sábado, 15 de julio de 2017

Tregua

Si estar de vacaciones es recuperar la soberanía de tu tiempo, ¿qué hago yo despierta a las seis de la mañana, atada a mis rutinas como un cabestro? Tiene que pasar al menos una semana sin que el despertador suene para que mi tiránico nivel de alerta se relaje, y luego no pienses que voy a levantarme mucho después de las ocho. A veces creo que tengo lo vegetal incorporado en el genoma y que mi energía bebe compulsivamente de la luz diurna. Estomas en la piel en vez de poros. Párpados de fina celulosa. A las seis es todavía de noche y las plantas duermen. Estoy sola como el Principito durante mi desvelo: no sé qué reino de lo vivo me corresponde.

Una cruenta lucha de poder, el insomnio. Lo que debería ser contra lo que sucede. Lo que es mejor para ti contra lo que es a secas. Cruenta y ficticia, por supuesto, porque a la realidad no hay quien la levante de su trono. Estás despierta. Resístete, indígnate, planea estrategias para reconquistar el sueño. Ponte paranoica y vaticina que en el día por llegar irás de culo. Vuelve a decir lo dicho ayer; verbaliza ahora lo que no llegó a salir de tu boca; proyecta una segunda o una énesima sesión del día pasado; regurgita. La conciencia se alimenta de sí misma. Se divide y multiplica como las bacterias, infecta los minutos. 

Para intentar dormirme hago de todo: escribo mentalmente; cuento respiraciones profundas como si al atravesar mi nariz el aire se convirtiera en rosario. Lo intento todo, salvo aceptarlo. Y cuando por fin comprendo mi torpeza, el panorama cambia. Los grillos imitan una noche tailandesa. Los quehaceres están estancados. Sólo una ínfima parte de mis sensaciones corporales son negativas. Me duelen los ojos, pero nadie se muere ni pierde la libertad por eso. Estoy viva y citada conmigo misma: no tiene por qué ser una situación tan violenta. 

Callar y adherirme a la realidad. Dejar de interpretarla, deformarla, pelearla, refutarla, amortiguar cada uno de sus mensajes incontestables. Abrir el puño donde tengo encerrado al tiempo para que se haga grande y me envuelva. Estar dispuesta a que lo que es me atraviese, sin pretender retenerlo o modificarlo. Soltando es como de verdad uno se vuelve soberano. 

Así atenta, entiendo que no necesito vacaciones del trabajo sino de mí misma. De mi subjetividad y mi sesgo. Tengo que descansar del hábito de escuchar y ver con la mente. Quitarme el uniforme de los análisis y deducciones. Enjaular al gallo de pelea de mi opinión. Todas mis presunciones, mis deberías, mis figuraciones acerca de qué es lo mejor. Lo que hay es lo que hay. Y es bueno. Volveré por aquí cuando la realidad lo decida.

sábado, 8 de julio de 2017

Pequeño y casi terminado

 
Tan blando, tan diminuto. Un comienzo que la primera levantera podría desbaratar. Casi un proyecto, una vida que ha arrancado pero que no quiere alzar la voz por si acaso no pasa de ensayo. Y sin embargo la alza. Perdido entre recortes de un jersey viejo, arrulla de hambre y orfandad. Yo tardo en darme cuenta. Pensaba que era uno más de los inquietantes zumbidos de un coche artrítico. Olvidé que lo muy, muy pequeño también tiene su fortaleza.

Me pongo la caja que lo transporta en el regazo. He tenido dolores de vientre más pesados, y eso que no soy de ovario insurrecto. Pesa tan poco como tu propia sonrisa al paisaje, reflejada en la ventanilla, como una sábana a la altura de la cintura en las mejores noches de verano. No será muy profesional, pero me rindo a la tentación de cogerlo. Un beso en la palma de la mano: irresistible. Los ojos amarillos semiabiertos, cortos y suficientes como un haiku. Tiembla. Su albornoz de plumón esponjoso apenas oculta un apunte de plumas. Todo en él es transitorio, todo milagroso. Agita las futuras alas. Me abruma llevar una semilla de vuelo en la mano.

Y luego, ya en casa, porque dudo de que aguante hasta mañana si no come, abro el balcón a una noche igual de nueva. De menú, trozos de pollo recién descongelado, empapado en agua. Como pico materno, mis pinzas de depilar. No se extraña de nada. Abre una boca que es pura exigencia. Cuando aprieta la necesidad no hay miedo. Apunto la lección en mi libreta mental. Y también esta: pocos actos de amor tan honrados y tan accesibles como alimentar a otra criatura. Lo tendré en cuenta cuando hacer la comida me dé pereza

Pero en nuestro pequeño momento de intimidad no estamos solos. Desde algún ciprés de ahí enfrente, o desde los plátanos bajo los que se corre, se tontea o se distrae el nervio de los niños, podemos escuchar el radar del buen tiempo. ¿Es posible que nos hayamos mirado y entendamos? Si este pollo resiste y crece, en poco tiempo hará lo mismo: apuntalar las noches benévolas con su canto. Pregonar "aquí estoy, he vuelto, este sitio es mío, estoy dispuesto para empujar la rueda de lo vivo". Con una sola nota que repite y repite. Tan simple. Tan elocuente. "Inténtalo tú", parece decirme. A ver si eres capaz de decir tanto y tan relevante con tan poco. 

Y seguimos comiendo los dos. Él pollo, yo asombro. Cuánto lleva este ser en la tierra, cuánto llevo yo. Un pompón de pocos gramos que ya viene programado de serie: volar, cazar, viajar a través de desiertos y mares, expresar, atraer, acoplarse, regresar. Tan diminuto y tan sabio. Y yo, que apenas sé moverme sin lastre ni tampoco enraizarme en un sitio; que no soy tan autosuficiente como pienso; que me cuesta distinguir el amor del apego: tan grande y tan sin terminar.


Autillo bebé después de cenar. Está claro quién manda

lunes, 3 de julio de 2017

Por los flancos (23)


Nunca sabes realmente por dónde va a llegarte el futuro. Por más que la mente se atreva alegremente a asignar coordenadas físicas a conceptos. Confía en que el porvenir está ahí delante, igual que confía en que tus pies van a encontrar a oscuras, en un hotel cualquiera y medio dormida todavía, el camino del cuarto de baño. Pero el futuro también puede atacar por los flancos, por la espalda. Corre en paralelo a ti, sigiloso, o se cruza fugaz y ostentosamente a tu paso. Sus fuentes son tan difíciles de explorar como las del Nilo.

Y no sabes tampoco qué nombre vas a encontrarte infectando tu cerebro. El nombre de alguien a quien acabas de conocer o a quien, ay-madre, aún no conoces. El nombre de una ciudad o un paisaje. Poderoso como un objeto mágico, no puedes parar de pronunciarlo. Hay nombres que de repente se te presentan cargados de mañana. Y no hay modo de desactivarlos.

Nueva Caledonia. Nue.Va.Ca.Le.Do.Nia. Nuevacaledonia, nuevacaledonia. Betty no puede ni quiere curarse este virus. Declina de mil formas el nombre-talismán, lo repite hasta que su sentido geográfico se pierde. Ya no designa una isla plantada en el Pacífico, no tan alejada de Nueva Zelanda, sino una vida distinta, una esperanza, una novela en la que la protagonista huye de forma heroica. En la cubierta del barco que por fin se la lleva del lugar que no soporta, Betty, no tan joven ya pero aún cándida, canturrea su conjuro. No sabe que Nueva Caledonia nunca dejará de ser para ella territorio mítico. Nunca pondrá los pies allí. No practicará su francés, no se acostumbrará a regañadientes a la leche de coco. No se pondrá relativamente morena en sus playas níveas. No se volverá íntima de sus verdes.

Aunque eso ahora mismo no le importa. Se va de casa y punto. ¿Para siempre? Mucho se tendrán que torcer las cosas para que así no ocurra. Betty quiere expresarlo con su cuerpo durante el viaje. Quizás los contornos de la costa de Auckland todavía se distinguen, pero no será ella quién se dé la vuelta para comprobarlo. El pasado es lo que queda detrás; el futuro, siempre delante. Le han concedido una beca gracias a la cual pasará los dos próximos años en Basilea. Después, cuando al fin esté formada como dios manda, marchará a inventariar la flora de lo que todavía no es un lugar sino un sortilegio. Después... Lo mejor es que no hay un después, ni un horizonte que la limite. Su billete no tiene fecha de vuelta.

Pero el futuro ataca por los flancos y te envuelve sibilinamente cuando tú lo esperabas por delante. El suyo no habitará Nueva Caledonia, sino Malasia. Y hacia allí se dirige ahora. Su primo David es médico en Singapur, hombre de selva, aficionado a los pájaros. Será su anfitrión y su muleta durante los tres meses que, antes de partir a Europa, Betty ha decidido pasar en esas latitudes. Está pegada en flora tropical y no quiere hacer el ridículo en Suiza. No lo llegará a hacer, por supuesto, porque los tres meses van a transformarse mágicamente en dieciocho años. El anfitrión, en celestino. La universidad de Basilea, en los bosques de Los Barrios.

Betty no pronunciará ese conjuro mil y una veces. Pero, más que de magia, el futuro es un asunto de azares y conexiones. Realmente sólo precisa de un primo lejano, un campo de concentración japonés, un grupo de prisioneros ingleses que parchean su desesperación intercambiando nombres de pájaros, y un ex-piloto, afable y entrado en carnes, llamado Geoffrey.

viernes, 30 de junio de 2017

Lo incombustible


He oído unas cuantas veces que los dos primeros años de vida son la clave. Cuando los pilares de tu personalidad fraguan. Cuando todas tus respuestas futuras se van esbozando. Si entonces te empapan en amor, devolverás amor cuando te toque. Si te dañan seriamente ya no hay manera de arreglarlo. Si a tu alimentación emocional le falta algún nutriente, el resto de tu biografía será un continuo echar de menos algo. Tus dos primeros años son tu semilla y tu potencia, tu marco y tu límite, tu sumario. Es profundamente injusto. Tu meollo pertenece a un tiempo mítico. Estabas ahí sin percatarte, absorbiendo influencias que no podías controlar, como un hongo. Si fue en lo profundo del bosque o en una cuneta poco importa: no pudiste elegir, no podrás corregirlo. Quizás la experiencia te haga lo bastante consciente como para surfearlo.

Hace un par de días Doñana me dolía en lo profundo y, de entre mis libros durmientes, saqué uno que la aborda. Vanamente, a mi entender, porque hay lugares que son mucho más que la suma de sus partes. Pero a veces las palabras acuden a las heridas como si fueran plaquetas. Y cuando a mí me dan bocados, con libros es como intento rellenar la carne que me quitan. En las páginas de éste encontré, después de muchos años sin verla, una foto.




Ese animalito tiene ahí menos de dos años. Es todavía una esponja afectiva, una criatura porosa. Una habitación con mucho espacio por amueblar y apenas un par de cosas básicas que la hacen mínimamente habitable. Quizás el pilar maestro de su personalidad ya ha fraguado. Quizás en ese momento exacto. La luz de la tarde empieza a acaramelarse, las sombras se están alargando, al agua del barreño le queda poco para ponerse fría o todo lo contrario. Pero la mano derecha se ve movida: se sigue agitando a pesar de que el suelo está ya todo salpicado. Es claramente un cuadro de alegría. Efímera tal vez, pero inquebrantable. Está ahí desde el principio, en el sumario. Es meollo, marco, potencia. La letra capital de las respuestas por venir ya ha sido escrita. La luz declina, la novedad se pasa, el día se acaba. La alegría perdura: no hay manera de corregirla.

Luego los golpes remotos se van acumulando, uno después de otro de otro de otro, hasta que el corazón se satura. No te rozan la piel, no involucran a tu cuerpo o al de tus íntimos, no son tuyos, estrictamente. Familias atravesadas por una ola de fuego, chanclas de playa mezcladas para siempre con la carne. Islas verdes en un océano de ceniza, animales náufragos. Esa gente tumbada en las costas del Mediterráneo, con una manta por encima en vez de toalla por debajo. Los cuerpos que el mar ni siquiera ha vomitado. Mujeres con miedo, glaciares y bosques que declinan, kamikazes. La cuenta atrás de las riquezas del planeta. El calor nocturno como represalia. Todo está lejos, todo duele. Te conectas a la realidad y te marchitas. Después te duermes y hasta en sueños hueles a quemado.

Y al día siguiente te levantas con agujetas. Porque al fin y al cabo, y que se dén por agradecidos la suerte o el karma, el dolor no forma parte de tu entrenamiento cotidiano. Al acopio de pena se le une una especie de cansancio. Una inquietud de no saber si te está doliendo como debe. Si la tristeza es realmente honesta o una respuesta diplomática de la fábrica donde las ideas se articulan. 

Porque es verdad que no hay remedio. Los dos primeros años son clave, y a pesar del fuego, mi alegría incombustible perdura.

domingo, 25 de junio de 2017

La verdad del corcho


Si les preguntas si les gusta su trabajo, probablemente te miren como un filósofo estoico a un veinteañero americano. No todos son hombres viejos, pero su brega sí que es de otra época. También su modo de entenderla. Piensa en lo que te hubiera respondido tu abuelo, el arriero, el que abría pozos, el hortelano: niña, la faena es la faena. Ellos tenían pocos más recursos que su fuerza muscular y su maña. Bajo el sol totalitario de julio, sobre el suelo helado. Cuando la puerilidad se hizo norma social, ellos ya tenían las manos llenas de callos. El trabajo está para comprarse la vida, no para realizarnos.

Tampoco los corcheros tienen mucho más que eso: una pericia antigua, herramientas sin más motor que el corazón dentro del pecho. Hacha, mulo, escalera: para arrancarle el corcho a los árboles sólo hacen falta máquinas de sangre. Es un diálogo de tú a tú entre el cuerpo vegetal y el del humano, una cita fogosa entre sudor y savia. Pregúntales y te mirarán con ojos tolerantes. Probablemente te respondan que prefieren esto a estar encerrados en un banco.

Con ellos no hablaría de belleza, por supuesto, por respeto a su cansancio. Pero si has sentido alguna vez el paso de los corcheros por el monte, su huella estética no se borra. Del oído, de la vista, de la piel, del olfato. Su presencia se propaga más allá del árbol sobre el que se encaraman. Suenan las hachas desde lejos, el idioma privado de un arriero al que todavía no distingues, pero que ya te está rozando con su mano de otro siglo. Vestida con ropa bien estudiada, oliendo a coche todavía, de pronto se te permite ser testigo de una antigua ceremonia. Luego te acercas: chispas de luz entre la hojarasca, el calor brutal como un bautismo, la desnudez palpitante y salmón de los troncos, el maravilloso olor íntimo de los árboles. Todo eso te impregna y te traspasa. No vas a olvidarte nunca de la verdad que, al menos esta vez, has contemplado. 

La imagen puede contener: árbol, planta, cielo, exterior y naturaleza
Me precio con infinito orgullo de que este fotógrafo sea mi amigo
 

Porque el descorche es la verdad de los alcornocales. Y como toda verdad que se precie, no es exactamente benévola. El hacha es la madre del paisaje, la responsable de su fuerza y sus debilidades. Dicen que si no se le hubiera encontrado un rendimiento económico al corcho, estos bosques serían ya carbón o astillas. Dicen que el hombre señaló al alcornoque con su mejor dedo y convirtió un monte diverso en un monocultivo. Dicen que escamotear a los árboles su capa protectora los vuelve vulnerables como individuos, y que primar una sola especie sobre el resto vulnera las sociedades naturales. Conclusión: el descorche es un sí y es un no, creador y agente de exterminio.

Una verdad como la del oxígeno: lo necesitas para vivir, pero a la larga acaba contigo. Una verdad bella y cruel, igual que la que te mantiene en pie, todavía. Guardo la verdad del corcho en mi corazón, a la espera de que una nueva la sustituya.


martes, 20 de junio de 2017

Luz calcinada

 
Conozco carreteras como esa. Rodé por ellas unas cuantas veces, rectas sin fin ni ambigüedades, como el futuro ante los ojos de un niño. Obviamente siempre llevaban a algún sitio; ensartaban pequeñas ciudades somnolientas, sin humos históricos o industriales, pobladas por una extraña raza de humanos que hablaban sólo lo justo. A veces hacíamos un alto para comprar un pastel asombrosamente rico, mear en alguna parte, asistir a un curso acelerado de luz y silencio. La luz: ese truco del aire imposible de olvidar, inexplicable. No había manera de adivinar la receta, la dosificación exacta de transparencia y densidad. ¿Era el mar sentido como una corazonada, al final de cada aldea? ¿Eran los vientos barriendo las células muertas de la tierra? ¿Era todo aquel silencio? Fuera lo que fuera, no podías comprenderlo: cómo cada color se presentaba en su forma saturada, sin que el resultado fuera estridente; por qué esa claridad como del otro lado del túnel que, sin embargo, no hería ni deslumbraba. Una luz que era puro alimento.

Y que lograba imponerse a la ruina del paisaje. A ambos lados de la carretera te acosaban eucaliptos lúgubres, una pantalla de pinos altos y apretados de aspecto tan mortecino que apenas si resultaban amenazantes. Desde luego la maniobra de encubrimiento no funcionaba. La calamidad ecológica era patente: el corazón te daba un diplomático brinco de susto e inmediatamente se recuperaba. Era la luz, más resistente que el desastre, o era el mismo corazón, que entonces se reventaba a hacer horas extra por las que nunca exigía un pago.

Rodábamos, nos comíamos los kilómetros, meciéndonos en la amistad como en una hamaca colgante, hablando si nos apetecía. Estábamos siempre cerca de algo. O conducía yo sola, cada vez más lejos de un espejismo amoroso que se terminó revelando desierto; distanciándome metro a metro de quien había sido yo hasta entonces, intuyendo que la decepción a veces es un fuego que arrasa para que luego prosperen otras especies. La carretera sin fin era una forma de esperanza. Aquella luz, expresión electromagnética de la serenidad, lograba sobrevivir al desastre.

Ese era mi recuerdo y confié en que sería así para siempre. Lo guardaba como un souvenir precioso. Pero la luz era como un epílogo. Algo puesto al final de un continente y de una larga historia de crímenes. La muerte estaba ya ahí, a un paso de los arcenes, antes de que el fuego los devorase. Árbol tras árbol, el paisaje portugués fue asesinado sin remedio y sustituido por una masa forestal zombi. Estaba ahí latente, esperaba, loca por rematar la calamidad con un final de órdago. Acordarse de Dante es un recurso tan sobado.

¿Y ahora? ¿Qué queda cuando la misma luz se quema? ¿Resistirá en el suelo alguna semilla de cordura? ¿Es posible que alguna especie prospere tras el infierno definitivo? 
 

viernes, 16 de junio de 2017

O.K.


Cuesta. No sabes cuánto cuesta esto. Darle la espalda a un mundo que se desvive por abrazarte. Obviar la playa suave de las siete de la tarde. Resistirse a las sirenas y las serpientes contenidas en los libros. Retar a la gata Nico a ver quién mantiene los ojos abiertos durante más tiempo. Respirar. Ni más ni menos. Aire fresco y húmedo que huele a flores, mar y perro. Con la nariz. Con todos los poros de la piel dispuestos. Lo suspendo todo, y como el sheriff que cumple con su deber y sale de la amable sombra doméstica al desierto, me dirijo a mi particular duelo con las palabras. No me preguntes por qué. Las palabras son poco fiables, desconocen los códigos de honor y a veces disparan por la espalda. Las espero en mi particular O.K. Corral. Cuesta. No sabes cuánto cuesta no hacerlo.

Cada vez me tienta más la idea de dejarlo. Sin derrotismo. Sin asomo de drama. Siento como si ya hubiera escrito todo lo que me tocaba. Al comenzar este periplo leí en algún sitio, y me adherí a ello con cierto fanatismo, que había una fuente de temas sobre los que hablar que nunca jamás podría secarse. Ya no lo tengo tan claro. ¿Y si resultara que cada uno tiene su cuota propia? Una porción limitada del espectro electromagnético que puede absorber y ser reflejada. Yo ya he cantado mi luz particular de mil formas. La alegría a contracorriente y la delicadeza escondida. ¿Puedo seguir emitiendo mi color verde sin cansar?

Y como si le hiciera esas preguntas a un oráculo secreto, y el oráculo usara los libros para contestarme, en el que estoy leyendo (absorbente, tejido sobre la trama de una inusual bondad) encuentro esto: "Contempla la oportunidad, lo instaba el Eclesiastés. No ignores nada, sea grande o pequeño." He ahí la orden que me obliga a escaparme de los abrazos. Por eso salgo a la intemperie de las cosas que quieren ser dichas. La escritura es cazamariposas, laca fijadora, lupa. Tengo esta oportunidad, este ramillete de ahoras. Tengo delante un rebaño de cosas grandes y pequeñas que pastorear. Si no lo hiciera se me perderían por ahí, se las comerían los lobos - la poca atención, el olvido -, se harían al monte y se volverían tímidas.

Lo grande y lo pequeño. Cuando atiendes, las clasificaciones por tamaño se vuelven triviales. El aire está saturado de mar en este rincón de Andalucía y mi cuerpo lo nota. Cuando hago deporte mi sudor cae al suelo sin pausa, como si me hubiera dejado un grifo abierto. ¿Mi sudor es grande o pequeño? Este diálogo mudo con la atmósfera. ¿Y una luciérnaga? Anoche vi la primera de mi vida, disimulada coqueta e inútilmente en un montón de residuos vegetales que mi padre acumula bajo un pino. Su abdomen ardía con una luz de aurora boreal, ninfa o duende, deseo físico. La saqué de entre la broza con la cucharilla del yogur que estaba comiendo y observé su extravagancia. ¿Grande o pequeña? ¿Y mi asombro?


Unas se maquillan. Otras se ponen las estrellas en sus partes.


Ahora sí, pregúntame por qué. Le doy la espalda a lo que para mí es más fácil para encapsular en tres palabras torpes esa luz que parece de otro mundo y que, bendita sea, es de aquí. Voy siempre en pos de lo tímido. Sigo escribiendo para no ignorar.