sábado, 15 de julio de 2017

Tregua

Si estar de vacaciones es recuperar la soberanía de tu tiempo, ¿qué hago yo despierta a las seis de la mañana, atada a mis rutinas como un cabestro? Tiene que pasar al menos una semana sin que el despertador suene para que mi tiránico nivel de alerta se relaje, y luego no pienses que voy a levantarme mucho después de las ocho. A veces creo que tengo lo vegetal incorporado en el genoma y que mi energía bebe compulsivamente de la luz diurna. Estomas en la piel en vez de poros. Párpados de fina celulosa. A las seis es todavía de noche y las plantas duermen. Estoy sola como el Principito durante mi desvelo: no sé qué reino de lo vivo me corresponde.

Una cruenta lucha de poder, el insomnio. Lo que debería ser contra lo que sucede. Lo que es mejor para ti contra lo que es a secas. Cruenta y ficticia, por supuesto, porque a la realidad no hay quien la levante de su trono. Estás despierta. Resístete, indígnate, planea estrategias para reconquistar el sueño. Ponte paranoica y vaticina que en el día por llegar irás de culo. Vuelve a decir lo dicho ayer; verbaliza ahora lo que no llegó a salir de tu boca; proyecta una segunda o una énesima sesión del día pasado; regurgita. La conciencia se alimenta de sí misma. Se divide y multiplica como las bacterias, infecta los minutos. 

Para intentar dormirme hago de todo: escribo mentalmente; cuento respiraciones profundas como si al atravesar mi nariz el aire se convirtiera en rosario. Lo intento todo, salvo aceptarlo. Y cuando por fin comprendo mi torpeza, el panorama cambia. Los grillos imitan una noche tailandesa. Los quehaceres están estancados. Sólo una ínfima parte de mis sensaciones corporales son negativas. Me duelen los ojos, pero nadie se muere ni pierde la libertad por eso. Estoy viva y citada conmigo misma: no tiene por qué ser una situación tan violenta. 

Callar y adherirme a la realidad. Dejar de interpretarla, deformarla, pelearla, refutarla, amortiguar cada uno de sus mensajes incontestables. Abrir el puño donde tengo encerrado al tiempo para que se haga grande y me envuelva. Estar dispuesta a que lo que es me atraviese, sin pretender retenerlo o modificarlo. Soltando es como de verdad uno se vuelve soberano. 

Así atenta, entiendo que no necesito vacaciones del trabajo sino de mí misma. De mi subjetividad y mi sesgo. Tengo que descansar del hábito de escuchar y ver con la mente. Quitarme el uniforme de los análisis y deducciones. Enjaular al gallo de pelea de mi opinión. Todas mis presunciones, mis deberías, mis figuraciones acerca de qué es lo mejor. Lo que hay es lo que hay. Y es bueno. Volveré por aquí cuando la realidad lo decida.

sábado, 8 de julio de 2017

Pequeño y casi terminado

 
Tan blando, tan diminuto. Un comienzo que la primera levantera podría desbaratar. Casi un proyecto, una vida que ha arrancado pero que no quiere alzar la voz por si acaso no pasa de ensayo. Y sin embargo la alza. Perdido entre recortes de un jersey viejo, arrulla de hambre y orfandad. Yo tardo en darme cuenta. Pensaba que era uno más de los inquietantes zumbidos de un coche artrítico. Olvidé que lo muy, muy pequeño también tiene su fortaleza.

Me pongo la caja que lo transporta en el regazo. He tenido dolores de vientre más pesados, y eso que no soy de ovario insurrecto. Pesa tan poco como tu propia sonrisa al paisaje, reflejada en la ventanilla, como una sábana a la altura de la cintura en las mejores noches de verano. No será muy profesional, pero me rindo a la tentación de cogerlo. Un beso en la palma de la mano: irresistible. Los ojos amarillos semiabiertos, cortos y suficientes como un haiku. Tiembla. Su albornoz de plumón esponjoso apenas oculta un apunte de plumas. Todo en él es transitorio, todo milagroso. Agita las futuras alas. Me abruma llevar una semilla de vuelo en la mano.

Y luego, ya en casa, porque dudo de que aguante hasta mañana si no come, abro el balcón a una noche igual de nueva. De menú, trozos de pollo recién descongelado, empapado en agua. Como pico materno, mis pinzas de depilar. No se extraña de nada. Abre una boca que es pura exigencia. Cuando aprieta la necesidad no hay miedo. Apunto la lección en mi libreta mental. Y también esta: pocos actos de amor tan honrados y tan accesibles como alimentar a otra criatura. Lo tendré en cuenta cuando hacer la comida me dé pereza

Pero en nuestro pequeño momento de intimidad no estamos solos. Desde algún ciprés de ahí enfrente, o desde los plátanos bajo los que se corre, se tontea o se distrae el nervio de los niños, podemos escuchar el radar del buen tiempo. ¿Es posible que nos hayamos mirado y entendamos? Si este pollo resiste y crece, en poco tiempo hará lo mismo: apuntalar las noches benévolas con su canto. Pregonar "aquí estoy, he vuelto, este sitio es mío, estoy dispuesto para empujar la rueda de lo vivo". Con una sola nota que repite y repite. Tan simple. Tan elocuente. "Inténtalo tú", parece decirme. A ver si eres capaz de decir tanto y tan relevante con tan poco. 

Y seguimos comiendo los dos. Él pollo, yo asombro. Cuánto lleva este ser en la tierra, cuánto llevo yo. Un pompón de pocos gramos que ya viene programado de serie: volar, cazar, viajar a través de desiertos y mares, expresar, atraer, acoplarse, regresar. Tan diminuto y tan sabio. Y yo, que apenas sé moverme sin lastre ni tampoco enraizarme en un sitio; que no soy tan autosuficiente como pienso; que me cuesta distinguir el amor del apego: tan grande y tan sin terminar.


Autillo bebé después de cenar. Está claro quién manda

lunes, 3 de julio de 2017

Por los flancos (23)


Nunca sabes realmente por dónde va a llegarte el futuro. Por más que la mente se atreva alegremente a asignar coordenadas físicas a conceptos. Confía en que el porvenir está ahí delante, igual que confía en que tus pies van a encontrar a oscuras, en un hotel cualquiera y medio dormida todavía, el camino del cuarto de baño. Pero el futuro también puede atacar por los flancos, por la espalda. Corre en paralelo a ti, sigiloso, o se cruza fugaz y ostentosamente a tu paso. Sus fuentes son tan difíciles de explorar como las del Nilo.

Y no sabes tampoco qué nombre vas a encontrarte infectando tu cerebro. El nombre de alguien a quien acabas de conocer o a quien, ay-madre, aún no conoces. El nombre de una ciudad o un paisaje. Poderoso como un objeto mágico, no puedes parar de pronunciarlo. Hay nombres que de repente se te presentan cargados de mañana. Y no hay modo de desactivarlos.

Nueva Caledonia. Nue.Va.Ca.Le.Do.Nia. Nuevacaledonia, nuevacaledonia. Betty no puede ni quiere curarse este virus. Declina de mil formas el nombre-talismán, lo repite hasta que su sentido geográfico se pierde. Ya no designa una isla plantada en el Pacífico, no tan alejada de Nueva Zelanda, sino una vida distinta, una esperanza, una novela en la que la protagonista huye de forma heroica. En la cubierta del barco que por fin se la lleva del lugar que no soporta, Betty, no tan joven ya pero aún cándida, canturrea su conjuro. No sabe que Nueva Caledonia nunca dejará de ser para ella territorio mítico. Nunca pondrá los pies allí. No practicará su francés, no se acostumbrará a regañadientes a la leche de coco. No se pondrá relativamente morena en sus playas níveas. No se volverá íntima de sus verdes.

Aunque eso ahora mismo no le importa. Se va de casa y punto. ¿Para siempre? Mucho se tendrán que torcer las cosas para que así no ocurra. Betty quiere expresarlo con su cuerpo durante el viaje. Quizás los contornos de la costa de Auckland todavía se distinguen, pero no será ella quién se dé la vuelta para comprobarlo. El pasado es lo que queda detrás; el futuro, siempre delante. Le han concedido una beca gracias a la cual pasará los dos próximos años en Basilea. Después, cuando al fin esté formada como dios manda, marchará a inventariar la flora de lo que todavía no es un lugar sino un sortilegio. Después... Lo mejor es que no hay un después, ni un horizonte que la limite. Su billete no tiene fecha de vuelta.

Pero el futuro ataca por los flancos y te envuelve sibilinamente cuando tú lo esperabas por delante. El suyo no habitará Nueva Caledonia, sino Malasia. Y hacia allí se dirige ahora. Su primo David es médico en Singapur, hombre de selva, aficionado a los pájaros. Será su anfitrión y su muleta durante los tres meses que, antes de partir a Europa, Betty ha decidido pasar en esas latitudes. Está pegada en flora tropical y no quiere hacer el ridículo en Suiza. No lo llegará a hacer, por supuesto, porque los tres meses van a transformarse mágicamente en dieciocho años. El anfitrión, en celestino. La universidad de Basilea, en los bosques de Los Barrios.

Betty no pronunciará ese conjuro mil y una veces. Pero, más que de magia, el futuro es un asunto de azares y conexiones. Realmente sólo precisa de un primo lejano, un campo de concentración japonés, un grupo de prisioneros ingleses que parchean su desesperación intercambiando nombres de pájaros, y un ex-piloto, afable y entrado en carnes, llamado Geoffrey.

viernes, 30 de junio de 2017

Lo incombustible


He oído unas cuantas veces que los dos primeros años de vida son la clave. Cuando los pilares de tu personalidad fraguan. Cuando todas tus respuestas futuras se van esbozando. Si entonces te empapan en amor, devolverás amor cuando te toque. Si te dañan seriamente ya no hay manera de arreglarlo. Si a tu alimentación emocional le falta algún nutriente, el resto de tu biografía será un continuo echar de menos algo. Tus dos primeros años son tu semilla y tu potencia, tu marco y tu límite, tu sumario. Es profundamente injusto. Tu meollo pertenece a un tiempo mítico. Estabas ahí sin percatarte, absorbiendo influencias que no podías controlar, como un hongo. Si fue en lo profundo del bosque o en una cuneta poco importa: no pudiste elegir, no podrás corregirlo. Quizás la experiencia te haga lo bastante consciente como para surfearlo.

Hace un par de días Doñana me dolía en lo profundo y, de entre mis libros durmientes, saqué uno que la aborda. Vanamente, a mi entender, porque hay lugares que son mucho más que la suma de sus partes. Pero a veces las palabras acuden a las heridas como si fueran plaquetas. Y cuando a mí me dan bocados, con libros es como intento rellenar la carne que me quitan. En las páginas de éste encontré, después de muchos años sin verla, una foto.




Ese animalito tiene ahí menos de dos años. Es todavía una esponja afectiva, una criatura porosa. Una habitación con mucho espacio por amueblar y apenas un par de cosas básicas que la hacen mínimamente habitable. Quizás el pilar maestro de su personalidad ya ha fraguado. Quizás en ese momento exacto. La luz de la tarde empieza a acaramelarse, las sombras se están alargando, al agua del barreño le queda poco para ponerse fría o todo lo contrario. Pero la mano derecha se ve movida: se sigue agitando a pesar de que el suelo está ya todo salpicado. Es claramente un cuadro de alegría. Efímera tal vez, pero inquebrantable. Está ahí desde el principio, en el sumario. Es meollo, marco, potencia. La letra capital de las respuestas por venir ya ha sido escrita. La luz declina, la novedad se pasa, el día se acaba. La alegría perdura: no hay manera de corregirla.

Luego los golpes remotos se van acumulando, uno después de otro de otro de otro, hasta que el corazón se satura. No te rozan la piel, no involucran a tu cuerpo o al de tus íntimos, no son tuyos, estrictamente. Familias atravesadas por una ola de fuego, chanclas de playa mezcladas para siempre con la carne. Islas verdes en un océano de ceniza, animales náufragos. Esa gente tumbada en las costas del Mediterráneo, con una manta por encima en vez de toalla por debajo. Los cuerpos que el mar ni siquiera ha vomitado. Mujeres con miedo, glaciares y bosques que declinan, kamikazes. La cuenta atrás de las riquezas del planeta. El calor nocturno como represalia. Todo está lejos, todo duele. Te conectas a la realidad y te marchitas. Después te duermes y hasta en sueños hueles a quemado.

Y al día siguiente te levantas con agujetas. Porque al fin y al cabo, y que se dén por agradecidos la suerte o el karma, el dolor no forma parte de tu entrenamiento cotidiano. Al acopio de pena se le une una especie de cansancio. Una inquietud de no saber si te está doliendo como debe. Si la tristeza es realmente honesta o una respuesta diplomática de la fábrica donde las ideas se articulan. 

Porque es verdad que no hay remedio. Los dos primeros años son clave, y a pesar del fuego, mi alegría incombustible perdura.

domingo, 25 de junio de 2017

La verdad del corcho


Si les preguntas si les gusta su trabajo, probablemente te miren como un filósofo estoico a un veinteañero americano. No todos son hombres viejos, pero su brega sí que es de otra época. También su modo de entenderla. Piensa en lo que te hubiera respondido tu abuelo, el arriero, el que abría pozos, el hortelano: niña, la faena es la faena. Ellos tenían pocos más recursos que su fuerza muscular y su maña. Bajo el sol totalitario de julio, sobre el suelo helado. Cuando la puerilidad se hizo norma social, ellos ya tenían las manos llenas de callos. El trabajo está para comprarse la vida, no para realizarnos.

Tampoco los corcheros tienen mucho más que eso: una pericia antigua, herramientas sin más motor que el corazón dentro del pecho. Hacha, mulo, escalera: para arrancarle el corcho a los árboles sólo hacen falta máquinas de sangre. Es un diálogo de tú a tú entre el cuerpo vegetal y el del humano, una cita fogosa entre sudor y savia. Pregúntales y te mirarán con ojos tolerantes. Probablemente te respondan que prefieren esto a estar encerrados en un banco.

Con ellos no hablaría de belleza, por supuesto, por respeto a su cansancio. Pero si has sentido alguna vez el paso de los corcheros por el monte, su huella estética no se borra. Del oído, de la vista, de la piel, del olfato. Su presencia se propaga más allá del árbol sobre el que se encaraman. Suenan las hachas desde lejos, el idioma privado de un arriero al que todavía no distingues, pero que ya te está rozando con su mano de otro siglo. Vestida con ropa bien estudiada, oliendo a coche todavía, de pronto se te permite ser testigo de una antigua ceremonia. Luego te acercas: chispas de luz entre la hojarasca, el calor brutal como un bautismo, la desnudez palpitante y salmón de los troncos, el maravilloso olor íntimo de los árboles. Todo eso te impregna y te traspasa. No vas a olvidarte nunca de la verdad que, al menos esta vez, has contemplado. 

La imagen puede contener: árbol, planta, cielo, exterior y naturaleza
Me precio con infinito orgullo de que este fotógrafo sea mi amigo
 

Porque el descorche es la verdad de los alcornocales. Y como toda verdad que se precie, no es exactamente benévola. El hacha es la madre del paisaje, la responsable de su fuerza y sus debilidades. Dicen que si no se le hubiera encontrado un rendimiento económico al corcho, estos bosques serían ya carbón o astillas. Dicen que el hombre señaló al alcornoque con su mejor dedo y convirtió un monte diverso en un monocultivo. Dicen que escamotear a los árboles su capa protectora los vuelve vulnerables como individuos, y que primar una sola especie sobre el resto vulnera las sociedades naturales. Conclusión: el descorche es un sí y es un no, creador y agente de exterminio.

Una verdad como la del oxígeno: lo necesitas para vivir, pero a la larga acaba contigo. Una verdad bella y cruel, igual que la que te mantiene en pie, todavía. Guardo la verdad del corcho en mi corazón, a la espera de que una nueva la sustituya.


martes, 20 de junio de 2017

Luz calcinada

 
Conozco carreteras como esa. Rodé por ellas unas cuantas veces, rectas sin fin ni ambigüedades, como el futuro ante los ojos de un niño. Obviamente siempre llevaban a algún sitio; ensartaban pequeñas ciudades somnolientas, sin humos históricos o industriales, pobladas por una extraña raza de humanos que hablaban sólo lo justo. A veces hacíamos un alto para comprar un pastel asombrosamente rico, mear en alguna parte, asistir a un curso acelerado de luz y silencio. La luz: ese truco del aire imposible de olvidar, inexplicable. No había manera de adivinar la receta, la dosificación exacta de transparencia y densidad. ¿Era el mar sentido como una corazonada, al final de cada aldea? ¿Eran los vientos barriendo las células muertas de la tierra? ¿Era todo aquel silencio? Fuera lo que fuera, no podías comprenderlo: cómo cada color se presentaba en su forma saturada, sin que el resultado fuera estridente; por qué esa claridad como del otro lado del túnel que, sin embargo, no hería ni deslumbraba. Una luz que era puro alimento.

Y que lograba imponerse a la ruina del paisaje. A ambos lados de la carretera te acosaban eucaliptos lúgubres, una pantalla de pinos altos y apretados de aspecto tan mortecino que apenas si resultaban amenazantes. Desde luego la maniobra de encubrimiento no funcionaba. La calamidad ecológica era patente: el corazón te daba un diplomático brinco de susto e inmediatamente se recuperaba. Era la luz, más resistente que el desastre, o era el mismo corazón, que entonces se reventaba a hacer horas extra por las que nunca exigía un pago.

Rodábamos, nos comíamos los kilómetros, meciéndonos en la amistad como en una hamaca colgante, hablando si nos apetecía. Estábamos siempre cerca de algo. O conducía yo sola, cada vez más lejos de un espejismo amoroso que se terminó revelando desierto; distanciándome metro a metro de quien había sido yo hasta entonces, intuyendo que la decepción a veces es un fuego que arrasa para que luego prosperen otras especies. La carretera sin fin era una forma de esperanza. Aquella luz, expresión electromagnética de la serenidad, lograba sobrevivir al desastre.

Ese era mi recuerdo y confié en que sería así para siempre. Lo guardaba como un souvenir precioso. Pero la luz era como un epílogo. Algo puesto al final de un continente y de una larga historia de crímenes. La muerte estaba ya ahí, a un paso de los arcenes, antes de que el fuego los devorase. Árbol tras árbol, el paisaje portugués fue asesinado sin remedio y sustituido por una masa forestal zombi. Estaba ahí latente, esperaba, loca por rematar la calamidad con un final de órdago. Acordarse de Dante es un recurso tan sobado.

¿Y ahora? ¿Qué queda cuando la misma luz se quema? ¿Resistirá en el suelo alguna semilla de cordura? ¿Es posible que alguna especie prospere tras el infierno definitivo? 
 

viernes, 16 de junio de 2017

O.K.


Cuesta. No sabes cuánto cuesta esto. Darle la espalda a un mundo que se desvive por abrazarte. Obviar la playa suave de las siete de la tarde. Resistirse a las sirenas y las serpientes contenidas en los libros. Retar a la gata Nico a ver quién mantiene los ojos abiertos durante más tiempo. Respirar. Ni más ni menos. Aire fresco y húmedo que huele a flores, mar y perro. Con la nariz. Con todos los poros de la piel dispuestos. Lo suspendo todo, y como el sheriff que cumple con su deber y sale de la amable sombra doméstica al desierto, me dirijo a mi particular duelo con las palabras. No me preguntes por qué. Las palabras son poco fiables, desconocen los códigos de honor y a veces disparan por la espalda. Las espero en mi particular O.K. Corral. Cuesta. No sabes cuánto cuesta no hacerlo.

Cada vez me tienta más la idea de dejarlo. Sin derrotismo. Sin asomo de drama. Siento como si ya hubiera escrito todo lo que me tocaba. Al comenzar este periplo leí en algún sitio, y me adherí a ello con cierto fanatismo, que había una fuente de temas sobre los que hablar que nunca jamás podría secarse. Ya no lo tengo tan claro. ¿Y si resultara que cada uno tiene su cuota propia? Una porción limitada del espectro electromagnético que puede absorber y ser reflejada. Yo ya he cantado mi luz particular de mil formas. La alegría a contracorriente y la delicadeza escondida. ¿Puedo seguir emitiendo mi color verde sin cansar?

Y como si le hiciera esas preguntas a un oráculo secreto, y el oráculo usara los libros para contestarme, en el que estoy leyendo (absorbente, tejido sobre la trama de una inusual bondad) encuentro esto: "Contempla la oportunidad, lo instaba el Eclesiastés. No ignores nada, sea grande o pequeño." He ahí la orden que me obliga a escaparme de los abrazos. Por eso salgo a la intemperie de las cosas que quieren ser dichas. La escritura es cazamariposas, laca fijadora, lupa. Tengo esta oportunidad, este ramillete de ahoras. Tengo delante un rebaño de cosas grandes y pequeñas que pastorear. Si no lo hiciera se me perderían por ahí, se las comerían los lobos - la poca atención, el olvido -, se harían al monte y se volverían tímidas.

Lo grande y lo pequeño. Cuando atiendes, las clasificaciones por tamaño se vuelven triviales. El aire está saturado de mar en este rincón de Andalucía y mi cuerpo lo nota. Cuando hago deporte mi sudor cae al suelo sin pausa, como si me hubiera dejado un grifo abierto. ¿Mi sudor es grande o pequeño? Este diálogo mudo con la atmósfera. ¿Y una luciérnaga? Anoche vi la primera de mi vida, disimulada coqueta e inútilmente en un montón de residuos vegetales que mi padre acumula bajo un pino. Su abdomen ardía con una luz de aurora boreal, ninfa o duende, deseo físico. La saqué de entre la broza con la cucharilla del yogur que estaba comiendo y observé su extravagancia. ¿Grande o pequeña? ¿Y mi asombro?


Unas se maquillan. Otras se ponen las estrellas en sus partes.


Ahora sí, pregúntame por qué. Le doy la espalda a lo que para mí es más fácil para encapsular en tres palabras torpes esa luz que parece de otro mundo y que, bendita sea, es de aquí. Voy siempre en pos de lo tímido. Sigo escribiendo para no ignorar.
 

lunes, 12 de junio de 2017

Contra el parásito


Se propaga como llamas por el pasto crujiente, como una enfermedad infecciosa. Te roza apenas y permanece en ti latente, hasta que ya no hay tiempo para remedios. Te socava, tan sigiloso, abriendo galerías en tu ímpetu. Te seca, te vacía, te vuelve opaco. ¿Has visto los corales muertos, los tristes esqueletos blanqueados? El desaliento es tu particular cambio climático.

Es también un correveidile, que siembra cizaña por donde pasa. Se burla de tu antiguo brío. Te vuelve contra lo mejor de ti mismo. Ridiculiza tus ilusiones de antes. Te indispone contra la esperanza. Pecados de juventud, las llama. Emociones que hay que tratar con herbicida, para que el corazón no se desgaste. Te hace entender que llegada cierta edad, seguir creyendo es tan bochornoso como un rostro congelado con bótox.

Madura, te exhorta. Ya no eres un muchacho como para estar derrochando energía. Por mucho que te empeñes no vas a corregir el curso del mundo. La gente no cambia. La naturaleza no tiene arreglo. El poder todo lo devora. ¿No ves ese cristal contra el que te estampas una y otra vez, pajarillo? Quédate como estás: en esta habitación aún queda oxígeno. Vuélvete hacia tus cosas. No des más de lo que se te exige. Limítate a cumplir con el mínimo. Levantarse cada día y poner buena cara ya es bastante. Acostarte sin heridas ni preguntas. No intentes arreglar los aparatos defectuosos por tu cuenta. Ya sabes lo que pasa: siempre hay piezas que sobran.

El desaliento te dirá que sólo intenta protegerte. Sabe usar el arma de la comodidad como gancho. Te susurrará que la vida es una suma de inercias fijas. No puedes parar un río con la mano. No puedes esforzarte sin descanso. Te advertirá que no intentes forzar alianzas. Lógico: la pasión ajena se contagia; apatía y estímulos son enemigos. Te convencerá de que la causa común es un mito. Los recursos del planeta son limitados, y el bienestar que deseas para ti mismo no puede ser compartido y permanecer a la vez intacto. Rescatará de lo profundo, lo codicioso, el anhelo de ser hijo único.

Ahí está el parásito, insaciable en mi entorno. Aquí estoy yo, resistiendo todavía. Debo de ser como una de esas prostitutas de Gambia inmunes al SIDA. Créeme, no me estoy pavoneando. No me jacto de fuerza, sino todo lo contrario. Siempre he tenido huecos en mí como para que el curso del mundo me atraviese sin causar demasiada avería. Más que belicosa, soy adaptable. Te admiro por cada vez que le plantasta cara a un sistema que engorda con la inoperancia. En cierto modo soy la custodia de tu parte luchadora, ahora que el desaliento la embiste. Pero escucha, no voy a permitir que esa chispa prenda en mi pasto. No creo que puedas infectarme. A lo mejor es una cuestión metabólica: a unos les sienta mejor el pan que la carne. Otros son capaces de compaginar claridad y risa. Mi fe no mueve montañas pero al menos a mí me sostiene. Mi fe en que, le pese a quien le pese, debo dar lo mejor de mí misma para superar el mínimo exigible. 
 

jueves, 8 de junio de 2017

Reprogramando

 
Juguemos a una cosa. Contempla esta imagen. No, no sigas leyendo para ver de qué va esto. Tú contempla, y antes de volver a mí, verbaliza con tu garganta o en tu mente la primera palabra que te venga a la cabeza. La primera. ¿Puedes detectarla, disimulada entre la hojarasca de las respuestas consideradas? ¿Eres todavía capaz de reaccionar de manera animal, automática? ¿De percibir el reflejo previo a lo que de ti se espera? ¿Crees que la palabra correcta es, mmm, belleza? ¿Comunión, quizás? ¿Origen? ¿De verdad? ¿Crees en serio que hay una respuesta correcta?

Pues no la hay. El afán de corrección forma parte de un programa. Básico para la convivencia social, por cierto. Pero aquí estamos tú y yo solos. De cerebro a cerebro. O ni siquiera. En el momento en que me leas yo ya estaré lejos. Haciendo sentadillas, bailando, sudando en el sofá. Tu cerebro y mi eco, entonces. Cómo va a hacernos daño un poco de espontaneidad. Diarrea. Eso es lo primero que he pensado. Diarrea. Y tras un lapsus de elaboración de mí misma, intimidad. ¿Te das cuenta? La respuesta inmediata casi siempre es tosca. Pero ahí está, loca por decir sus verdades. En mi caso, que percibo el virus antes que la pureza. Antes que lo estético, el daño. Antes que el crepúsculo veo el prejuicio. 

Un hombre bebiendo, posiblemente desnudo, posiblemente negro. Un río y un día moribundo. La orilla se desdibuja: el contexto humano. Por un momento no hay pasado, no hay futuro, no hay lastres ni raíces. Tan sólo formas básicas: sol, agua, silueta. ¿Acaso no has vivido tú un momento parecido? En la playa, cuando no es de ni de día ni de noche. El tiempo de pronto no te atañe, ni tu lugar en el mundo, tu nombre o tu historia. Eres parte de eso, eres ni más ni menos que eso: luz que no hiere y agua. Estás entregado a lo primordial. Eres pura materia prima y, si quisieras, podrías ser cualquier cosa. Pero ese momento es lo contrario del deseo. No necesitas más de lo que tienes. Belleza. Comunión con el origen. Un pedazo en bruto de intimidad.

Escribo y así mi primera respuesta se ahoga. Escribo para ser quien quiero y no lo que he aprendido. Vi un río en la palma de una mano negra, y dije contaminación, porque estoy programada para que el edén me resulte inconcebible. Antes que en la comunión se me educó en el miedo. En la prevención del peligro antes que en la entrega. Escribo para rehacerme, para fabricar, aunque parezca paradójico, una nueva espontaneidad, más limpia, más libre de prejuicios. Elaboro para ser cada vez más simple. Para ver agua donde sólo hay agua. Para convertir en instinto la intimidad

sábado, 3 de junio de 2017

El futuro al acecho (22)


Hay un hombre por venir al que la guerra sí ha cambiado. He ahí dos lugares comunes, saboteando lo que podría haber sido una buena frase.

El aire del museo de Auckland es un corsé que le aprieta a Betty en las costillas. Rodeada de pliegos botánicos y fósiles, aguarda un futuro que remolonea y que, oh, lugar común, imagina en forma masculina. No anda desencaminada, porque al fin y al cabo Betty no es todavía el personaje excepcional que esta historia también espera. No es ese modelo de mujer fundadora, una de esas especies que rehúye empecinadamente la sombra. Betty, que ha leído a Shakespeare, se aplica con ironía un pasaje de Enrique IV: “Obra en nuestro poder la semilla del helecho, y somos invisibles al caminar”. Ella podría explicarle a cualquiera el contexto folclórico de estos versos. Sí, quizás los saque a relucir en la próxima visita. De esa forma los niños no olvidarán que los helechos no tienen flores porque surgieron mucho antes de que la naturaleza se inventara esa despampanante trampa erótica. Les contará que se reproducen de un modo tan sigiloso que, en los tiempos en que la ciencia aún no había suplantado a la leyenda, se creía que sus semillas invisibles otorgaban el don de la invisibilidad. Después dirá que los helechos no tienen semillas sino otra cosa y, mientras lo diga, sentirá en la boca un sabor amargo, como de masticar helechos, recordando al profesor Holloway. Él la inició en esos secretos. Betty siempre estuvo medio escondida, pero dejar de verle, en su clase, en su iglesia, fue como tragarse esporas. Ahora se pregunta si llegará algún otro que sepa verla.

Llegará; pronto, Betty, te verá y marcará tu rumbo igual que Holloway, y con esos dos rumbos ajenos, los helechos, la compañía, construirás tu historia única. Pero el futuro es todavía una perturbación leve que se va gestando en otros lugares del planeta.

En Montecassino, por ejemplo. O yendo hacia atrás, y permitiendo que el futuro se aparee con el pasado, en Quetta. Démosle nombre y forma al futuro. Se llama Geoffrey Allen y el cuerpo que en la juventud fue atlético empieza ya a forzar las costuras. Geoffrey come y bebe, viaja y se infla de mundo. La guerra ha hecho de él un hombre distinto. Un lugar común, cierto, pero que funciona a la hora de apuntalar biografías. Geoffrey Allen, oficial de la RAF, se enamoró en plena batalla de Montecassino del resto de las criaturas del aire. Él ya conocía de antes el paisaje de la destrucción. No en vano en 1935 había sobrevolado y fotografiado las ruinas de la ciudad pakistaní de Quetta, arrasada por un seísmo. Todas las ruinas se parecen. En Italia, diez años después, los bombarderos rugían, estallaban obuses, los hombres cantaban a gritos intentando en vano espantar la muerte. Pero tras una explosión que lo dejó momentáneamento sordo, lo primero que escuchó Geoffrey fue un ruiseñor. Solamente eso. Todos construimos leyendas más o menos fundadas a la hora de contar nuestra vida, y esa de Geoffrey tal vez suene demasiado sentimental para resultar creíble. Pero tras la guerra, los pájaros se introdujeron para siempre en su relato y ya nunca más salieron de su vida.

Geoffrey bajará para siempre del avión e intentará volver a captar con su cámara de fotos aquel momento decisivo, el trino ajeno al brutal ruido humano, la continuidad y el clamor de la naturaleza. Grande, gordo, juerguista, de carcajada fuerte y pasos pesados, sabrá ser lo bastante sigiloso como para escrutar a los pájaros. Y sabrá entonces, cómo no, ver a Betty.


De la época en que sobrevolaba Quetta, calculo.


sábado, 27 de mayo de 2017

Greenery


Pantone® ha decidido que el color del 2017 es un tono de verde amarillento que ha dado en bautizar como greenery, traducido como follaje, vegetación: el verdor entendido como cualidad teórica del paisaje, como cosa que se menciona al bulto porque el detalle no interesa. Categorías que ni huelen ni pinchan ni te manchan la ropa porque no te puedes sentar en ellas. Yo prefiero traducirla libremente como reverdecer, porque según los cursis de Pantone®, el greenery “evoca los primeros días de la primavera, cuando la naturaleza revive, se restaura y renueva”. Y nena, necesitas vestirte de verde, ponerle un toque lozano a los chismes que vamos a venderte, si lo quieres es sobrevivir en este angustioso y convulso planeta.

Imagino esa reunión en la que se decreta el color del año. La petulancia convertida en uno de los elementos constituyentes de la atmósfera. El hombre sensible entre mujeres, matizando histéricamente los tonos de la paleta e inventando nombres imposibles para mearse en el cliché de que los hombres son ciegos a las sutilidades. Esa presunción de saber que influyes, porque ¿cuántas veces no te has paseado por los obedientes pasillos de Zara y H&M y te has sentido el líder espiritual de la tonalidad de la masa? ¿No le has puesto un mote ñoño a cualquier rosa y lo has vendido sutilmente como un arma de dulzura? ¿No has intentado convencernos de que el color, tu color, puede compensar una realidad sombría?

Al margen de lo tenebroso que me resulta que una empresa se erija en árbitro y ministro de la luz que reflejan las cosas, me pregunto: la teoría del color ¿es o no una paparrucha? Cuando contemplo una hoja tierna atravesada por el sol, ¿se alegra realmente y vibra en una longitud de onda particular el fondo de mis células? Veo un cielo blanquecino y digo pesadez y pellizco, pero ¿hay una relación directa entre color y corazón, o es que mi mente se ha colado entre medias? ¿Se vinculan mis emociones a la energía que la realidad emite? ¿Hay un flujo de ondas o electrones entre mi pena y mi placer y todo lo que me rodea? Ciprés oscuro, bolso naranja, aire recalentado, quejigo en el recuerdo, runrún de la nevera. 

National Geographic, mi amor y agradecimiento hacia tu generosidad no decae  No me vas a denunciar, ¿verdad?
 

La mujer de esta foto me ofrece su respuesta. Ella es su propio Pantone, ella elige y dicta el color que ha de adoptar el mundo. ¿Tuvo siempre los ojos verdes o es que se le han teñido por transferencia? Pinta las paredes y se viste según un patrón casi religioso. Tiene una moral cromática: ve verde, siente verde, cree en verde y manipula la realidad para que interior y exterior sean una misma cosa. ¿Por qué me emociona su veredicto? Pues porque esta mujer sufre demencia. Su memoria declina y el individuo que ha sido se pierde, mientras su mirada y ella misma se transforman en otra cosa. Un latido verde, una radiación, un tipo distinto, inaccesible para el resto, de experiencia. Quien la ha retratado dice, refiriéndose a los enfermos de Alzheimer: “cuando ellos no pueden seguir viviendo en nuestro mundo, nosotros tenemos que vivir en el suyo; es más facil para ellos y para nosotros”. Me parece tan sabio, tan hermoso, tan definitivo a la hora de construir relaciones, que con gusto accedería a ese reverdecer, a ese vibrar íntimamente al mismo compás que el mundo. Con gusto me vestiría y pintaría mis paredes y dejaría que los ojos se me tiñeran de greenery.


lunes, 22 de mayo de 2017

La savia parada (21)

 
Creyó tal vez que la guerra lo cambiaría todo. Que arrasaría su vida y encontraría en la ruina algún tipo de forma. Betty, buena chica, cuerpo endeble, hija de su madre antes que ninguna otra cosa, desaparecería como tantos buenos chicos enviados al frente. El tedio saltaría por los aires. Lo visceral quedaría por fin expuesto. Su verdad candente escondida tras ropas grises. A los treinta años Betty era un fruto maduro que empieza a fermentar antes de caerse del árbol. No había a la vista ser o periplo que la devorase y pudiese transportar su semilla, lejos, lo más lejos posible de la rama en la que se pudría.

Pero Nueva Zelanda era como el Plutón de las pasiones. La pura definición de la periferia. Sí, los aviones japoneses zanganeaban de vez en cuando por los cielos estrechos de Wellington y Auckland, tan altos, tan inconstantes, que la amenaza de invasión apenas conseguía arrancarte de la somnolencia. Sí, la guerra hizo mella en las importaciones, pero qué épica podía haber en las cartillas de racionamiento y en las colas. Recostada en el interior del camión que le habían asignado, Betty consideraba que la guerra allí no era más que monotonía en uniforme. De la fábrica de mantas a la base aérea, de la base al puerto, del puerto a la fábrica de galletas. Facturas, albaranes, bostezos. Esperas y prisas. Ni un bache en las carreteras. Alguien a quien conocía fue movilizado a la campaña del norte de África. Un bueno chico aburrido con un futuro ligado naturalmente a la cría de ovejas. Si en su momento Betty le hubiera dicho sí, ahora tendría al menos un nombre por el que preocuparse, su ración propia de drama.

Le dijo que no y cuando lo mataron no tuvo siquiera derecho al luto. Nada de lo que pasaba en el mundo parecía tocarla. La pena era esa cosa sin esqueleto instalada en la mente y no en el pecho. Una emoción a la que tenía que obligarse. La expectación bélica declinó pronto, incumpliendo sus promesas: ruina y regeneración; arrebato y cambio. Berlín y Japón no se habían rendido aún y Betty volvió a ser transplantada al Museo de Auckland. A veces fantaseaba con que todo lo que le ocurría, y sobre todo lo que dejaba de ocurrirle, era producto de un encanto. El aire se blindaba cada vez que intentaba abandonar el país para siempre, la vida plana que le ofrecía. ¿Su madre era la bruja del cuento? Demente y bella como la madrasta de Blancanieves, bromeaba para sí misma. ¿Era Lucy Cranwell una de sus secuaces?

Lucy, siempre Lucy. Su modelo y su afrenta. La mujer odiosa de tan admirable. Si nada parecía tocar a Betty, Lucy conseguía moldear el mundo. Todos los soldados aliados destinados al frente del Pacífico atesoraban en su petate un folleto que ella había escrito. Un compendio de alimentos silvestres que en caso de ser derribados, podrían mantenerlos con vida en la jungla. Lucy guía y brújula, chispa vital, hada buena. Lucy ganando siempre en velocidad, adelantándose. En 1943 volvió a crearse a sí misma y se casó de forma intempestiva con un capitán americano. Un año más tarde ya se había mudado a Tucson. El aire abría pasillos para ella en vez de blindarse.

Y Betty fue la elegida para sustituirla en el puesto de conservadora botánica de un museo que conocía de sobra. ¿Tenía acaso que alegrarse? ¿Por volver a Auckland, tan cerca de su madre? ¿Por seguir la estela de Lucy? ¿Por la pequeñez y el encierro y las excursiones para señoritas y niños? ¿Tenía que darse por satisfecha con el éxito de la muestra floral que Lucy había instaurado y Betty organizaba dócilmente tras su marcha? Flores cortadas. Especímenes pardos entre papel secante. Habitaciones sin ventanas. ¿Cuándo iba a empezar a correr la savia?

viernes, 19 de mayo de 2017

Mi cortafuegos

 
Muchas veces no sé qué hacer con esto. Con la alegría. Con las palabras. No entiendo muy bien cómo han llegado a convertirse en parientes, pero así ha sucedido.

Primero vinieron las ganas de contar y de soltar, de absorber y de ceder, de libar belleza y dulzura y veneno en estado bruto para después devolver algo comestible. De la mano de las ganas, la atención a lo que está fuera de mí y también dentro, y la comprensión de que no son territorios tan dispares, y de que el cráneo y la piel son más permeables de lo que parece. Espié cómo actúa el filtro de la mente y pensé ah, cabrón, ah, tramposo, ah, pobrecito. Y entonces fue llegando la reconciliación: entre lo que pensaba que debía ser la realidad y lo que es; entre mis ganas imprecisas y yo misma. De ahí a la alegría quedaban unos metros, fáciles de superar con un salto. Es lo que hice y es lo que hago, porque soy un animal comodón por naturaleza, y porque a la vida quiero verle todavía menos inconvenientes que ventajas.

No creas que me engaño. Sé tan bien como cualquiera que, vista con instrumentos de precisión, un microscopio o un catalejo, cualquier biografía es susceptible de hacerte enarcar una ceja. Tanto afán, tanto apremio. Tanto dolor, tanta miseria. Tanto desamor, tan poca inocencia. Respirar mata, el ADN te traiciona. Nadie habla verdaderamente tu lengua. La mezquindad campa a sus anchas. La decencia es pose o artículo de lujo. Toda realidad es interpretable y todo generalmente se malinterpreta.

De todo eso me protejo con mi cortafuegos de alegría y palabras. Procuro moverme desnuda, curiosa y simple por este mundo sucio. Pero ¿con eso basta? A mí me viene bien, desde luego, pero yo ya he dejado de pensarme exclusivamente como un individuo. El afán ajeno me consume. Tu dolor me hace tanto daño. Cada tara en el amor de la que soy testigo se suma a mis propias taras. La mezquindad de los demás me salpica. Tu ego invoca a mi ego y termina sacándolo medio podrido de donde lo había enterrado. No soy capaz de sobrevivir sola en mi isla de calma. Conjugar los verbos del vivir en primera persona es una trampa.

¿Cómo colectivizo entonces la sonrisa a prueba de ruina? ¿Qué palabra ofrezco? Si es que las palabras sirven de algo. Si funcionan mejor que una tirita taponando un tajo en el cuello. A veces intento encontrar un consuelo hablado para el mal o el fracaso ajenos. Y casi siempre me siento una boba bienintencionada, qué combinación medio odiosa. ¿Cómo puede curar mi discurso improvisado a un discurso mental tuyo que llevará fraguándose años? ¿Cómo puedo convencerte de que esto es verde y no rojo? ¿Cómo convencerte de que si tu impotencia fluye en mi dirección, también puede fluir hacia ti mi alegría? ¿Qué te digo para que confíes en que sigue habiendo ventajas?

lunes, 15 de mayo de 2017

Wanna Hug*

 
Mi amiga a la que sólo abrazo con palabras y yo nos escribimos cartas. Empezamos cruzando correos electrónicos y después, como una forma de rito, nos pasamos al papel. La tinta. Los sellos que ya no dejan un sabor amargo en la boca porque ya no hace falta chuparlos. Los sobres: entro en el estanco con la leve zozobra de los actos inusuales, casi como si fuera a comprar la píldora del día después. Los buzones siempre ponen a prueba mi confianza, y siempre se la ganan. Entrego mi carta y me encomiendo al buen hacer de alguien. Es una labor cuajada de huellas, una interacción en la que intervienen manos. Cuando hay manos de por medio, hay un plus de calor, una recuperación de la solidez.

No conozco la estatura de mi amiga, las cambios que la risa produce en su cara. No he escuchado su voz ni su acento, ni me ha llegado su olor, aunque yo lo imagino como una mezcla de hierba mañanera y pan tibio. Con semejante falta de datos, ni siquiera sé si tengo derecho a llamarla amiga. Nunca he besado sus mejillas ni la he abrazado. Y a pesar de que nuestra simpatía es intangible, nos enviamos materia escrita de una parte a otra del país. Como si nos lanzáramos salvavidas para no naufragar en el mar sin sustancia que amenaza con tragarnos. Una forma bastante cándida de intentar nivelar la balanza inclinada sí o sí a favor de las realidades virtuales.

¿Nostalgia de un mundo moribundo? Sin duda. Las cosas físicas declinan. Monedas, nóminas y facturas, libros y cuadernos de campo, amistades y música; mapas de carretera, álbumes de fotos, aparatos que funcionan a pilas, guías de viaje, fuego en las cocinas. Claro que podemos pasar sin todo eso. Lo sólido es un engorro. La mente no necesita alimentos materiales para crecer y multiplicarse. Yo odiaría volver a los bancos para hacer transferencias. El corazón me dolería si tuviera que renunciar a mis fuentes de música emancipadas del disco. Y si ya no me leyera nadie a través de este blog... Seguiría saliendo alegre al mundo y encontrándolo extraño, voraz o deslumbrante, pero siempre miraría a mi alrededor con la esperanza de tener cerca a alguien a quien señalárselo. Me sentiría el último mohicano.

Hacer los deberes de niña, tomar apuntes en la universidad, escribirlo todo a mano, me formó un tremendo callo en el dedo anular que con los años y los teclados se ha ido desintegrando. No lo echo de menos en absoluto. Y sin embargo, cuando un ataque informático global nos estremece y nos pone a las puertas de una distopía sin dinero, ni electricidad ni memoria personal ni vínculos, mi hambre de materia se renueva. Libros acariciables. Letra manuscrita. La voz seguida de aliento. El dedo que señala al pájaro. Manos que haciendo cosas se transforman. Abrazos.

Y me pregunto si habrá alguna otra forma cándida de equilibrar la balanza. Si todavía hay tiempo de corregir paradojas: confiar en un mundo fácil pero vulnerable. Guardar mi corazón en un disco duro que no entiendo, como tampoco entiendo a mi cerebro, y esperar que se quedé siempre ahí, bien fresco y a mi disposición. Mandar adonde quiera mi voz de manera que conserve algo de cuerpo. Estar allí contigo, lejos, a través de una pantalla, y que a la vez haya un flujo de calor. Abrazar con palabras y que eso sea otra forma de materia.


(* Hug = abraz0, anglófobos. Mi versión del virus. Ya podéis ponerlo a rular por vuestros equipos en red )


jueves, 11 de mayo de 2017

Carta a quien no me influyó

 
Estimado señor de la Fuente:

Disculpe que no me dirija a usted usando su nombre propio, ni mucho menos lo llame amigo. No creo que pueda permitirme esas confianzas, porque aunque yo sepa quién es usted desde siempre, ninguno de los dos hemos tenido la oportunidad de que dirigiera mi vida de algún modo o la cambiase. No crea que no me entristece. Pienso en lo cerca que está usted del corazón de mucha gente a la que quiero y admiro; hago cuentas de las veces que me han dicho que una trayectoria sólida de amor a la naturaleza fue catalizada por su presencia rotunda y su obra; e inevitablemente siento la nostalgia de quien se ha enterado demasiado tarde de la celebración de una fiesta.

Pasa que nací sólo unos cuantos años después de lo debido. Pasa que usted murió prematuramente cuando yo no llevaba más que quince meses en este abigarrado y paradójico planeta. Pasa que usted es la conmoción y la leyenda de otros, y no mis propias conmoción y leyenda. Le tengo un respeto aprendido y un cariño de prestado. Sentimientos de los que seguramente carecería si no fuera por sus intermediarios. Lo quiero a usted como se quiere a las chancletas de una madre, al pijama del marido, a los Sandokán y Naranjito y Petrovic que hicieron vibrar a mis íntimos. Su presencia en mi vida es un agradable ruido de fondo, una canción del verano, una impregnación tan larga que pasa desapercibida. Una caricatura, incluso. No hay antes y después de usted. No hay boca abierta delante de la tele ni ojos improntados.

Y lo lamento, nuevamente. Siento la congoja que quizás deben de sentir los hijos cosechados en un banco de esperma. Mi vocación naturalista tiene uno entre cien mil padres desconocidos. El cruce efímero de biografías no me ha permitido ser su huérfana. Y créame que yo vengo necesitando una figura poderosa que me encauce. Esa vocación es segura pero tardía. Han tenido que caer muchas hojas y volver muchas primaveras para que la forma de mi amor se revelase.

Por eso ahora me encuentro con que tengo malformaciones de crecimiento. Desconozco tantas cosas: tantos actores, tantos vínculos, tantos porqués y tantos nombres. Antes pensaba que la taxonomía carecía de importancia, que acumular especies cifradas en una lengua muerta, de plantas, de pájaros, de insectos, era una variedad blanda y benigna del síndrome de Diógenes. Ya no soy tan arrogante. Ponerle un nombre a cada cosa es una tarea de Adanes. Lo dice la Biblia, y aunque para mí eso no sea un refrendo, sí que es una fuente de belleza. El canto del reyezuelo sencillo es distinto del canto del reyezuelo listado. El sábado pasado me lo enseñaron. En otro tiempo hubiera dicho pues vale. Ahora sé que el hecho de que cada cosa se llame de un modo farragoso significa que el ojo y la memoria aprecian la diferencia y el matiz, y por tanto, la chalada exuberancia de la naturaleza. No hay necesidad ninguna de que haya siete especies distintas de reyezuelos, pero puesto que el arrollador brío de la evolución ha sido maníaticamente capaz de imaginarlos, sí es un acto de admiración poder distinguirlos. Es necesario.

Pero dime, Félix, ¿quién me cataliza a mí? ¿Y de dónde saco yo ahora un tutor que me corrija las deformidades? ¿Qué leo, a quién acudo? ¿Quiénes son los guardianes de los nombres? ¿Quién podría secar mis lagunas sin marchitarme?

¿Podrías tú mandarme una bibliografía desde el lugar que seguro que compartes con los animales muertos malamente, de forma prematura? ¿Eh, amigo?

domingo, 7 de mayo de 2017

Entregada


¿Sabes cuando una canción encaja tan perfectamente en una hora y en un paisaje que es como si de repente algo que no te da vergüenza llamar dios - porque de repente ya no hay vergüenza  - se hubiera curado de su ataque secular de mutismo?

¿Sabes cuando entre canción, paisaje y corazón se forma un triángulo de amor perfecto? Cuando vas conduciendo y te recuestas de tal modo en esa cama que estrellarte contra un camión que misteriosamente ha dejado de estar lejos no te parece tan mala opción.

¿Sabes cuando te dispersas y te fundes y ya no hay manera de distinguir biografía y espacio? Cuando tu nombre se convierte en toponimia. Cuando puedes leer un bar de carretera, un prado, un polígono industrial, una vía de tren, un cerro quemado, un arroyo, como tus propios capítulos. 

¿Sabes olvidarte de ti mismo y no saber después dónde te has puesto y no encontrarte de ningún modo y encogerte de hombros y decirte bah, ya apareceré por algún sitio? ¿Sabes cuando la travesura de no asomar por tu propia mente te tienta?

¿Sabes cuando dejas de enfocarte de esa forma obsesiva? Cuando desatiendes tanto tu posición y tus defensas que la realidad se propaga dentro de ti como una enfermedad nueva. Cuando ya no eres memoria y hambre sino árbol, hoja nueva, insecto alojado en la agalla, helecho sobre el tronco, micelio, espora. Cuando embarrarte los calcetines dentro de las botas no te incomoda porque también eres el barro.


Mi retrato


¿Sabes cuando la importancia que te das se desvanece y el talento obvio de los demás ya no ofende a tu autoestima? Cuando la belleza ajena te adorna. Cuando ya no hay agravio comparativo. Cuando no envidias más porque tú ya no eres un ego encerrado en una celda de hueso sino una esponja, y no siendo alguien eres cualquier cosa .

¿Sabes cuando por fin, por fin, entiendes de veras que no importa qué sino cómo? Cuando te das cuenta de que cualquier cosa que hagas estará bien siempre que las hagas con amabilidad y entrega.

jueves, 4 de mayo de 2017

El hábito de sobrevivir (20)

Soñaba, claro, quizás no más que cualquier persona. Grandes sueños barrocos como cumulonimbos. Se soñaba a sí misma como una heroína de incógnito, el rey que vestido de mendigo se mezcla con sus súbditos. Imaginó, mientras se ahogaba en la pena blanca del hospital para tuberculosos, que en realidad ella era Anastasia, gran duquesa rusa, fugitiva de la fosa de los Romanov. Oyó voces que le susurraban eres radiante, eres hermosa, eres digna. No pensó que su cerebro seductor la engañase.

Soñó que finalmente zarpaba, no en aquel barco que debía circunnavegar el cabo de Hornos, sino en el Rangitane. La travesía a través del canal de Panamá no era habitualmente tan arriesgada como la que había de llevársela para siempre de Nueva Zelanda, con una fiesta de torbellinos, adrenalina y borrascas haciéndole coros a su despedida triunfante. Ah, pero el Rangitane, que sí había conseguido hacerse a la mar en guerra, tuvo la discutible desdicha de ser interceptado por una escuadra alemana. Soñó que ella estaba allí, la noche encendiéndose con bengalas y algún otro tipo menos inocente de fuegos artificiales, oficiales nazis al abordaje, ladrando, damas con ataques de nervios, capitanes insensatos. Contempló cómo el barco se hundía desde la cubierta de un buque enemigo, envuelta en una manta. Se convirtió en prisionera, hermosa en el hambre y el aplomo, digna, radiante. Repartió ánimos, entretuvo a mujeres y niños en el campo de detención de Nauru, enseñándoles nombres de plantas. Miró y fue mirada a los ojos por hombres a los que la guerra había desprovisto de modales. Fue liberada en Emirau, Papúa, y rescatada por los australianos. Después, cualquier hazaña, cualquier periplo que no terminase en los puertos de Wellington o Auckland. Gigante y sola o ataviada con el romance.

Una y otra vez Betty se soñó como superviviente. Cómo podría haber imaginado otra cosa, si su infancia y su juventud fueron un ir superando trances. Sus pulmones, su abandono, su desolación de paria. Su retraimiento, su falta de perspectivas, su educación robada. El terror a convertirse en el títere de su madre. Y a pesar de sobrevivir mejor o peor a tantas amenazas, siguió sintiendo que la camisa se le quedaba estrecha. Estalló la guerra, quedó varada, desesperó. Y en vez de resignarse al hecho de que su futuro había vuelto a ser saboteado, siguió soñando. Como no se le ocurría otro argumento decidió alistarse.

Qué ventolera, Betty, qué locura. Sólo había que verte para comprender que esta vez la sensatez estaba de parte de tu madre. Que montó en cólera y puso trabas, y movió hilos y habló con quien estuvo en su mano para que no te aceptasen. No eras precisamente la imagen de la fortaleza. Demasiado enjuta, demasiado...tísica. Pero la oposición de Nellie Maud se había convertido para ti en una forma de gasolina. Y te empeñaste. Puede que enredaras de alguna forma al médico militar que había de evaluarte. Le dijiste que el día anterior habías subido una montaña, y que por eso te faltaba un poco el resuello y, caramba, es verdad que lo habías hecho, y que acudiste con la cadera lesionada. La prueba física fue un suplicio, pero te las apañaste para evitar una radiografía pulmonar que te hubiera mandado directamente a casa. Y te fuiste de allí con tu uniforme azul de la Women’s Auxiliary Air Force. Tu madre no logró que te declararan inválida hasta el último año de la guerra. 

Resultado de imagen de Women’s Auxiliary Air Force new zealand
Gracias por el glamour

Hasta entonces condujiste camiones de base en base. Te echaste a los caminos, aprendiste a domar motores a la fuerza. Alguna vez el cielo se oscureció con siluetas de aviones japoneses y temiste saltar por los aires. Alguna vez miraste a los ojos de hombres a los que la guerra había liberado de modales. Quizás alguna vez pensaste que ojalá Holloway te viese. En tus días libres te ibas por ahí a buscar plantas, porque una base aérea no es un hogar y te podía la nostalgia.

Pero volviste a sobrevivir. Y no estabas soñando.