sábado, 27 de mayo de 2017

Greenery


Pantone® ha decidido que el color del 2017 es un tono de verde amarillento que ha dado en bautizar como greenery, traducido como follaje, vegetación: el verdor entendido como cualidad teórica del paisaje, como cosa que se menciona al bulto porque el detalle no interesa. Categorías que ni huelen ni pinchan ni te manchan la ropa porque no te puedes sentar en ellas. Yo prefiero traducirla libremente como reverdecer, porque según los cursis de Pantone®, el greenery “evoca los primeros días de la primavera, cuando la naturaleza revive, se restaura y renueva”. Y nena, necesitas vestirte de verde, ponerle un toque lozano a los chismes que vamos a venderte, si lo quieres es sobrevivir en este angustioso y convulso planeta.

Imagino esa reunión en la que se decreta el color del año. La petulancia convertida en uno de los elementos constituyentes de la atmósfera. El hombre sensible entre mujeres, matizando histéricamente los tonos de la paleta e inventando nombres imposibles para mearse en el cliché de que los hombres son ciegos a las sutilidades. Esa presunción de saber que influyes, porque ¿cuántas veces no te has paseado por los obedientes pasillos de Zara y H&M y te has sentido el líder espiritual de la tonalidad de la masa? ¿No le has puesto un mote ñoño a cualquier rosa y lo has vendido sutilmente como un arma de dulzura? ¿No has intentado convencernos de que el color, tu color, puede compensar una realidad sombría?

Al margen de lo tenebroso que me resulta que una empresa se erija en árbitro y ministro de la luz que reflejan las cosas, me pregunto: la teoría del color ¿es o no una paparrucha? Cuando contemplo una hoja tierna atravesada por el sol, ¿se alegra realmente y vibra en una longitud de onda particular el fondo de mis células? Veo un cielo blanquecino y digo pesadez y pellizco, pero ¿hay una relación directa entre color y corazón, o es que mi mente se ha colado entre medias? ¿Se vinculan mis emociones a la energía que la realidad emite? ¿Hay un flujo de ondas o electrones entre mi pena y mi placer y todo lo que me rodea? Ciprés oscuro, bolso naranja, aire recalentado, quejigo en el recuerdo, runrún de la nevera. 

National Geographic, mi amor y agradecimiento hacia tu generosidad no decae  No me vas a denunciar, ¿verdad?
 

La mujer de esta foto me ofrece su respuesta. Ella es su propio Pantone, ella elige y dicta el color que ha de adoptar el mundo. ¿Tuvo siempre los ojos verdes o es que se le han teñido por transferencia? Pinta las paredes y se viste según un patrón casi religioso. Tiene una moral cromática: ve verde, siente verde, cree en verde y manipula la realidad para que interior y exterior sean una misma cosa. ¿Por qué me emociona su veredicto? Pues porque esta mujer sufre demencia. Su memoria declina y el individuo que ha sido se pierde, mientras su mirada y ella misma se transforman en otra cosa. Un latido verde, una radiación, un tipo distinto, inaccesible para el resto, de experiencia. Quien la ha retratado dice, refiriéndose a los enfermos de Alzheimer: “cuando ellos no pueden seguir viviendo en nuestro mundo, nosotros tenemos que vivir en el suyo; es más facil para ellos y para nosotros”. Me parece tan sabio, tan hermoso, tan definitivo a la hora de construir relaciones, que con gusto accedería a ese reverdecer, a ese vibrar íntimamente al mismo compás que el mundo. Con gusto me vestiría y pintaría mis paredes y dejaría que los ojos se me tiñeran de greenery.


lunes, 22 de mayo de 2017

La savia parada (21)

 
Creyó tal vez que la guerra lo cambiaría todo. Que arrasaría su vida y encontraría en la ruina algún tipo de forma. Betty, buena chica, cuerpo endeble, hija de su madre antes que ninguna otra cosa, desaparecería como tantos buenos chicos enviados al frente. El tedio saltaría por los aires. Lo visceral quedaría por fin expuesto. Su verdad candente escondida tras ropas grises. A los treinta años Betty era un fruto maduro que empieza a fermentar antes de caerse del árbol. No había a la vista ser o periplo que la devorase y pudiese transportar su semilla, lejos, lo más lejos posible de la rama en la que se pudría.

Pero Nueva Zelanda era como el Plutón de las pasiones. La pura definición de la periferia. Sí, los aviones japoneses zanganeaban de vez en cuando por los cielos estrechos de Wellington y Auckland, tan altos, tan inconstantes, que la amenaza de invasión apenas conseguía arrancarte de la somnolencia. Sí, la guerra hizo mella en las importaciones, pero qué épica podía haber en las cartillas de racionamiento y en las colas. Recostada en el interior del camión que le habían asignado, Betty consideraba que la guerra allí no era más que monotonía en uniforme. De la fábrica de mantas a la base aérea, de la base al puerto, del puerto a la fábrica de galletas. Facturas, albaranes, bostezos. Esperas y prisas. Ni un bache en las carreteras. Alguien a quien conocía fue movilizado a la campaña del norte de África. Un bueno chico aburrido con un futuro ligado naturalmente a la cría de ovejas. Si en su momento Betty le hubiera dicho sí, ahora tendría al menos un nombre por el que preocuparse, su ración propia de drama.

Le dijo que no y cuando lo mataron no tuvo siquiera derecho al luto. Nada de lo que pasaba en el mundo parecía tocarla. La pena era esa cosa sin esqueleto instalada en la mente y no en el pecho. Una emoción a la que tenía que obligarse. La expectación bélica declinó pronto, incumpliendo sus promesas: ruina y regeneración; arrebato y cambio. Berlín y Japón no se habían rendido aún y Betty volvió a ser transplantada al Museo de Auckland. A veces fantaseaba con que todo lo que le ocurría, y sobre todo lo que dejaba de ocurrirle, era producto de un encanto. El aire se blindaba cada vez que intentaba abandonar el país para siempre, la vida plana que le ofrecía. ¿Su madre era la bruja del cuento? Demente y bella como la madrasta de Blancanieves, bromeaba para sí misma. ¿Era Lucy Cranwell una de sus secuaces?

Lucy, siempre Lucy. Su modelo y su afrenta. La mujer odiosa de tan admirable. Si nada parecía tocar a Betty, Lucy conseguía moldear el mundo. Todos los soldados aliados destinados al frente del Pacífico atesoraban en su petate un folleto que ella había escrito. Un compendio de alimentos silvestres que en caso de ser derribados, podrían mantenerlos con vida en la jungla. Lucy guía y brújula, chispa vital, hada buena. Lucy ganando siempre en velocidad, adelantándose. En 1943 volvió a crearse a sí misma y se casó de forma intempestiva con un capitán americano. Un año más tarde ya se había mudado a Tucson. El aire abría pasillos para ella en vez de blindarse.

Y Betty fue la elegida para sustituirla en el puesto de conservadora botánica de un museo que conocía de sobra. ¿Tenía acaso que alegrarse? ¿Por volver a Auckland, tan cerca de su madre? ¿Por seguir la estela de Lucy? ¿Por la pequeñez y el encierro y las excursiones para señoritas y niños? ¿Tenía que darse por satisfecha con el éxito de la muestra floral que Lucy había instaurado y Betty organizaba dócilmente tras su marcha? Flores cortadas. Especímenes pardos entre papel secante. Habitaciones sin ventanas. ¿Cuándo iba a empezar a correr la savia?

viernes, 19 de mayo de 2017

Mi cortafuegos

 
Muchas veces no sé qué hacer con esto. Con la alegría. Con las palabras. No entiendo muy bien cómo han llegado a convertirse en parientes, pero así ha sucedido.

Primero vinieron las ganas de contar y de soltar, de absorber y de ceder, de libar belleza y dulzura y veneno en estado bruto para después devolver algo comestible. De la mano de las ganas, la atención a lo que está fuera de mí y también dentro, y la comprensión de que no son territorios tan dispares, y de que el cráneo y la piel son más permeables de lo que parece. Espié cómo actúa el filtro de la mente y pensé ah, cabrón, ah, tramposo, ah, pobrecito. Y entonces fue llegando la reconciliación: entre lo que pensaba que debía ser la realidad y lo que es; entre mis ganas imprecisas y yo misma. De ahí a la alegría quedaban unos metros, fáciles de superar con un salto. Es lo que hice y es lo que hago, porque soy un animal comodón por naturaleza, y porque a la vida quiero verle todavía menos inconvenientes que ventajas.

No creas que me engaño. Sé tan bien como cualquiera que, vista con instrumentos de precisión, un microscopio o un catalejo, cualquier biografía es susceptible de hacerte enarcar una ceja. Tanto afán, tanto apremio. Tanto dolor, tanta miseria. Tanto desamor, tan poca inocencia. Respirar mata, el ADN te traiciona. Nadie habla verdaderamente tu lengua. La mezquindad campa a sus anchas. La decencia es pose o artículo de lujo. Toda realidad es interpretable y todo generalmente se malinterpreta.

De todo eso me protejo con mi cortafuegos de alegría y palabras. Procuro moverme desnuda, curiosa y simple por este mundo sucio. Pero ¿con eso basta? A mí me viene bien, desde luego, pero yo ya he dejado de pensarme exclusivamente como un individuo. El afán ajeno me consume. Tu dolor me hace tanto daño. Cada tara en el amor de la que soy testigo se suma a mis propias taras. La mezquindad de los demás me salpica. Tu ego invoca a mi ego y termina sacándolo medio podrido de donde lo había enterrado. No soy capaz de sobrevivir sola en mi isla de calma. Conjugar los verbos del vivir en primera persona es una trampa.

¿Cómo colectivizo entonces la sonrisa a prueba de ruina? ¿Qué palabra ofrezco? Si es que las palabras sirven de algo. Si funcionan mejor que una tirita taponando un tajo en el cuello. A veces intento encontrar un consuelo hablado para el mal o el fracaso ajenos. Y casi siempre me siento una boba bienintencionada, qué combinación medio odiosa. ¿Cómo puede curar mi discurso improvisado a un discurso mental tuyo que llevará fraguándose años? ¿Cómo puedo convencerte de que esto es verde y no rojo? ¿Cómo convencerte de que si tu impotencia fluye en mi dirección, también puede fluir hacia ti mi alegría? ¿Qué te digo para que confíes en que sigue habiendo ventajas?

lunes, 15 de mayo de 2017

Wanna Hug*

 
Mi amiga a la que sólo abrazo con palabras y yo nos escribimos cartas. Empezamos cruzando correos electrónicos y después, como una forma de rito, nos pasamos al papel. La tinta. Los sellos que ya no dejan un sabor amargo en la boca porque ya no hace falta chuparlos. Los sobres: entro en el estanco con la leve zozobra de los actos inusuales, casi como si fuera a comprar la píldora del día después. Los buzones siempre ponen a prueba mi confianza, y siempre se la ganan. Entrego mi carta y me encomiendo al buen hacer de alguien. Es una labor cuajada de huellas, una interacción en la que intervienen manos. Cuando hay manos de por medio, hay un plus de calor, una recuperación de la solidez.

No conozco la estatura de mi amiga, las cambios que la risa produce en su cara. No he escuchado su voz ni su acento, ni me ha llegado su olor, aunque yo lo imagino como una mezcla de hierba mañanera y pan tibio. Con semejante falta de datos, ni siquiera sé si tengo derecho a llamarla amiga. Nunca he besado sus mejillas ni la he abrazado. Y a pesar de que nuestra simpatía es intangible, nos enviamos materia escrita de una parte a otra del país. Como si nos lanzáramos salvavidas para no naufragar en el mar sin sustancia que amenaza con tragarnos. Una forma bastante cándida de intentar nivelar la balanza inclinada sí o sí a favor de las realidades virtuales.

¿Nostalgia de un mundo moribundo? Sin duda. Las cosas físicas declinan. Monedas, nóminas y facturas, libros y cuadernos de campo, amistades y música; mapas de carretera, álbumes de fotos, aparatos que funcionan a pilas, guías de viaje, fuego en las cocinas. Claro que podemos pasar sin todo eso. Lo sólido es un engorro. La mente no necesita alimentos materiales para crecer y multiplicarse. Yo odiaría volver a los bancos para hacer transferencias. El corazón me dolería si tuviera que renunciar a mis fuentes de música emancipadas del disco. Y si ya no me leyera nadie a través de este blog... Seguiría saliendo alegre al mundo y encontrándolo extraño, voraz o deslumbrante, pero siempre miraría a mi alrededor con la esperanza de tener cerca a alguien a quien señalárselo. Me sentiría el último mohicano.

Hacer los deberes de niña, tomar apuntes en la universidad, escribirlo todo a mano, me formó un tremendo callo en el dedo anular que con los años y los teclados se ha ido desintegrando. No lo echo de menos en absoluto. Y sin embargo, cuando un ataque informático global nos estremece y nos pone a las puertas de una distopía sin dinero, ni electricidad ni memoria personal ni vínculos, mi hambre de materia se renueva. Libros acariciables. Letra manuscrita. La voz seguida de aliento. El dedo que señala al pájaro. Manos que haciendo cosas se transforman. Abrazos.

Y me pregunto si habrá alguna otra forma cándida de equilibrar la balanza. Si todavía hay tiempo de corregir paradojas: confiar en un mundo fácil pero vulnerable. Guardar mi corazón en un disco duro que no entiendo, como tampoco entiendo a mi cerebro, y esperar que se quedé siempre ahí, bien fresco y a mi disposición. Mandar adonde quiera mi voz de manera que conserve algo de cuerpo. Estar allí contigo, lejos, a través de una pantalla, y que a la vez haya un flujo de calor. Abrazar con palabras y que eso sea otra forma de materia.


(* Hug = abraz0, anglófobos. Mi versión del virus. Ya podéis ponerlo a rular por vuestros equipos en red )


jueves, 11 de mayo de 2017

Carta a quien no me influyó

 
Estimado señor de la Fuente:

Disculpe que no me dirija a usted usando su nombre propio, ni mucho menos lo llame amigo. No creo que pueda permitirme esas confianzas, porque aunque yo sepa quién es usted desde siempre, ninguno de los dos hemos tenido la oportunidad de que dirigiera mi vida de algún modo o la cambiase. No crea que no me entristece. Pienso en lo cerca que está usted del corazón de mucha gente a la que quiero y admiro; hago cuentas de las veces que me han dicho que una trayectoria sólida de amor a la naturaleza fue catalizada por su presencia rotunda y su obra; e inevitablemente siento la nostalgia de quien se ha enterado demasiado tarde de la celebración de una fiesta.

Pasa que nací sólo unos cuantos años después de lo debido. Pasa que usted murió prematuramente cuando yo no llevaba más que quince meses en este abigarrado y paradójico planeta. Pasa que usted es la conmoción y la leyenda de otros, y no mis propias conmoción y leyenda. Le tengo un respeto aprendido y un cariño de prestado. Sentimientos de los que seguramente carecería si no fuera por sus intermediarios. Lo quiero a usted como se quiere a las chancletas de una madre, al pijama del marido, a los Sandokán y Naranjito y Petrovic que hicieron vibrar a mis íntimos. Su presencia en mi vida es un agradable ruido de fondo, una canción del verano, una impregnación tan larga que pasa desapercibida. Una caricatura, incluso. No hay antes y después de usted. No hay boca abierta delante de la tele ni ojos improntados.

Y lo lamento, nuevamente. Siento la congoja que quizás deben de sentir los hijos cosechados en un banco de esperma. Mi vocación naturalista tiene uno entre cien mil padres desconocidos. El cruce efímero de biografías no me ha permitido ser su huérfana. Y créame que yo vengo necesitando una figura poderosa que me encauce. Esa vocación es segura pero tardía. Han tenido que caer muchas hojas y volver muchas primaveras para que la forma de mi amor se revelase.

Por eso ahora me encuentro con que tengo malformaciones de crecimiento. Desconozco tantas cosas: tantos actores, tantos vínculos, tantos porqués y tantos nombres. Antes pensaba que la taxonomía carecía de importancia, que acumular especies cifradas en una lengua muerta, de plantas, de pájaros, de insectos, era una variedad blanda y benigna del síndrome de Diógenes. Ya no soy tan arrogante. Ponerle un nombre a cada cosa es una tarea de Adanes. Lo dice la Biblia, y aunque para mí eso no sea un refrendo, sí que es una fuente de belleza. El canto del reyezuelo sencillo es distinto del canto del reyezuelo listado. El sábado pasado me lo enseñaron. En otro tiempo hubiera dicho pues vale. Ahora sé que el hecho de que cada cosa se llame de un modo farragoso significa que el ojo y la memoria aprecian la diferencia y el matiz, y por tanto, la chalada exuberancia de la naturaleza. No hay necesidad ninguna de que haya siete especies distintas de reyezuelos, pero puesto que el arrollador brío de la evolución ha sido maníaticamente capaz de imaginarlos, sí es un acto de admiración poder distinguirlos. Es necesario.

Pero dime, Félix, ¿quién me cataliza a mí? ¿Y de dónde saco yo ahora un tutor que me corrija las deformidades? ¿Qué leo, a quién acudo? ¿Quiénes son los guardianes de los nombres? ¿Quién podría secar mis lagunas sin marchitarme?

¿Podrías tú mandarme una bibliografía desde el lugar que seguro que compartes con los animales muertos malamente, de forma prematura? ¿Eh, amigo?

domingo, 7 de mayo de 2017

Entregada


¿Sabes cuando una canción encaja tan perfectamente en una hora y en un paisaje que es como si de repente algo que no te da vergüenza llamar dios - porque de repente ya no hay vergüenza  - se hubiera curado de su ataque secular de mutismo?

¿Sabes cuando entre canción, paisaje y corazón se forma un triángulo de amor perfecto? Cuando vas conduciendo y te recuestas de tal modo en esa cama que estrellarte contra un camión que misteriosamente ha dejado de estar lejos no te parece tan mala opción.

¿Sabes cuando te dispersas y te fundes y ya no hay manera de distinguir biografía y espacio? Cuando tu nombre se convierte en toponimia. Cuando puedes leer un bar de carretera, un prado, un polígono industrial, una vía de tren, un cerro quemado, un arroyo, como tus propios capítulos. 

¿Sabes olvidarte de ti mismo y no saber después dónde te has puesto y no encontrarte de ningún modo y encogerte de hombros y decirte bah, ya apareceré por algún sitio? ¿Sabes cuando la travesura de no asomar por tu propia mente te tienta?

¿Sabes cuando dejas de enfocarte de esa forma obsesiva? Cuando desatiendes tanto tu posición y tus defensas que la realidad se propaga dentro de ti como una enfermedad nueva. Cuando ya no eres memoria y hambre sino árbol, hoja nueva, insecto alojado en la agalla, helecho sobre el tronco, micelio, espora. Cuando embarrarte los calcetines dentro de las botas no te incomoda porque también eres el barro.


Mi retrato


¿Sabes cuando la importancia que te das se desvanece y el talento obvio de los demás ya no ofende a tu autoestima? Cuando la belleza ajena te adorna. Cuando ya no hay agravio comparativo. Cuando no envidias más porque tú ya no eres un ego encerrado en una celda de hueso sino una esponja, y no siendo alguien eres cualquier cosa .

¿Sabes cuando por fin, por fin, entiendes de veras que no importa qué sino cómo? Cuando te das cuenta de que cualquier cosa que hagas estará bien siempre que las hagas con amabilidad y entrega.

jueves, 4 de mayo de 2017

El hábito de sobrevivir (20)

Soñaba, claro, quizás no más que cualquier persona. Grandes sueños barrocos como cumulonimbos. Se soñaba a sí misma como una heroína de incógnito, el rey que vestido de mendigo se mezcla con sus súbditos. Imaginó, mientras se ahogaba en la pena blanca del hospital para tuberculosos, que en realidad ella era Anastasia, gran duquesa rusa, fugitiva de la fosa de los Romanov. Oyó voces que le susurraban eres radiante, eres hermosa, eres digna. No pensó que su cerebro seductor la engañase.

Soñó que finalmente zarpaba, no en aquel barco que debía circunnavegar el cabo de Hornos, sino en el Rangitane. La travesía a través del canal de Panamá no era habitualmente tan arriesgada como la que había de llevársela para siempre de Nueva Zelanda, con una fiesta de torbellinos, adrenalina y borrascas haciéndole coros a su despedida triunfante. Ah, pero el Rangitane, que sí había conseguido hacerse a la mar en guerra, tuvo la discutible desdicha de ser interceptado por una escuadra alemana. Soñó que ella estaba allí, la noche encendiéndose con bengalas y algún otro tipo menos inocente de fuegos artificiales, oficiales nazis al abordaje, ladrando, damas con ataques de nervios, capitanes insensatos. Contempló cómo el barco se hundía desde la cubierta de un buque enemigo, envuelta en una manta. Se convirtió en prisionera, hermosa en el hambre y el aplomo, digna, radiante. Repartió ánimos, entretuvo a mujeres y niños en el campo de detención de Nauru, enseñándoles nombres de plantas. Miró y fue mirada a los ojos por hombres a los que la guerra había desprovisto de modales. Fue liberada en Emirau, Papúa, y rescatada por los australianos. Después, cualquier hazaña, cualquier periplo que no terminase en los puertos de Wellington o Auckland. Gigante y sola o ataviada con el romance.

Una y otra vez Betty se soñó como superviviente. Cómo podría haber imaginado otra cosa, si su infancia y su juventud fueron un ir superando trances. Sus pulmones, su abandono, su desolación de paria. Su retraimiento, su falta de perspectivas, su educación robada. El terror a convertirse en el títere de su madre. Y a pesar de sobrevivir mejor o peor a tantas amenazas, siguió sintiendo que la camisa se le quedaba estrecha. Estalló la guerra, quedó varada, desesperó. Y en vez de resignarse al hecho de que su futuro había vuelto a ser saboteado, siguió soñando. Como no se le ocurría otro argumento decidió alistarse.

Qué ventolera, Betty, qué locura. Sólo había que verte para comprender que esta vez la sensatez estaba de parte de tu madre. Que montó en cólera y puso trabas, y movió hilos y habló con quien estuvo en su mano para que no te aceptasen. No eras precisamente la imagen de la fortaleza. Demasiado enjuta, demasiado...tísica. Pero la oposición de Nellie Maud se había convertido para ti en una forma de gasolina. Y te empeñaste. Puede que enredaras de alguna forma al médico militar que había de evaluarte. Le dijiste que el día anterior habías subido una montaña, y que por eso te faltaba un poco el resuello y, caramba, es verdad que lo habías hecho, y que acudiste con la cadera lesionada. La prueba física fue un suplicio, pero te las apañaste para evitar una radiografía pulmonar que te hubiera mandado directamente a casa. Y te fuiste de allí con tu uniforme azul de la Women’s Auxiliary Air Force. Tu madre no logró que te declararan inválida hasta el último año de la guerra. 

Resultado de imagen de Women’s Auxiliary Air Force new zealand
Gracias por el glamour

Hasta entonces condujiste camiones de base en base. Te echaste a los caminos, aprendiste a domar motores a la fuerza. Alguna vez el cielo se oscureció con siluetas de aviones japoneses y temiste saltar por los aires. Alguna vez miraste a los ojos de hombres a los que la guerra había liberado de modales. Quizás alguna vez pensaste que ojalá Holloway te viese. En tus días libres te ibas por ahí a buscar plantas, porque una base aérea no es un hogar y te podía la nostalgia.

Pero volviste a sobrevivir. Y no estabas soñando.

lunes, 1 de mayo de 2017

El silencio llama al silencio

Domingo, sies y media de la tarde. La barriga llena de té y manzana. Articulaciones a punto de montarme una huelga, reivindicando su derecho al descanso. Mi cerebro supura igual que el huerto empapado, porque cuando leo en casa de mi padre me dan ataques de bulimia. Todo eso tengo. Más un sofá. Y tiempo por delante. Llevo una vida rica.

El aburrimiento y yo coqueteamos. No muy seriamente. Él sabe que voy a dejarlo pavonearse y que a la hora del sí o no, se quedará con las ganas. Yo sé que el aburrimiento tiene cosas interesantes que decir, pero que con él es mejor no llegar a intimidades. Habitualmente lo esquivo, pero no me acobarda. Hoy me está rondando. Veremos si me convence de que vale la pena entregarse.

Un sofá en el que no pasa nada, no se lee, no se abraza o se besa, no se ven películas, recuerda a un vagón de tren. Se trata de tumbarte y no intervenir activamente en el curso del mundo. Las imágenes del paisaje mental se suceden y se sustituyen unas a otras sin cortes ni interrupciones, a veces a demasiada velocidad como para que puedas juzgarlas; otras a un ritmo cadencioso, traqueteante, el tren casi parando y tú con la tentación de bajarte en esa estación que no es la tuya. Tienes que resistirla y continuar el viaje. Seguir pasando sin aferrarte mediante la identificación o la crítica.

Un sofá es un observatorio ornitológico, una buena parada donde practicar la escucha. Mi cráneo es una camára ecoica. Esta misma tarde he aprendido qué es eso: un lugar en el que el sonido reverbera al máximo. Olas de ruido de diferentes direcciones que se cruzan entre sí y amenazan con ahogar los mensajes importantes. Sigo oyendo ecos de lo leído, lo pensado y lo experimentado, repasando grabaciones de mis cámaras de videovigilancia, aburriéndome y deseando hacer algo. Todo eso junto es ruido. Mi cuerpo tumbado, la polifonía del presente: los mensajes. Dolor de rodilla, rachas de viento, mirlos histriónicos, un rodar de coches en la autovía que procuro equiparar al oleaje del mar cercano. Qué complicado, oír sin filtrar los sonidos por el tamiz de la mente. Atender sin la intermediación de ese intrigante diplomático.

Leí esto, por ejemplo: “El ruido llama al ruido, y el silencio, a más silencio. Incluso los pájaros pían más alto en las ciudades para hacerse oír entre sus congéneres". Ecos de piedad e inquina rebotan en mi cráneo como bolas de pinball. La mente llama a más mente. Pobre de mí, pobres pájaros. Estoy a punto de bajarme en cada estación, enredarme en cada idea. La ciudad allá lejos pero inminente, mostrando sus fauces. La viejísima vocación de poner la vida patas arriba a cada poco y cambiar de escenario. Todo eso me incumbe, pero mientras sigo tumbada en el sofá sólo es ruido. Continúo mi viaje.

Rodilla, viento, mirlos y coches, runrún mental. Escucho. Atiendo, dejo pasar. “El ruido es todo sonido no deseado”. ¿Y el silencio? Tal vez estar presente, sin deseos, sin censuras. Hubo un momento en que en mi cráneo se oyó un me aburro. Y me entregué a esa realidad sin tratar de escaparme. Seguí escuchando. Valió la pena, la verdad.

viernes, 28 de abril de 2017

La hija que no pudo ser (19)

Eres un ser humano y, por tanto, uno de tus quehaceres es añorar las vidas que te has dejado en los desvíos. Decide tú mismo si ese quehacer es un desahogo o un lastre. Yo, por mi parte, no creo haber sacrificado demasiados de mis avatares, al menos de forma consciente. Ni creo que las alternativas pudieran haberme llevado a un sitio más digno. Así que el ejercicio no me hace ningún daño. Sin embargo, al pensar en las razones últimas que decantaron mi historia hacia quien voy siendo ahora, me da la impresión de que éstas han sido un poco triviales. Nací en una coordenada y en un tiempo agradecidos. Más que los grandes sucesos, me han construido la inercia, la indecisión propia, el goteo incansable del paisaje en mi conciencia, los enamoramientos fallidos, el azar de encontrar en aquel lugar a aquella persona.

En cambio, Betty Molesworth podría haber llorado a quien no fue sin miedo a hacerse luego reproches. Escribir sus biografías fantasma sí hubiera sido para ella un lastre, porque su dolor de hija no se curó nunca, ni con la distancia ni con la vocación de olvido. Más de una y más de cien veces consideró que ese accidente radical de salir de un vientre concreto podía y debía ser corregido. Se imaginó a sí misma como una niña de cuento que al nacer es fatalmente arrancada de un destino radiante, y que tras una sucesión de peligros y aventuras es devuelta a la posición que por justicia le corresponde. Lo que a ella le tocaba era dar con otra madre, una amorosa y comprensiva, una verdadera madre que sustituyese a Nellie Maud, la mujer que circunstancialmente la había parido. Hubo momentos en que creyó encontrarla en la figura de Mrs. Mortimer. La dulce, sólida institutriz que le enseñó a recibir abrazos y le recriminó más de una vez a su madre lo desastrada y falta de pulir que andaba la niña.

Pero sin duda la tía Gwen fue su principal candidata. Se parecía tanto a su padre. Y vivía tan lejos de Nellie, allá en Inglaterra, donde la nostalgia de una patria en la que nunca has puesto los pies no tiene ningún sentido. Con esa otra madre, en un lugar menos rústico, Betty podría haber sido alguien. ¿Quién, exactamente? Ay, si cada uno supiera responder a esa pregunta clave. Quizás todo lo que ella deseaba era que la aceptasen, y que ese poder que da el amor de los otros llegara a convertirla en un ser confiado y fuerte.

Estuvo a punto de conseguirlo. Pero de su avatar de hija bienvenida no la apartaron, como a mí o a ti, razones triviales. Betty nunca podría afearse a sí misma no haber encontrado el hogar en Inglaterra: la culpa la tuvo su maldito siglo. Primero, en forma de una tuberculosis y del terror al contagio que tras la pandemia de gripe española de 1918 quedó flotando en el aire. Después, vaya, fue la guerra. Hitler invadió Polonia y los apéndices del viejo imperio británico, Nueva Zelanda incluida, no dejaron tirada en su respuesta a la metrópoli. Betty ya había reservado su billete en un barco que había de atravesar el Cabo de Hornos, rumbo a Europa. Sería la primera vez y sería de lo más excitante, porque esas son aguas míticas, por peligrosas, y sobre todo porque sería también la última. No pensaba volver nunca a su país de origen. Adiós, ovejas omnipresentes; adiós, habitantes ovinos. Adiós, Nellie Maud, puede que te envíe algún christmas.

Lástima que el barco no llegara a zarpar de Wellington.

https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/thumb/b/b0/Unidentified_tall_ship_near_Cape_Horn_-_Nla.pic-vn3299637-v.jpg/337px-Unidentified_tall_ship_near_Cape_Horn_-_Nla.pic-vn3299637-v.jpg
Barco anónimo rodeando el Cabo de Hornos. Quizás aquel en el que no se embarcó Betty


sábado, 22 de abril de 2017

La (dudosa) timidez de los árboles

La ciencia me resulta de lo más tierna cuando se pone poco científica: cuando se mete en el bazar del corazón, tan lleno de saldos y ropa revuelta, para nombrar fenómenos que se suponen objetivos. Resulta que algunos árboles de bosques o parques especialmente frondosos parecen seguir un patrón apocado y tienden a evitar que sus ramas contacten con las de los árboles vecinos. Ello genera que entre copa y copa se recorte un vacío por donde el cielo es cribado, una alternancia de árbol y no árbol que dibuja meandros, eses y hasta caligrafías de alguna lengua muerta. Los botánicos llaman a esto la timidez de los árboles, y a mí me da un poco la risa. Será porque en la escuela me domesticaron a fuerza de categorizaciones. Lo afectivo no se confunde con lo aséptico. El saber no ha de contaminarse con sensiblerías.

Me agradezco a mí misma haber desactivado esos escrúpulos, esa manía de plantar lindes entre puntos de vista no tan distintos. La ciencia y la poesía pertenecen a la misma especie y pueden por tanto aparearse y dar frutos y crías. Desde que se me puso el corazón verde, ya no puedo andar por el bosque sin escuchar rimas. Sin que el rocío y la savia y mis secreciones mentales se vuelvan una misma cosa.

Y sin embargo, leo acerca de la timidez de los árboles y se me pone cara de indulgencia. Automáticamente imagino a quien describió el fenómeno como a una criatura desvalida y sin armas frente al despiadado mundo. A mí, que he sido tímida a un nivel patológico y que todavía llevo encima lo mío, nunca se me hubiera ocurrido cargarle a los árboles el peso de mi insuficiencia. No me cabe en la cabeza que ambos términos puedan ir en una misma frase. Árboles. Timidez. A quién ha podido ocurrírsele. Yo no he visto todavía al primer árbol cohibido. Sí árboles chalados que se obcecan en arraigar en paredes de piedra. Sí árboles hospitalarios. Sí charlatanes. Seres tan sólidos y a la vez tan livianos que no temen que te acerques, que te dejan estar ahí debajo con tu falsa importancia y tu vandalismo latente.

Y he leído también de árboles que se comunican. Se dan noticias, se alertan, se sincronizan. Se conectan mediante redes tan sutiles y ubicuas como nuestros sistemas de comunicaciones virtuales. Hablan sin parar idiomas indescifrables. Y como la ciencia no da con la piedra Rosetta que los traduzcan, nos atrevemos a personificarlos. A la distancia entre árboles se le da una connotación mustia, igual que a la distancia entre humanos. Porque quien se atreve a decir que la timidez es hermosa es que siempre la ha contemplado desde afuera y arriba, desde la posición fanfarrona con que se estudia a las larvas.

Vemos árboles que no se tocan y pensamos en seres retraídos. No en una forma elegante de colaboración y respeto, no en espacios que no tienen propiedad y por tanto pueden ser compartidos. Me alejo un poco de ti no porque te tenga miedo o porque malinterpretemos la compañía, sino por deferencia: el espacio que te rodea está impregnado de tus mensajes, y si yo lo usurpo podré entenderte sólo a medias.

Para captarnos debemos dejar canales de silencio abiertos. Eso es lo que me dicen árboles nada tímidos cuando paseo o me siento bajo ellos.


Los de mi barrio se toquetean como quinceañeros.

domingo, 16 de abril de 2017

Una pieza suelta (18)

Un día te levantas inclemente, más cansada o más lúcida, y entonces te das cuenta de que nada encaja en tu vida. Es una primera intuición errónea, pero al menos consigue por fin ponerte en la vía de la duda. A continuación puedes hacer lo de todos los días: cambiarte de acera. Rehuir como siempre tus intuiciones. Tienes cierto talento para ese arte. Podrías sacudirte la nueva visión de la cabeza, atarte bien la bata en torno al cuerpo y prepararte un té tan fuerte que no deje espacio en el paladar a otras amarguras. O podrías en cambio atender al verdadero mensaje. Colocarte de modo que te alcance en el pecho el tiro de gracia. Ya lo has demorado bastante. Estás cansada, estás lúcida, estás inconmovible respecto a tus propias argucias. Hoy es el día en el que definitivamente aceptas que tú eres la única pieza que no encaja.

A tu alrededor todo está bien. Tienes un trabajo aceptable. Una afición en torno a la cual vertebrar el tiempo libre. Un puñado de gente a la que al menos no tienes que explicar cada vez qué es un soro o un prótalo. Vives en una ciudad pulcra junto al mar, ordenada y a un par de horas en tren de paisajes que logran que todo se calle. En esa misma ciudad vive alguien cuyo nombre repites mentalmente con tal constancia que a veces lo confundes con tu propio pulso. Todo cabal, todo correcto. Salvo que nada de eso te reclama. Nada de eso te invoca, a la manera en que en el universo se invocan todos los objetos con masa. No eres la madre de nadie ni de nada. No eres urgente ni necesaria. En tu trabajo, en tu afición, en tu ciudad, o en tu grupo. A alguien le dolería en un primer momento que te perdieras de vista, pero lo terminaría agradeciendo a la larga. Alguien que te lo ha enseñado todo en el arte de esquivar conflictos.

Como ya no vas a darte tregua, repasarás cada una de aquellas miradas que te parecieron puertas de entrada, pasillos que llevaban a lo íntimo. Dobles sentidos a los que se les han marchitado las insinuaciones. Roces que a lo mejor sólo eran accidentes, o a lo mejor flores de un minuto, bellos híbridos improductivos. Desgranarás tus indicios y reconocerás lo endebles que eran. Podrían haber apuntado o no a una historia, y ese o no te pone la cara roja. ¿Se habrá dado cuenta él? ¿Habrá querido compensar con amistad y favores lo que no podía prometer sin mentirte? Oh, por favor, ¿le habrás dado lástima? Y si fuera todavía un o sí, si en verdad hubiera habido una historia: una de esas que no pasan nunca del prólogo, puntos suspensivos infinitos por culpa de la parálisis y la cobardía. ¿No sería mucho peor eso? Como una planta en un tiesto que crece y crece hasta agotar el sustrato.

Un día Betty se despierta inclemente y sabe que su tiempo en Dunedin, en la misma Nueva Zelanda, se ha agotado. Contempla a veces su propia vida con el deseo irrealizable de un fantasma. Nada en ella necesita de su concurso. No tiene peso ni raíces. La pertenencia no la ampara. En un universo sometido a la gravedad, ella se siente un objeto sin masa. Si no fuera por la tía Gwen, sería como un globo que escapa de la mano de un niño. Ella sigue siendo como un oasis que, en vez de agua y frescura, promete familia. La única persona que la sigue convocando. Ha llegado el momento de volver a intentarlo en Gran Bretaña. Puede que allí, de una vez por todas, se desarrolle la verdadera historia.

O puede que no. Todavía.

jueves, 13 de abril de 2017

Naranjo santo

Vamos también en procesión. Perro, gato, yo, un puñado de insectos. Me llevan en volandas como a una Virgen, aunque sea todo lo contrario, porque no tengo hijo y no tengo más que dolores solidarios, y porque. No tengo que dar más explicación. Humana entre criaturas de la tierra y el aire: híbrida. A veces estoy tan libre de mí misma que me siento un árbol que anda. Nico y Bola me preceden como heraldos. Gata marrullera y perra lánguida, tan diferentes en temperamento y tamaño que parecen dos cowboys imprevistos. Nico, camafeo. Bola, Orson Welles, unidas en alguna empresa sin nada que perder ni demasiada esperanza.

Me portan a mi iglesia, me dejan en mi nicho. Envuelta en mi incienso favorito. Dentro del naranjo el olor marea como un escape de monóxido de carbono. Aspiro con avaricia: si un depredador diera conmigo mi carne sabría a azahares. Tomad y comed. También aquí hay algo santo.

Soy burlona, dios no me entra en el cerebro, pero mi corazón no tiene ni cinco gramos de cinismo. Cuando me meto debajo de los árboles estoy a punto de creer en que algo que sólo puede ser bueno provee. Miro con arrobo las naranjas que mejor saben del mundo. Un par de grados más ácidas que dulces, esa es la combinación que me gusta. ¿Cuántos litros de agua han bombeado las raíces, cuánto en la tierra se ha desmenuzado a un nivel microscópico, cuánto sol para producir cuántos cientos de kilos de azúcar? ¿Cuántos metros cúbicos de compuestos volátiles para atraer a cuántos insectos y a este ser humano que parece que está callado pero en realidad canta?

Podría quedarme hora tras hora inmersa en este lugar vivo y no pasaría sed ni hambre. Me parece una buena premisa para establecer santidades. Comerse una naranja en su misma fábrica se parece bastante a la eucaristía. El árbol dentro de mis células, el sol, la lluvia, la el planeta desecho en sus minerales. Es bastante abrumador, pensar así el alimento. Fruta, hierba, músculo que una vez corrió, saltó, voló, nadó. Es una generosidad tan radical, de unas dimensiones y un alcance tan desmesurados, que no me extraña que hubiera que revestirla de mito y liturgia para poder seguir comiendo como si fuera un acto insignificante.

Mi padre ve mis zapatillas fucsias asomando por debajo de la copa y me pregunta qué haces ahí debajo. Nada, simplifico. No es fácil contar así como así que lo sigo intentando. Entender. Descifrar el juego de luces y sombras, la coreografía de los bichos. Que de pronto la naturaleza se revele y me explique sus procesos. Por qué este año hay más abejas que otros, según mi padre. Por qué los nísperos parecen haberse librado del tizne. Por qué ese peral de ahí, en plena floración, ha empezado a secarse. Cómo se comunica entre sí este mundo de criaturas sutiles, qué sumas y restas y multiplicaciones y sinergias se dan infatigablemente para que yo mire lo que miro, huela lo que huelo y me embriague. No es sólo curiosidad, ni sólo esperanza práctica (quiero que se acaben los crímenes de la agricultura y que dejen de morirse mis árboles). Es la única manera que tengo de interrogarme por el sentido. 
 

Que sí, fotógrafos finos. Hasta yo sé hacer fotos mejores. Pero en esta estaba casi el rayito de la revelación

sábado, 8 de abril de 2017

Hablar de correr sin disculparme

Correr.

Oh, vamos.

¿Va a ser este un texto entre tantos? ¿Uno puramente bloguero? O sea: la expresión de una vida irrelevante que mediante la publicación se imagina singular y digna. Internet está alicatado de relatos sobre el correr entendido como revelación, vía de luz o catarsis. Empiezas a correr, y luego hablas de que corres, y lo haces con la misma familia de palabras que las que usó el ángel de la Anunciación con la Virgen María. Sin darte cuenta de que estás sumando una voz más, tu voz no tan particular, a un estribillo masivo.

¿O va a ser más bien un texto esnob? ¿Uno de tono ligeramente burlón o condescendiente? Oh, sí, los blogs: ese paisaje desmesuradamente llano y atestado de parcelitas, cada una con su casa y su árbol y su columpio para los niños, una infinita zona residencial de Texas. El running, oh, sí, cómo no: la enésima fiebre gregaria en un estilo de vida que ha desdibujado al individuo.

Pues...no. No sé. Opina lo que prefieras. Lo único que quiero decir es que, desde hace unas semanas, corro. No mucho. Apenas. Mi marca está ahora mismo en diez minutos. Diría: una mierda, si este no fuera un sitio más o menos distinguido. Pero para mí son diez minutos de triunfo. Corro. Diez minutos. Seguidos. Internet es como el monte Testaccio de Roma: una colina artificial levantada con escombros de triunfos ínfimos. Nada de lo que diga me rescatará de la insignificancia. Ninguna frase agraciada o aguda maquillará el hecho incontestable de que soy un número. Una oveja más en el rebaño de los que corren. Para mí no tiene ninguna importancia. Nunca he tenido esperanzas de que la escritura fuera a convertirme en un objeto de lujo.

Por qué lo cuento entonces. Porque si no estructuro mi trivial experiencia de este modo, mi propia vida me sabe a dèjá vu escurridizo. Y por qué después lo comparto. Porque aunque todos hacemos y decimos lo mismo, y a todos nos duelen los mismos dolores, y nos reímos con los mismos chistes, en realidad estamos muy solitos.

Así que corro, y a las primeras zancadas me duele el tibial anterior porque mis rodillas son aparatos volubles. Corro, y no me ilumino ni me hago el amor a mí misma. Corro y sólo pienso en que se acabe de una vez por todas. Corro porque para mí es un acto gratuito. No lo hago por razones de salud o disfrute; no espero ponerme aún más maciza. Si quisiera inventarme una finalidad, correría como quien levanta barricadas en la calle. Alardearía de formar parte de una guerrilla urbana contra el coche y la silla y el movimiento pasivo. Pero ante todo es una guerra íntima: correr como toque a degüello contra mis propios prejuicios. ¿Así que has odiado toda tu vida correr? Corre. ¿Aún te duele y te avergüenza aquella criatura torpe que en la clase de gimnasia no daba pie con bola? Corre. Expurga los dolores falsos que nunca te sirvieron para que te declararan exenta. Di sí son las piernas a lo que siempre fue un no rotundo.

Corro porque mientras corro, corro y punto. No estoy en otro sitio más que dentro de unas zapatillas perfectamente improcedentes para mi tipo delirante de pisada. No escapo de mi ahora jadeante. No me dejo embaucar por oasis lejanos. No voy trazando planes. El futuro se jibariza y dura sólo los minutos de mierda que tengo hoy asignados. Tiempo y espacio adquieren las dimensiones de un lugarcito hogareño. El mundo no parece tan inhóspito cuando los horizontes quedan al alcance de los pies y las manos.

Corro porque creo firmemente en la propagación de los actos. Emprendes algo en un ámbito de tu vida y sus efectos se irradian hacia ámbitos aparentemente incomunicados. Una ramita seca cae en medio de la charca y la energía en forma de ondas llega hasta la orilla. Imitas coreografías en una clase colectiva de zumba y tu andar por el monte se hace más animal y leve. Escribes la vida de forma asidua y sorprendentemente cada vez te das menos importancia. Te empecinas en correr y quién sabe dónde terminará manifestándose ese empeño, bajo la forma de qué nueva claridad o firmeza. Con tus mínimos triunfos banales y gregarios, qué monte no se construye.

sábado, 1 de abril de 2017

Al calor de los helechos (17)

Betty lo siente en la piel de la espalda y se estremece. Tiene una especie de rádar. Cuando cada vocación incipiente en tu vida ha sido ridiculizada por una madre demasiado exquisita; cuando la gente se ha cambiado de acera a tu paso por miedo a que la contagies, aprendes a detectar los focos de calidez ajena. El cliente nuevo la sigue hasta la que será su habitación. No parlotea; no se opone al silencio irrespirable de un hotel que ha sido abierto sólo para su estancia. Las chimeneas están ciegas. En el bar el licor se condensa venenosamente al fondo de las botellas. La madera que reviste las paredes parece guardar entre sus vetas el eco de los deportistas huidos, los aventureros, los recién casados, los amantes furtivos, los que buscan calmar los nervios agotados en la nieve, los que han leído demasiadas veces La montaña mágica. Betty se está preguntando en cuál de esas categorías podrá encuadrarse a este hombre. No parece un furtivo, no tiene pinta de necesitar que lo apacigüen. Más bien... Pero ya ha alargado el trayecto todo lo que la planta del hotel permite. Lo siguiente es dar en vueltas en círculo, recorrer una y otra vez los mismos pasillos, envuelta en el calor amable del extraño, mecida por sus pasos sincopados. Espero que le guste su habitación, señor Holloway. No le dice que ha escogido para él su favorita, a la que ella le gustaría entrar seguida de un marido flamante. A qué hora prefiere que le sirva el desayuno.

A las siete y media Betty lo tiene ya todo listo. Ha preparado una tetera no con el té insulso que se almacena en la despensa del hotel, sino con el que la tía Gwen le envía desde Londres, y que ella atesora como si fuera una promesa de vida recia. En la bandeja, junto a los bollos de especias que la han hecho madrugar y la ración de mantequilla por la que la harán rendir cuentas, las flores que recogió en el paseo de ayer. Manuka, cinco especies de genciana con cinco tonos de blanco ligeramente distintos. Hijas de la nieve. Estaba nerviosa mientras batía los huevos, encendía el horno, sacaba brillo otra vez a los cubiertos. Temía el momento de llevar la bandeja de la cocina a la galería acristalada donde anoche decidió que atendería a su cliente. Su cliente. El posesivo modesto la hace sentir dichosa. Temía armarla de nuevo. Pero la taza ha dejado de bailar contra el platillo en el momento en que lo ha visto. Ese hombre tiene algo: una suavidad infalible que se derrama sobre todas las cosas y las vuelve igualmente suaves, desprovistas de filos, espinas y trampas.

Por encima de los bollos recién horneados, el té fuerte y la vista sedante de los prados alpinos, él ha admirado las flores. Y así es cómo por fin se ha enterado de la categoría que le corresponde. El cliente y ella son de la misma especie. ¿Puedes creerlo, Betty? ¡La botánica te ha seguido el rastro hasta la cima de las montañas! Antes de que el té se quede inevitablemente frío, Betty ya sabe que además de catedrático es reverendo, y él, que Betty ha trabajado con Lucy Cranwell, una señorita estupenda, aunque tal vez un tanto vehemente, ¿no es cierto? Se siguen contando sus cosas: las sendas descubiertas por el deshielo que él no debería perderse; cómo anda ahora mismo enfrascado en el ciclo reproductor de un género arcaico de helechos, un asunto tan endemoniadamente esquivo que necesitaba estas vacaciones, salir del laboratorio y del despacho, solazarse la vista con las flores y su sexualidad tan obvia, tan simple. Disculpe, querida.

Pocas semanas después Betty comprobará con sus propios ojos que el laboratorio y el despacho de Holloway son una misma cosa: una habitación de dimensiones humildes, acorde con la asignación económica que la Universidad de Otago concede a su cátedra. Ha bajado de sus montañas y ha seguido al profesor hasta Dunedin. Trabaja como arreglista floral y recepcionista en un hotel donde él conocía a alguien. Los días libres acude de oyente a sus clases, y esta vez todo parece distinto: los espacios cerrados ya no la agobian tanto, y no sabe si lo que ha cambiado es el espacio, que es más distinguido, más británico, o es ella la que ha cambiado. El aire libre y el esfuerzo montañero la han endurecido, han calmado su claustrofobia. Holloway la sigue envolviendo en calidez, la sigue estremeciendo, vuelve la vida un deslizarse. Los domingos es invitada a comer a su casa, donde su esposa Margaret, tan dulce como él, tan difícil de detestar, recibe a los mejores estudiantes del profesor como a sobrinos muy queridos. Él le da la comunión en la catedral, y es voluptuoso, es más que un consuelo sentir que por fin forma parte de una familia.

Luego, en el laboratorio ridículamente austero donde las bombillas se cubren con latas de cacao para facilitar la visión al microscopio, él la introduce en las intimidades de los helechos. Mira, Betty, Psilotum, uno de los dos géneros vivientes de la psilotáceas. ¿Entiendes por qué no había manera de saber cómo se reproduce esta condenada familia? Porque el gametófito, el órgano sexual, es subterráneo y se asocia con un hongo. O sea, que no hace la fotosíntesis. El ser que genera una planta apenas si es una planta. Qué te parece. 

Misterioso, eso es lo que le parece. Sarcástico, un erotismo tan secreto. Inolvidable. Betty jamás podrá dejar de sentir una especie estremecedora de calidez cada vez que su vida se cruce con el Psilotum.


Los botánicos...necesitan salir más con gente cariñosa
 

jueves, 30 de marzo de 2017

Llave mágica

 
Diez de la noche pasadas. Aún no me he quitado el uniforme. En mi piso alquilado suena el timbre. Es uno de esos sonidos que se han vuelto anacrónicos. Nadie llama ya a la casa de nadie, sin previo aviso por whasapp. He aquí otro intento de hacer sociología a partir de una experiencia propia. La verdad es que nadie llama nunca al timbre de mi casa.

La presidenta de la comunidad hoy sí, bendita. Casi todos los días oigo a través de los tabiques cómo toca el timbre también de la vecina que nunca sale y le pregunta cualquier cosa. Las veo con el ojo de la mente. Pijama de felpa frente a bata cerrada a la altura del cuello con mano de pájaro. Charlan durante un rato: voz firme y dinámica frente a trino quebradizo. Nunca sabré por qué no sale la vecina que no sale nunca, porque nunca seré lo bastante descarada, lo bastante compasiva, como para salir en pijama al descansillo a crear comunidad y llevar a la casa de una enferma mi olor de calle. Que la compasión sea un acto de osadía dice poco del mundo que habito.

La presidenta que merece su cargo no viene expresamente a darme charla, sino a traerme la nueva llave maestra. La que a partir del lunes abrirá las cuatro cerraduras que blindan el microhábitat de pasillos cortos e impolutos que compartimos. Llave maestra: diminuta excitación interna. Objeto mágico. La miro en la palma de mi mano. Grandona, dorada. Me cuesta un poco entender que sea una objeto inocuo, salido de un lugar tan prosaico y a la vez tan fabuloso como es una ferretería. Después miro a la presidenta. La gente en pijama me resulta bastante irresistible. Razón por la que me veo, uniformada y hambrienta de cena, buscando espacios comunes. Le pregunto por su madre de noventa años. Me pregunta por cómo anda el campo. Las dos guardamos llaves mágicas en nuestras manos.

Y a continuación viene algo obvio. Es cuando yo me pregunto cuál es la llave maestra que lo abre todo. ¿El amor? Pero el amor es una criatura tan ambigua, se puede confundir con tantas cosas, apetito, indigencia, afán de dominio... El amor a medio digerir a veces abre y otras veces cierra puertas.

¿La alegría? Sí, podría ser, esa responsibilidad de uno mismo hacia el hecho de estar vivo. Si no fuera porque a veces la alegría íntima linda con la autocomplacencia, y ese es un sentimiento que cierra herméticamente el acceso al dolor ajeno.

¿La atención a las cosas grandes y pequeñas? El cielo y los pulgones. Los ecosistemas en trance y mi dolor de cadera. La soledad y el palabreo incesante. La atención esmerada e ingenua, la que no categoriza ni juzga, vuelve permeables los muros, abre huecos en las fronteras, pero a veces me parece que atender sólo no basta; ser testigo sin más de las intimidades del mundo es como quedarse en el umbral de las puertas.

Hace falta la llave, sí, pero también hace falta sentir que la puerta se abre a algo tuyo. El árbol que admiras. La somnolencia conmovedora de la persona junto a la que te levantas. Los dos conductores que se pican delante de ti en la autovía. La cochinilla acanalada en los naranjos. Mi vecina que no sale nunca. Las migrañas. Para que todo se abra ante ti es necesario sentir que no eres diferente en esencia. Hace falta entregarse y a la vez apropiarse del mundo. Hospitalidad: esa me parece la llave maestra.

domingo, 26 de marzo de 2017

Micorrizas (16)


Los talentos tienen muy buena prensa, pero tal vez la falta de maña tenga aún más poder para dictar el rumbo de una vida. A uno le gusta identificarse con lo que le sale: metes a menudo un balón entre tres palos y te haces llamar futbolista; juntas palabras con cierta solvencia y esperas que el mundo te llame escritora. Pero cuántos de los nudos decisivos de tu historia no han estado marcados por la incompetencia. Cuántas biografías alternativas has dejado de contarte porque no sabías o no te atrevías a hacer tal cosa. Cuánta de tu fuerza vital no ha germinado al plantarle cara a una falta de aptitudes. Es una posibilidad incómoda, pero también bastante reconfortante: tu torpeza construye y por tanto puede llegar a ser absuelta.

Betty Molesworth era en verdad una camarera torpe. Es algo que intuyes al ver sus primeras fotos, los brazos como alambres, la seriedad incrustada en los ojos. Ahí no ves rastro de don de gentes, de paciencia a prueba de clientes asesinables. No era una mujer robusta. Tal vez no tuviera el duende necesario como para que sus desaguisados con las bandejas y los platitos de té inundados se perdonasen a primera vista. Y sin embargo, algo debían de ver en ella para que no la mandaran con viento fresco a casa de su madre. Quizás una combinación infalible de determinación y desamparo.

Cuando se hizo evidente que Betty era una calamidad en los comedores, alguien la recolocó en recepción, donde su seriedad podía tornarse fácilmente en prudencia, y su falta de vigor en una estampa de delicadeza elegante. Fue un buen trato para ella. Como trabajaba los fines de semana, después se la compensaba con días laborables libres, y como había sido exonerada del ajetreo de cocinas y salones, podía reservar su energía física para las montañas. El asunto era todavía más ventajoso fuera de temporada, cuando el hotel echaba el cierre: las chicas que sí valían para camareras debían recoger su maleta y sus destrezas y bajar allí adonde el verano, a diferencia de lo que ocurría en una estación de esquí, pudiera ser convertido en dinero. Betty, marcada felizmente por su torpeza, se quedaba en las alturas de guardia, pendiente de la llegada de clientes ocasionales. Tenía la llave del hotel; tenía la novedad excitante de alquilar una habitación con algunos de los amigos que, ella, sí, por fin había hecho; y sobre todo, tenía todo el tiempo del mundo para darle suelta al romance.

No tengo datos ni tengo derecho ninguno para insinuar que el objeto de sus amoríos fuera otro que el paisaje. Yo sé en mis carnes que una puede enamorarse del aire libre. Pero también sé de sobra que ese es del tipo de amor que crece misteriosamente al ser compartido. No es necesario ponerle un toque de picante al impulso que está a punto de tomar la vida de Betty. Pero, después de haber entrevisto una infancia marcada por la falta de afecto, después de haberme compadecido de su larguísima y abandonada convalecencia, estoy deseando que alguien demuestre al fin cariño por mi personaje.

En el momento en que el reverendo Holloway aparece en escena, la biografía cede paso a la ficción. Suponiendo que sean dos cosas distintas. Yo estoy firmemente convencida de que hasta la historia más enraizada en la verdad entra en simbiosis con los cuentos. Es como una forma de micorriza. Sin tal alianza entre raíz y hongo, la planta apenas tiene esperanzas de hacerse madura. Sin invenciones la vida no puede contarse.

Así que, por qué no, imaginemos a Betty enamorada. La majestad de la roca nevada ha empezado a operar el hechizo. La está haciendo fuerte de corazón y de piernas; ha cavado en ella para rescatar su vehemencia de niña. La enfermedad pasó y ha dejado en su pecho un espacio disponible. Betty, loca de las montañas, está lista para entregarse. Pasa siempre cuando te encandilas: que el encantamiento se propaga. Ponle a esa entrega la connotación que más te guste. Piensa en su cuerpo, en su mente o en su mirada y crea así tu propia novela. Haya o no algo de cariz romántico entre Holloway y ella, su relación dará frutos. 

Estensione delle radici di mycorrhizal
Wood wide web, qué inventazo.