómo se mantienen congelados mis guisantes. Cómo una placa eléctrica me concede el don alquímico en la cocina. Cómo y desde dónde se levantan los paisajes musicales que surgen de mis auriculares. Mi vida no se entiende sin electricidad. Mi vida cotidiana está sometida a la magia hermética.

Aprendí cifras intolerables acerca de muertes de pájaros. Cada vez que enciendo la luz me convierto en cómplice. El olor a pluma quemada no llega a mi casa. Sería de justicia que pasara eso.

Aquí, matando águilas.


Pero aprendí también, y se lo debo a la gente que me encontré allí, que mi fe es recalcitrante. Las evidencias nos aventajan: los mares son un erial; el aire está erizado de trampas y es apenas respirable; la tierra huele a cadáveres; los ojos están dejando de buscarse. Y sin embargo, creo que aún hay antídotos válidos contra la mezquindad y la rapiña. Creo que encontraremos modos de vivir más limpiamente. Creo que las pequeñas cifras terminarán decidiendo el resultado de las cuentas. Creo que la bondad, practicada en gestos mínimos que no esperan recompensa, alcanzará a rastrear y desactivar minas. Creo que quedan personas para las que el compromiso no es una palabra hueca. Personas con una luz adentro que se transmite pero no electrocuta.


sábado, 22 de septiembre de 2018

Volver diminuta


No esperes una gran primera frase. De hecho, yo no confío en primeras ni en últimas grandes frases. Pienso en esos epitafios orales como monumentos de algunos moribundos ilustres: la muerte en la cama debe de ser un asunto demasiado gradual como para que uno se ponga estupendo sin quedar en rídiculo, si el último suspiro se retrasa. Por eso, seré casi insignificante. Después de pausas como ésta es preciso ser humilde y aprender a dar pasos pequeños. Después de casi romperme el sacro, o el coxis, o como quiera que anatómicamente se denomine el lugar donde mi humanidad disimula su nostalgia del mono, es lo que debería hacer también con mi cuerpo. No pretender que el golpe y la convalecencia siguiente no han sido. Vacilante aún, no tratar de superar en centímetros el último salto ágil. Las ausencias prolongadas deberían ser sanadas con gestos modestos.

Así que escribiré como si acabase de descubrir el mecanismo de ensartar letras, una ristra de zarzamoras enhebrada en una brizna de hierba. Escribiré como si nunca lo hubiera hecho antes. Me plegaré a la verdad cotidiana de que a veces un paseo lento es una forma de arrojo. Y recuperaré la certeza, por muy a autoayuda que suene, de que la felicidad y el dolor en mayúsculas se construyen con ladrillitos.

Es que llevo días herida y salvada por lo pequeño:

Este piso diminuto ha sido tomado por las pulgas, y en las cuatro piernas que la habitan se dibujan constelaciones de ronchas.
Antes de encender el ordenador me he comido una mousse de chocolate con una lentitud que podría ser considerada una variante erótica, o meditativa, o de arte.
Por culpa de esa lesión que no me cuido, porque mi inquietud prefiere el dolor al varamiento, no puedo tumbarme boca arriba. Lo hago y es como si me aplicaran ahí cables de una picana. Un aguijonazo eléctrico perfectamente reducido que me impide flotar en la cama y evadirme.
No sé dónde colocar, hasta que lo regale, un paquete de leche en polvo para gatitos.
No me había dado cuenta todavía de hasta qué punto me oprimen los espacios atestados y exiguos. A veces la cercanía de tantas cosas sólidas se me hace antipática.
Y tengo leche para gatitos porque hace una semana rescatamos uno de la boca de un podenco y nos lo trajimos a casa. Nos puso patas arriba corazón y paciencia, porque era tan, pero tan nuevo y minúsculo que apenas tanteaba aún las habilidades precisas para sobrevivir por su cuenta. Y sin embargo parecía alimentarse con su propio latido exultante, animalito casi fotosintético.
Hace dos tardes que lo entregamos a una muchacha de ojos afelpados. Me resulta prodigioso cómo un hueco tan pequeño puede crecer y crecer, ensanchar y ahondarse hasta parir todo un continente de nostalgia. También de alivio.
Cómo imparten lecciones imborrables los dolores pasajeros, los encuentros tan fugaces que al pensarlos parecen un sueño, los detalles nimios.
Cómo moldean la vida las pequeñeces casi imperceptibles.
Cómo letra a letra insignificante el silencio se deshiela y se rompe.



Pumuki siempre será una chispita mía. Yo seré para siempre completamente de Pumuki.




martes, 17 de julio de 2018

Próxima parada: adentro



Es una pena que por culpa de los clichés dé apuro decir algunas cosas. Como que sólo tenemos una vida y un planeta. Que tu verdadero capital es el amor que entregas. O que viajar en tren es bonito. El mismo concepto de bonito, incluso. No sé si es la edad o respirar una atmósfera saturada de mensajes: hay demasiadas buenas ideas desfondadas. O demasiada poca inocencia.

Pero a quién, libre de estrés post traumático, no le gustan los trenes. Por qué desplazarse en autobús, por ejemplo, carece de mito. Creo que la culpa no es sólo de la literatura o el cine. Creo, intuyo, que la velocidad tradicional de los trenes rima de alguna forma con la cadencia de nuestra mente. Creo que la linealidad de los raíles hace bailar al paisaje como ningún otro medio de transporte. La carretera se integra en las formas sinuosas del mundo y en cierto modo así las oculta. En cambio la vía de tren atraviesa: mirar el paisaje desde esa perspectiva es como ir de jinete a la espalda de un águila. Árboles, tendidos eléctricos, chabolas o cortijos en ruinas: todo gira, hace una reverencia antes de despedirse. Como si no fueras tú el que se moviera. Como si por fin fueras capaz de percibir el desplazamiento íntimo de la Tierra.

Y a quién no le gustan las estaciones ferroviarias modestas. Sus aleros, sus colores, sus delicadas viseras de madera o hierro. En algunas todavía, las macetas. Como si quedaran tesoros de tiempo sin expoliar para regarlas. Las estaciones de pueblo son tiernas y elementales como la cara de Heidi, vestigios de un mundo aún cachorro. La boca tímida del túnel que conduce de lo pequeño a lo grande, lo rural a lo urbano, lo familiar a lo extraño. Entre tren y tren que para, o a lo mejor ni eso; entre la expectativa de quien se marcha y la perplejidad de quien regresa sin saberse cambiado, queda el silencio. Pararte ahí, sentirte perdido e insignificante en esos intermedios, te predispone a entender después el lenguaje de lo que habitualmente no hace ruido, el zumbido de las cosas pequeñas. Yo no sé si lo entiendo bastante, pero mi vida adulta comenzó así, los codos sobre las rodillas, la cara entre las manos, esperando a ningún tren en la estación de Jimena, presintiendo que el tren era yo misma.


Resultado de imagen de estacion tren jimera
Yo echaba la siesta en ese banco. Le he tomado prestado la foto a esta buena gente. Estudiaros la ruta, que lo merece.



Hablo hoy de esto por una especie de nostalgia. No por vivir en una ciudad de la que no salen y a la que no llegan trenes desde hace más de tres años, sino porque pienso que mi vida consciente se ha convertido en el AVE. La primera vez que viajé en uno de ellos fue en octubre pasado, y la experiencia me resultó a la vez asombrosa y frustrante. El tren más parecido a un cohete pasaba a la altura de las viejas estaciones infantiles raudo como un desprecio. No me daba tiempo a leer los carteles, a pronunciar mentalmente el nombre de los lugares, haciéndolos así reales. Últimamente tengo la sensación de que también yo me conduzco de ese modo: voy, voy, voy, me dirijo directa de un punto a otro sin pararme. Paso de largo de las motivaciones que puntean cada cosa que hago. A veces puedo ver desde la ventanilla la cola difusa de un deseo, una verdad o una desgana que no identifico. No me da tiempo tampoco a leer los nombres de mi mapa.

Y es curioso, porque a mí cada vez me incomoda más el viaje por el viaje, por el puro hambre de desplazamiento. Echo de menos el silencio entre trenes en las pequeñas estaciones de pueblo. ¿Un propósito? Encontrar el tesoro de tiempo para volver a regar las macetas.