jueves, 8 de diciembre de 2016

Realmente alguien

 
Dijeron en sus corrillos que era una doña nadie. Una de esas inglesas, como si el gentilicio solo bastara para acusarla. Ya no tenía edad para pavonearse en biquini por las playas, como tantas otras extranjeras. Y encontró esa forma particular de alarde. Los guiris empezaban a propagarse desde la costa hacia el interior de un país que decía no ser ya el que había sido, pero que seguía murmurando, expresándose, catequizando y sospechando como si aún lo fuera. Venían, los ingleses, con sus pensiones, su benévolo cambio de divisas, sus aires coloniales. Compraban sólidas casas de campo que rápidamente perdían su pátina de trabajo, como si en ellas el reloj marcara siempre la hora del vermú o de la ginebra ritual entre la del té y la de la cena. Y entre un trago y el siguiente husmeaban, se hacían los exploradores, rastreaban nidos y cuevas, se creían que sabían más que nadie de ese país encantadoramente rústico que habían elegido por elemental, por fogoso y por barato. Publicaban sus presuntos hallazgos en revistas de fuera. Olvidaban que aquí también había universidades. Que no todo el mundo desayunaba cebollas. Que algunos hombres doctos dedicaban su vida a la ciencia. Si la soberbia estuviera sometida a aranceles aduaneros, tal vez alguno se lo hubiera pensado un poco mejor antes de afincarse.

Dijeron que no era fiable. Que tenía que haberse confundido necesariamente. Que, ávida de notoriedad, había magnificado el descubrimiento y se había apresurado a pregonarlo antes de contrastar el asunto con expertos locales. Llegaron a insinuar que ella misma, emigrada un par de años antes desde Malasia, había plantado el Psilotum en la grieta donde dijo haberlo encontrado. Que los jardines de los extranjeros quizás se estaban convirtiendo en focos de irradiación de especies invasoras. La nombraron en artículos científicos como la distinguida dama inglesa, con una cortesía tan envarada que rayaba en el desdén y la suficiencia.

Por encima de todo, dijeron que era una aficionada. Una diletante. Mujer. Forastera. Sin carrera profesional ni estudios oficiales. Y ahí es donde hicieron sangre. Porque es verdad que Betty Molesworth carecía de un título académico que legitimara a ojos de los burócratas su experiencia de campo. Es verdad que nunca pasó un examen y que ningún sistema ortodoxo de estudios la marcó con su marchamo. Es verdad que nunca formó parte de la casta universitaria. Tenía conocimientos profundos y amor, tenía seis partes de clorofila en su sangre, pero no tenía currículum. Y eso, a algunos que han perdido color y pelo a la luz de un flexo, a los que han gastado miles de horas jóvenes en aulas y bibliotecas, les cuesta aceptarlo como un bagaje tan perfectamente idóneo y justo como cualquier otro a la hora de comprender íntimamente el mundo.

Difícilmente Betty podría haberlos culpado. También ella, en su fuero interno, alimentaba el prejuicio de que uno no es realmente alguien hasta que una sólida institución con iniciales en mayúscula refrenda lo que sabe. En cierto modo, Betty nunca consideró que tuviera derecho a enorgullecerse públicamente de su erudición botánica. Cuando terminó convirtiéndose en una especie de faro en el paisaje que iluminaba para estudiantes y profesores este helecho, ese narciso, aquel risco o aquel canuto, no pareció dispuesta a reconocer la luz que emitía. Dudaba, reconocía una ignorancia concreta, preguntaba el nombre de lo que desconocía a quien fuera que en ese momento la siguiese, con la lengua a rastras y francamente pasmado de que esa anciana que lo sabía todo se dignara a consultarle.

Betty no se daba importancia y ese era uno de sus hábitos más arraigados. Juzgarse no del todo apta. Disculparse prácticamente por aquello que había aprendido fuera de las aulas. Lamentar cada oportunidad de seguir una trayectoria corriente y de convertirse públicamente en alguien que la enfermedad le había escamoteado. Su modestia era la de las víctimas. Su dedicación a las plantas, un refugio. Su cuerpo frágil, el principal pero no único culpable de lo que fue y lo que no le dejaron ser nunca.

sábado, 3 de diciembre de 2016

La excepción, aquí al lado.

 
De todos los desaires, las insinuaciones o los desprecios abiertos que acompañaron al hallazgo de Psilotum nudum, el que más dolió a Betty fue un comentario que leyó en la primera carta al respecto de su antiguo mentor Eric Holttum. Se sentía mezquina al irritarse por aquellas escasas palabras que se grabaron en su mente como un esguince mal curado, porque ¿quién podía pensar que tuvieran la menor intención maliciosa? Holttum ni siquiera había expresado una apreciación propia, sino que se limitó a trasladarle la ocurrencia de su compañero Richard Meikle. Su hipotético especimen de Psilotum, ¿no podría tratarse más bien de alguna especie de euforbiácea con las hojas muy pequeñas? Por supuesto que era estúpido darle la menor importancia a esa sospecha inocua, pero en toda mente hay trampas activadas dispuestas a saltar en cuanto se rozan. Betty merodeaba a menudo en torno al paisaje en donde estaban colocadas, y siempre terminaba cayendo en ellas. ¿Qué demonios se creían esos endiosados botánicos titulares de los Kew Gardens? ¿Que no sabía distinguir su mano izquierda de su mano derecha? Una euforbiácea...Ya puestos, ¿por qué no confundir el Psilotum con un geranio sin flores? Y Holttum la conocía bastante. Había sido tan amable con ella dejando que pasara horas muertas en el Jardín Botánico de Singapur que dirigía. Habían herborizado juntos tantas veces en la selva. ¿Y acaso no había colaborado ella en su obra sobre los helechos de Malasia? Que no hubiera sabido guardarse para sí esa insinuación ridícula la molestaba más que los ataques de unos catedráticos españoles que al fin y al cabo no la conocían de nada. Una gota de la grosería de estos se había mezclado con la tinta de Holttum, y amenazaba ahora con amargar la dulzura de sus mejores recuerdos asiáticos.

Pero es que aquella anotación a vuelapluma que hizo Betty en su cuaderno causó un buen revuelo al cabo de unos meses. Su método de campo era simple. Andaba, observaba, reconocía. Apuntaba con una letra imposible lo sabido y lo ignorado. Su biografía la había llevado a saber tan íntimamente acerca del Psilotum que la sugerencia de que podía haberse equivocado de esa manera burda la indignaba. Pero lo que desconocía entonces, aquel soleado día de febrero de 1965 y frente a aquella laja de arenisca, es que la población más cercana de aquella especie se encontraba ni más ni menos que en Cabo Verde. Fue más tarde, al volver a casa y abrir sus manuales de flora, al consultar todas las listas publicadas de especies con las que cotejaba sus observaciones, cuando empezó a comprobar que en ninguna de ellas se hacía mención alguna a ese helecho con el que tantas veces se había encontrado... en las selvas tropicales de Asia o en la misma Nueva Zelanda.

No fue hasta mayo cuando se atrevió a hacer las primeras consultas serias a las autoridadades científicas. He visto esto y no encuentro referencia alguna en la Flora Europea, escribió al director de los Reales Jardines Botánicos de Kew, en Inglaterra: la corte donde se codea la aristocracia de los vegetales. No hicieron falta muchas más búsquedas en bibliografías y herbarios para legitimar que, efectivamente, Betty no había encontrado la referencia que buscaba porque acababa de descubrir la única localización europea de aquel helecho inaudito. Tan primitivo. Tan de otro mundo. Ni rastro de él en las húmedas Azores, en Madeira, en las laurisilvas de Canarias, en esos paisajes tenebrosamente verdes y sinuosos que a la imaginación le cuesta encuadrar en el territotio más civilizado del planeta. Ella fue a encontrarlo al sur de la provincia de Cádiz. Allí donde los restos de la Historia se hacinan seguía habiendo terra ignota.

El descubrimiento de Psilotum nudum en Los Barrios añadió una nueva clase al árbol taxonómico de los helechos de Europa. Eso a los profanos no nos dice mucho. Entendemos, eso sí, que al censo del continente que más se ha mirado al ombligo se le sumaron de golpe nuevos nombres. Que una improbabilísima parcela de territorio salvaje se urbanizó de conocimiento humano. Que todavía entonces, y quién sabe si todavía ahora, podías emprender una suerte de expedición a la vuelta de tu casa. Pero por encima del apego científico a la ultradefinición del mundo, a la pormenorización de la realidad, a individualizar hasta el último elemento ínfimo del paisaje, el hallazgo de Betty Molesworth corroboró un relato de la historia natural de Europa: una vez, mucho antes de que la evolución diera algún fruto remotamente humano, por aquí fuimos trópico. Después las glaciaciones nos borraron las selvas, pero un reducto mínimo de lo que aquel paisaje tremendo pudo haber sido se refugió en algunos rincones boscosos desde los que, si te sitúas a buena altura y las nieblas del Levante no lo impiden, puedes ver las columnas de Hércules. Gibraltar, Algeciras, la refinería. El espejismo que llaman África. Cientos de barcos.

Era un hallazgo demasiado jugoso como para que una extranjera ajena a la academia se lo adjudicase fácilmente.

lunes, 28 de noviembre de 2016

Lo suyo

 
Betty interrumpe su marcha renqueante y terca para esperar de nuevo a su marido. Después de tantos días varada en casa, con una pierna en alto y la lluvia furiosa asediando las ventanas, no está tan impaciente como podría esperarse. Por un instante se alegra de que Geoffrey tenga aún más dificultades que ella. Lo oye gruñir como un oso recién salido de su letargo, muerto de hambre y con los dolores propios de haberse pasado cinco meses acostado. Ni siquiera parece acordarse hoy del sagrado sigilo que siempre le exige cuando va al encuentro de los pájaros. A Betty este nuevo ritmo no le parece mal del todo, la humildad a la que sus respectivas cojeras les obligan. Alza la cara al sol y cierra los ojos. El tobillo malo hormiguea, como si fuera especialmente sensible a la onda expansiva que el andar desacompasado de Geoffrey genera. Al fin y al cabo, llevan casados dieciocho años.

Ambos han tenido tiempo de sobra para acostumbrarse a que, de los dos, él sea el más fuerte. El soporte corpulento y jovial de una diminuta familia formada por ellos dos, sus cámaras de fotos, los cuadernos de notas y el gato. Cómo reprocharle que, pese a quedarse rezagado a cada metro que avanzan, él la siga tratando como si fuera una cosita frágil que hay que manejar con cuidado. No deberíamos haber salido tan pronto, le dice cuando por fin se pone a su altura. Tu tobillo no está al cien por cien. Betty se obliga a abrir los ojos y ve de color naranja a su marido. Mi setenta por ciento basta para los dos, contesta. Y así, bajo este sol sedante, siguen andando hacia la formación rocosa. A ella le hace gracia observar cómo sus dos sombras cojean. La sombra voluminosa de él, su propia sombra no tan delgada como antes. Él con su talón maltratado por la gota. Ella con una exuberante historia médica lastrando sus articulaciones. El pie izquierdo de él. Su pie derecho. Nunca dejarán de complementarse.

Él persiguiendo criaturas del aire. Ella, inventariando lo que se ancla a la tierra. Quién lo diría al observarlos. El hombretón con un aire a Orson Welles y la desarraigada. El ornitólogo y la botánica. Cada uno intentando compensar sus propios huecos a su manera. Cada vez que sigue un pájearo con los prismáticos, Geoffrey recupera la levedad de sus tiempos de piloto. Cada vez que Betty reconoce una especie de planta, su concepto de hogar se apuntala. Lo que era ajeno empieza a formar parte de ella. Es como aferrarte a los libros cuando eres una niña solitaria. O como ser admitida en una comunidad después de años pensando que eras una apestada. Betty de eso sabe de sobra.

Pero hoy, en este día de principios de febrero, seguir apuntalando es todavía posible. A pesar de los los accidentes y de los achaques. Entre los dos han construido un nido acogedor y hermoso, pero nada de lo que quepa entre paredes puede compararse a lo que les rodea. Este sol amigo de los huesos por el que merece la pena haberse cruzado el globo terráqueo. Este brillo de cosa nueva en cada hoja y en cada piedra. Betty y Geoffrey cojean y se apoyan el uno en la otra para alcanzar la cara opuesta del risco. Les basta un pie bueno por cabeza. Qué cómicos, piensa Betty. Viejo de mierda, sigue gruñendo Geoffrey. Cada uno va a lo suyo. Lo suyo: uno se siente un rey cuando puede afirmar este de aquí es mi trono. Cuando llegan adonde quieren  ninguna otra cosa importa mucho. Ni tobillo ni talón, ni mujer ni marido.

Él intenta escuchar por encima de las gárgaras del torrente. ¿Será eso un mosquitero musical, o acaso es demasiado pronto? No le preocupa demasiado ver por el rabillo del ojo cómo su mujer trepa por las rocas. Betty es frágil pero indestructible. Ella estudia las grietas en la arenisca y el corazón le da un pequeño vuelco. En su cuaderno de campo anota Psilotum y vuelve a acordarse de su maestro. Por ahora es sólo el reconocimiento, el viejo rescoldo. Un rastro del hogar que en otro tiempo empezó a levantar por su cuenta. Todavía no sabe que la ciencia botánica también está a punto de sufrir un vuelco.

sábado, 19 de noviembre de 2016

Psilotum

 
A veces el mutismo de la naturaleza me irrita. Otras, cuando me sangran ya el corazón y el cerebro de estamparme contra los lenguajes, pido asilo allí donde callan las cosas y los individuos. En realidad nada deja nunca de comunicarse. La red de micelios de los hongos obliga al ecosistema a entenderse. Una nube de mensajes bioquímicos cuelga sobre tu cabeza y te envuelve, y de alguna forma consigue que hasta tú captes sus discursos. Pero a veces desearías que la vida no humana se dejase de sutilezas. Que no fuera tan tímida, o tan celosa de sus verdades, y contase lo que tiene que contar sin dejarse avasallar por tus interferencias. Querrías escuchar y no imaginar que escuchas. No ser más el ventrílocuo de lo que te rodea. Olvidar lo que has aprendido en los libros y en las aulas, donde lo más verde que encontrabas eran la pizarra y la bilis que te provocaba el encierro. Y así, libre de emociones predigeridas y conocimientos previos,te gustaría atender hechizada.

Porque es difícil que, por sí mismo, un ser como Psilotum nudum consiga fascinarte. No tiene majestad, no tiene belleza, no va a empezar nunca una conversación si tú no lo incitas. Ahí lo tienes delante, esa hierbita refugiada en la fisura de un bloque de arenisca que, él sí, es regio, es hermoso, y tiene tantos matices de color que no para de hablarte. Ese es el Psilotum, y no es una hierba, sino un helecho. Aunque no tenga nada que ver con la copia categórica que en tu cerebro guardas de la entidad helecho. Aunque verlo no te deje el menor regusto a frondoso. Aunque te parezca una simple broza. Tallitos más pequeños que mi mano dibujados por un niño de cuatro años. Para que Psilotum nudum te convenza necesitas estar iniciado.

Necesitas que alguien te diga: mira a tu alrededor y señálame lo más viejo que veas. No vale el sol, ni tampoco el cielo. Si te atreves con esta pared de arenisca, te equivocas. Hay algo en tu campo de visión que es más antiguo que cualquiera de estas piedras. ¿Y si te revelo que la respuesta correcta es: la arquitectura obvia del Psilotum? Un tallo que se divide en dos que se divide en dos que se divide. Sin raíces, sin hojas. Psilotum es el último mohicano de una cultura cuya senectud abruma. Primo hermano de una especie pionera. Depositario del mayor episodio de valentía que jamás haya visto la Tierra.

Ahora voy a decirte cuatrocientos millones de años, pero no pretendas hacerte una idea de cuánto tiempo cabe en esa cifra. Simplemente, tu razón no ha evolucionado lo bastante como para asimilarlo. Sólo precisas saber que en aquel antes impensable, la vida era un asunto marino y la corteza terrestre, algo bastante parecido a una distopía apocalíptica. El suelo estaba desnudo como el de la Luna y la atmósfera no era respirable. Entonces, de algún modo que te lleva a cuestionar si tu ateísmo no será porfía, ciertas algas decidieron salir del agua. Y ese paso cambió para siempre el planeta, con una fuerza sigilosa e imprevista mucho más potente que la de cualquier meteorito. El alga se endureció y se convirtió en una primera planta terrestre. Poco a poco la piedra primigenia se fue fisurando, la superficie seca se tapizó de una pelusilla verde y el oxígeno dejó de ser un gas de lujo. Piénsalo friamente: antes. Antes de cualquier cosa que conozcas, salvo el sol, el cielo, el agua y algunos tipos de roca. Antes de nuestras preocupaciones y nuestros dolores. Antes de tu piel caliente. Antes del primer útero. Antes de los pulmones. De los dinasaurios y los insectos. De las flores y de los pájaros. De la madera. De una atmósfera acogedora. De la sombra del bosque.

Antes hubo una primera planta insignificante. Una hierbita ridícula. Una broza. Un tallo que se dividió en dos y en dos y en dos, y así hasta llegar a la lechuga y al león y a ti mismo. Pero ese diseño primitivo se mantuvo. Pura simplicidad convertida en potencia. Un ser sin raíces ni hojas que se aferra a la piedra, esa arenisca que tienes delante o aquella primera superficie intratable. De ese diseño es heredero el Psilotum.

Y esa es la historia abrumadora que no se decide a contarte, porque, quizás, después de ese primer capítulo fastuoso cualquier relato que venga pueda no interesarte. Y sin embargo, Psilotum nudum ahí puesto, en esa fisura de un bloque de arenisca en el extremo sur de Europa, es señal y testigo de más aventuras. Hasta que Betty Molesworth no descubrió justo aquí su presencia, allá por 1965, este helecho insignificante siguió guardándose sus secretos para él solito.


lunes, 14 de noviembre de 2016

Así es cómo empieza


Llueve bíblicamente, y por primera vez reparo en que el hombre que me está hablando es peculiarmente guapo. Tiene el arco superciliar un poco demasiado macizo, y los ojos pequeños y tan oscuros que parecen carecer de profundidad. Pero un rizo húmedo se le ha pegado a la mejilla, entrecomillando su sonrisa. Es así cómo pasa. Ese latigazo en los órganos vitales; el viaje fulminante del cero al todo. Puede que mi compañero me siga esperando dentro del coche. Puede que las mujeres del pueblo sigan haciendo malabarismos con las bolsas de la compra y el paraguas. Puede que mis botas de trabajo no sean tan impermeables. El bombero de pelo largo me habla y en la lluvia se abre un hueco que sólo incluye su cara, su cuello de ciervo y sus hombros. Todo lo demás se empaña. Una gran ola de oxitocina aniquila mi capacidad de entender el lenguaje. Muevo la cabeza de arriba abajo. De alguna forma consigo mover también la boca. Él sonríe y estira la última sílaba de cada palabra que dice. Como un niño que siempre está preguntando.
  
Cuando entro en el coche mi compañero me mira como si yo siguiera siendo la misma. "Vas a empapar la tapicería", creo que dice. En el hueco en la lluvia caben ya la espalda del bombero, las piernas no tan largas como para resultar intimidantes, su cintura. El tío no lleva puesto ni abrigo: acabo de descubrir que es mi hombre y ya me mata. "¿Cómo que qué de qué?", sigue mi compañero. Un gran mérito por mi parte, conseguir exasperar a una criatura mansa como un ternerito. "Que qué te han dicho". Eso, qué carajo me han dicho. Por suerte, una especie de sistema de alerta ha permanecido activo mientras mi inteligencia quedaba anulada. "Me ha dicho que... Que sí, que ahí es donde escalan, que se van a estar quietos, y que le diera mi teléfono para quedar con nosotros y que les enseñemos el Psilotum. Por si lo ven en algún otro sitio".

Es así cómo pasa. Cómo tu fragilidad se alía con la química erótica y te desarma y te vuelve a la vez poderosa. Cómo de repente tienes la corona de la belleza en tus manos y la pones en la cabeza equivocada. Cómo tu fantasía se escapa de tu cuerpo y te desdobla en personajes que, a diferencia de ti, sí que son perseguidos, descubiertos, besados y vueltos especiales. Y así es cómo una plantita ridícula se enreda con tu historia. Mi teléfono sonó un día. Era el bombero y la Botánica se la traía al pairo. Se preguntaba, con esa última sílaba suya aniñada y nociva, si querría ir con él al cine. Y fuimos. Me subió a su autocaravana. Oh, sí, también eso: justo lo que mi enajenación romántica necesitaba. Mi héroe de piel nobuk que callaba los aspectos más truculentos de su trabajo y vivía en una casa rodante. Otro día bebimos vino y me besó mientras nos refugiábamos de la lluvia. Necesité ocho meses para recuperarme. 

Y nunca lo llevé al cortado rocoso donde su grupo hacía prácticas de escalada, poniendo en peligro una población aislada y minúscula de uno de los helechos más singulares de la flora de Europa. Nunca me miró con ojos de carnívoro mientras yo le explicaba cómo distinguir el Psilotum nudum y por qué era tan importante. No fui capaz de provocarle ni ese ni ningún otro tipo de embeleso. Y lo que no pudo interesar a mi amor dejó por tanto de interesarme. Lo que no llegamos a compartir volvió a esfumarse tras la lluvia. Y es una pena, porque si hubiera podido contarle lo que ahora sé del Psilotum, si hubiera tenido la oportunidad de maravillarle en voz alta, pero sobre todo de maravillarme, aquella plantita ridícula y todas las demás plantas y todos aquellos paisajes hubieran seguido enredados en mi historia. 

viernes, 11 de noviembre de 2016

A lo mejor un prólogo

 
Ahora son sólo buitres, y en ese sólo hay muchos contrarios que se solapan. Un surfero y un monje budista. Una gallina y una alimaña. Repulsión y ternura. Tosquedad y gracia. Los he mirado a los ojos y he visto mansedumbre. He olido su aliento repulsivo que yo creo que les avergüenza. He admirado la distinción de su estola. Algo se me ha templado por dentro viéndolos arrellanarse en el aire, en movimiento pero tan quietos, girando en las circunvalaciones del cielo, sumisos y soberanos.

Ahora son sólo todo eso, pero entonces eran puro símbolo. En otro tiempo vi girar buitres sobre mi cabeza y ni se me ocurrió pensar en corrientes térmicas, plumas o nidos. Yo estaba enamorada y la realidad entera era un resumen de mi causa. Los árboles se callaban a mi paso. Todos los charcos eran espejos para mi cara triste. El desamor se parecía al paisaje: cortados de piedra blanca y alienígena que desafiaban la posibilidad de un camino; el bosque visto desde fuera, cerrando sobre sí mismo sus promesas. En la distancia no puedes imaginar siquiera las cristaleras de sol y sombra que oculta dentro de sí la masa de árboles, la red intrincada de conexiones, todos los seres que berrean y ululan y zumban. Alrededor campaban la misma soledad y el mismo rechazo que mi corazón sentía. Los buitres me estaban esperando.

A veces salía de mi casa cuando el dolor de desear se me subía a la garganta. Buscaba el paseo junto al río, que bajaba turbulento y feo porque no había parado de llover en varias semanas. Andaba y pisaba mi cara en los charcos. Si me quedaba un poco de brío, planeaba estrategias románticas. Casi siempre me llamaba cobarde. Era esa forma de amor arbitraria y autónoma que apenas necesita motivo. No deseaba exactamente a una persona sino estar dentro del bosque. Sentir intimidad y dejar de estar sola. Cuando todos los diálogos y todas las risas que no compartía, los abrazos y besos que no daba, los juegos sin compañeros hacían una bola y se me atragantaban, me sentaba debajo de un buen alcornoque y boqueaba y me compadecía de mí misma. A veces miraba el cielo y veía girar los buitres como manecillas de un reloj funesto. Yo era más joven y mucho más melodramática. Radicalmente subjetiva. Nada de lo que veía tenía entidad propia porque mi pena lo ensuciaba. No podía salir de mí para salvarme porque yo-yo-yo estaba en todo lo que veía.

Así que nunca podría haberme interesado por el Psilotum. Lo tenía justo ahí enfrente, en la orilla opuesta del río, una especie de hierba insignificante cuya nimiedad se perdía en un cortado rocoso. Desde luego que no era una hierba, eso hasta yo lo sabía, pero su singularidad, su inconcebible arcaismo eran incapaces de abrir una grieta en mi concha de desahuciada afectiva. Ahora que esa concha se ha hecho añicos, que he entrado en lo hondo del bosque, que sé que los buitres son pájaros nobles y no símbolos, me pregunto si mi soledad no se hubiera curado antes si, en vez de la huida, hubiera escogido la estrategia de la mujer cuyo nombre prácticamente se funde con aquel Psilotum. Una criatura solitaria y herida que salió de sí misma a través de las plantas.


https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/0/0b/Starr_030628-0095_Psilotum_nudum.jpg
Lo ves tan poquita cosa y no te haces una idea de su relevancia.

lunes, 7 de noviembre de 2016

Deshoras

Por un instante Concha siente que todo vuelve a derrumbarse, no como en un desprendimiento, cuando una sola piedra insignificante se escapa y al poco rueda la montaña entera, sino como cuando estalla una bomba en un barrio de protección oficial de una ciudad de provincias. Es la misma perplejidad, la misma sordera repentina, la misma ausencia de lugares donde agarrarse. Y otra vez es la misma estridencia de una llamada telefónica.

¿Di-diiga?, titubea. Algo que en otro tiempo debió de ser el corazón retumba brutalmente en sus sienes. Pero al otro lado una voz dulzona consigue abrirle las orejas. Hoola, buenass tardess, mi nombre es Estela, ¿sería posible hablar con el titular de esta línea? La normalidad flagrante de estas palabras pone a Concha en su tiempo y su sitio. Llamadas comerciales a la hora de la siesta. La Tierra sigue girando de forma obtusa. Las bombas estallan sólo en países de Oriente Medio cuyas fronteras siempre confunde. Le parece increíble que el teléfono haya podido despertarla: pensó que jamás podría volver a quedarse dormida así, en el sofá y a salto de mata, después de comer, como siempre, sin media pastilla siquiera. A lo mejor es un síntoma de que algo avanza.

Eeh, no, responde como puede. La voz de azúcar contraataca: ¿Acaso el titular de esta línea no es Don Luís Pacheco de la Hermosa? Concha se defiende: Sí, es mi marido. Pero ahora mismo no puede ponerse. Está.. en el trabajo. Ni ella misma ha podido darse cuenta de la pausa mínima que ha hecho en medio de esa frase. La amabilidad por contrato la desarma: ¿Entonces cuándo vendría bien que lo llamase?

Concha cuelga el teléfono como si alguien la estuviera teledirigiendo. ¿Reaccionarán los drones de alguna forma ante los lugares que sobrevuelan? A veces a ella le cuesta un buen rato poder interpretar sus actos. Mira, escucha, anda, responde. Todo en modo automático. No entiende cómo ha podido decir que sí, que vuelva a llamar sobre las ocho de la tarde. Habrán sido el sopor y la sorpresa. La violencia de que la hayan vuelto a sacar de la siesta y el alivio de que una tal Estela quiera venderles algo. La vida es todavía ese espacio en el que pueden negociarse algunas cosas. Salpicada de llamadas fastidiosas pero triviales.

Desde luego que Luís hubiera montado su número. Inmune a las vocales largas y a las voces dulces, habría colgado a la pobre chica. Pero es que él estaba acostumbrado a una vida fácil. Se indignaba por faltas de cortesía tan pasables como que te asalten con publicidad en tu propia casa y en horas de descanso. Nunca lo sacaron de la siesta para informarle de que su marido, lo siento mucho, señora, hemos hecho todo lo posible, se había matado en un accidente. Si Luís volviera esta tarde del trabajo, si hubiera conocido antes esa sordera repentina y absoluta, esa ausencia de asideros, la vida derrumbándose como cuando una bomba explota, tal vez entonces hubiera estado dispuesto a escuchar mansamente cualquier oferta que quisieran plantearle.