jueves, 29 de diciembre de 2016

Ciao, amiga invisible

No he echado muchas cuentas, pero creo que la amistad tiene la culpa de al menos la mitad de las cosas que he hecho en mi vida. Es el motivo inconsciente u obvio que se repite una y otra vez en mi película. Mi tatuaje imborrable. Fui a lugares y me largué de lugares en pos de unas personas íntimas a las que aún no conocía. Esos eran los amigos que me llamaban, me reclamaban, me imantaban en la distancia: los que no tenía. Esa explicación se alojaba entre mis costillas pero yo no sabía nombrarla. Me poseía el hambre, me movía como a algunos los mueve, yo qué sé, la cleptomanía.

Escapé del pueblo donde viví los primeros años de mi independencia porque me pasaba meses sin tener agujetas de risa. Necesitaba dar abrazos y a mi vera sólo encontraba cojines y almohadas. Quería decirlo todo, señalar cada sorpresa, cada nuevo brote de mi carácter, cada reto y cada torpeza, cada puñalada de hermosura que me asestaba día tras día el paisaje. Quería mojar mis amores bomberos en un hombro de carne y hueso, no en libretas sucesivas. Había por ahí buena gente, pero yo no pude o no supe fabricar ese tipo de confianza.

Las libretas se convirtieron luego en blog, porque a pesar de las mudanzas y los encuentros todavía quedaban conversaciones pendientes, complicidades de clases distintas a la de las parejas. Quedaban desnudeces aún ocultas incluso después de bajarte las bragas. Lo tan hondo que ni yo misma sabía. Lo tan pequeño que no se dejaba coger con palabras coloquiales. Empecé a publicar lo que escribía porque a mi interior ya no le bastaba conmigo. Mi intimidad se volvió descarada. Volvía a reivindicar a los amigos invisibles. Intentaba saciar la vieja hambre. No era, o no era sólo, una vocación creativa. Era la necesidad de compartir esa barbaridad de saberse temporalmente vivo.

Con el tiempo he hecho un descubrimiento. Me he dado cuenta de que aunque estar cerca es mi motivo y mi pretexto, nunca he sido una gran amiga. En busca de intimidades sin nombre he descuidado a veces a las personas reales. He dejado de llamar. A la hora de fijar encuentros me han podido muchas veces la timidez y la flojera. No he sido particularmente detallista. Le he hablado mucho al aire y poco a orejas específicas. He regateado mi tiempo porque tenía que escribir, tenía que moverme, tenía que cazar conexiones especiales. Me he dosificado.

La consecuencia inevitable de saberlo es que ahora escribo menos. No sé si alguien se había dado cuenta. En este momento mi prioridad es actuar motivada por los íntimos que ya tengo. Regalar buena parte de mi tiempo en modos que a lo mejor a mí se me quedan cortos, pero que a otros pueden servirles de consuelo. Dejar de ser yo misma amiga invisible. Abrazar cuerpos. Provocar con suerte agujetas de risa. Ser hombro de hueso y carne

sábado, 24 de diciembre de 2016

Querido prójimo

 
Has empezado a preparar la desmesurada cena de Nochebuena. Acabo de beberme el último sorbo de un té verde casi tan amargo como... No, ni siquiera en un alarde de mal gusto me permito comparar un té con Siria.

Miras el reloj de la cocina confiando en que este año tu cuñada y sus dos hijos sin padre no se adelanten para variar un par de horas. Escribo para no pensar en la quietud casi clandestina de la casa de mi padre, del piso de mi madre donde a lo mejor hasta una gata vieja espera que algo suceda; la casi-cueva donde mi novio vigila el pie roto y recompuesto de su madre; el sitio inglés de mi hermana, que no quiero llamar hogar porque espero que sólo sea una estación de paso; mi invernadero, mi madriguera.

Empiezas a curvar una sonrisa postiza mientras trituras la salsa de frutos rojos, pelas cuatro kilos de gambones, vigilas que el rollo de carne no se quede muy seco, mezclas las claras montadas con el mascarpone. Me dan ganas de escribirme ALEGRÍA con boli en el dorso de la mano, para celebrar que voy aprendiendo a no hacer nada de nada.

Te empieza a dar asco la comida. Yo llevo un rato jugando a hacer combinaciones mentales con un yogur griego, una lata de atún, un cogollo de lechuga y un boniato.

Recuerdas a los que han dejado un hueco libre en tu mesa. Recuerdo las mesas de las que me he ausentado. Observas la dentadura postiza de tu suegro, que traga jamón como si fuera la cura del Alzheimer, y te preguntas por qué se te obliga a querer a algunas personas. Observo mi sofa vacío y me pregunto por qué a veces ser libre es una pequeña china en el zapato.

Finges que te apetece juntar en tu salón a toda esa gente. Finjo que a mí por nada del mundo. Envidias que me pase por el forro las fechas rituales. Por un momento envidio hasta los abrazos falsos.

Y así transcurrirá la noche, tú escapándote a la cocina con la excusa de adelantar el fregado de platos; yo venciendo la tentación de responder mordazmente a los christmas virtuales.

Tú anhelando que llegue de una vez el insulso febrero. Yo, condescendiente, diciéndome que es preferible desear el bien al prójimo una vez al año que absolutamente nunca.

Tú asombrándote de que a tu sobrino le esté saliendo bigote, si parece que fue el mes pasado cuando colgaste uno de sus espantosos dibujos de palotes en tu despacho. Yo repitiendo otra vez mis gestos de antes de acostarme y dándome a mí misma las gracias por no sentir que echo mi lote de mi vida por la borda.

Tú soltando por fin los músculos de la cara y admitiendo que en realidad no has tenido que fingir tanto. Yo metabolizando mis ganas de familia. Tú esbozando una sonrisa de veras, yo verdaderamente alegre como el resto de días.

lunes, 19 de diciembre de 2016

Volver al calor


Me pregunto cómo se me verá desde fuera. Tranquilidad. No se trata ahora de esa cuestión escabrosa. De la incertidumbre que arrastramos desde que se nos obliga a identificarnos con un nombre. ¿Me ves del mismo modo que yo me veo? ¿Acaso me entiendes tú mejor de lo que yo me entiendo? ¿Puedo confiar en mi propio criterio, o soy la principal víctima de mi miopía?

No he venido a hablar de eso. No estoy para reflexiones hondas. Tan solo sentía curiosidad por saber si había algo reconocible de mí en ese bulto azul sobre la cama. Si asomaba uno de mis calcetines de colores. Si mi forma podía adivinarse como esos regalos que burlan su envoltorio. Si se me podía confundir con cualquier cosa. Me he hecho un ovillo y me he tapado la cabeza con la manta. La nieve lame casi los flecos de mi colcha. Se cuela por la rendija insalvable de mi armario de puertas correderas, como una vieja herida de amor que no cicatriza. Vuelve antipáticos los vaqueros. Cambia el olor de mi diminuta casa. Ya no es bizcocho a medio subir, desayuno perenne, aire que ha visitado una y otra vez los mismos pulmones. Mi casa ha empezado a oler a montaña. Está callada y severa y casta como una alta cumbre.

Me aferro a mi propio calor todavía. Sé que dentro de unos minutos tendré que hacer el esfuerzo de ponerme en pie y seguir actuando como si la vida fueran sólo las cosas que hago. Pero por la tibieza que he conseguido acumular en mi cueva, mi útero de ropa, sería capaz de batirme ahora mismo en duelo. Estoy mucho más sola que un feto. Yo no puedo escuchar el eco hipnótico y poderoso del corazón de una madre. Por eso mi calor es frágil y tengo que defenderlo.

Tibieza es una de esas hermosas palabras que casi. Casi se hacen materia. Casi se convierten en lo que nombran. Esa es la desgracia del lenguaje: que como mucho es un casi. Antes de dormirme he empezado un libro de Desmond Morris llamado Comportamiento íntimo. Una clave de su prólogo: “Con frecuencia hablamos de cómo hablamos, y a menudo tratamos de ver cómo vemos; pero, por alguna rara razón, raras veces tocamos el tema de cómo tocamos”. Si una frase así casi no te toca, es que de bebé sufriste terribles malos tratos. Si tu desarrollo fue normal, puedes intuirla: la añoranza profunda de tocar y de que el calor de otro te envuelva.

Según lo poco que llevo leído, conforme la niñez avanza la experiencia de estar íntimamente ligado al cuerpo materno a través del tacto se va diluyendo poco a poco y se ve reemplazada por contactos que primero son visuales y más tarde verbales. El contacto físico se veta. Las manos se quedan frías. Aprendemos a entender intuitivamente los gestos del otro, cambiamos abrazos por pucheros y sonrisas, y al final, al cabo de unos cuantos balbuceos que a lo mejor sólo expresan desamparo, hablamos. Las caras que se leen y las palabras que se dicen son sucedáneos de aquella primera tibieza perdida.

Por eso me acurruco bajo la manta y encapsulo mi propio calor entre mis rodillas y mis brazos, con una nostalgia mucho más vieja que toda lectura. Me acuerdo entonces de mi tía. A veces lo único que parecía atarla a la vida eran los instantes fugaces en que se conectaba a algún enchufe de calor humano, según las palabras que usaba. Cuando nos echábamos a la siesta juntas, se me agarraba por la espalda y ya no me soltaba. A mí me empezaba a hormiguear todo el cuerpo. En esos momentos le cogía tirria por tenerme así de atrapada. La juventud es inclemente en su propio egoísmo. Daría lo que fuera por que volviera a enchufárseme.

Y daría lo que fuera por que aquel proceso de maduración pudiera invertirse. Que las palabras que escribo y digo se volvieran calientes e íntimas. Que el lenguaje dejase de ser como mucho un casi. Que la tibieza no se disipara.

martes, 13 de diciembre de 2016

La Croqueta del Bien y el mal

 
Las croquetas. 

 
No debo. De verdad. No. Oh..bueno, un mordisquito sólo. Qué demonios. Dame Más.

Las croquetas tienen la culpa de que cada vez tenga menos certezas. Son mi manzana del árbol prohibido. Mi tentación última. Mi pecado mortal y forzoso desde el punto de vista digestivo. No hay manera de que no me rinda a ellas. No hay manera de que no pague mi debilidad. Primero la caída voluptuosa y después el infierno de la dispepsia.

Las croquetas sabotean cruelmente la virtud de mi dieta. Por qué, oh, señor, por qué, si en el comer soy tan casta; si cumplo la mayoría de preceptos acerca de la vida sana; si apenas compro alimentos manipulados; si soy relativamente austera respecto a los azúcares y las grasas; si huyo de la obscena industria cárnica; si compro huevos de gallinas felices y verduras no tocadas por la mano pérfida de Monsanto; si hago deporte y me acuesto antes de las once; por qué entonces, señor, estoy tan delicada de la panza. Por qué no me dejas comerme nunca un churrito, unos callos con morcilla, unos calamares fritos, sin que mis vísceras se mortifiquen*.

La mujer vio que la croqueta era buena para comer, y que tenía buen aspecto y era deseable para adquirir sabiduría, así que tomó de su fruto y comió. (...) En ese momento se les abrieron los ojos, y tomaron conciencia de su desnudez. (Génesis, 3:6-8, my way).

¡Ah, croqueta más astuta que todos los alimentos! ¡Croqueta de mil disfraces! De puchero, de bacalao, de rabo de toro o de setas. ¡Croquetas de choco, negras como el vicio! Me dejé convencer por ese demonio y los ojos se me abrieron al instante.

Fue por culpa de mi relación pecaminosa con las croquetas que empecé a leer “La digestión es la cuestión”, de Giulia Enders. Un libro sobre intestinos. A veces en mi casa me miran raro. Lo entiendo: hay mil opciones de ocio más atrayentes a priori que repasar el proceso de fabricación de la caca. Pero ¿queréis saber una cosa? Es un asunto divertido y pasmoso. Quizás no me salve la vida ni la mucosa gástrica. Quizás tenga que asumir de una vez por todas la lección del Árbol, digo, la Croqueta de la Ciencia: no hay bien sin mal, ni placer sin dolor, ni paraíso de actos sin consecuencias. Pero leer libros como este me basta para tomar conciencia de mi desnudez y recuperar así la sensación de milagro.

Aprendo que soy un ecosistema. Que “a nivel celular, solo tenemos el 10% de ser humano y el 90% de microbio”. Que, allá donde voy, allá donde rozo, voy dejando una huella bacteriana única que resume mis experiencias, mis aficiones, mis encuentros o todos los accidentes aleatorios que de manera directa o indirecta me han terminado afectando.

Leo cosas como que “el mal humor, la alegría, la inseguridad, el bienestar o la apreocupación no nacen solo de forma aislada en el cráneo. Somos personas con brazos y piernas, órganos sexuales, corazón, pulmones e intestino. Durante mucho tiempo la cabeza ha acaparado la atención de la ciencia y hemos estado ciegos ante el hecho de que nuestro “Yo” es más que el cerebro”.

Y entonces dejo el libro a un lado, me tumbo en el sofá, y sin que yo tenga que guiarlas, mis manos acampan entre mi esternón y mi ombligo. Tengo la piel caliente. La croqueta se ha convertido en carbón para mis mitocondrias. Es tan asombroso que lo de ahí adentro funcione. Tan liberador que “yo” sea ante todo eso. Esa fábrica de calor, de movimiento y desechos. Ajá, dicen mis vísceras en su propio idioma. Un idioma sutil que la conciencia no entiende y que, frustrada, llama intuición o instinto. Ajá: yo-ecosistema abarca mucho más que el discurso de una mente. Todos los caminos llevan a esta Roma. Nada de lo que piense, o lo que opine o lo que sienta acerca de mí misma y del mundo tendrá asegurado mayor grado de certeza: mientras mi piel siga caliente, yo funciono. Pese a la indigestión o, de vez en cuando, las dudas sobre si hago o no lo correcto.


* Lo expresado en este párrafo encierra tanta verdad como lo revelado en un confesionario. Juzguen ustedes mismos.


jueves, 8 de diciembre de 2016

Realmente alguien

 
Dijeron en sus corrillos que era una doña nadie. Una de esas inglesas, como si el gentilicio solo bastara para acusarla. Ya no tenía edad para pavonearse en biquini por las playas, como tantas otras extranjeras. Y encontró esa forma particular de alarde. Los guiris empezaban a propagarse desde la costa hacia el interior de un país que decía no ser ya el que había sido, pero que seguía murmurando, expresándose, catequizando y sospechando como si aún lo fuera. Venían, los ingleses, con sus pensiones, su benévolo cambio de divisas, sus aires coloniales. Compraban sólidas casas de campo que rápidamente perdían su pátina de trabajo, como si en ellas el reloj marcara siempre la hora del vermú o de la ginebra ritual entre la del té y la de la cena. Y entre un trago y el siguiente husmeaban, se hacían los exploradores, rastreaban nidos y cuevas, se creían que sabían más que nadie de ese país encantadoramente rústico que habían elegido por elemental, por fogoso y por barato. Publicaban sus presuntos hallazgos en revistas de fuera. Olvidaban que aquí también había universidades. Que no todo el mundo desayunaba cebollas. Que algunos hombres doctos dedicaban su vida a la ciencia. Si la soberbia estuviera sometida a aranceles aduaneros, tal vez alguno se lo hubiera pensado un poco mejor antes de afincarse.

Dijeron que no era fiable. Que tenía que haberse confundido necesariamente. Que, ávida de notoriedad, había magnificado el descubrimiento y se había apresurado a pregonarlo antes de contrastar el asunto con expertos locales. Llegaron a insinuar que ella misma, emigrada un par de años antes desde Malasia, había plantado el Psilotum en la grieta donde dijo haberlo encontrado. Que los jardines de los extranjeros quizás se estaban convirtiendo en focos de irradiación de especies invasoras. La nombraron en artículos científicos como la distinguida dama inglesa, con una cortesía tan envarada que rayaba en el desdén y la suficiencia.

Por encima de todo, dijeron que era una aficionada. Una diletante. Mujer. Forastera. Sin carrera profesional ni estudios oficiales. Y ahí es donde hicieron sangre. Porque es verdad que Betty Molesworth carecía de un título académico que legitimara a ojos de los burócratas su experiencia de campo. Es verdad que nunca pasó un examen y que ningún sistema ortodoxo de estudios la marcó con su marchamo. Es verdad que nunca formó parte de la casta universitaria. Tenía conocimientos profundos y amor, tenía seis partes de clorofila en su sangre, pero no tenía currículum. Y eso, a algunos que han perdido color y pelo a la luz de un flexo, a los que han gastado miles de horas jóvenes en aulas y bibliotecas, les cuesta aceptarlo como un bagaje tan perfectamente idóneo y justo como cualquier otro a la hora de comprender íntimamente el mundo.

Difícilmente Betty podría haberlos culpado. También ella, en su fuero interno, alimentaba el prejuicio de que uno no es realmente alguien hasta que una sólida institución con iniciales en mayúscula refrenda lo que sabe. En cierto modo, Betty nunca consideró que tuviera derecho a enorgullecerse públicamente de su erudición botánica. Cuando terminó convirtiéndose en una especie de faro en el paisaje que iluminaba para estudiantes y profesores este helecho, ese narciso, aquel risco o aquel canuto, no pareció dispuesta a reconocer la luz que emitía. Dudaba, reconocía una ignorancia concreta, preguntaba el nombre de lo que desconocía a quien fuera que en ese momento la siguiese, con la lengua a rastras y francamente pasmado de que esa anciana que lo sabía todo se dignara a consultarle.

Betty no se daba importancia y ese era uno de sus hábitos más arraigados. Juzgarse no del todo apta. Disculparse prácticamente por aquello que había aprendido fuera de las aulas. Lamentar cada oportunidad de seguir una trayectoria corriente y de convertirse públicamente en alguien que la enfermedad le había escamoteado. Su modestia era la de las víctimas. Su dedicación a las plantas, un refugio. Su cuerpo frágil, el principal pero no único culpable de lo que fue y lo que no le dejaron ser nunca.

sábado, 3 de diciembre de 2016

La excepción, aquí al lado.

 
De todos los desaires, las insinuaciones o los desprecios abiertos que acompañaron al hallazgo de Psilotum nudum, el que más dolió a Betty fue un comentario que leyó en la primera carta al respecto de su antiguo mentor Eric Holttum. Se sentía mezquina al irritarse por aquellas escasas palabras que se grabaron en su mente como un esguince mal curado, porque ¿quién podía pensar que tuvieran la menor intención maliciosa? Holttum ni siquiera había expresado una apreciación propia, sino que se limitó a trasladarle la ocurrencia de su compañero Richard Meikle. Su hipotético especimen de Psilotum, ¿no podría tratarse más bien de alguna especie de euforbiácea con las hojas muy pequeñas? Por supuesto que era estúpido darle la menor importancia a esa sospecha inocua, pero en toda mente hay trampas activadas dispuestas a saltar en cuanto se rozan. Betty merodeaba a menudo en torno al paisaje en donde estaban colocadas, y siempre terminaba cayendo en ellas. ¿Qué demonios se creían esos endiosados botánicos titulares de los Kew Gardens? ¿Que no sabía distinguir su mano izquierda de su mano derecha? Una euforbiácea...Ya puestos, ¿por qué no confundir el Psilotum con un geranio sin flores? Y Holttum la conocía bastante. Había sido tan amable con ella dejando que pasara horas muertas en el Jardín Botánico de Singapur que dirigía. Habían herborizado juntos tantas veces en la selva. ¿Y acaso no había colaborado ella en su obra sobre los helechos de Malasia? Que no hubiera sabido guardarse para sí esa insinuación ridícula la molestaba más que los ataques de unos catedráticos españoles que al fin y al cabo no la conocían de nada. Una gota de la grosería de estos se había mezclado con la tinta de Holttum, y amenazaba ahora con amargar la dulzura de sus mejores recuerdos asiáticos.

Pero es que aquella anotación a vuelapluma que hizo Betty en su cuaderno causó un buen revuelo al cabo de unos meses. Su método de campo era simple. Andaba, observaba, reconocía. Apuntaba con una letra imposible lo sabido y lo ignorado. Su biografía la había llevado a saber tan íntimamente acerca del Psilotum que la sugerencia de que podía haberse equivocado de esa manera burda la indignaba. Pero lo que desconocía entonces, aquel soleado día de febrero de 1965 y frente a aquella laja de arenisca, es que la población más cercana de aquella especie se encontraba ni más ni menos que en Cabo Verde. Fue más tarde, al volver a casa y abrir sus manuales de flora, al consultar todas las listas publicadas de especies con las que cotejaba sus observaciones, cuando empezó a comprobar que en ninguna de ellas se hacía mención alguna a ese helecho con el que tantas veces se había encontrado... en las selvas tropicales de Asia o en la misma Nueva Zelanda.

No fue hasta mayo cuando se atrevió a hacer las primeras consultas serias a las autoridadades científicas. He visto esto y no encuentro referencia alguna en la Flora Europea, escribió al director de los Reales Jardines Botánicos de Kew, en Inglaterra: la corte donde se codea la aristocracia de los vegetales. No hicieron falta muchas más búsquedas en bibliografías y herbarios para legitimar que, efectivamente, Betty no había encontrado la referencia que buscaba porque acababa de descubrir la única localización europea de aquel helecho inaudito. Tan primitivo. Tan de otro mundo. Ni rastro de él en las húmedas Azores, en Madeira, en las laurisilvas de Canarias, en esos paisajes tenebrosamente verdes y sinuosos que a la imaginación le cuesta encuadrar en el territotio más civilizado del planeta. Ella fue a encontrarlo al sur de la provincia de Cádiz. Allí donde los restos de la Historia se hacinan seguía habiendo terra ignota.

El descubrimiento de Psilotum nudum en Los Barrios añadió una nueva clase al árbol taxonómico de los helechos de Europa. Eso a los profanos no nos dice mucho. Entendemos, eso sí, que al censo del continente que más se ha mirado al ombligo se le sumaron de golpe nuevos nombres. Que una improbabilísima parcela de territorio salvaje se urbanizó de conocimiento humano. Que todavía entonces, y quién sabe si todavía ahora, podías emprender una suerte de expedición a la vuelta de tu casa. Pero por encima del apego científico a la ultradefinición del mundo, a la pormenorización de la realidad, a individualizar hasta el último elemento ínfimo del paisaje, el hallazgo de Betty Molesworth corroboró un relato de la historia natural de Europa: una vez, mucho antes de que la evolución diera algún fruto remotamente humano, por aquí fuimos trópico. Después las glaciaciones nos borraron las selvas, pero un reducto mínimo de lo que aquel paisaje tremendo pudo haber sido se refugió en algunos rincones boscosos desde los que, si te sitúas a buena altura y las nieblas del Levante no lo impiden, puedes ver las columnas de Hércules. Gibraltar, Algeciras, la refinería. El espejismo que llaman África. Cientos de barcos.

Era un hallazgo demasiado jugoso como para que una extranjera ajena a la academia se lo adjudicase fácilmente.

lunes, 28 de noviembre de 2016

Lo suyo

 
Betty interrumpe su marcha renqueante y terca para esperar de nuevo a su marido. Después de tantos días varada en casa, con una pierna en alto y la lluvia furiosa asediando las ventanas, no está tan impaciente como podría esperarse. Por un instante se alegra de que Geoffrey tenga aún más dificultades que ella. Lo oye gruñir como un oso recién salido de su letargo, muerto de hambre y con los dolores propios de haberse pasado cinco meses acostado. Ni siquiera parece acordarse hoy del sagrado sigilo que siempre le exige cuando va al encuentro de los pájaros. A Betty este nuevo ritmo no le parece mal del todo, la humildad a la que sus respectivas cojeras les obligan. Alza la cara al sol y cierra los ojos. El tobillo malo hormiguea, como si fuera especialmente sensible a la onda expansiva que el andar desacompasado de Geoffrey genera. Al fin y al cabo, llevan casados dieciocho años.

Ambos han tenido tiempo de sobra para acostumbrarse a que, de los dos, él sea el más fuerte. El soporte corpulento y jovial de una diminuta familia formada por ellos dos, sus cámaras de fotos, los cuadernos de notas y el gato. Cómo reprocharle que, pese a quedarse rezagado a cada metro que avanzan, él la siga tratando como si fuera una cosita frágil que hay que manejar con cuidado. No deberíamos haber salido tan pronto, le dice cuando por fin se pone a su altura. Tu tobillo no está al cien por cien. Betty se obliga a abrir los ojos y ve de color naranja a su marido. Mi setenta por ciento basta para los dos, contesta. Y así, bajo este sol sedante, siguen andando hacia la formación rocosa. A ella le hace gracia observar cómo sus dos sombras cojean. La sombra voluminosa de él, su propia sombra no tan delgada como antes. Él con su talón maltratado por la gota. Ella con una exuberante historia médica lastrando sus articulaciones. El pie izquierdo de él. Su pie derecho. Nunca dejarán de complementarse.

Él persiguiendo criaturas del aire. Ella, inventariando lo que se ancla a la tierra. Quién lo diría al observarlos. El hombretón con un aire a Orson Welles y la desarraigada. El ornitólogo y la botánica. Cada uno intentando compensar sus propios huecos a su manera. Cada vez que sigue un pájearo con los prismáticos, Geoffrey recupera la levedad de sus tiempos de piloto. Cada vez que Betty reconoce una especie de planta, su concepto de hogar se apuntala. Lo que era ajeno empieza a formar parte de ella. Es como aferrarte a los libros cuando eres una niña solitaria. O como ser admitida en una comunidad después de años pensando que eras una apestada. Betty de eso sabe de sobra.

Pero hoy, en este día de principios de febrero, seguir apuntalando es todavía posible. A pesar de los los accidentes y de los achaques. Entre los dos han construido un nido acogedor y hermoso, pero nada de lo que quepa entre paredes puede compararse a lo que les rodea. Este sol amigo de los huesos por el que merece la pena haberse cruzado el globo terráqueo. Este brillo de cosa nueva en cada hoja y en cada piedra. Betty y Geoffrey cojean y se apoyan el uno en la otra para alcanzar la cara opuesta del risco. Les basta un pie bueno por cabeza. Qué cómicos, piensa Betty. Viejo de mierda, sigue gruñendo Geoffrey. Cada uno va a lo suyo. Lo suyo: uno se siente un rey cuando puede afirmar este de aquí es mi trono. Cuando llegan adonde quieren  ninguna otra cosa importa mucho. Ni tobillo ni talón, ni mujer ni marido.

Él intenta escuchar por encima de las gárgaras del torrente. ¿Será eso un mosquitero musical, o acaso es demasiado pronto? No le preocupa demasiado ver por el rabillo del ojo cómo su mujer trepa por las rocas. Betty es frágil pero indestructible. Ella estudia las grietas en la arenisca y el corazón le da un pequeño vuelco. En su cuaderno de campo anota Psilotum y vuelve a acordarse de su maestro. Por ahora es sólo el reconocimiento, el viejo rescoldo. Un rastro del hogar que en otro tiempo empezó a levantar por su cuenta. Todavía no sabe que la ciencia botánica también está a punto de sufrir un vuelco.

sábado, 19 de noviembre de 2016

Psilotum

 
A veces el mutismo de la naturaleza me irrita. Otras, cuando me sangran ya el corazón y el cerebro de estamparme contra los lenguajes, pido asilo allí donde callan las cosas y los individuos. En realidad nada deja nunca de comunicarse. La red de micelios de los hongos obliga al ecosistema a entenderse. Una nube de mensajes bioquímicos cuelga sobre tu cabeza y te envuelve, y de alguna forma consigue que hasta tú captes sus discursos. Pero a veces desearías que la vida no humana se dejase de sutilezas. Que no fuera tan tímida, o tan celosa de sus verdades, y contase lo que tiene que contar sin dejarse avasallar por tus interferencias. Querrías escuchar y no imaginar que escuchas. No ser más el ventrílocuo de lo que te rodea. Olvidar lo que has aprendido en los libros y en las aulas, donde lo más verde que encontrabas eran la pizarra y la bilis que te provocaba el encierro. Y así, libre de emociones predigeridas y conocimientos previos,te gustaría atender hechizada.

Porque es difícil que, por sí mismo, un ser como Psilotum nudum consiga fascinarte. No tiene majestad, no tiene belleza, no va a empezar nunca una conversación si tú no lo incitas. Ahí lo tienes delante, esa hierbita refugiada en la fisura de un bloque de arenisca que, él sí, es regio, es hermoso, y tiene tantos matices de color que no para de hablarte. Ese es el Psilotum, y no es una hierba, sino un helecho. Aunque no tenga nada que ver con la copia categórica que en tu cerebro guardas de la entidad helecho. Aunque verlo no te deje el menor regusto a frondoso. Aunque te parezca una simple broza. Tallitos más pequeños que mi mano dibujados por un niño de cuatro años. Para que Psilotum nudum te convenza necesitas estar iniciado.

Necesitas que alguien te diga: mira a tu alrededor y señálame lo más viejo que veas. No vale el sol, ni tampoco el cielo. Si te atreves con esta pared de arenisca, te equivocas. Hay algo en tu campo de visión que es más antiguo que cualquiera de estas piedras. ¿Y si te revelo que la respuesta correcta es: la arquitectura obvia del Psilotum? Un tallo que se divide en dos que se divide en dos que se divide. Sin raíces, sin hojas. Psilotum es el último mohicano de una cultura cuya senectud abruma. Primo hermano de una especie pionera. Depositario del mayor episodio de valentía que jamás haya visto la Tierra.

Ahora voy a decirte cuatrocientos millones de años, pero no pretendas hacerte una idea de cuánto tiempo cabe en esa cifra. Simplemente, tu razón no ha evolucionado lo bastante como para asimilarlo. Sólo precisas saber que en aquel antes impensable, la vida era un asunto marino y la corteza terrestre, algo bastante parecido a una distopía apocalíptica. El suelo estaba desnudo como el de la Luna y la atmósfera no era respirable. Entonces, de algún modo que te lleva a cuestionar si tu ateísmo no será porfía, ciertas algas decidieron salir del agua. Y ese paso cambió para siempre el planeta, con una fuerza sigilosa e imprevista mucho más potente que la de cualquier meteorito. El alga se endureció y se convirtió en una primera planta terrestre. Poco a poco la piedra primigenia se fue fisurando, la superficie seca se tapizó de una pelusilla verde y el oxígeno dejó de ser un gas de lujo. Piénsalo friamente: antes. Antes de cualquier cosa que conozcas, salvo el sol, el cielo, el agua y algunos tipos de roca. Antes de nuestras preocupaciones y nuestros dolores. Antes de tu piel caliente. Antes del primer útero. Antes de los pulmones. De los dinasaurios y los insectos. De las flores y de los pájaros. De la madera. De una atmósfera acogedora. De la sombra del bosque.

Antes hubo una primera planta insignificante. Una hierbita ridícula. Una broza. Un tallo que se dividió en dos y en dos y en dos, y así hasta llegar a la lechuga y al león y a ti mismo. Pero ese diseño primitivo se mantuvo. Pura simplicidad convertida en potencia. Un ser sin raíces ni hojas que se aferra a la piedra, esa arenisca que tienes delante o aquella primera superficie intratable. De ese diseño es heredero el Psilotum.

Y esa es la historia abrumadora que no se decide a contarte, porque, quizás, después de ese primer capítulo fastuoso cualquier relato que venga pueda no interesarte. Y sin embargo, Psilotum nudum ahí puesto, en esa fisura de un bloque de arenisca en el extremo sur de Europa, es señal y testigo de más aventuras. Hasta que Betty Molesworth no descubrió justo aquí su presencia, allá por 1965, este helecho insignificante siguió guardándose sus secretos para él solito.


lunes, 14 de noviembre de 2016

Así es cómo empieza


Llueve bíblicamente, y por primera vez reparo en que el hombre que me está hablando es peculiarmente guapo. Tiene el arco superciliar un poco demasiado macizo, y los ojos pequeños y tan oscuros que parecen carecer de profundidad. Pero un rizo húmedo se le ha pegado a la mejilla, entrecomillando su sonrisa. Es así cómo pasa. Ese latigazo en los órganos vitales; el viaje fulminante del cero al todo. Puede que mi compañero me siga esperando dentro del coche. Puede que las mujeres del pueblo sigan haciendo malabarismos con las bolsas de la compra y el paraguas. Puede que mis botas de trabajo no sean tan impermeables. El bombero de pelo largo me habla y en la lluvia se abre un hueco que sólo incluye su cara, su cuello de ciervo y sus hombros. Todo lo demás se empaña. Una gran ola de oxitocina aniquila mi capacidad de entender el lenguaje. Muevo la cabeza de arriba abajo. De alguna forma consigo mover también la boca. Él sonríe y estira la última sílaba de cada palabra que dice. Como un niño que siempre está preguntando.
  
Cuando entro en el coche mi compañero me mira como si yo siguiera siendo la misma. "Vas a empapar la tapicería", creo que dice. En el hueco en la lluvia caben ya la espalda del bombero, las piernas no tan largas como para resultar intimidantes, su cintura. El tío no lleva puesto ni abrigo: acabo de descubrir que es mi hombre y ya me mata. "¿Cómo que qué de qué?", sigue mi compañero. Un gran mérito por mi parte, conseguir exasperar a una criatura mansa como un ternerito. "Que qué te han dicho". Eso, qué carajo me han dicho. Por suerte, una especie de sistema de alerta ha permanecido activo mientras mi inteligencia quedaba anulada. "Me ha dicho que... Que sí, que ahí es donde escalan, que se van a estar quietos, y que le diera mi teléfono para quedar con nosotros y que les enseñemos el Psilotum. Por si lo ven en algún otro sitio".

Es así cómo pasa. Cómo tu fragilidad se alía con la química erótica y te desarma y te vuelve a la vez poderosa. Cómo de repente tienes la corona de la belleza en tus manos y la pones en la cabeza equivocada. Cómo tu fantasía se escapa de tu cuerpo y te desdobla en personajes que, a diferencia de ti, sí que son perseguidos, descubiertos, besados y vueltos especiales. Y así es cómo una plantita ridícula se enreda con tu historia. Mi teléfono sonó un día. Era el bombero y la Botánica se la traía al pairo. Se preguntaba, con esa última sílaba suya aniñada y nociva, si querría ir con él al cine. Y fuimos. Me subió a su autocaravana. Oh, sí, también eso: justo lo que mi enajenación romántica necesitaba. Mi héroe de piel nobuk que callaba los aspectos más truculentos de su trabajo y vivía en una casa rodante. Otro día bebimos vino y me besó mientras nos refugiábamos de la lluvia. Necesité ocho meses para recuperarme. 

Y nunca lo llevé al cortado rocoso donde su grupo hacía prácticas de escalada, poniendo en peligro una población aislada y minúscula de uno de los helechos más singulares de la flora de Europa. Nunca me miró con ojos de carnívoro mientras yo le explicaba cómo distinguir el Psilotum nudum y por qué era tan importante. No fui capaz de provocarle ni ese ni ningún otro tipo de embeleso. Y lo que no pudo interesar a mi amor dejó por tanto de interesarme. Lo que no llegamos a compartir volvió a esfumarse tras la lluvia. Y es una pena, porque si hubiera podido contarle lo que ahora sé del Psilotum, si hubiera tenido la oportunidad de maravillarle en voz alta, pero sobre todo de maravillarme, aquella plantita ridícula y todas las demás plantas y todos aquellos paisajes hubieran seguido enredados en mi historia. 

viernes, 11 de noviembre de 2016

A lo mejor un prólogo

 
Ahora son sólo buitres, y en ese sólo hay muchos contrarios que se solapan. Un surfero y un monje budista. Una gallina y una alimaña. Repulsión y ternura. Tosquedad y gracia. Los he mirado a los ojos y he visto mansedumbre. He olido su aliento repulsivo que yo creo que les avergüenza. He admirado la distinción de su estola. Algo se me ha templado por dentro viéndolos arrellanarse en el aire, en movimiento pero tan quietos, girando en las circunvalaciones del cielo, sumisos y soberanos.

Ahora son sólo todo eso, pero entonces eran puro símbolo. En otro tiempo vi girar buitres sobre mi cabeza y ni se me ocurrió pensar en corrientes térmicas, plumas o nidos. Yo estaba enamorada y la realidad entera era un resumen de mi causa. Los árboles se callaban a mi paso. Todos los charcos eran espejos para mi cara triste. El desamor se parecía al paisaje: cortados de piedra blanca y alienígena que desafiaban la posibilidad de un camino; el bosque visto desde fuera, cerrando sobre sí mismo sus promesas. En la distancia no puedes imaginar siquiera las cristaleras de sol y sombra que oculta dentro de sí la masa de árboles, la red intrincada de conexiones, todos los seres que berrean y ululan y zumban. Alrededor campaban la misma soledad y el mismo rechazo que mi corazón sentía. Los buitres me estaban esperando.

A veces salía de mi casa cuando el dolor de desear se me subía a la garganta. Buscaba el paseo junto al río, que bajaba turbulento y feo porque no había parado de llover en varias semanas. Andaba y pisaba mi cara en los charcos. Si me quedaba un poco de brío, planeaba estrategias románticas. Casi siempre me llamaba cobarde. Era esa forma de amor arbitraria y autónoma que apenas necesita motivo. No deseaba exactamente a una persona sino estar dentro del bosque. Sentir intimidad y dejar de estar sola. Cuando todos los diálogos y todas las risas que no compartía, los abrazos y besos que no daba, los juegos sin compañeros hacían una bola y se me atragantaban, me sentaba debajo de un buen alcornoque y boqueaba y me compadecía de mí misma. A veces miraba el cielo y veía girar los buitres como manecillas de un reloj funesto. Yo era más joven y mucho más melodramática. Radicalmente subjetiva. Nada de lo que veía tenía entidad propia porque mi pena lo ensuciaba. No podía salir de mí para salvarme porque yo-yo-yo estaba en todo lo que veía.

Así que nunca podría haberme interesado por el Psilotum. Lo tenía justo ahí enfrente, en la orilla opuesta del río, una especie de hierba insignificante cuya nimiedad se perdía en un cortado rocoso. Desde luego que no era una hierba, eso hasta yo lo sabía, pero su singularidad, su inconcebible arcaismo eran incapaces de abrir una grieta en mi concha de desahuciada afectiva. Ahora que esa concha se ha hecho añicos, que he entrado en lo hondo del bosque, que sé que los buitres son pájaros nobles y no símbolos, me pregunto si mi soledad no se hubiera curado antes si, en vez de la huida, hubiera escogido la estrategia de la mujer cuyo nombre prácticamente se funde con aquel Psilotum. Una criatura solitaria y herida que salió de sí misma a través de las plantas.


https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/0/0b/Starr_030628-0095_Psilotum_nudum.jpg
Lo ves tan poquita cosa y no te haces una idea de su relevancia.

lunes, 7 de noviembre de 2016

Deshoras

Por un instante Concha siente que todo vuelve a derrumbarse, no como en un desprendimiento, cuando una sola piedra insignificante se escapa y al poco rueda la montaña entera, sino como cuando estalla una bomba en un barrio de protección oficial de una ciudad de provincias. Es la misma perplejidad, la misma sordera repentina, la misma ausencia de lugares donde agarrarse. Y otra vez es la misma estridencia de una llamada telefónica.

¿Di-diiga?, titubea. Algo que en otro tiempo debió de ser el corazón retumba brutalmente en sus sienes. Pero al otro lado una voz dulzona consigue abrirle las orejas. Hoola, buenass tardess, mi nombre es Estela, ¿sería posible hablar con el titular de esta línea? La normalidad flagrante de estas palabras pone a Concha en su tiempo y su sitio. Llamadas comerciales a la hora de la siesta. La Tierra sigue girando de forma obtusa. Las bombas estallan sólo en países de Oriente Medio cuyas fronteras siempre confunde. Le parece increíble que el teléfono haya podido despertarla: pensó que jamás podría volver a quedarse dormida así, en el sofá y a salto de mata, después de comer, como siempre, sin media pastilla siquiera. A lo mejor es un síntoma de que algo avanza.

Eeh, no, responde como puede. La voz de azúcar contraataca: ¿Acaso el titular de esta línea no es Don Luís Pacheco de la Hermosa? Concha se defiende: Sí, es mi marido. Pero ahora mismo no puede ponerse. Está.. en el trabajo. Ni ella misma ha podido darse cuenta de la pausa mínima que ha hecho en medio de esa frase. La amabilidad por contrato la desarma: ¿Entonces cuándo vendría bien que lo llamase?

Concha cuelga el teléfono como si alguien la estuviera teledirigiendo. ¿Reaccionarán los drones de alguna forma ante los lugares que sobrevuelan? A veces a ella le cuesta un buen rato poder interpretar sus actos. Mira, escucha, anda, responde. Todo en modo automático. No entiende cómo ha podido decir que sí, que vuelva a llamar sobre las ocho de la tarde. Habrán sido el sopor y la sorpresa. La violencia de que la hayan vuelto a sacar de la siesta y el alivio de que una tal Estela quiera venderles algo. La vida es todavía ese espacio en el que pueden negociarse algunas cosas. Salpicada de llamadas fastidiosas pero triviales.

Desde luego que Luís hubiera montado su número. Inmune a las vocales largas y a las voces dulces, habría colgado a la pobre chica. Pero es que él estaba acostumbrado a una vida fácil. Se indignaba por faltas de cortesía tan pasables como que te asalten con publicidad en tu propia casa y en horas de descanso. Nunca lo sacaron de la siesta para informarle de que su marido, lo siento mucho, señora, hemos hecho todo lo posible, se había matado en un accidente. Si Luís volviera esta tarde del trabajo, si hubiera conocido antes esa sordera repentina y absoluta, esa ausencia de asideros, la vida derrumbándose como cuando una bomba explota, tal vez entonces hubiera estado dispuesto a escuchar mansamente cualquier oferta que quisieran plantearle.


jueves, 3 de noviembre de 2016

Georgia o la virginidad

He venido a Georgia porque adoro ver películas sin tener ni idea de su argumento y hablar con gente de la que no sé nada de oídas.

Hice en casa una lista de posibles destinos de viaje. Ya sabes: Noruega, Laos, Sri Lanka. Eslovenia, Nueva Zelanda, Belice... Y me di cuenta de que ya tenía una imagen mental de todos esos lugares, y que viajar a ellos no iba a suponer mucho más que ratificarme. Dejémonos de romanticismo: equiparar viaje y descubrimiento es una cosa de otra era. Uno no viaja realmente para que le pongan patas arriba para siempre su artrítico esquema del mundo. Si fuera así nos compraríamos todos un billete de ida a Aleppo. Y en realidad llegamos a Cabo Verde o a Tanzania en busca de una versión light de lo exótico que rete pero no avasalle lo aprendido. ¿Te imaginas la decepción de pisar Cuba y conocer sólo con gente sosa?

Por eso te escribo desde Tiflis. Si me hubieran preguntado media hora antes de reservar el vuelo cuál es la capital de Georgia, hubiera respondido mmm, ¿Ereván? A mí las ciudades de esta parte del mundo me suenan todas a medicamentos. Tampoco hubiera ubicado exactamente el país en el mapa. Georgia, por ahí cerca de Irán y Rusia. ¿No? Pues no. El saldo de acierto de esa respuesta no pasa de un mediocre 50%. Búscalo en internet y sal de dudas. Definitivamente, no sabía nada de Georgia. Territorio virgen. On my mind, sólo la de Ray Charles. Pero ojo, no se te ocurra venir a este país y llamarlo Yoo'ya. Si te preocupa parecer un plebeyo.

Si no tenía mucha idea de su capital ni de la localización gruesa, imáginate del resto. Tiflis, colega: ahora me suena a nombre de rey élfico. He aquí las dimensiones de mi ignorancia: tiniebla absoluta acerca de la pinta de la gente. Musicalidad del idioma. Paisaje imperante. Comida. Nivel de desarrollo, signifique eso lo que signifique. Influencias. Traumas y orgullos de la historia. Lugares que sólo un imbécil pagado de sí mismo se perdería. Burdas pinceladas psicológicas.

¿Te digo la verdad? Esta geografía y yo aún no hemos consumado las nupcias. Llegué ayer a este hotel a última hora de la tarde, y hoy he preferido escribirte antes de salir para que no me des por desaparecida. Tengo wifi en mi habitación: nivel de desarrollo aceptable. Podría haberte avisado antes de despegar, pero prefería que no me abrieras camino con tu cultura. Recuerda: ni una palabra acerca de qué va la peli, ni una sola de tus opiniones sobre la catadura de Fulanito. Me habrías dicho: Caúcaso. Y yo ya llevaría en mí una expectativa medio erótica de montaña abrupta. Habrías dicho Cólquida: automáticamente me habría acordado de Medea y del vellocino de oro, y me decepcionaría no encontrarme mujeres con negros ojos de bruja. Habrías dicho algo sobre cierto pan plano relleno de queso, y ya andaría yo salivando antes de salir del avión, dispuesta a apostar que nunca he probado nada más genuino.

Así que Georgia sigue siendo virgen. Y yo que tengo todavía toda mi ignorancia encima, me siento inmaculada y pura. Esta nueva inocencia me excita, pero, qué quieres que te diga, todavía lo hace más desenvolver regalos, rasgar tinieblas, manchar lo blanco: aprender verdaderamente sin el lastre de las ideas preconcebidas.

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La puntita

martes, 1 de noviembre de 2016

Eso que sólo tú haces

 
Llega un momento en que por fin asumes que ciertos aspectos de ti no pueden corregirse. La forma de tu pelvis. La incapacidad de retener nombres a la primera. Comenzar explosivamente los planes y quedarte sin gas a medio camino. Levantarte abatida de la siesta. Aceptas tus taras de fábrica y entonces es como si te absolvieran. Le quitas la faja a tu propia imagen retocada y te responsabilizas honradamente de tus chapuzas. Recuerdas que la Venus de Milo no tiene brazos. Admites que con frases como la anterior sólo llegarás a dominar la escritura de autoayuda.

Yo, por ejemplo, asumo que nunca podré domesticar mi glotonería de libros. Nunca me comportaré sobriamente con los que me gustan. Nunca los digeriré por completo porque soy voraz con ellos y me los trago antes de masticarlos como es debido. Nunca leeré como si cada libro fuera el elegido para la estancia en la dichosa isla desierta. Nunca tomaré apuntes. Nunca sabré analizar con rigor por qué ese libro en concreto me dejó huella.

Así que si yo no fuera una yonqui y una descuidada, ahora podría echar mano de una cita. Acudiría a mi libreta de notas literarias y recuperaría un pasaje de Tom Spanbauer sobre los gestos que definen inequívocamente a cada persona. Ahora es el momento pasó por mi cama, por mi sofá, por mis playas y por mis campos, y volvió para siempre a la biblioteca. Ya sólo me quedan ese aire de amor de verano y mis palabras.

Ese pasaje en cuestión se me agarró adentro. Puede decirse que me dejó preñada y ahora es cuando he salido de cuentas. En él el narrador de la novela describe a su mejor amiga a través de una serie de gestos casi imperceptibles que únicamente hace ella. Una manera de fumar característica. Quizás una forma de reír como si algo se despeñase, como si la alegría se confundiera con la desesperación, o viceversa, y ambas hicieran eco en las tripas. No busquéis esto en el libro; es de mi cosecha.

Gestos sutiles. Ademanes que singularizan. Huellas dactilares de tu conducta. Ese conjunto de pequeñeces tan indudablemente propias que ni siquiera tú identificas. Me pareció tal expresión de amor: esa manera de mirar y entender a alguien como quien dice “te reconocería en cualquier situación como las madres de las manadas reconocen a sus crías”. Y me dejó un tanto noqueada. Porque me hizo caer en que mi atención también tiene taras. ¿Tengo yo acaso una mirada así de penetrante, capaz de empaparse así de la excepcionalidad ajena? ¿Podría reconocerte en medio de la muchedumbre o la niebla? ¿Podría salir de mí y darme cuenta de lo que solamente yo hago? Comprendí que me relaciono con el mundo como con mi espalda. Sé que sigue ahí y la observo lo justo.

Sé que Jose canturrea mientras se lava los dientes. Sé que mi madre anda con una verticalidad de otro planeta. Sé que mi padre come pescado como si lo hubiera criado un duque. Conozco los timbres inconfundibles de las gracietas de mi hermana. Sé que yo me toqueteo la cabeza cuando hablo por teléfono con quien no tengo confianza. ¿Sirven estas chorradas que veo para definirnos? ¿Basta mi atención mediocre para recolectar y revelar lo raro y asombroso y disperso que es estar vivo? ¿Hay en mí amor suficiente?

¿O a lo mejor la torpeza al mirar es otro de esos aspectos que ya no se arreglan?

sábado, 29 de octubre de 2016

El feo mármol



Un día de estos, mañana o pasado, se pondrán ropa de batalla e irán al cementerio con flores de mentira y estropajos. Yo no haré ni un comentario controvertido, diosmelibre, porque cada uno batalla con la disolución y el recuerdo como puede o le da la gana. Tampoco voy a pasarme de circunspecta. A lo mejor el día de los santos no trata siquiera de reglar de alguna manera lo ingobernable, de darle una pátina social a lo salvaje, o de asumir lo que personalmente no es digerible. A lo mejor esto tiene que ver con los muertos tanto como la merienda con el hambre. Mi galletita o mi fruta vespertina es una necesidad creada por mi madre que yo he mantenido por costumbre. Y limpiar lápidas un día señalado del año es una herencia que te ata a una madre concreta y que mantienes porque lo que crece en torno a ese vínculo fragua en cemento y es casi imposible arrancarlo.

No se me ocurrirá opinar que lo que impide que esa tradición se desmorone es el ojo de las vecinas. Ni diré que la limpieza en los pueblos es un asunto que Moisés debió de borrar accidentalmente de sus tablas. No polemizaré acerca de unos usos sociales que, aunque fariseos, no le hacen daño a nadie. Allá cada uno con su día de fiesta.

Pero a cambio espero que el que pregunta por mis tumbas no me mire como si mi corazón bombeara veneno de araña en vez de sangre. Yo no me sé el plano de ningún cementerio. No sé dónde mis abuelos están enterrados. Podría haber tenido alguna vez esa curiosidad, pero francamente querida. Las lápidas me parecen horrendas. Mi cerebro no sabe tratar de otra forma el asunto. Es incapaz de dotar de personalidad al mármol. Si un día terminara visitando esas tumbas, mi neutralidad me haría sentir tarada, o instintivamente se me ocurriría un chiste.

Qué poco familiar soy, me dicen. Pero esta indiferencia no tiene nada que ver con mis apellidos. Es simplemente que no soy necrófila. No me alimento sentimentalmente de carroña. Espero que esa palabra no ofenda. Es mi modo de expresar que el lugar que señala los huesos de mis parientes no es familiar conmigo. El mármol se interpone entre sus restos y mis vivencias. Aunque no haya casa más grande que la de la muerte, ese lugar marcado con sus nombres no me albergaría ni lo podría sentir como algo mío. Tal vez he visto en el trabajo demasiados animales muertos, en todos los estados de podredumbre posibles, como para concebir un tratamiento ritual de los restos.

El lugar de mis muertos, los que cuento por ahora y los que iré cosechando, está donde los tuve vivos. Su zumbido pervive en una esquina del pueblo, en el patio de su casa, en un portal de vecinos. En las cafetería donde merendábamos. En una caja de botones, en los limoneros del huerto, en una fuente para el asadillo. Y esos sitios yo, de vez en cuando, también los adorno y los limpio.

martes, 25 de octubre de 2016

O a una fórmula química


Se me está secando la inspiración de tal forma que, en busca de algo que echarme a la boca, he llegado hasta Australia. Puede que, como Colón, haya equivocado la ruta, porque Australia no parece el lugar más húmedo del mundo. ¿Qué podría ofrecerme un continente que parece un sucedáneo, que mi imaginación confunde con otros muchos sitios? Con el delirio rojo de las tardes en Tanzania; con el Caribe esquemático; con el músculo tostado de California; con el polvo en las botas de cuero y los mugidos del Oeste americano; con el té de las cinco. Aunque a lo mejor, como Colón, me he equivocado de plano y he llegado adonde necesitaba.

El lugar es árido y marrón, como corresponde, y tiene una ausencia de ornamento que se pega a la garganta. Precisamente se trata de eso. Es una librería de aquel país Frankestein que elimina la atracción estética como motivo para elegir libros. Las cubiertas están tapadas con un burka de papel de estraza. Los títulos son prescindibles. Intransigencia de lo austero. Delirio de la democracia. Ningún libro merece que lo rescates del magma literario sólo porque es llamativo. El libro no debe ser un objeto que decore. La belleza del pavo real no hace caldo. El placer de tu ojo es un vicio. Que un título te embauque se parece a que te vayas de la discoteca con el primero que te diga guapa.

Entonces, ¿cómo eliges? Cada libro tiene marcado su riguroso hábito con cinco o seis pistas. Con esa combinación la historia se abre como una caja fuerte. Tú compras justo los nutrientes que en ese momento tu emoción necesita, por ejemplo: segunda guerra mundial / Viena / amor traicionado / terror psicológico / ciegos. Si esa mezcla te quita el hambre, adelante. Esto va de alimentarse decentemente y huir de las calorías vacías. Se acabó comer con la vista. Págalo y sólo entonces podrás desenmascarar el libro. No te decepciones si encuentras la nariz de Cyrano. Este no es país para superficiales.

¿Habrá algo para mí si busco: paisaje / franqueza / amistad / humor / albedrío ?

¿Imaginación brutal / llegar a casa / salvaje / gente corriente / amor inclasificable ?


¿Y tú, encontrarás lo que buscas? ¿Qué aminoácidos y vitaminas necesitas? ¿Existirán esos libros que se ajustan a nosotros como zapatos caros o dietas de nutricionista?


A lo mejor sí. A lo mejor no, si no los escribimos. Pero a mí me da que la literatura elegida así, sin dejarte seducir por la apariencia, sin intuición o frivolidad, sin la glotonería del ojo, se parece bastante a una dieta en pastillas.


sábado, 22 de octubre de 2016

La distancia adecuada*

 
Coño. No hay palabra mejor para nombrarlo. Todas las demás son ridículas, infantiles o merecedoras de un guantazo. La costumbre tiene la culpa de que no sea palabra bonita. No es tan diferente de paño. Y sin embargo, esta sí aparece en mi diccionario de sinónimos. El triángulo que corona tus piernas no merece un puesto entre los asuntos que se nombran de cinco o diez formas inocuas.

Pero cuando un coño desconocido invade tu campo visual no te pones exquisita con semánticas. Uno veterano y frondoso que recuerda a las parcelas cuyo cultivo se abandona y que el matorral recupera. A la distancia de un palmo cuesta imaginar que un pedazo de pelo crespo cargue con el peso de tanta literatura y tanta leyenda negra. Que se le dediquen suspiros, poemas, insultos y chistes verdes. Este no me parece amenazador o mítico. Solamente está demasiado cerca.

Y no es que me suponga un gran problema. Si tras desatarme las zapatillas y recuperar la vertical me diera de bruces con cualquier otro trozo humano sentiría igualmente que mi espacio propio se ha confundido más de la cuenta con el del vecindario. En realidad prefiero toparme con un coño que con un talón calcáreo o una señora que se corta las uñas. Me gusta haberme colocado en una coordenada vital en la que no caben remilgos físicos. Pero también me gusta que el prójimo no me tome al asalto si no es necesario.

Y en el vestuario de un gimnasio a veces el prójimo asedia. De repente el sujetador empapado que acabo de quitarme hace juego con unas bragas ajenas. Hay otro par de zapatillas donde me tocaba poner las mías. Una mujer le cuenta a otra cómo espía los chats de Whatsapp de su inminente exnovio. Una cicatriz se lleva por delante las ínfimas ganas que hubiera podido tener de operarme las tetas. Una bolsa deportiva gigantesca me hace desear que se extingan los pumas.

Interacciones que sacan tu lado felino y arrancan de tu garganta un bufido casi audible. Si no tuvieras cierta conciencia de tus gestos fulminarías con la mirada como Medusa. Defenderías tu territorio a topetazos. En lugar de eso decides hacer un ejercicio de paciencia. También en la región del cerebro que dirige la interacción social tendrás agujetas mañana.

Lo haces porque sabes que buena parte del drama humano se basa en la difícil dosificación de las distancias. En Oriente Próximo como en tu casa. Amantes que están demasiado lejos. Parejas que se han cargado todas las fronteras y de vez en cuando desean emprender su brexit y suspender todos los tratados. Padres que no dicen nada de su infancia. Cercanías postizas. Intimidades que no se crean. Vecinos que saben demasiado. Caracteres tan invasivos que alzan una pata y se mean en tu silencio. Deseo inútiles que te queman. Vecinos que sólo se enteran de la soledad que había tras el tabique cuando un cadáver apesta. Alguien que tropieza contigo y te confunde con una farola. Alguien que se marcha y convierte la lejanía en nunca. Cuerpos tan próximos e infranqueables como maniquíes. Coños en primer plano que no cuentan nada de ardor o de niños.

Manejamos tan mal los espacios relativos que la tribu se devoraría a sí misma sin pequeños ejercicios de tolerancia.


*Esta canción. Es como cuando te duchas y  te das cuenta sólo entonces de que tienes las piernas arañadas.