domingo, 22 de enero de 2017

Contrapesos

Mañana vuelven los telescopios a los coches. Los siempre demasiados kilómetros. El cuerpo lastrado por kilos de ropa, y a su pesar, los vientos criminales en las carnes. Árboles de ultratumba. Tierra endurecida. Manos lívidas. En los embalses, vaho acosando con lentitud morbosa al aire. La atmósfera blanca e indiferente de un thriller nórdico. Mañana, en el trabajo, comenzamos el censo anual de aves acuáticas. Podría ser excitante, pero la provincia de Granada no es exactamente una orgía de biodiversidad al respecto. Observaremos y haremos otra vez recuento de unos bichos que vienen a ser a la fauna lo que Primark a la moda. Fochas comunes, ánades reales, porrones comunes. El adjetivo “reales” es maquillaje. Se refiere a un pato hermoso pero vulgar, o viceversa. Dame un socavón lleno de agua de lluvia en una obra abandonada; dame la desembocadura maloliente de un arroyo y te señalaré ánades reales. ¿Ves esos bichos negros y desaliñados, su peculiar elegancia de quinceañero gótico? Cormoranes. Adocenadas criaturas de pantano. Los miras calentarse las plumas al sol, en grupo, y te preguntas cuándo dejó de soñar la naturaleza. Y sin embargo, despiertan mi ternura. Posiblemente año tras año veamos los mismos individuos. Pronto empezaré a ponerles motes particulares y a inventarles parentescos y chismes.

Cuando le cuento estos quehaceres, mi padre siempre aprovecha para mofarse un poquito. Contar patos. O levantarse a la hora en que los borrachos vomitan en los portales para contar conejos o zorzales. ¿Y después de contarlos qué hacéis?, me dice. Año tras año, como cuando cada 20 de diciembre el telediario da la noticia de lo que ha subido el precio de los percebes. Yo no le respondo, y en la habitación se queda flotando su sospecha acerca de la dudosa seriedad de mi trabajo. Él disfruta cuando de higos a brevas saca del armario su vena de pragmático/enteradillo.

Pero tengo que confesar que a veces esa sospecha cala en mí. No de que lo que hago sea poco serio, sino de si merece la pena, objetivamente. Tanto frío, tanta carretera, tanto condenado frío (Pongámosme en contexto: a mí, sólo de buscar guisantes en el congelador, ya me salen sabañones. ¿Vale?) De si, en el cómputo global de las economías naturales, mis sudores y los de mis compañeros no supondrán un coste prescindible. Nuestros dolores de espalda. Nuestras garrapatas. Nuestras decepciones. Nuestras caras negras de humo. Nuestro horror a que por culpa de una mala decisión alguien se nos queme en un incendio. Nuestra soledad y nuestro desamparo. Nuestras amenazas.

Nuestra duda terrible acerca de si lo que hacemos es tan valioso como para asumir el riesgo de que te maten de un tiro.

Obviamente, esa pena y ese dolor no se merecen. En absoluto. La defensa de la naturaleza es un argumento tan abstracto frente a la feroz precisión de la muerte, que no hay manera de utilizarlo como escudo. Ojalá no hubiera que escuchar que hay causas dignas de que se arriesgue la vida por ellas. A mi modo de ver, eso justifica en cierto modo la violencia. Afirmar que el riesgo de morir absurda, negligente o brutalmente, vale la pena es como querer blanquear la barbarie. Que nadie ofrezca héroes a cambio de actos irracionales. Morir como mis dos compañeros de Lleida jamás valdrá la pena, y sin embargo.

Seguiremos corriendo el riesgo. Tiene que hacerlo alguien. Tiene que haber quien se ponga de parte de lo vivo. De lo débil. De lo que nunca se queja. De lo que se envenena, se atropella, se desahucia, se mata de hambre, se seca, se acribilla. De lo que no usa escopeta. De lo que hay que observar y contar cada año, a modo de recordatorio de que no estamos solos en este jodido y exclusivo planeta. Tiene que haber contrapesos al hecho de que el ser humano pueda arrebatar la vida gratuitamente, según razones que escapan de la lógica de los ecosistemas.

Tiene que haber, ay, alguna esperanza.

jueves, 19 de enero de 2017

Montera

 
Volveré a ir al lugar, y volveré a escribir sobre él, seguro. Igual que volveré a acogerme como un asilado bajo la influencia de la Roca y tendré que volver a escribirlo. Porque cuando una vista graba tu primera memoria, tu arcilla niña, cada vez que la reencuentras es la primera. No como, sino exactamente. No hay reincidencia ni el tedio de lo que se repite. No hay efecto acumulativo hasta que a la enésima ocasión el corazón se satura. Cuando una primera impresión es definitiva, el proceso de maduración se interrumpe y la historia se quiebra. Puedo decir una y otra vez lo mismo sin sonrojo, del mismo modo que puedo anhelar una y otra vez el calor de otra persona, marcada como estoy por el calor del útero de mi madre.

Volveré al lugar con mis fingidos ojos de especialista y rastrearé en él lo que mejor convenga a mi libro (o-lo-que-surja), porque este es uno de los escenarios cruciales en la vida de Betty Molesworth. Buscaré los encuadres que necesite para sentirlo con un corazón ajeno, para filtrarlo a través de unas experiencias que no son las mías, pero que comparten con mi historia un mismo aire de timidez, un andar casi pidiendo permiso. Iré y miraré profesionalmente, pero antes

Antes intentaré cumplir mi viejo afán de disolverme, de ser parte inofensiva y al ras del paisaje. Con la misma voz que bichos, pájaros, árboles, hierba, roca, cielo y agua corriente, pero sin voto. Como corresponde a una recién llegada. En mi casa arrancaré el coche y aplazaré la comodidad con la que vivo. El respirar sin rozamiento, la sensación de dominio. Haré no tantos kilómetros como para que el camino se convierta en alegoría, y al poco veré los primeros jérguenes en flor, los primeros verdes sin tacha, las primeras vacas. Entonces empezaré a perderme a mí misma. Las cifras en los relojes digitales bailarán y se volverán locas, y ya no sabré qué año hace. Me iré acercando al principio, no a la fecha que delata el DNI, sino a la de mi verdadero arranque, cuando de mis esporas empezaron a germinar plántulas. Me dejaré en el trayecto miedos y costumbres. Conducir ya no me pondrá tan tensa. Se me irá pasando la frustración de relacionarme con más cemento que campo. Cuando Los Barrios quede justo a mi derecha y los árboles que aún se empeñan en hacer bosque se pongan casi al alcance de la mano, mi caja torácica hará las cosas raras de los enamorados.

Aparcaré y entonces seré solo ya mi cuerpo. Sin nombre ni aspiraciones ni tan siquiera mochila, porque para estar en un lugar así no hace falta equipaje. Cuando después me dé el hambre volveré a por el bocadillo y me apoyaré contra algún tronco que, tras el último descorche, todavía desprenda un poco de olor íntimo. Sentiré ese gozo arcaico de mono que ha dado con un buen árbol. Todo sabrá tan rico como cuando para comer sólo hacían falta manos, suerte y un poco de conocimiento heredado. Pero primero presentaré mis respetos a las piedras. La extravagancia que fotografía todo el mundo, las otras más discretas. Vagaré por superficies almohadilladas y grises, casi azules, casi lilas, casi naranjas, treparé y echaré culo a tierra. Disfrutaré como cualquier cachorro.

Me asomaré al borde del tajo y escucharé el agua sin verla, porque los alisos ya tendrán hojas, elegantes abanicos de fiesta. Todo eso que sabes que está ahí, oculto. Psilotum, el arroyo, la interacción de todo lo orgánico y lo inerte, las historias de otros, tus propias riquezas. Después de andurrear por lo gris y lo verde me dedicaré a ser otro simple ser vivo. Ese olvido de los propósitos y las ideas, ese dejar de comparar lo que el ojo ve con ojalás y deberías. Ese dejarse estar y dejar que lo oculto siga en su sitio, pero tan cerca que se siente de muchas maneras. Ese volver al mismo principio que nunca se deja escribir, y por eso hay que intentarlo mil veces.


No es allí, pero casi. Nunca llevo saco la cámara en aquel lugar.

lunes, 16 de enero de 2017

Lo malogrado y lo conseguido

 
Las fotos del Hospital de la Fiebre que he encontrado en internet conservan, pese a la impersonalidad del medio, algo del carácter espectral propio de los lugares donde la existencia es otro asunto. Donde se suspende la rutina de gente que trabaja, cría, cocina, ahorra, gasta, pasea, saca la basura, saluda a los vecinos y sueña de vez en cuando. Donde aunque se intenten simulacros la vulgaridad es clandestina. Espacios rodeados de muros para que su anomalía no nos manche. Cárceles desalojadas. Prípiat, a unos cuatro kilómetros de la central nuclear de Chernóbil. Campos de refugiados.

Son geografías poseídas por el deseo y el fracaso. Salas o descampados donde pacientes, reclusos, animales radiados y parias aprenden a despojarse del hábito de la esperanza. En las paredes se queda esa frustración de callejón sin salida, como el olor a tabaco en las colchas de los viejos hostales. Vidas que deberían haber seguido otro curso, años amputados. Todos cargamos con el peso de nuestras propias experiencias fantasmales. Todo lo que se truncó, todo lo que se malogró por decisión o accidente. A veces se manifiestan y cambian las cosas del corazón ligeramente de sitio. Pero en los lugares con vocación por el aborto los fantasmas se aparecen hasta en las imágenes digitales. 


Fever Hospital
Cuando estos post se hagan libro, escribiré a Alicia Scott para pedirle formalmente esta serie de imágenes
 

En aquel hospital, la Betty adolescente tuvo tiempo de sobra para imaginar lo que pudo haber sido y no. Dos años: suficientes para que los amigos que no conoció, las lecciones que no recibió, los amores que no tuvo, cuajaran en una sustancia viscosa que se pegó para siempre a su alma. Antes de que los libros del hombre del carrito pudieran rescatarla de sí misma, estuvo la sensación de fiasco, la sospecha de que su vida se había torcido y ya no iba a haber forma de enderezarla. Betty no consiguió nunca desprenderse completamente del temor de ser saboteada. Por sus propios pulmones o por esa madre de la que en su convalecencia apenas recibió cartas. A lo largo de su vida el temor se confirmó algunas veces. Viajes que tuvieron que interrumpirse. Amigas que la fueron dejando de lado. Habitaciones de hotel donde se vio varada por el cansancio y la fiebre, mientras Geoffrey se ataba las botas de campo. Aquel plan insidioso para que se divorciase.

Pensó una y otra vez, por ejemplo, en que si su madre no se hubiera obcecado en traérsela de vuelta a Nueva Zelanda, si no la hubiera reclamado con tan malas artes, ella quizás se estaría recuperando ahora mismo en un sanatorio de los Alpes suizos de vistas sobrehumanas, donde en vez de una chica incomunicada y débil sería todo un personaje. Si no se hubiera resfriado en aquel vetusto castillo alemán adonde su institutriz la alojó provisionalmente, tal vez la tuberculosis no hubiera echado raíces en su ya de por sí frágil cuerpo. Si la tía Gwen no hubiera pillado a su vez la varicela pocos días antes de que ella desembarcara en Southampton, la señora Mortimer no le habría propuesto aquel viaje a Alemania, mientras la tía se recuperaba y le ofrecía por fin su techo. Si virus y bacterias no le hubieran hecho el juego sucio a su madre, habría terminado ingresando en Cambridge. Podría haberse graduado en Biología. Podría haber escapado. Podría haber vivido al fin en un hogar amable.

Y sin embargo, aunque en la habitación blanca se abortaron algunas vidas posibles, Betty consiguió escaparse. Nunca escupió del todo la sustancia viscosa del desengaño, pero se curó y vivió lo suficiente y con el suficiente brío como para vengarse de la tuberculosis. No obtuvo nunca su título, pero supo tanto o más que cualquier graduado. Hizo su casa en las junglas y en torno a un corpulento hombre con bigote. Le creció una voluntad paralela a la de su madre. Finalmente se transformó en un verdadero personaje.


jueves, 12 de enero de 2017

Una habitación blanca

 
La mente, que sufre una especie de trastorno obsesivo de orden, sólo sabe operar siguiendo patrones, esquemas, estructuras previas. Puedes pensar que a la mente no hay quien la entienda, que las ideas son gases libres, que un pensamiento se engancha a otro de modo aleatorio. Pero aunque quiera dárselas de hippie, la mente es más bien burguesa. El caos le horroriza, y por eso se apresura a procesar cada uno de los datos crudos que captan los sentidos, y que nombrados, etiquetados, comparados con la información guardada, reconocidos, sistematizados y puestos por fin en su sitio, forman lo que a ella misma le gusta llamar realidad externa. Por eso no sabemos vivir sin historias. Porque las historias tienen un comienzo, un desarrollo y cierto sentido. Por eso la mente es, ante todo, narradora.

Por eso tenemos la fijación de establecer que ahí, justo en ese punto, después de aquella mirada, aquella frase, aquel gesto, en el entonces decisivo, fue cuando empezó todo. Yo me he contado mil veces que mi primera y definitiva comunión con los libros ocurrió cuando mi padre me trajo Robinson Crusoe al hospital donde me acababan de extirpar las vegetaciones. Tú habrás elaborado tus propias historias acerca de tu vinculación inquebrantable a los pájaros / el cine / las rubias / el fútbol. Probablemente no sean más que artificios. Probablemente nunca hubo un pistoletazo claro de salida, sino un árbol de causas y un clima favorable. Lo vuestro empezó en una fiesta, sí, pero ¿habrías ido a ella si no hubieras estado hasta el culo de estudiar estadística? ¿Habrías podido conocer a tu sueco si, al elegir destino para su beca Erasmus, él hubiera preferido Pamplona?

Y sin embargo, me resulta muy difícil no contar que ahí, también en un cuarto hospitalario, es donde arranca la historia de Betty. En un cubículo donde apenas cabe una cama y toda la soledad del mundo. Una puerta se abre a una galería, una ventana a un cuadrado interno de césped. Pero la puerta no se abre cuando ella quiere, y para poder ver el césped ha de levantarse de la cama, y eso no pasará hasta dentro de un año. Betty ha naufragado en un mundo blanco. Paredes blancas, suelo blanco, sus mismas manos. La monja enfermera con su voz incolora y su níveo hábito. La comida, sutiles y poco atractivas variaciones del blanco. La fiebre le sube periódicamente, y entonces sí, por fin vuelven el castaño brillante de los caballos, el gris metálico del lago Rotoiti donde le enseñó a nadar su padre, las flores escarlatas del pōhutukawa.

Cuando los doctores relajen un mínimo esa inflexible cura de reposo, cuando la muerte ya no se combata con algo tan parecido a ella, a Betty se le permitirá que lea libros. Cada miércoles unos nudillos flojos golpearán la puerta cercana pero inaccesible. El hombre del carrito. ¿Un voluntario quizás? No, probablemente un interno sólo un poco menos enfermo. Quién, estando sano, iba a querer meterse en la boca del lobo. El chirriar de las ruedas aproximándose, el suave aviso de los nudillos: un alivio inmenso a su reclusión, una interrupción de la autocompasión y la tristeza, una promesa de salir de sí misma que siempre se cumple. Betty recordará siempre al hombre del carrito con la lealtad de un primer amor. Los libros que él remolca sustituirán entonces a la fiebre como refugio de los colores. Suplirán la falta de cariño y de intimidad, levantarán la veda a la comunicación. Antes de que Betty se agarrara a las plantas como a un salvavidas estuvieron los libros. Pero unas serán siempre aire libre, vida sin paredes, el ansiado afuera, y los otros sufrirán inevitablemente el estigma de estar ligados a un interior.

Una habitación blanca y minúscula. Una chica que pasa su décimo quinto año de vida condenada a una cama. Una brutal dieta de afecto. Es fácil pensar que ahí empezó todo, en el Hospital de la Fiebre de Wellington donde a Betty la internaron cuando se le diagnóstico la temida tuberculosis. Todo: un carácter marcado por la reserva. La incapacidad permanente de soportar el menor encierro. La terquedad de imponerse a la bomba de sus pulmones. Pero esa habitación es sólo un anticipo y también un resumen de cosas que sucedieron antes. Después vendrán paseos por los alrededores del sanatorio, en los que Betty se refugiará por primera vez del parloteo mundano mirando plantas. Antes, una infancia enfermiza. Quizás la rémora de la epidemia de gripe española que apenas diez años le había podado a la población mundial unos cincuenta o cien millones de personas. Y antes, por encima de todo, estuvo su madre.

domingo, 8 de enero de 2017

Tiempo de perros

 
Alcanzados los ochenta años, Betty todavía fantaseaba con vivir en Inglaterra. En algún condado varado en el tiempo donde la tierra fuera lo que queda dentro de una red de setos, donde la gente entendiera de rosas y donde, blanco indómito sobre verde, reinaran las ovejas. O por qué no, tal vez en Londres. Había allí tantas oportunidades, tantas planes ideales para una persona como ella: intimar con los Kew Gardens con la misma placidez, la misma ausencia de responsabilidades con que la habían dejado curiosear en el Jardín Botánico de Singapur, entre los pliegos del herbario, los libros de esto y aquello, las colecciones. Atravesar Hyde Park de camino a la casa de alguien que supiera preparar un té como está escrito. Visitar a algunos parientes de pasión o de sangre en torno a los cuales no zumbara un enjambre de nietos. Señalar en un plano los sitios donde sirvieran scones auténticos. Acampar en la National Gallery y quedarse a vivir en los cuadros de Turner. Acariciar cubiertas de libros viejos en Shapero Rare Books, abrirlos al azar, total, quién va a toserle a una vieja, y toparse, mira tú qué casualidad, amigo, con la reproducción de alguna especie descrita por Solander. Y por qué no, mezclarse de vez en cuando con los turistas de Buckingham, para burlarse por dentro, pero en el fondo conmoverse, con el cambio de guardia.

Londres hubiera sido un retiro perfecto, un volver de una vez por todas a casa, porque ella, aunque nacida en la espalda del mundo, era una reliquia del imperialismo. Tenía ya esa edad en la que el pasado empieza a tirar de ti con inquina y te reclama para sí y te exige el pago de ciertas deudas. Había empezado a arañarle y a inmiscuirse en sus salidas al campo, y a veces, cuando iba acompañada, apretaba el paso y buscaba con más ahínco lo que quiera que la hubiera sacado de casa, parloteando alguna anécdota, comparando aquel brezo con uno muy parecido que vio en Sudáfrica, hace ya tantos años. Ahí estaba otra vez el pasado, pero este que no era tan remoto no molestaba. Más bien todo lo contrario. Geoffrey y ella consiguieron sellar sus pasaportes en países de todos los continentes, salvo la Antártida, y vaya, ese sí que hubiera sido un buen reto. Fueron libres de ir de acá para allá. Andaron siempre en paralelo, uno con sus prismáticos, la otra con su lupa, sin perderse de vista y sin estorbarse. Vieron por primera vez cosas que nadie antes que ellos había visto.

Sí, su pasado de mujer casada y ella estaban en buenas relaciones, lo visitaba a menudo y procuraban no perder el contacto. Pero el tiempo anterior, todo eso que tenía todavía en los ojos mientras miraba a la cámara que hizo su retrato de bodas*, como si no confiara completamente en que justo con ese click y ese sí quiero lo que la había estado atenazando se convertía por fin en historia: eso era otra cosa. Después de casarse Betty secuestró su vida previa y la escondió en un zulo. Tapió la trampilla y esperó que ahí dentro se muriese de hambre. Pero el pasado había sobrevivido y, cargado con un dolor que apenas había envejecido en cincuenta años, volvía a ella dispuesto tal vez a reivindicarse.

Quizás de ahí venía también ese deseo un poco loco de mudarse, a su edad, a Inglaterra. Aquella era su casa, porque Nueva Zelanda era un injerto británico practicado en la punta opuesta del planeta. El pasado superviviente se vengaba de esa forma: mediante la nostalgia. Pero el instinto de conservación tira aún más que los olores, los paisajes y los acentos que nos marcaron de niños. Cada vez que Betty se imaginaba regando un parterre de hortensias en un cottage, recordaba la meteorología detestable de la madre patria y los huesos empezaban a dolerle. Oscuridad y frío húmedo se sumaban en su mente y, sin que ella pudiera controlarlo, daban de resultado la tuberculosis.

Y a ese demonio que hizo y deshizo su vida sí que no le iba a permitir escaparse.


*Cuando me entere de la legalidad de publicar fotos ajenas, editaré esta entrada para que veáis el retrato en cuestión. Hay cautela en el rostro de Betty. Es hermosa.

miércoles, 4 de enero de 2017

El apaño


A mí Los Barrios me gusta. Cuando digo esto a veces se me mira con extrañeza. A lo mejor porque el que escucha piensa que estoy hablando en minúsculas y que, por tanto, incurro en negligencias de concordancia y obviedades del tipo eso es como todo (kriptonita del lenguaje). O sabe perfectamente que me refiero a una localidad gaditana concreta y no le cabe en la cabeza que un adulto en sus cabales pueda considerarla mínimamente gustable. A veces declaro alegremente que no me importaría mudarme allí, en absoluto. A veces las reacciones de la gente hacen que me sienta muy cándida. Carcajada. Estupor sarcástico. ¿Los Barrios? Como quien dice: ¿el desierto de Mojave?

No importa que la abracen los bosques más arrebatadores de esta tierra árida. Da igual que un nudo apretado de comunicaciones la lleve de la mano a arrejuntarse con una historia bien larga, geoestrategias, leyendas fundamentales del Mediterráneo. Los Barrios, boquete sin chispa, músculo o gracia. Es una opinión bastante extendida por las comarcas vecinas, amigos.

Yo me quito esas opiniones de encima como si fueran pelos de gato. Los Barrios me gusta aunque su caserío le dé un aire a un montón de piezas del Monopoly. A mí es que la arquitectura física ya apenas me interesa. Me gusta porque para mí siempre es un lugar de encuentros amables. Desde allí a menudo parto a renovar mis nupcias con lo frondoso y lo verde. Allí vuelvo después con los pies molidos y el corazón burbujeante. Con la mansedumbre que siempre produce recobrar la faceta menos postiza de tu naturaleza. Allí, chocar unas cañas bien frías a la salud de las propias piernas. Allí, regalarte el placer esta vez no culpable de los pasteles más ricos que ha catado mi experimentada lengua. Allí, compartir cogorzas clorofílicas. Allí, querer a todos los críos que, soberanamente descuidados por y de los adultos, giran como satélites en torno al templete, alzados en cualquier clase de ruedas. Allí, café con amigo al que veo de año en año. Allí, recreo intermitente y seguro.

Y también allí un parque dedicado no a una noción abstracta o a un preboste, sino a una retraída extranjera devota de las plantas. Hace poco más de un mes pasé junto a él con mi hermana. ¡Eeeh, parque Betty!, dijo ella, con su mejor voz de dibujo animado. E inmediatamente: ¡¡eeeeh, ¿pero qué mierda está pasando con el libro?!! Yo intenté explicarle lo que pasaba: que había llegado a una especie de solución de compromiso entre un marido y un amante. Que no era capaz de abandonar la relación cómoda, íntima y estable que mantengo desde hace más de cinco años con este blog para echarme en brazos de un proyecto literario incierto como un idilio. Que mi matrimonio creativo se estaba quedando sin leña ni chispa. Que por eso se me había ocurrido meter en la cama conyugal al querido: este apaño de ir publicando embriones de mi pretendido libro sobre Betty Molesworth (y sobre muchas otras cosas) para ver si había opciones de que  gustasen y pudiera nacer de ellos algo. Que tal vez no tenga yo suficiente capacidad de sacrificio y de entrega como para darme a un solo tema a largo plazo.

Tras una versión balbuceante de esto, el desapego hidalgo de mi hermana añadió solamente: pues yo quiero libro. Toma, y yo quiero no tener trabajo y que no me chifle leer o salir al monte, ni comer como los señores feudales, ni bajar a la playa, ni ir de flor en flor, ni hacer deporte, ni gandulear ni ensimismarme. Yo quiero libro y pasiones intensas y una Penélope esperando mi vuelta de la guerra de Troya. Quiero un hermoso montón de páginas que puedan tocarse y olerse, y quiero mantener también mis confianzas virtuales. Quiero reproducir a Betty y quiero seguir encontrando a algunos de mis seres tangibles favoritos en Los Barrios.

Y por eso no se me ocurre otra que ir sirviendo tapas de mi hipotético libro. Si te interesa mínimamente, ahí a la izquierda tienes una etiqueta llamada Betty. Sólo hay que leer entradas de la más antigua a la más moderna y hacerte a la idea de que vives en los tiempos de las novelas por entregas o de que estás viendo una serie de Netflix.

domingo, 1 de enero de 2017

01/01

 
Mi padre y yo paseamos junto al mar la primera mañana de otro año. A veces, mientras ando, pienso. Otras simplemente me enamoro de tener cuerpo. No, tener no es la palabra: me enamora ser un cuerpo. Hoy, cómo no, me identifico con mi juego de piernas y con la mecánica lenta pero inflexible de mis pulmones, par de fuelles, mi corazón repiqueteando. Pero hoy también es de esas veces en que se me llena de brochazos la mente. Una frase, otra encima que la tacha. Pienso en movimiento como vuelan los abejarucos. Esa frase del principio acaba ahora mismo de posarse.

Mi padre y yo paseamos junto al mar la primera mañana de otro año.

Mera información, y sin embargo. Tan reconfortante que me dan ganas de gritarlo. Él unos pasos por detrás, como si quisiéramos seguir componiendo metáforas y sugerir más de lo mostramos: dos personas de distintas edades que caminan moderadamente juntas y se parecen físicamente. Mi padre no es el símbolo de un modo de ser que me alegra haber superado. Mi padre es mi padre a secas. La poca playa que no barrió el temporal de primeros de diciembre sigue cubierta de cañas. Siempre me sorprenden estos testimonios de tierra adentro. Podría seguir pensando, emborronar mi conciencia en plan Jackson Pollock, y decir que eso más o menos es el presente: un medio frágil que un futuro violento barre y que el pasado invade de restos.

Pero prefiero seguir admirando. Cañas, rastros de paisajes invisibles en la playa, pulmones, rodillas, caderas, y otros paseantes que, por ser la hora del día que hoy es, nos cruzan miradas como si fuerámos miembros de una logia secreta.

No quiero decir mucho más que esto. Esta forma particular de canturrear mientras paseo. Esta herramienta de seguir-admirando. Después del año que ha acabado, empieza otro nuevo. Bueno y qué. Yo ya procuro no simplificar con resúmenes de lo que ha sido y propósitos para lo venidero. Tan sólo quiero mantener mi reciente vocación de cuidado. Ni mi padre ni yo vamos a olvidar 2016 fácilmente. Después de los muelles en las arterias y el ictus, su corazón y su cerebro van funcionando.

Andar con él. Atender con la mente limpia a lo que me rodea. Regar con esmero, como ayer a mi jazmín antes de salir de Granada, con un hilito de agua muy fino, porque si lo hago con mi tradicional negligencia la tierra que sobra de la maceta me pone el balcón embarrado. Eso es lo que quiero para el nuevo año. Velar sin desvelarme. Colocarme a medio camino entre el descuido y el exceso de celo. Estar a la altura de los temporales. Repetir, la primera mañana del año que viene, este paseo.