domingo, 13 de octubre de 2019

Mi espalda maestra



Parece que he perdido el hábito del impudor, en estos ocho meses. Será uno de esos cambios. Antes no habría tenido reparo alguno en contarte que buena parte de este tiempo me lo he pasado con dolores en la latitud farragosa de mis caderas. Acostumbrada a la lógica infantil del lloro, luego me abrazan, no me acordaría de que en realidad soy una criatura tímida. Me habría quejado, claro. Ahora me cuesta. Es como si hubiera empezado a replegarme, por oposición a la ley de exhibición universal vigente. ¿Te duele? Bueno, y quién le importa. Bienvenida al club de los adultos, chica.

Pero precisamente porque parece que sólo ahora me he dado de bruces contra el hecho de que soy un animal maduro, me atrevo a sumar mi daño al tuyo en voz alta. El dolor es nuestra patria común, digamos que el idioma de uno de nuestros padres. Y yo estoy aprendiendo a hablarlo con propiedad, con todas sus sutiles declinaciones y sus floridos adverbios. Si lo escuchas atentamente, el dolor sabe decir más cosas aparte del lamento. Comparto contigo lo que me cuenta el mío, por si acaso el que a ti te ha tocado se pasa de discreto.

Yo pensaba que mi dolor era así, como yo, un buen chico. Pero resulta que más que cohibido, es pasivo – agresivo. Acostumbra a decirme tú tranquila, haz tu vida como a ti gusta, yo no estoy aquí, no me atiendas, levanta si quieres el doble de tu peso desde el suelo, sigue adelante, aprieta, exprímete. Así, con voz meliflua, aceptando civilizadamente que acate sus dictados, hasta que revienta: me parte por la mitad y me obliga a que, por encima de todos mis empeños, le haga caso.

Y entonces es como el esclavo al oído del césar, recordándome que soy mortal.

Mi dolor me humilla, o me enseña lecciones de humildad, como prefieras. Las dos palabras comparten la misma raíz semántica. Como humanidad. Tal vez uno no tenga derecho a considerarse plenamente humano hasta que no se hace consciente de sus límites: hasta que no es capaz de reconocer “ hasta aquí llegan mis capacidades, hasta aquí llegan mis días”.

El dolor me informa de que, por mucho que mi mecánica mental lo niegue, soy materia. Sometida a las leyes físicas, antes que a las de la voluntad o las del parloteo interno. Mi carne reclama su posición jerárquica y se impone a mis pensamientos: lo que soy contra lo que creo ser. Soy músculo tenso, patrón de movimiento enquistado, correciones dudosas, hueso leve, desvíos de fuerzas, meandros que se terminan estrangulando. Un desperdicio de energía cuando ando, una adaptación tortuosa.


    Mi zona cero (Parece que mi pudor es historia)

En cambio mi mente prefiere decirme que el dolor es mi responsabilidad y hasta mi culpa. Que ahí, en esa posición central de mi cuerpo que apenas advierto, por no quedar a la vista, se enquistan todas mis ganas y mis planes abortados. Los paisajes que aparco, los valores vividos a medias, la furia mitigada, el ego herido, los olvidos cotidianos.

Pero el dolor me dice compasivo que esa responsabilidad que me atribuyo es una forma de arrogancia. Que está ahí porque en mi cuerpo se dan condiciones de tormenta perfecta. Cuántos países estratégicos por ahí, capitales cuyo nombre nunca recuerdas, conflictos larvados que de pronto estallan. Tobillo movedizo, pisada prona, pie plano, rodilla valga, culo de pato. Psoas tirante, cuádriceps despótico, indolencia glútea.

Eso último me hace especial gracia. Ah, el culo: mi estigma y mi medalla, mi cátedra. Si me conoces en persona, sabes de lo que hablo. Si no, te lo imaginas. Y sin embargo, mi sobresaliente culo no hace como debe su trabajo. Mi dolor me devuelve a lo que ya creía superado: soy como un bebé excesivo, ahora. Reaprendo a moverme y, antes, a despertar a mi carne. He ahí otra lección: el dolor me ha llevado de la mano a preguntarme cuántos de mis grandes territorios no andarán todavía en estado virgen, si me quedarán aún virtudes durmientes. Intuyo que esa es una de las oscuras razones de que haya vuelto a publicar lo que escribo. Mi conciencia, como mi culo, ha de ganarse su buen espacio.

Ayer salí por la tarde a la calle de verano coagulado y me comí un pastel rebosante de harinas refinadas y azúcares pecaminosos y veneno. Y después di un largo paseo por el camino que los granadinos usan para quitarse malas conciencias al respecto de sus cuerpos. Llegué a mi casa molida, porque andar es el manantial de mis daños. Pero gracias a que vivir duele, voy aceptando ya que no hay acto sin cargas, ni placer sin impuestos. Esa es la lección que más aprecio: ya no me protejo tanto. Ando hasta que pueda. Me duele. Soy como un árbol: tengo algunas ramas secas y otras que todavía brotan. Fue una tarde perfecta. Sigo andando.

domingo, 6 de octubre de 2019

Estoy


¿Se avisa con antelación para no pillar a nadie desprevenido o para que, en el mejor de tus cuentos de la lechera, se te prepare una fiesta? ¿Haces aspavientos desde lejos? ¿Una entrada gradual y cautivadora como la del personaje de Omar Shariff en Lawrence de Arabia?

¿O te vuelves a colocar discretamente en el punto de partida? Disimulando, corriendo un tupido velo sobre tu ausencia. Continúas la frase que se quedó a medias, rellenando con cara inocente unos puntos suspensivos kilómetricos.

Mi madre me ha contado alguna vez que tras dar a luz a mi hermana, se moría de impaciencia por volver a ver a la niña de apenas un año que había dejado en casa. Y que yo, torponcilla y quiero imaginar que sonriendo por dentro, no le hice mucho caso. Como si el cambio en la familia no fuera el sigiloso drama que disecccionan los tratados sobre la infancia. Como si una madre que de pronto se ausenta no trastocase tu diminuto planeta para siempre.

¿Te arriesgas a volver, entonces, conciente de que lo más probable es que nadie te espere como a ti te gustaría que te esperasen?

Te arriesgas. Porque la madurez es el proceso de aceptar la propia insignificancia. Estoy convencida de que la atención ajena es la más poderosa sustancia psicoactiva. Por ser percibida, tomada en consideración, querida, la gente es capaz de llegar al crimen o a la servidumbre. Reconocer que eres anodina y pequeña, y que el mundo sigue girando se escuche o no tu voz, estés o no estés presente, te da la paradójica opción de crecer. Y creo que eso es lo más ambicioso a lo que puede optarse, seas humano o casi árbol.

Me arriesgo. También quizás porque en realidad volver es imposible. Mi mente ávida de estabilidad me engatusa informándome de que ni tú ni yo, ni la tierra o el cielo que nos sostienen, hemos cambiado mucho en este tiempo. Pero lo hacemos. Por ejemplo: me van brotando dolores y yo les hago hueco a la vez que los combato. Lo digital cambia día a día mi cerebro. Estoy expuesta a demasiado: demasiada información, demasiadas imágenes, demasiadas mercancías, demasiado. Me cuesta cada vez más seguir el ritmo apurado de esta era. Algunas de mis convicciones se han reforzado, otras se van disipando. Últimamente, en lo colectivo, me asusta menos la maldad que la indiferencia. No tengo nada nuevo que decir, pero lo hago.

Y así, preñada de silencio, se me han pasado ocho meses. Es posible que esté a punto de parir algo y de volver a casa. Sigo sonriendo por dentro. ¿Me esperarás, aunque no me hagas mucho caso?

domingo, 10 de febrero de 2019

Ni contigo ni sin ti



Tengo una relación tormentosa con el lenguaje. Por un lado, me parece una estafa solapada tras una insuperable estrategia de marketing. Por otro, me duele en el alma. Estoy varada en la orilla de esas dos corrientes contrarias.

Aunque no es eso por lo que ya apenas publico lo que escribo. Es curioso, pero el pasado 28 de julio volví a escribir a mano en la libreta más anodina que pude encontrar en una papelería, y desde entonces no he faltado ni un solo día a mi cita. Cada noche, antes de cenar, me lavo la cara de mugre urbana y le arranco frases a mi nebulosa interna. Una cuestión de higiene que se ha terminado convirtiendo en una comunión conmigo misma. Pero cada vez me cuesta más salir de lo puramente físico, el roce tan suave del cuaderno en la pulpa de la mano, la esquividad del bolígrafo contra los dedos. Tanto como me cuesta vestirme para salir a la calle. Por pereza, claro, pero también por decencia. Tengo la sospecha de que ya he construido lo gordo, y que apenas si me queda ya material para retoques en la fachada.

Pero al lenguaje. Es que es tan mecánico hablar, y tan arduo ser honesta. Tan natural esa conmovedora farsa de querer hacer pasar un par de saludos, unas florituras corteses, por algo así como una conexión humana. Te saludo, intercambio contigo frases, confiamos en nuestra pericia como seres sociales, y cuando llego a casa y me libero de ropa ajustada y fórmulas cordiales de lenguaje, me doy cuenta de que no te he mirado apenas a la cara. No me ha sorprendido el prodigio de tener enfrente a otro ser lleno por dentro de emociones encubiertas. Las palabras se quedan flotando en torno a nosotros como bolsas de plástico desechadas que terminarán formando en el mar islas ¿de mierda? Que se comerán después las tortugas creyendo que son medusas.

Así que no le tengo un respeto loco a lo que se edifica con un material tan deleznable como las palabras. Y, sin embargo, me aflige que se adultere y se pervierta no el idioma en sí, sino la expresión misma. Que se pueda afirmar cualquier cosa sin que pase antes por un mínimo filtro de verdad o de prudencia. Que cada vez sea más difícil aventurarse por ciertos territorios de opinión sin recibir una lluvia de dardos a cambio. Que se pueda decir todo, que no se pueda decir nada. Diarreas verbales que no escandalizan, ocurrencias más o menos oportunas que despiertan cruzadas en contra. Palabras que se podan del discurso cotidiano. Hábitats verbales que se alteran y se fragmentan y menguan tanto que amenazan la supervivencia de ciertas especies.

Hace poco me pasé un buen cuarto de hora intentando identificar qué ave rapaz se había adueñado de la lente de mi catalejo. Me daba la espalda, acuclillada entre unos carrizos, mientras comía. Tan ajena a mi fijación por los nombres. Que fuera exactamente águila calzada o aguilucho lagunero, poco le importaba a ella o a la presa que despedazaba. El lenguaje rebotaba contra su realidad incontestable.

Pero no soy precisamente original si digo que el lenguaje engendra realidades. Y que cuando el lenguaje es amputado por interés o desidia, cuando se manipula, se esquilma o se deja morir de hambre, la realidad flaquea en paralelo. La vida rural se desangra a la vez que las palabras que la designan. La naturaleza ¿se nublará un poco más en nuestro afecto si empezamos a nombrarla con sucedáneos?


miércoles, 16 de enero de 2019

Seguir fotografiando



Hace tiempo yo publicaba textos a menudo, conquistando lo no dicho a la manera de los peones del ajedrez, día tras día modesto, casilla a casilla. Después fui saltando por las semanas como los caballos, y aún así, apenas reconozco aquel tiempo como mío. Igual que los peces payaso, ahora me parece como si entonces hubiera nacido siendo del sexo contrario, como si esa exuberancia fuera una cosa inventada. No es que me fuera secando, es que me salió madera poco a poco. Se me calmó la savia y se me volvió más dulce, jarabe de arce, para lubricar los fríos. El silencio es un ecosistema maduro que se alcanza después de colonizar paisajes quemados con palabras y más palabras.

He leído algo al respecto que me ha tocado, en “El alma del mar”, de Philip Hoare, uno de esos escritores del derredor íntimo que se ponen en contacto conmigo mediante infrasonidos:

Como todos los capitanes (de barco), Lumby jamás ha tomado una fotografía a una ballena.
No le hace falta. Están todas ahí dentro, en su cabeza.”

A veces me creo transitoriamente incapaz de escribir de modo ortodoxo, sujeto-verbo-predicado, la eme con la a, ma, ma más ma hacen mamá, y entonces me consuelo diciéndome que está todo ahí adentro, en mi corazón, en mi cabeza, y que el pasmo de estar viva no precisa en realidad ser imperfectamente expresado en signos. He incorporado a mi sangre al árbol, el olor de los brezos, la pena o la esperanza en el ojo ajeno, completos, sin mutilar, sin estrujarles los fluidos al embalsamarlos en frases o párrafos.

Otras veces, en cambio, me digo que hay que seguir diciendo, porque quizás, no, seguramente, lo que amo o lo que temo es exactamente lo que tú amas y temes, y quizás, sólo quizás, dentro de tu corazón o tu cabeza todos esos amores y miedos son como aromas tenues e incógnitos que no han encontrado todavía su forma.

Y así me digo que tengo que contarte cuando me vi rodeada de zorros muertos. No recientes, te imaginas. Nueve, eran nueve, ni uno más ni uno menos. Y apenas me causó espanto, porque tengo ya un callo en el alma a fuerza de ver cadáveres de animales. La podredumbre ya no me arranca arcadas; los gusanos son gusanos, una estación más del ciclo.

Pero cuando llegué a casa, me quité la ropa de trabajo y mi insensibilidad se escurrió por el desagüe de la ducha. Y entonces, limpia ya de hábitos, me prohibí la indiferencia, porque si la muerte deja de impresionar, si se pierde de vista esa sombra, la existencia misma se vuelve plana. Me enrosqué esa noche en mi cama, trémula. La duermevela iluminó a mis zorros, los reanimó desde el mismo momento en que dejaron de tener fuerzas para seguir pataleando. Se debatieron, aullaron, cayeron. Olisquearon aquí y allá, zascandilearon. Se siguieron entre sí, se mordieron los costados, rodaron por la hierba, ebrios de juego. Oyeron croar a las ranas como quien contempla de repente al deseo hacerse carne y aproximarse. Se estiraron como yoguis. Despertaron del sopor de una tarde cálida de finales de verano. Quizás recónditamente asombrados de, a pesar de las trampas, seguir vivos.

Como tú y yo, cada mañana. Tengo árboles, ballenas y zorros en el corazón y la cabeza. Tengo el miedo a morir y a ignorar la muerte; tengo por encima de todo el júbilo de formar parte de una red que intercambia energía y materia. Escribo sólo para compartirlo, y para que también ahí, en tu cabeza y tu corazón, los amores los miedos hagan acto de presencia.


domingo, 30 de diciembre de 2018

Una seta cualquiera. Un propósito sólo.



Llevo unas semanas todo lo obsesionada que me permite mi desorganizada consciencia con una seta amarilla y grande. Una seta vulgar que se ha alojado en mi memoria con tan pocos atributos específicos que, si tuviera que dibujarla, no me saldría nada menos genérico que la casa de tejado triangular que levanta en el papel un crío de cinco años. He hojeado la mejor guía que tengo. He rastreado las imágenes que los algoritmos de Google ofrecen al teclear “seta amarilla grande”. No le asocio otra peculiaridad sensorial o taxonómica; no he podido atesorarla con la carga de deseo, temor o mito que me hace capaz de identificar un puñado de especies. Una condenada seta cualquiera, vista a primeros de diciembre al pie de unos alcornoques. Amarilla. Grandona como lo barato. Elusiva. Anónima.

No me la quito del segundo plano de mi cabeza, un poco por curiosidad toreada y un mucho por remordimiento. La vi por primera vez mientras paseaba con mi familia por el borde del bosque. Resulta que mi padre podría encontrar espárragos trigueros en Groenlandia: tiene un talento desaprovechado para el rastreo y no se le escapa nada que a priori pueda ser comestible. Todo un señor paleolítico que, en pleno desempeño de sus capacidades, ese día me reclamó unas cuantas veces para preguntarme por qué por allí quedaban todavía madroños maduros, o cuál era el nombre de aquella mata, aquel arbusto. En una de esas me señaló, estrellitas en los ojos, un grupo de setas carnosas. Amarillas. Tirando a grandes. Arrancada de mi habitual mariposeo, le espeté un yoquesé arisco. Tengo esa espinita enquistada en mi vocación amable desde entonces. Y ahora quiero acabar el 2018 pensando, con toda la insistencia que mi holgazana mente me concede, en aquella seta cuyo nombre ignoro.

A ver, a mí no me sale hacer balances de fin de año, porque si la vida fuera una empresa colapsaría al rato a fuerza de imprevistos. No los hago porque en mi cerebro el tiempo se guarda en el mismo cajón que los cables: no tengo una gran pericia para almacenar los años sin que se me formen nudos, y mi noción de lo que he vivido éste es un tanto vaga. Definitivamente no hago balances, como tampoco me planteo ya seriamente trazar propósitos, porque el tiempo es un chisme abstracto que, como el agua, no puede cortarse en tajadas. Cuadrar un año que sólo se acaba en la mente humana y plantear un apunte de presupuesto vital para el siguiente: me parecen simplezas sólo un poco menos forzadas que un bautizo laico.

Pero hoy me apetece convertir mi seta en símbolo. Quiero tenerla bien presente, como recordatorio de adónde quiero enfocar mis trabajos. Quiero que me coja del hombro y me reconduzca hacia ese bosque al que no me canso de ligarme mediante supuestas relaciones de pertenencia. Digo que es mío y lo llevo allá adonde vaya, en el espacio y el tiempo. He dejado tantos rastros de amor en él que a la fuerza tengo que ser suya, me digo. Y sin embargo... Quiero que mi seta se ponga pesada y me advierta repetidamente que el amor es conocimiento, que el conocimiento es amor, y todo lo demás, galanteo y periferia.

Sobre todo, quiero saber el nombre de las cosas para poder compartirlas. Quiero ofrecer esa seta a mi padre, aunque no se coma ni sirva para mucho más que para ratificar la opulenta diversidad de lo vivo. Quiero que no se me olvide más que ser amable es el único propósito por el que vale la pena apostar cada año.

domingo, 9 de diciembre de 2018

Hechos probados



Hace unos días olvidé, que no perdí, las gafas en el lugar más hermoso del mundo. Al menos del mundo en el que habita mi conciencia. Hay otros mundos, pero mis sueños o mis nostalgias aún no los han colonizado.

Ayer, sentada a la entrada de mi casa como tantas otras veces, soleándome y a punto de arrancarme a cantar como los jilgueros, pensaba en el sol como en un puro derroche. Las piernas se me estaban tostando bajo las mallas negras, y sentía mis mejillas encenderse como las de una campesinota suiza. No eran ni las diez de la mañana de un supuesto fin de otoño. Una ración ridícula, infinitamente pequeña de energía solar servía para calentarme, y una cantidad no mucho más grande, comparada con la fuente, bastaba para encender cada hoja de este humilde planeta, para ponerlo a sudar y a bailar las corrientes de sus mares. ¿Qué pasa con lo gordo de la luz, entonces? ¿Resbala por trozos de piedra muerta e indiferente que cuelgan del techo del Universo, se desperdicia? ¿Ilumina y vivifica mundos en los que no habita nuestra conciencia? Cuando digo “mi mundo, otros mundos”, al momento pienso en estas cosas y se me va la cabeza. Por eso no me corto al considerar que la pequeña parcela que mis pies y me corazón hollan es el todo.

El caso es que olvidé mis gafas. Bajo una hermosura de árbol junto al que me acurruqué para echarme una siesta. Ninguna habitación construida por manos humanas me procurará nunca el mismo contento. Ningún lugar conseguirá que sea menos yo y más yo al unísono. Me dormí como una princesa mema de cuento, y me desperté dentro de una esmeralda, con cara y mente de corzo recién parido. Me puse las gafas de sol para que la belleza no me deslumbrara. Recogí mis cosas. Le dije adiós a cada hierba; le puse nombre a cada vaca que me encontré en el camino de vuelta. Y mis gafas habituales se quedaron allí hasta el día siguiente. Estos son los hechos probados.

Resulta que hace unos días asistí a un curso que me sembró la conciencia de plantas extrañas. De esos frutos americanos sin los cuales no podríamos entender nuestra propia cocina. Aprendí más cosas de las que ahora mismo puedo darme cuenta cabalmente, pero el río de lava destructora, vivificadora, que ahora mismo se desliza por mi manera de mirar las cosas tiene que ver con la necesidad de ceñirte a los hechos, si de verdad quieres entenderlas. Fuera moldes cognitivos, fuera impresiones subjetivas y conjeturas, fuera prejuicios: al encuentro con la realidad una tiene que acudir desnuda, si pretendes que la realidad te toque. Esta es una proposición más radical de lo que a simple vista parece. Prueba a aplicarla a cada idea-pilar de tu mente: qué crees, qué das por sabido, quién piensas que eres. Redúcete a hechos irrefutables. A ver qué queda de tu edificio.

Antes hubiera considerado que esta regla era demasiado pragmática o seca como para medir mis pequeñas intimidades calientes. Hubiera afirmado que mirar tan de cerca la materia de las cosas destruía su poesía radicalmente. Antes yo le sacaba, le sigo sacando, moralejas fáciles a cada suceso. Mis gafas, sin las que no soy capaz de manejarme como un adulto, se quedan una noche en el monte. Mis gafas han visto cosas mientras yo dormía miope: un jabalí merodeando mi olor y las semillas del pan de mi bocadillo, una gineta deslizándose tronco abajo como un marine en operaciones especiales, el juego de ojos medio tahúr de los búhos. Todas esas imágenes secretas, esa mirada a la espalda del bosque, se han incorporado de alguna forma a mis fondos, ahora que he recuperado mi mirada protésica. Antes me hubiera conformado con esa hermosa y atolondrada interpretación de las cosas.

¿Y ahora? Ahora comprendo que cada mota de realidad tiene en sí tantas capas, que quedarse sólo con las superficiales y elucubrar el resto es lo que de verdad lastra su gracia. Jugar al lirismo de los chinos. Maquillar un despiste y olvidarme así de que mi mirada no es omnisciente. Imaginar que hay otros mundos más allá de mi mundo. Pensar en el sol como en un derroche. Ahora me ciño a los hechos irrefutables y me digo que la complejidad de las cosas tal como son, sin que la ayude mi subjetividad, es prodigiosa.


Mirar de cerca. Despojarse de ideas previas.


domingo, 4 de noviembre de 2018

A poco que mires



No sé qué demonios hago parapetada detrás de una pantalla, teniendo un día glorioso de soleado otoño por delante, lamiéndome las entrañas, cercándome. Tarde o temprano dejaré de escribir así, a contravida, por la misma razón que me llevará a no ir más al gimnasio: no tolero el sabor de los sucedáneos. La comida con edulcorantes me provoca cólera y arcadas. Sudar y jadear en una habitación llena de metal y desconocidos es un sustituto mohíno del bendito juego físico de los cachorros. Y escribir textos más o menos pulidos y preparados para el consumo me acerca tanto al corazón de los otros como las algarrobas al chocolate.

La escritura aproxima relativa y fugazmente a los que están lejos, aleja a los que están al lado, con su olor y su nombre propios. Me cuesta manejar ese doble filo sin cortarme. Me cuesta renunciar a estar en el recreo, ahí afuera. Pasar la mañana bajo un naranjo, intentando pillar in fraganti la operación secreta por la que el sol se transforma en color, vitamina y azúcar. Moverme naturalmente, con propósito, en todos los planos del espacio. Pero ¿puedo estar a la vez en dos sitios, hacer a la vez un par de cosas opuestas? Mirar y escribir. Encerrarme y moverme. Estar lejos y cerca.

A menos de veinte metros un pino y un olivo confunden sus ramas como dos siameses sus órganos, dos adolescentes sus ortodoncias. En lo que llevo escrito se me ha ido el santo al cielo al menos tres veces explorando, sin mucho éxito, en qué punto un árbol deja de ser otro. Preguntándome si me parezco más al pino, en su resistencia arrogante, al olivo, en su dadivosidad a pesar de los nudos, o más bien al margen indistinguible entre ambos. Al fondo lo que mi razón reconoce habitualmente como Sierra Bermeja. Hoy es una línea oscura que se abomba como un cachalote, un perrazo holgazán como Bola, recostado con el hocico entre las patas. Adivinar formas en la geografía cambiante es otro de mis despistes favoritos. Me encanta pensar que lo que parece estable es en realidad fluido. Desde donde estoy ahora distingo las antenas de la cumbre. Pajarillos picoteando insectos en la joroba de un búfalo. Inconcebible que ayer mismo yo estuviera ahí arriba. Y que tenga que aceptar como lógico que sean un mismo sitio. Ayer una masa monstruosa de roca que aloja en sí todavía el fuego del interior de la Tierra, rojo y verde ahogando la vista. Hoy una silueta recortable que puedo seguir con el índice. Que la inteligencia acate el juego de la perspectiva como algo normal es una monstruosidad y un milagro.

Y es que a poco que mires lo aceptado se desactiva. Tendrías que haber visto, allá arriba, al pinsapo junto a la antena de telecomunicaciones. Ambos desmesurados y arcanos. Ambos hablando idiomas inaccesibles. La antena, un faro que emite señales a navegantes de otros planetas. El árbol creando bajo sus ramas una verdadera noche nórdica en una mañana de sol deslumbrante. Conectando ambos tiempos y espacios lejanos. Monstruos milagrosos, no tan opuestos como pareciera.

A poco que se te vaya el santo al cielo y a las ramas el paisaje se desarbola. Los límites se difuminan. Lo humano deja de ser lo que está enfrente y encima y en contra de la naturaleza. La escritura ya no es ese ejercicio ensimismado y alejado del mundo. Lo que está lejos se acerca; entonces y quizás se vuelven ahora. La tapia entre el aula y el patio de recreo finalmente se derrumba. Puede que siga escribiendo de esta forma.