sábado, 22 de abril de 2017

La (dudosa) timidez de los árboles

La ciencia me resulta de lo más tierna cuando se pone poco científica: cuando se mete en el bazar del corazón, tan lleno de saldos y ropa revuelta, para nombrar fenómenos que se suponen objetivos. Resulta que algunos árboles de bosques o parques especialmente frondosos parecen seguir un patrón apocado y tienden a evitar que sus ramas contacten con las de los árboles vecinos. Ello genera que entre copa y copa se recorte un vacío por donde el cielo es cribado, una alternancia de árbol y no árbol que dibuja meandros, eses y hasta caligrafías de alguna lengua muerta. Los botánicos llaman a esto la timidez de los árboles, y a mí me da un poco la risa. Será porque en la escuela me domesticaron a fuerza de categorizaciones. Lo afectivo no se confunde con lo aséptico. El saber no ha de contaminarse con sensiblerías.

Me agradezco a mí misma haber desactivado esos escrúpulos, esa manía de plantar lindes entre puntos de vista no tan distintos. La ciencia y la poesía pertenecen a la misma especie y pueden por tanto aparearse y dar frutos y crías. Desde que se me puso el corazón verde, ya no puedo andar por el bosque sin escuchar rimas. Sin que el rocío y la savia y mis secreciones mentales se vuelvan una misma cosa.

Y sin embargo, leo acerca de la timidez de los árboles y se me pone cara de indulgencia. Automáticamente imagino a quien describió el fenómeno como a una criatura desvalida y sin armas frente al despiadado mundo. A mí, que he sido tímida a un nivel patológico y que todavía llevo encima lo mío, nunca se me hubiera ocurrido cargarle a los árboles el peso de mi insuficiencia. No me cabe en la cabeza que ambos términos puedan ir en una misma frase. Árboles. Timidez. A quién ha podido ocurrírsele. Yo no he visto todavía al primer árbol cohibido. Sí árboles chalados que se obcecan en arraigar en paredes de piedra. Sí árboles hospitalarios. Sí charlatanes. Seres tan sólidos y a la vez tan livianos que no temen que te acerques, que te dejan estar ahí debajo con tu falsa importancia y tu vandalismo latente.

Y he leído también de árboles que se comunican. Se dan noticias, se alertan, se sincronizan. Se conectan mediante redes tan sutiles y ubicuas como nuestros sistemas de comunicaciones virtuales. Hablan sin parar idiomas indescifrables. Y como la ciencia no da con la piedra Rosetta que los traduzcan, nos atrevemos a personificarlos. A la distancia entre árboles se le da una connotación mustia, igual que a la distancia entre humanos. Porque quien se atreve a decir que la timidez es hermosa es que siempre la ha contemplado desde afuera y arriba, desde la posición fanfarrona con que se estudia a las larvas.

Vemos árboles que no se tocan y pensamos en seres retraídos. No en una forma elegante de colaboración y respeto, no en espacios que no tienen propiedad y por tanto pueden ser compartidos. Me alejo un poco de ti no porque te tenga miedo o porque malinterpretemos la compañía, sino por deferencia: el espacio que te rodea está impregnado de tus mensajes, y si yo lo usurpo podré entenderte sólo a medias.

Para captarnos debemos dejar canales de silencio abiertos. Eso es lo que me dicen árboles nada tímidos cuando paseo o me siento bajo ellos.


Los de mi barrio se toquetean como quinceañeros.

domingo, 16 de abril de 2017

Una pieza suelta

 
Un día te levantas inclemente, más cansada o más lúcida, y entonces te das cuenta de que nada encaja en tu vida. Es una primera intuición errónea, pero al menos consigue por fin ponerte en la vía de la duda. A continuación puedes hacer lo de todos los días: cambiarte de acera. Rehuir como siempre tus intuiciones. Tienes cierto talento para ese arte. Podrías sacudirte la nueva visión de la cabeza, atarte bien la bata en torno al cuerpo y prepararte un té tan fuerte que no deje espacio en el paladar a otras amarguras. O podrías en cambio atender al verdadero mensaje. Colocarte de modo que te alcance en el pecho el tiro de gracia. Ya lo has demorado bastante. Estás cansada, estás lúcida, estás inconmovible respecto a tus propias argucias. Hoy es el día en el que definitivamente aceptas que tú eres la única pieza que no encaja.

A tu alrededor todo está bien. Tienes un trabajo aceptable. Una afición en torno a la cual vertebrar el tiempo libre. Un puñado de gente a la que al menos no tienes que explicar cada vez qué es un soro o un prótalo. Vives en una ciudad pulcra junto al mar, ordenada y a un par de horas en tren de paisajes que logran que todo se calle. En esa misma ciudad vive alguien cuyo nombre repites mentalmente con tal constancia que a veces lo confundes con tu propio pulso. Todo cabal, todo correcto. Salvo que nada de eso te reclama. Nada de eso te invoca, a la manera en que en el universo se invocan todos los objetos con masa. No eres la madre de nadie ni de nada. No eres urgente ni necesaria. En tu trabajo, en tu afición, en tu ciudad, o en tu grupo. A alguien le dolería en un primer momento que te perdieras de vista, pero lo terminaría agradeciendo a la larga. Alguien que te lo ha enseñado todo en el arte de esquivar conflictos.

Como ya no vas a darte tregua, repasarás cada una de aquellas miradas que te parecieron puertas de entrada, pasillos que llevaban a lo íntimo. Dobles sentidos a los que se les han marchitado las insinuaciones. Roces que a lo mejor sólo eran accidentes, o a lo mejor flores de un minuto, bellos híbridos improductivos. Desgranarás tus indicios y reconocerás lo endebles que eran. Podrían haber apuntado o no a una historia, y ese o no te pone la cara roja. ¿Se habrá dado cuenta él? ¿Habrá querido compensar con amistad y favores lo que no podía prometer sin mentirte? Oh, por favor, ¿le habrás dado lástima? Y si fuera todavía un o sí, si en verdad hubiera habido una historia: una de esas que no pasan nunca del prólogo, puntos suspensivos infinitos por culpa de la parálisis y la cobardía. ¿No sería mucho peor eso? Como una planta en un tiesto que crece y crece hasta agotar el sustrato.

Un día Betty se despierta inclemente y sabe que su tiempo en Dunedin, en la misma Nueva Zelanda, se ha agotado. Contempla a veces su propia vida con el deseo irrealizable de un fantasma. Nada en ella necesita de su concurso. No tiene peso ni raíces. La pertenencia no la ampara. En un universo sometido a la gravedad, ella se siente un objeto sin masa. Si no fuera por la tía Gwen, sería como un globo que escapa de la mano de un niño. Ella sigue siendo como un oasis que, en vez de agua y frescura, promete familia. La única persona que la sigue convocando. Ha llegado el momento de volver a intentarlo en Gran Bretaña. Puede que allí, de una vez por todas, se desarrolle la verdadera historia.

O puede que no. Todavía.

jueves, 13 de abril de 2017

Naranjo santo

Vamos también en procesión. Perro, gato, yo, un puñado de insectos. Me llevan en volandas como a una Virgen, aunque sea todo lo contrario, porque no tengo hijo y no tengo más que dolores solidarios, y porque. No tengo que dar más explicación. Humana entre criaturas de la tierra y el aire: híbrida. A veces estoy tan libre de mí misma que me siento un árbol que anda. Nico y Bola me preceden como heraldos. Gata marrullera y perra lánguida, tan diferentes en temperamento y tamaño que parecen dos cowboys imprevistos. Nico, camafeo. Bola, Orson Welles, unidas en alguna empresa sin nada que perder ni demasiada esperanza.

Me portan a mi iglesia, me dejan en mi nicho. Envuelta en mi incienso favorito. Dentro del naranjo el olor marea como un escape de monóxido de carbono. Aspiro con avaricia: si un depredador diera conmigo mi carne sabría a azahares. Tomad y comed. También aquí hay algo santo.

Soy burlona, dios no me entra en el cerebro, pero mi corazón no tiene ni cinco gramos de cinismo. Cuando me meto debajo de los árboles estoy a punto de creer en que algo que sólo puede ser bueno provee. Miro con arrobo las naranjas que mejor saben del mundo. Un par de grados más ácidas que dulces, esa es la combinación que me gusta. ¿Cuántos litros de agua han bombeado las raíces, cuánto en la tierra se ha desmenuzado a un nivel microscópico, cuánto sol para producir cuántos cientos de kilos de azúcar? ¿Cuántos metros cúbicos de compuestos volátiles para atraer a cuántos insectos y a este ser humano que parece que está callado pero en realidad canta?

Podría quedarme hora tras hora inmersa en este lugar vivo y no pasaría sed ni hambre. Me parece una buena premisa para establecer santidades. Comerse una naranja en su misma fábrica se parece bastante a la eucaristía. El árbol dentro de mis células, el sol, la lluvia, la el planeta desecho en sus minerales. Es bastante abrumador, pensar así el alimento. Fruta, hierba, músculo que una vez corrió, saltó, voló, nadó. Es una generosidad tan radical, de unas dimensiones y un alcance tan desmesurados, que no me extraña que hubiera que revestirla de mito y liturgia para poder seguir comiendo como si fuera un acto insignificante.

Mi padre ve mis zapatillas fucsias asomando por debajo de la copa y me pregunta qué haces ahí debajo. Nada, simplifico. No es fácil contar así como así que lo sigo intentando. Entender. Descifrar el juego de luces y sombras, la coreografía de los bichos. Que de pronto la naturaleza se revele y me explique sus procesos. Por qué este año hay más abejas que otros, según mi padre. Por qué los nísperos parecen haberse librado del tizne. Por qué ese peral de ahí, en plena floración, ha empezado a secarse. Cómo se comunica entre sí este mundo de criaturas sutiles, qué sumas y restas y multiplicaciones y sinergias se dan infatigablemente para que yo mire lo que miro, huela lo que huelo y me embriague. No es sólo curiosidad, ni sólo esperanza práctica (quiero que se acaben los crímenes de la agricultura y que dejen de morirse mis árboles). Es la única manera que tengo de interrogarme por el sentido. 
 

Que sí, fotógrafos finos. Hasta yo sé hacer fotos mejores. Pero en esta estaba casi el rayito de la revelación

sábado, 8 de abril de 2017

Hablar de correr sin disculparme

Correr.

Oh, vamos.

¿Va a ser este un texto entre tantos? ¿Uno puramente bloguero? O sea: la expresión de una vida irrelevante que mediante la publicación se imagina singular y digna. Internet está alicatado de relatos sobre el correr entendido como revelación, vía de luz o catarsis. Empiezas a correr, y luego hablas de que corres, y lo haces con la misma familia de palabras que las que usó el ángel de la Anunciación con la Virgen María. Sin darte cuenta de que estás sumando una voz más, tu voz no tan particular, a un estribillo masivo.

¿O va a ser más bien un texto esnob? ¿Uno de tono ligeramente burlón o condescendiente? Oh, sí, los blogs: ese paisaje desmesuradamente llano y atestado de parcelitas, cada una con su casa y su árbol y su columpio para los niños, una infinita zona residencial de Texas. El running, oh, sí, cómo no: la enésima fiebre gregaria en un estilo de vida que ha desdibujado al individuo.

Pues...no. No sé. Opina lo que prefieras. Lo único que quiero decir es que, desde hace unas semanas, corro. No mucho. Apenas. Mi marca está ahora mismo en diez minutos. Diría: una mierda, si este no fuera un sitio más o menos distinguido. Pero para mí son diez minutos de triunfo. Corro. Diez minutos. Seguidos. Internet es como el monte Testaccio de Roma: una colina artificial levantada con escombros de triunfos ínfimos. Nada de lo que diga me rescatará de la insignificancia. Ninguna frase agraciada o aguda maquillará el hecho incontestable de que soy un número. Una oveja más en el rebaño de los que corren. Para mí no tiene ninguna importancia. Nunca he tenido esperanzas de que la escritura fuera a convertirme en un objeto de lujo.

Por qué lo cuento entonces. Porque si no estructuro mi trivial experiencia de este modo, mi propia vida me sabe a dèjá vu escurridizo. Y por qué después lo comparto. Porque aunque todos hacemos y decimos lo mismo, y a todos nos duelen los mismos dolores, y nos reímos con los mismos chistes, en realidad estamos muy solitos.

Así que corro, y a las primeras zancadas me duele el tibial anterior porque mis rodillas son aparatos volubles. Corro, y no me ilumino ni me hago el amor a mí misma. Corro y sólo pienso en que se acabe de una vez por todas. Corro porque para mí es un acto gratuito. No lo hago por razones de salud o disfrute; no espero ponerme aún más maciza. Si quisiera inventarme una finalidad, correría como quien levanta barricadas en la calle. Alardearía de formar parte de una guerrilla urbana contra el coche y la silla y el movimiento pasivo. Pero ante todo es una guerra íntima: correr como toque a degüello contra mis propios prejuicios. ¿Así que has odiado toda tu vida correr? Corre. ¿Aún te duele y te avergüenza aquella criatura torpe que en la clase de gimnasia no daba pie con bola? Corre. Expurga los dolores falsos que nunca te sirvieron para que te declararan exenta. Di sí son las piernas a lo que siempre fue un no rotundo.

Corro porque mientras corro, corro y punto. No estoy en otro sitio más que dentro de unas zapatillas perfectamente improcedentes para mi tipo delirante de pisada. No escapo de mi ahora jadeante. No me dejo embaucar por oasis lejanos. No voy trazando planes. El futuro se jibariza y dura sólo los minutos de mierda que tengo hoy asignados. Tiempo y espacio adquieren las dimensiones de un lugarcito hogareño. El mundo no parece tan inhóspito cuando los horizontes quedan al alcance de los pies y las manos.

Corro porque creo firmemente en la propagación de los actos. Emprendes algo en un ámbito de tu vida y sus efectos se irradian hacia ámbitos aparentemente incomunicados. Una ramita seca cae en medio de la charca y la energía en forma de ondas llega hasta la orilla. Imitas coreografías en una clase colectiva de zumba y tu andar por el monte se hace más animal y leve. Escribes la vida de forma asidua y sorprendentemente cada vez te das menos importancia. Te empecinas en correr y quién sabe dónde terminará manifestándose ese empeño, bajo la forma de qué nueva claridad o firmeza. Con tus mínimos triunfos banales y gregarios, qué monte no se construye.

sábado, 1 de abril de 2017

Al calor de los helechos

 
Betty lo siente en la piel de la espalda y se estremece. Tiene una especie de rádar. Cuando cada vocación incipiente en tu vida ha sido ridiculizada por una madre demasiado exquisita; cuando la gente se ha cambiado de acera a tu paso por miedo a que la contagies, aprendes a detectar los focos de calidez ajena. El cliente nuevo la sigue hasta la que será su habitación. No parlotea; no se opone al silencio irrespirable de un hotel que ha sido abierto sólo para su estancia. Las chimeneas están ciegas. En el bar el licor se condensa venenosamente al fondo de las botellas. La madera que reviste las paredes parece guardar entre sus vetas el eco de los deportistas huidos, los aventureros, los recién casados, los amantes furtivos, los que buscan calmar los nervios agotados en la nieve, los que han leído demasiadas veces La montaña mágica. Betty se está preguntando en cuál de esas categorías podrá encuadrarse a este hombre. No parece un furtivo, no tiene pinta de necesitar que lo apacigüen. Más bien... Pero ya ha alargado el trayecto todo lo que la planta del hotel permite. Lo siguiente es dar en vueltas en círculo, recorrer una y otra vez los mismos pasillos, envuelta en el calor amable del extraño, mecida por sus pasos sincopados. Espero que le guste su habitación, señor Holloway. No le dice que ha escogido para él su favorita, a la que ella le gustaría entrar seguida de un marido flamante. A qué hora prefiere que le sirva el desayuno.

A las siete y media Betty lo tiene ya todo listo. Ha preparado una tetera no con el té insulso que se almacena en la despensa del hotel, sino con el que la tía Gwen le envía desde Londres, y que ella atesora como si fuera una promesa de vida recia. En la bandeja, junto a los bollos de especias que la han hecho madrugar y la ración de mantequilla por la que la harán rendir cuentas, las flores que recogió en el paseo de ayer. Manuka, cinco especies de genciana con cinco tonos de blanco ligeramente distintos. Hijas de la nieve. Estaba nerviosa mientras batía los huevos, encendía el horno, sacaba brillo otra vez a los cubiertos. Temía el momento de llevar la bandeja de la cocina a la galería acristalada donde anoche decidió que atendería a su cliente. Su cliente. El posesivo modesto la hace sentir dichosa. Temía armarla de nuevo. Pero la taza ha dejado de bailar contra el platillo en el momento en que lo ha visto. Ese hombre tiene algo: una suavidad infalible que se derrama sobre todas las cosas y las vuelve igualmente suaves, desprovistas de filos, espinas y trampas.

Por encima de los bollos recién horneados, el té fuerte y la vista sedante de los prados alpinos, él ha admirado las flores. Y así es cómo por fin se ha enterado de la categoría que le corresponde. El cliente y ella son de la misma especie. ¿Puedes creerlo, Betty? ¡La botánica te ha seguido el rastro hasta la cima de las montañas! Antes de que el té se quede inevitablemente frío, Betty ya sabe que además de catedrático es reverendo, y él, que Betty ha trabajado con Lucy Cranwell, una señorita estupenda, aunque tal vez un tanto vehemente, ¿no es cierto? Se siguen contando sus cosas: las sendas descubiertas por el deshielo que él no debería perderse; cómo anda ahora mismo enfrascado en el ciclo reproductor de un género arcaico de helechos, un asunto tan endemoniadamente esquivo que necesitaba estas vacaciones, salir del laboratorio y del despacho, solazarse la vista con las flores y su sexualidad tan obvia, tan simple. Disculpe, querida.

Pocas semanas después Betty comprobará con sus propios ojos que el laboratorio y el despacho de Holloway son una misma cosa: una habitación de dimensiones humildes, acorde con la asignación económica que la Universidad de Otago concede a su cátedra. Ha bajado de sus montañas y ha seguido al profesor hasta Dunedin. Trabaja como arreglista floral y recepcionista en un hotel donde él conocía a alguien. Los días libres acude de oyente a sus clases, y esta vez todo parece distinto: los espacios cerrados ya no la agobian tanto, y no sabe si lo que ha cambiado es el espacio, que es más distinguido, más británico, o es ella la que ha cambiado. El aire libre y el esfuerzo montañero la han endurecido, han calmado su claustrofobia. Holloway la sigue envolviendo en calidez, la sigue estremeciendo, vuelve la vida un deslizarse. Los domingos es invitada a comer a su casa, donde su esposa Margaret, tan dulce como él, tan difícil de detestar, recibe a los mejores estudiantes del profesor como a sobrinos muy queridos. Él le da la comunión en la catedral, y es voluptuoso, es más que un consuelo sentir que por fin forma parte de una familia.

Luego, en el laboratorio ridículamente austero donde las bombillas se cubren con latas de cacao para facilitar la visión al microscopio, él la introduce en las intimidades de los helechos. Mira, Betty, Psilotum, uno de los dos géneros vivientes de la psilotáceas. ¿Entiendes por qué no había manera de saber cómo se reproduce esta condenada familia? Porque el gametófito, el órgano sexual, es subterráneo y se asocia con un hongo. O sea, que no hace la fotosíntesis. El ser que genera una planta apenas si es una planta. Qué te parece. 

Misterioso, eso es lo que le parece. Sarcástico, un erotismo tan secreto. Inolvidable. Betty jamás podrá dejar de sentir una especie estremecedora de calidez cada vez que su vida se cruce con el Psilotum.


Los botánicos...necesitan salir más con gente cariñosa
 

jueves, 30 de marzo de 2017

Llave mágica

 
Diez de la noche pasadas. Aún no me he quitado el uniforme. En mi piso alquilado suena el timbre. Es uno de esos sonidos que se han vuelto anacrónicos. Nadie llama ya a la casa de nadie, sin previo aviso por whasapp. He aquí otro intento de hacer sociología a partir de una experiencia propia. La verdad es que nadie llama nunca al timbre de mi casa.

La presidenta de la comunidad hoy sí, bendita. Casi todos los días oigo a través de los tabiques cómo toca el timbre también de la vecina que nunca sale y le pregunta cualquier cosa. Las veo con el ojo de la mente. Pijama de felpa frente a bata cerrada a la altura del cuello con mano de pájaro. Charlan durante un rato: voz firme y dinámica frente a trino quebradizo. Nunca sabré por qué no sale la vecina que no sale nunca, porque nunca seré lo bastante descarada, lo bastante compasiva, como para salir en pijama al descansillo a crear comunidad y llevar a la casa de una enferma mi olor de calle. Que la compasión sea un acto de osadía dice poco del mundo que habito.

La presidenta que merece su cargo no viene expresamente a darme charla, sino a traerme la nueva llave maestra. La que a partir del lunes abrirá las cuatro cerraduras que blindan el microhábitat de pasillos cortos e impolutos que compartimos. Llave maestra: diminuta excitación interna. Objeto mágico. La miro en la palma de mi mano. Grandona, dorada. Me cuesta un poco entender que sea una objeto inocuo, salido de un lugar tan prosaico y a la vez tan fabuloso como es una ferretería. Después miro a la presidenta. La gente en pijama me resulta bastante irresistible. Razón por la que me veo, uniformada y hambrienta de cena, buscando espacios comunes. Le pregunto por su madre de noventa años. Me pregunta por cómo anda el campo. Las dos guardamos llaves mágicas en nuestras manos.

Y a continuación viene algo obvio. Es cuando yo me pregunto cuál es la llave maestra que lo abre todo. ¿El amor? Pero el amor es una criatura tan ambigua, se puede confundir con tantas cosas, apetito, indigencia, afán de dominio... El amor a medio digerir a veces abre y otras veces cierra puertas.

¿La alegría? Sí, podría ser, esa responsibilidad de uno mismo hacia el hecho de estar vivo. Si no fuera porque a veces la alegría íntima linda con la autocomplacencia, y ese es un sentimiento que cierra herméticamente el acceso al dolor ajeno.

¿La atención a las cosas grandes y pequeñas? El cielo y los pulgones. Los ecosistemas en trance y mi dolor de cadera. La soledad y el palabreo incesante. La atención esmerada e ingenua, la que no categoriza ni juzga, vuelve permeables los muros, abre huecos en las fronteras, pero a veces me parece que atender sólo no basta; ser testigo sin más de las intimidades del mundo es como quedarse en el umbral de las puertas.

Hace falta la llave, sí, pero también hace falta sentir que la puerta se abre a algo tuyo. El árbol que admiras. La somnolencia conmovedora de la persona junto a la que te levantas. Los dos conductores que se pican delante de ti en la autovía. La cochinilla acanalada en los naranjos. Mi vecina que no sale nunca. Las migrañas. Para que todo se abra ante ti es necesario sentir que no eres diferente en esencia. Hace falta entregarse y a la vez apropiarse del mundo. Hospitalidad: esa me parece la llave maestra.

domingo, 26 de marzo de 2017

Micorrizas


Los talentos tienen muy buena prensa, pero tal vez la falta de maña tenga aún más poder para dictar el rumbo de una vida. A uno le gusta identificarse con lo que le sale: metes a menudo un balón entre tres palos y te haces llamar futbolista; juntas palabras con cierta solvencia y esperas que el mundo te llame escritora. Pero cuántos de los nudos decisivos de tu historia no han estado marcados por la incompetencia. Cuántas biografías alternativas has dejado de contarte porque no sabías o no te atrevías a hacer tal cosa. Cuánta de tu fuerza vital no ha germinado al plantarle cara a una falta de aptitudes. Es una posibilidad incómoda, pero también bastante reconfortante: tu torpeza construye y por tanto puede llegar a ser absuelta.

Betty Molesworth era en verdad una camarera torpe. Es algo que intuyes al ver sus primeras fotos, los brazos como alambres, la seriedad incrustada en los ojos. Ahí no ves rastro de don de gentes, de paciencia a prueba de clientes asesinables. No era una mujer robusta. Tal vez no tuviera el duende necesario como para que sus desaguisados con las bandejas y los platitos de té inundados se perdonasen a primera vista. Y sin embargo, algo debían de ver en ella para que no la mandaran con viento fresco a casa de su madre. Quizás una combinación infalible de determinación y desamparo.

Cuando se hizo evidente que Betty era una calamidad en los comedores, alguien la recolocó en recepción, donde su seriedad podía tornarse fácilmente en prudencia, y su falta de vigor en una estampa de delicadeza elegante. Fue un buen trato para ella. Como trabajaba los fines de semana, después se la compensaba con días laborables libres, y como había sido exonerada del ajetreo de cocinas y salones, podía reservar su energía física para las montañas. El asunto era todavía más ventajoso fuera de temporada, cuando el hotel echaba el cierre: las chicas que sí valían para camareras debían recoger su maleta y sus destrezas y bajar allí adonde el verano, a diferencia de lo que ocurría en una estación de esquí, pudiera ser convertido en dinero. Betty, marcada felizmente por su torpeza, se quedaba en las alturas de guardia, pendiente de la llegada de clientes ocasionales. Tenía la llave del hotel; tenía la novedad excitante de alquilar una habitación con algunos de los amigos que, ella, sí, por fin había hecho; y sobre todo, tenía todo el tiempo del mundo para darle suelta al romance.

No tengo datos ni tengo derecho ninguno para insinuar que el objeto de sus amoríos fuera otro que el paisaje. Yo sé en mis carnes que una puede enamorarse del aire libre. Pero también sé de sobra que ese es del tipo de amor que crece misteriosamente al ser compartido. No es necesario ponerle un toque de picante al impulso que está a punto de tomar la vida de Betty. Pero, después de haber entrevisto una infancia marcada por la falta de afecto, después de haberme compadecido de su larguísima y abandonada convalecencia, estoy deseando que alguien demuestre al fin cariño por mi personaje.

En el momento en que el reverendo Holloway aparece en escena, la biografía cede paso a la ficción. Suponiendo que sean dos cosas distintas. Yo estoy firmemente convencida de que hasta la historia más enraizada en la verdad entra en simbiosis con los cuentos. Es como una forma de micorriza. Sin tal alianza entre raíz y hongo, la planta apenas tiene esperanzas de hacerse madura. Sin invenciones la vida no puede contarse.

Así que, por qué no, imaginemos a Betty enamorada. La majestad de la roca nevada ha empezado a operar el hechizo. La está haciendo fuerte de corazón y de piernas; ha cavado en ella para rescatar su vehemencia de niña. La enfermedad pasó y ha dejado en su pecho un espacio disponible. Betty, loca de las montañas, está lista para entregarse. Pasa siempre cuando te encandilas: que el encantamiento se propaga. Ponle a esa entrega la connotación que más te guste. Piensa en su cuerpo, en su mente o en su mirada y crea así tu propia novela. Haya o no algo de cariz romántico entre Holloway y ella, su relación dará frutos. 

Estensione delle radici di mycorrhizal
Wood wide web, qué inventazo.
 

miércoles, 22 de marzo de 2017

Wu wei*

 
No soy una persona especialmente organizada. No tengo el talante más práctico del mundo. No creo que fuera nunca la primera opción para una vacante en la que ante todo se valorase la capacidad gestora. Para según qué cosas soy un jodido desastre. Siempre meto la ropa en la lavadora con chismes en los bolsillos. Tiendo a perder y romper con una frecuencia preocupante. No sé lo que pago por casi nada. Nunca me acuerdo de lo que me han costado las compras. Mis rutinas siguen una especie de espiral mágica, no por un complot feliz de neurotransmisores, sino porque sencillamente no termino de entender el mecanismo de las cosas. El cuadro de luces. La fiabilidad de las sillas. Las tripas del fregadero. La formalidad del despertador. La frialdad de la nevera. El cerebro y el corazón de mi coche. Confío en que la realidad sea lo bastante pragmática por sí misma como para que no me venga a mí con demandas.

Y sin embargo, pese a esta vocación de cigarra, me sorprende la cantidad de energía cerebral que derrocho programando el tiempo, atiborrándolo de faenas como si los días fueran una casa y yo tuviera horror vacui. Llega la hora de acostarme, y yo me vanaglorio íntimamente de haber cumplido mis compromisos. Me he acercado a la tienda de productos ecológicos a comprar yogures y verduras que parecen una marquesa rural nonagenaria, de nombre sofisticado y aspecto pocho. He cocinado tres comidas dignas. Martes, jueves y sábado corro. Lunes, miércoles y viernes, al gimnasio. Menús acordes a la actividad física desarrollada. Dos post a la semana, si la inspiración responde a mis galanteos y la voluntad dura. Llega el fin de semana y yo sigo planeando, listando tareas, calibrando o no la conveniencia de seguir postergando una limpieza a fondo, pero fondo-fondo, de mi casa. Urdiendo sendas. Recordándome llamadas pendientes. Mirando con un ojo el rascacielos de tiestos vacíos del balcón y con el otro mis sobrecitos de semillas de hierbas, y cantándome cuándo-cuándo-cuándo. Estimando la solidez de mis días en función de las cosas hechas.

¿Acabo de pintar un cuadro de ansiedad, o es que es así cómo funciona la mente? A pesar de mis taras y de mi exceso de confianza, ¿soy miembro de una especie condenada a la diligencia? El tiempo es vacío, y los quehaceres, forma: cuadrados, triángulos, bolas que hay que insertar donde toca.

Resultado de imagen de meter figuras geometricas en huecos
Si no has jugado a esto de chico es que te han criado los monos de la selva

Y aunque esta laboriosidad permanente no me agobia, a veces me da por imaginar una agenda de no-actividades: sólo habría que escoger una forma de pasividad y, dándole la vuelta al juego, dejar que el tiempo la empapese. Minutos no computados filtrándose por los recovecos del reposo.

No hablar. No moverme. No navegar los huecos libres en una balsa de lectura. No esperar correspondencia del móvil.

No imaginar vidas ajenas. No escudriñar los distintos planos de mi vida a la caza de temas a los que meter mano narrativamente. No escoger a una persona y preguntarme qué estará haciendo. No enredarme con lo ya vivido. No glosar las experiencias del día.

No recordar las veces que esta semana se ha comido en mi casa pescado azul o legumbres. No planificar. No comer sin hambre. No forzar al músculo si ya no queda frescura. No comenzar cien cosas. No terminar otras tantas. No rendir pleitesía a la moral del esfuerzo. No avergonzarme cuando la voluntad flaquee frente a una falta de ganas.

No quejarme. No poner alarmas para acotar este tiempo de parada. No hacerle ni puñetero caso a las sirenas del dinamismo. No dar presumidamente por sentado que de mí se espera algo. No admitir bajo ningún concepto el bulo de que yo soy nada más que la suma de las cosas que hago.

* Wu wei: leed la Wikipedia, o a mi prima del alma, que de esto sabe tela más que yo. (Laura, sólo al llegar al último párrafo me he dado cuenta de que me habías poseído en lo escrituril)

sábado, 18 de marzo de 2017

Animal flow

Y ahí me tenéis: con la ropa de campo aún puesta, necesitadas de lavadora y ducha; las manos apestando al salmón ahumado del bocata; la piel de los labios tirante, las ojeras, un puro escándalo, rindiéndome al discreto encanto de la cuadrupedia en el suelo de mi salón igualmente dejado. Cuidadito con lo que imaginamos. Manos sucias contra sucio suelo, rodillas en el aire, pies metamorfoseados en pezuñas. Adelanto mano derecha, adelanto pie derecho. Hago lo mismo con la otra mitad, y más que avanzar, desando. Algo no me cuadra. Algo sigue fallando. No hace falta ser un hacha para adivinar qué: mi humanidad está sobrexcitada como siempre. Soy una ridícula persona que trata de emular el paso de las bestias, desplazándose no a fuerza de músculo y reminiscencia innata, sino de lógica y compostura.

Vuelvo a intentarlo. Esta vez acometo en diagonal: adelanto mano derecha y pie izquierdo, luego alterno. Siento lástima al imaginar el animal que, con mi tamaño, se moviera como lo hago. Soy ...un sapo de 55-60 kilos. Y lo intento y lo intento, hasta que, oh, lapsus, mi opresiva identidad sapiens se me olvida. Entonces adelanto pie izquierdo, mano izquierda, pie derecho y su mano. Ahora sí: por fin estoy andando. Quizás con dudosa distinción. Pero ese es otro concepto humano.

Y qué hago haciendo el chorra, si debería estar en la cama oliendo a champú y gozando de mi siesta. Culpa del pundonor: ese punto donde se cruzan las líneas del gusto y de la insuficiencia. Acabo de volver de la práctica de campo de un curso de rastreo de fauna silvestre. Moderadamente ofuscada porque mi inteligencia no acaba de captar las huellas de paso, la mecánica del movimiento, el dibujo que deja en el suelo un animal que se ha desplazado. Pero cuando la corteza cerebral se nubla hay otros modos de intentarlo. Hay profundidad para cavar, bien adentro, más abajo del género Homo, familia homínidos, orden primates, clase mamíferos. Casi al fondo, adonde laten no tan dormidos los arquetipos físicos. Hay, debe de haber, un recuerdo lejanísimo, una pervivencia. Y si no, nos queda ese comodín llamado empatía.

El rastreo me atrae como me atrae la escritura. Así de simple. Ambos tratan de componer historias, coser existencias ajenas a partir de unas pocas pistas. En una vida mediatizada por tu propia conciencia, sentir curiosidad por el otro es un forma básica de hambre, sea ese otro tu vecino, el gato de tu vecino o el ciprés donde se mea el gato. Y para saciar esa hambre la conciencia sola no basta. Es preciso observar la mirada del vecino e intentar entrar en la pasión, la apatía o la aflicción con que mira. Es preciso ponerse a cuatro patas. Tocar la madera de un tronco y sentir cicatrices.

Creo que sólo así, desconociendo tanto como desconozco, teniendo tantas lagunas, podré llegar a ser algún día un naturalista decente.

Y para acabar, ahí va un regalo para la vista. ¿Por qué no se clona hasta el infinito a este tío?

 

martes, 14 de marzo de 2017

A tiempo

 
Como en general he sido bastante lenta para todo, solía pensar que el tiempo era algo así como un complot, una broma de mal gusto. Entre yo y ciertas personas, entre yo y ciertos lugares, había siempre un árbitro vendido, un lodazal de tiempo erróneo, una de esas viejas tías solteronas que hacen de carabina. Sucedía que llegaba demasiado pronto, demasiado poco hecha, demasiado inmadura como para que el encuentro rindiese algo más que ansia y fiasco. Desconocía aún los códigos precisos, los rituales de conexión básicos. Era como un pavo desconcertado que, sin tener idea del cortejo nupcial, intentase ligar con un somormujo.

No había aprendido a desnudarme, y no hablo, o no hablo solamente, del plano físico. No sabía que para encajar con alguien o en un determinado paisaje hace falta despojarse: de vergüenza, de expectativas, de orgullo, de plásticos protectores, de miedo a la soledad, a mostrarte frágil o al abandono, de esa ridícula importancia que los muy jóvenes se dan a sí mismos. Que hay que arrancarse trozos para mostrar toda la frescura, toda la naturalidad que alberga uno.

Andaba, o eso me parecía, desincronizada con el mundo. No pillaba el compás ni a tiros. Era tan odioso, tan humillante, sentir que la vida te mandaba siempre a comer a la mesa de los niños. Retrospectivamente, cuando ya empezaba a estar curtida, solía decirme: si hubiera estudiado justo ahora, con lo que ya sé de la inutilidad de las teorías y el aprendizaje de memoria; si estuviera recién llegada a aquel lugar, con lo amiga que he llegado a hacerme del silencio y las espesuras; si se me pusiera ahora el bombero por delante, ay, a mí que ya no me callo ni me quedo con las ganas nunca. Siempre esa misma protesta, esa torpeza de quedarte esperando, porque has llegado demasiado pronto o porque las cosas han pasado de largo. Si un AVE sale de la estación Málaga a 200 km/h, y un triciclo lo hace de Calamocha, Teruel, a 3 km/h... no se cruzan nunca, o nunca durante el tiempo mínimo necesario para intercambiar un hola.

Condenado tiempo mal calculado.

Ahora... Ahora por toda la ciudad los árboles empiezan a estallar en hojas nuevas como si la primavera fuera un asunto kamikaze. Y hace un par de semanas me volví loca de olor con los azahares del limero y los limoneros de mi padre. Por todos los santos y los cloroplastos, me pregunté entonces, cómo lo hacen. Me lo sigo preguntando. Cómo adivinan las plantas cuándo ha llegado el momento justo, la combinación única de temperatura, humedad y esperanza en el futuro que consigue desperezarlas y que inmediata, explosiva, desaforadamente se pongan al maravilloso lío de rebrotar, florecer, abrirse seductoramente a los insectos, comer luz del sol y tejer glucosa. Cómo demonios entienden que aunque la meteorología se comporte como una demente, ya no hay más vuelta de hoja. Cómo leen las señales, cómo la llamarada de savia se propaga hasta cada célula y la incendia de deseo y brío. 

Cómo sabe el autillo, ese búho del tamaño de un bote de mostaza antigua, que ha llegado su hora de cruzar el Sáhara y celebrar su despedida de soltero en Granada, con la misma estridencia, la misma alegría maníaca de, pongamos, un grupo de mozos salmantinos. Cómo parecen manejar los tiempos mejor que yo un olmo, una procesianaria del pino, o el querido aguilucho cenizo.

O a lo mejor es que, sin que mi conciencia lo percibiera, en realidad yo también lo he sabido siempre. Cuándo era o no mi momento, cuándo tocaba cada cosa, cuándo había llegado la hora de entrar a la comba. A lo mejor, pese a mi expectativa y mis ideas sobre cómo debía organizarse la vida, mi naturaleza siempre se ha sincronizado bien con el mundo. Llegué cuando había que llegar a cada fase, a cada persona y cada lugar, para ser quien soy justo ahora.

sábado, 11 de marzo de 2017

Tu debilidad tan bella

 
Cuando el levante cortocircuite tu mente, Betty; cuando las moscas del verano andaluz te hostiguen; cuando en el aire sólo detectes mierda de vaca o el aliento fétido de la refinería; cuando un Geoffrey consumido, del mismo color que las sábanas, te suplique con los ojos que lo liberes de una vez de tu esperanza; cuando a la hora del whisky no quede en la casa más compañía que la del dolor de huesos y las últimas chicharras; cuando huyendo de tus muchos años te refugies en la memoria y te empeñes en poner una fecha en el envés de tus fotos en blanco y negro; cuando una negra nostalgia te venza y no sepas flotar en tu edad dorada y entonces recuerdes lo mejor de tu vida: no te frenes en Malasia.

No te detengas en las selvas en las que fuiste única testigo y soberana. En la sonrisa genética de los que te hicieron cómodos los días. El té de las señoras pudientes. Las largas horas despreocupadas que tu marido te compraba. Su sombra de roble y sus carcajadas y su mirada pilla. La armonía posible de la tierra y los hombres en los arrozales. Tu fuerza y tu independencia y aquel categórico soltar amarras. Tu cuerpo tuyo, tu albedrío, tus cuadernos, el mundo reventando en botánica.

No te estanques en tu mito. Retrocede, Betty. No te pongas aún tu vestido blanco. No seas todavía y casi a tu pesar una novia. Sáltate la segunda guerra mundial, las penúltimas batallas con tu madre. No ensayes tu coraza hasta hacerla más tuya que tu dermis. Vuelve a tu crisálida, al tiempo en que ya no eras la de ayer pero tampoco la de mañana. Recupera aquella fragilidad de potro recién parido, la endeblez rebatida por el empeño de ser tú misma. Recae en la enfermedad de la indefinición, titubea, duda de tu competencia. Devuélvete a la edad en que eras un brote tierno, víctima potencial de las fuerzas externas. No prestes atención al florecer que vendrá, a la madera que endurecerá tus miembros. Sé arcilla fresca, sé de nuevo vulnerable.

En el barco, dale la espalda a Wellington, que un terremoto la arrase, que no quede piedra sobre piedra del Hospital de la Fiebre. Entiende el perfil de la isla sur como un abrazo, las salpicaduras del mar en la cara, un bautizo. Siéntate sola en el tren, ave zancuda fuera de lugar, vacilando entre la sed de aventura y el desamparo. El mundo es demasiado grande, el viaje demasiado largo, pero qué mundo, y qué viaje. Habrá momentos en los que estés a punto de bajarte en la siguiente estación. Te ahogarás sin duda en el trauma de los espacios cerrados y el cansancio. Pero allá, al fondo de ese apeadero de ovejas, la tierra se eleva cincelada por los dioses. Aquel tiene que ser el Monte Cook. Tú exudas romanticismo. Es preciso seguir: aparear la mirada con el paisaje, emborracharse con el esplendor de la roca tallada como un diamante. La nieve lejana parece un vestido de novia, pero qué va, Betty, tú quieres ser una vestal,subirte al templo de las montañas.

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Autoridades de NZ: creo que mi publicidad bien merece una invitación (y un par de kilos de benzodiazepinas)

Y cuando el tren se detenga finalmente en Queenstown, observa con ternura a esa criatura inerme, Betty vieja. Síguela por la ciudad desconocida, al encuentro de desconocidos que todavía la intimidan. Acompáñala en su primera noche en la estación alpina, rodeada de otras chicas ávidas de sueldo y riesgo, mucho más sueltas que ella. Ámala cuando la veas morderse los labios, casi sintiendo nostalgia por lo malo conocido. Absuelve su torpeza, su andar desgarbado en los salones, su ineptitud como camarera. Cuando haga un gurruño con el delantal manchado de sopa y se tire boca abajo sobre la cama dura. Cuando una de aquellas chicas de novela consiga arrancarle unas risas, cuando juntas se beban una botella extraviada del bar que la otra ha acogido maternalmente.

Cuando en su día libre lo olvide todo y vaya al encuentro de aquello a lo que realmente vino. Cuando acuda a la montaña con el mismo apremio y la inquietud de las citas: entonces mírala con orgullo. Tal vez no sea la mejor Betty, mariposa por volar, autoridad en las selvas, pero es la primera auténtica. Vulnerable. Inconcreta. Libre. Una promesa.

domingo, 5 de marzo de 2017

Conocer antes de opinar: esa antigualla

Solía sentirme cohibida por no tener demasiadas opiniones firmes. Por no ser lo bastante ágil en el juego de las sillas del juicio. Percibo esto, lo interpreto así, lo manifiesto: voy creando realidad en el proceso. Cuando se puso de moda la palabra, creí no ser lo bastante asertiva. Solía considerarlo una tara de carácter. Otra forma de inconsistencia.

Los convencimientos. Con los años también me he ido desembarazando de ese hechizo. Como de la idea de vocación trascendente, de la moral del esfuerzo, del amor romántico. Y oye, haber soltado ese lastre hace que me sienta despreocupada y sólida, como una vaca en un pasto. Tengo certezas, claro. Pocas y bien arraigadas. Creo que merece la pena defender la alegría, a pesar de la extinción y la torpeza en el vivir de la especie humana. Creo en la generosidad de los árboles. Creo en algunas personas y en casi todos los paisajes. Creo que la atención puede transformar en oro el polvo. Creo que la muerte despoja de importancia a cualquier evento que pueda pensarse, y que a pesar o debido a ello cualquier evento es valioso. Creo que tampoco hace falta creer para ser íntegro.

Más allá de eso, mutismo y flema. Un poco por incompetencia. Un poco porque mi máquina de procesar se hace la remolona. Un mucho por mis intimidades con lo subjetivo. Conozco el alcance de las percepciones propias. Sé de qué forma la experiencia parcial impone su canon sobre aquello sobre lo que se posa. Tu mirada es un filtro interesado que modifica la realidad que criba. Lo que ves se transforma en ti mismo: esa cara, esa montaña, ese bar, esa historia. Y ves y vives según pautas preestablecidas. Es difícil que cara, montaña, bar o historia se te muestren desnudos y puros. Es difícil arrancarse las pautas y los modos mentales. Tu cerebro consciente opera así: a base de patrones: sí/no, gusto/disgusto, bueno/malo, placer/peligro. Por eso es tan arduo percibir a una persona o un suceso en toda su magnífica e insondable riqueza de matices. Por eso que puedan sostenerse criterios imparciales es, como poco, discutible.

Y por eso me sorprende la ligereza extrema con la que en las redes sociales se excretan opiniones. No me voy a poner estupenda, eh. No soy de las que condenan lo contemporáneo por sistema. La especie humana es bocazas desde que se articuló el primer unga-bunga. Desde el alba de los tiempos todo el mundo es perito, todos opinan que los políticos son ontológicamente hez, que la justicia premia a los poderosos, y que ríos y montes están sucios. Desde que se inventó la cháchara, y se inventó a la par que el yo-Tarzán, tú-Jane, la gente ha estado pulsando en sí los botones automáticos de la indignación, el lamento, la sospecha, la vergüenza y la emoción simple. Opino, me parece, huyhuyhuy, a ver si, así nos va, hay que ver cómo está el mundo ... ¿Lícito? Por supuesto. ¿Peligroso? A tope.

Peligroso que todo lo susceptible de verbalizarse se convierta graciosamente en certeza. Que consideres verdadero aquello que escuchas y lees, a poco que sea verosímil. Que dejes ahí plantadas tus opiniones como si fueran una realidad infalible. Que noticias que firman personas con un nombre, unos apellidos y su dosis de parcialidad correspondiente se tornen leyes incontestables del cosmos. Que la palabra escrita se haga monumento y la reacción inmediata y apasionada, modo habitual de conducirse. Que te indignes, lamentes, escames y conmuevas, antes de saber la cruz de los hechos.

jueves, 2 de marzo de 2017

Profundidad de campo


Me juré que pasaría al aire libre cada hora diuna de mi descanso. Llegué a ese compromiso con mi cuerpo. Lo devolvería a su hábitat. Lo colmaría de oxígeno recién exhalado por unos cuantos cloroplastos queridos y de espacio. Nada de pantallas. Dieta restrictiva de construcciones arquitectónicas y verbales. Ojos para fundir los contornos de la realidad, libres por fin de gafas. Para acompañar un instante a los pájaros y después soltarlos. Dedos para arrancar hierba, y no para gastar teclados. Uñas sucias de tierra. Pie contra piedra y suelo blando.

Tenía mi desdicha de vaca estabulada, ordeñada exprimida esquilmada agotada. Estaba atrapada en la pegajosa telaraña de la oficina. En mis pesadillas la bestia tiene cara de ordenador y me succiona los jugos, me deja vacía y luego yo, pura cáscara, ando de camino a casa con la mirada corrompida, incapaz de darme cuenta de que no todo es plano y automático. Necesitaba recuperar la sinuosidad del mundo. La espera. La profundidad de campo. Dejar de ver cómo palabras que no se pronuncian se reproducen en una página que no existe. Esa forma de contaminación sutil.

Tenía mi síndrome de abstinencia del paisaje. De quien soy cuando atiendo a aquello que habla idiomas que desconciertan a mi cerebro, o al menos a su engreída corteza. Quería volver a chapurrear otros dialectos. El del liquen, la babosa, la mosca verde que zumba por las flores de durillo, en plena campaña de lavado de imagen. Pájaros demasiado atareados para revelarme sus nombres: corredores de bolsa. Criaturas tímidas como un déjà vu. Huellas. Polen. Feromonas. Mensajes de sexo y huida. Gato, perros a los que llamo míos sólo porque componen mi hogar y los quiero. Manipulada por las formas posesivas del cariño.

Y mira. En plena efervescencia del atardecer, cuando las cosas tragan más y más luz declinante y se vuelven suaves y sumisas, me embridé a mí misma y encendí este ordenador. El sol no es amigo de las pantallas, y hasta al sol le hemos perdido el respeto. Olvidé mi pacto del aire libre y volví al interior. Y entonces me acordé de que esta casa, paredes amarillas, nido de luz, techo alto, también es paisaje. Y de que en este corazón mío crece hierba. Aquí adentro es un país al aire libre. No hay blanco/silvestre contra negro/edificio. Estar presente así, dedos sobre el teclado, el dosel de los árboles como un credo que se confirma en cada palabra sincera: también es naturaleza.

domingo, 26 de febrero de 2017

Guardarse las montañas

 
Nueva Zelanda. Algo tiene ese par de palabras. Puro horizonte vertido al lenguaje. Un límite físico y el deseo de abatirlo, de ver lo que hay al otro lado: un final, una respuesta, la posibilidad de seguir andando o pura nada. No me digas que no te excitan. Pronúncialas en voz alta. Nueva Zelanda... Difícil hacerse a la idea de que viva allá gente, que se opera los juanetes y suda la hipoteca. Difícil extirpar los tonos románticos, acallar las sirenas del viaje. Si leíste novelas de Julio Verne antes de los diez años estás perdido. Puede que no cojas aviones ni tengas un pasaporte digno de lucirse; puede que no salgas a menudo de tu barrio o del de tus padres, pero tienes inoculado en la sangre ese virus: la vocación de entender lo lejano como algo íntimo. O quizás seas hijo de una educación adicta a las listas pintorescas y al chascarrillo. Los ríos más largos. Las montañas más altas. Nueva Zelanda, nuestras antípodas. Un dato sentimental, como los cuadernos de caligrafía y las plantillas para calcar el contorno de la península.

En el vértice opuesto del planeta uno se pregunta cómo es posible obviar un origen que suena a eslogan del exotismo. Cómo se desliga tu biografía de aquellas dos palabras. Cómo refutas Nueva Zelanda. En los cuadernos de Betty Molesworth florece un vergel de paisajes y excursiones, idas y venidas, especies botánicas e incomodidades de transporte en el que no caben aquellos bosques del fin del mundo, aquellas montañas que fueron para ella las primeras, aquellas costas que abordaron navegantes de prestigio. Betty no hablaba de donde era oriunda. No era proclive a satisfacer la curiosidad de los habitantes del presumido hemisferio norte. No bromeaba con que allí, en su tierra, la gente andaba pies arriba. Simplemente porque aquella ya no era su tierra. El registro que hizo de su vida y sus rastreos arrancó tras casarse con Geoffrey. Y no fue hasta instalarse en Malasia cuando empezó a colar en tímidas frases habladas ese mito universal de mi lugar, mi sitio. Nueva Zelanda, fin de un mundo, portazo a una época, secreto en el corazón y en los documentos oficiales que el paso del tiempo se encarga de ir acallando. Y sin embargo.

Guardar un secreto te envuelve en un aura. Te dota de empaque y cierto porte de peligro. Tienes que ser concienzudo y audaz para que esa granada no te estalle en las manos. Tienes que ser digno de custodiarlo. Un secreto puede hacer de ti un ser mezquino, pero de algún modo te fortalece. Aunque seas esclavo de él, tienes que estar a la altura de lo que no se dice. Betty le dio la espalda a su neozelandesa vida de soltera, modelando así su personaje. Pero antes de eso ya había comenzado a crecer guardando secretos. Un sigilo en el que el paisaje también tuvo un papel relevante.

Cómo no ocultarle a su madre que de pronto lo único que le interesaba era subir montañas. Ella, con su cuerpo lleno de aristas y un pasado de fiebres que todavía la amenazaba. Su madre, emperatriz socialista, intolerante al capricho. Nellie Maud no creía en el dinero contante y sonante. No consideraba que su hija necesitara recibir una paga. Betty tuvo que costearse las clases de alpinismo con los diez chelines semanales que Lucy le daba a cambio de sus servicios. Qué hubiera dicho Nellie de saber que no se gastaba ese dinero en reponer las medias cien veces zurcidas, sino en otra de aquellas fijaciones repentinas e idiotas para las que no estaba en absoluto dotada. Claro, había que ocultarlo. Tenía que guardarse para sí su sueldo, aunque no pudiera pagarse el té y el sandwich; aunque tuviera que furtivear manzanas de casa para llevarlas al museo. Era excitante que su madre, tan dominante, tan astuta, ni sospechara. Un pequeño triunfo. Esta vez no iba a consentir que la despojara de su deseo. Como siempre había sucedido.

Pero qué podía hacer, con qué iba a cebar ese fuego. Repechos, despeñaderos, traidoras pendientes de roca suelta. Un aire picante de tan puro, que absolvía sus pulmones. El cielo ecuánime que no la juzgaba. La vista desde esa salita de estar de dios que son las cimas. La sensación inédita de ser capaz, estar abajo y paso a paso, arriba; a este lado del peligroso nevero y con cuidado y esfuerzo, superarlo. Esa euforia. Cómo renunciar a ella ahora que la había probado. Ahora que la vertebraba la visión de un sentido, de un proyecto. Ahora que por fin sabía que esa era su vida.

Enamorada de las montañas, Ruapehu, Taranaki, volcanes activos, emblemas del poder salvaje, Betty encontró la forma de colársela a Nellie y escapar de su brida. En una de las ocasiones cada vez más raras y desalentadoras en las que asistía a una lección universitaria, se dio milagrosamente de bruces con lo que estaba buscando. Publicidad en un tablón de anuncios, animosa, jovial, destinada a jovencitos aguerridos. ¿Quieres hacer algo de provecho en tus vacaciones de verano? Camarera en un hotel de la otra isla. ¿Ganarte un sueldo en plena naturaleza? Un empleo como perfecta excusa. Los indómitos Alpes del Sur te están esperando. Cruzar por primera vez el estrecho de Cook que separa los dos pedazos de Nueva Zelanda. Nieve sobre el perfil meticuloso de las sierras. Paisaje inverosímil, aristocrático. Un horizonte que alcanzar y tras el que por fin poder echar un vistazo. La llamada a la aventura a la que también ella era sensible. Otra vida, sin freno, suya propia. Nellie no pondría pegas a que se marchara, con tal no tener que mantenerla. Las montañas segurían siendo un secreto.

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No robo, comparto.

martes, 21 de febrero de 2017

Germinando

 
Empieza con un tipo de admiración de la que aprendes rápido a no fiarte, porque se mezcla más de la cuenta con emociones dudosas. Ahí está esa persona, con sus mitocondrias perfectas, quemando su combustible celular con eficiencia meteórica. Ahí estás tú, al ralentí y con las manos frías, a la espera siempre de algo a lo que ni siquiera sabes poner nombre. Él o ella, porque aquí no manda la entrepierna, su cerebro como la visión nocturna de Los Ángeles. Tú, manojito de conexiones mediocres. El sexo no tiene nada que ver, pero tú quieres estar cerca de esa persona, quieres que le dé acuse de recibo a tu existencia. Tu respeto inocuo se va volviendo embarazoso. Ojalá la persona magnífica te quiera. Ojalá caiga de su pedestal. Ojalá todo el mundo descubra que es una impostora. Empiezas admirando y terminas conjugando formas posesivas. En ti, el deseo y la envidia que tú misma debes de despertar en tu propia sombra.

Y mientras tanto imitas a quien te encandila, igual que la sombra pegada a tus pies te imita. No te das cuenta, o sí, y eso es peor todavía. Humilla un poco tu amor propio, pero qué otra opción te queda. Si la suerte no te ha dotado de talentos o abundancias naturales el plagio no es tan mala idea. ¿Y si fuera una germinación en vez de un robo? El don de la persona admirada estaba ya en ti en forma de semilla. El radiante ejemplo de las dos Lucies regó un núcleo de vitalidad en nuestra Betty que hasta entonces había estado oculto.

Y aunque el daño previo no se esfuma, al menos empieza a rectificarse. Como un árbol que va abrazando con su corteza la alambrada que lo ciñe. Betty empieza a conocer a mujeres recias que le recuerdan que no siempre fue tan delicada. Se acuerda otra vez de los caballos. De nadar en el lago Rotoiti, veloz como los marrajos. Tumbarse entre las flores, adivinar en las nubes formas de países exóticos que ha aprendido a nombrar girando el globo terráqueo. Humedad en la espalda todavía tierna, naranja inundando la conciencia tras los párpados. El apasionado Big Bang de saberte vivo.

No fue un cambio radical. No quemó todavía sus naves para evitar la tentación de volver a los tiempos postrados. Betty seguía siendo rehén periódica del desfallecimiento. Pero intentó zafarse de él, recomponer piedra sobre piedra el plan de vida cabal que había concebido antes de caer enferma. Tal vez Cambridge quedaba un poco lejos. Pero había otros púlpitos, otras aulas. Cuando ya llevaba un par de años encargada de organizar el herbario en el Museo de Auckland, empapándose de relaciones de parentesco entre las especies, imaginando aún que el bosque era poco más que la suma de sus partes, las dos Lucies emprendieron juntas el gran viaje. Ellas: un club privado de dos miembros y entrada infranqueable. Australia, Ceilán, el mar Rojo, El Cairo, Gibraltar, Gran Bretaña. Alguien tenía que quedarse. Y la más capaz resultó ser Betty.

Nombrada primera botánica suplente, sintió de nuevo su vergüenza de sombra. Le faltaba tanto bagaje académico. ¿Y si le hacían preguntas comprometidas, enjundiosas? Asistió a algunas clases en la universidad local, lo intentó, lo intentó de veras, pero fue incapaz de seguir el ritmo. Betty pretendía reconstruir su plan sobre cimientos arrasados por la convalecencia. Trató de hacer una buena Lucy careciendo de su historia. Preparó exposiciones florales, siguió clasificando material, dispuso, trabajó como una funcionaria. Y cuando Lucy regresó a su puesto, aún más rica en experiencia, tan luminosa que hacía daño, Betty frágil, Betty endeble, Betty criatura, se replegó y empezó a romper sus planos antiguos. Nunca podría hacer carrera. Nunca sería una estudiosa.

Pero la semilla seguía ahí, los caballos, el lago, las nubes, los rumores de aquel primer Big Bang. Y ahí seguía el ejemplo de Lucy, regándola. En alguna de las salidas botánicas amparadas por el museo alguien habló de escalada, alguien daba unas clases. Alguien, no importa quién ahora, fue más insistente que cualquier reparo. La cubierta de la semilla empezó a resquebrajarse. De niña Betty quiso ser jinete, quiso ser pianista, quiso escribir vidas. Se saturó de paisaje. Con cada propósito, a cada nuevo ensueño, su madre y la enfermedad se encargaron de frenarla. Pero a escondidas de ambas, decidió acudir a aquellas clases. Y esta vez, sorprendentemente, sí fue capaz de seguir el ritmo: en las aulas sin techo de la montaña.

sábado, 18 de febrero de 2017

Tan brillantes, tan bravas

 
De vez en cuando coincide con Lucy por los pasillos, los almacenes, las salas donde la visión de futuras exposiciones empieza a germinar como una plántula. Y ella le sonríe fugazmente, o más a menudo su prisa y su nervio hacen que ni siquiera se percate de su existencia, y entonces Betty se siente más insignificante que un grano de polen, un alga unicelular, una espora. Tal vez si fuera una de esas cosas merecería la atención de Lucy, si fuera una de esas llaves imperceptibles pero maestras. Qué inhumano, qué injusto: los notables incapaces de interesarse por sus semejantes. La ve pasar seguida de su estela de indiferencia, y entonces recela del invento de Linneo, esa manía de agrupar a los seres vivos según parecidos cuestionables, ese abuso de las categorías. Betty y Lucy Cranwell no son de la misma especie, no importa qué profeta de la ciencia lo diga.

Aunque al menos en una ocasión Lucy ha elogiado su trabajo. Me sirves más tú en tu par de horas que cualquiera de las otras a jornada completa. Betty soba esas palabras como las cuentas de un rosario. Sólo de recordarlas se le vuelven a poner las orejas rojas. Y ahora, intentando despegar dos pliegos de papel secante sin que el ejemplar que se esconde entre ellos se haga trizas, piensa que a lo mejor se está convirtiendo en alguien útil. Conoce de antiguo ese temblor en el pecho, la excitación de estar a punto de definirse mediante el arrebato. Oh, sí, es como cuando...¡Beauty! Cuánto tiempo sin acordarse de ella, la yegua de la que se enamoró cuando no tenía ni cinco años. El músculo pulido, las pestañas largas, sus ojos llenos de juicio, aceptándola. Era amor, sin duda, de ese tipo que transforma en ambición el miedo. ¿Consiguió de verdad subirse a su lomo, ella sola? ¿Se ha inventado ese recuerdo o sucedió de veras? ¿Hubo un tiempo en que tuvo fuerza? Tan diminuta, tan exaltada... Recuerda que cuando su padre la descubrió así, ella gritó ¡voy a ser la mejor jinete del mundo! Recuerda que él se puso en jarras y rió y su bigote respondió: ¡espléndido! Y no quiere recordar más, porque a su madre le horrorizaban los caballos y se negó en redondo a que Betty recibiera clases de monta.

Pues Lucy es como aquella yegua, sólo que no la mira lo suficiente como para saber si la acepta. Sus pasos por el museo tienen un eco de cascos. Y es fuerte, es ágil y galopa. Lucy, la jugadora de cricket, la senderista que a todos adelanta, Lucy la nadadora. Huele fuerte. No a sudor ni a perfume: a adrenalina. La nariz y las mejillas a veces quemadas. Lucy pionera, la cara todavía indómita de Nueva Zelanda. Primer país donde a las mujeres se les reconoce el derecho al voto. Lucy como los animales: completa en sí misma.

Y sin embargo eso no es cierto del todo. Incluso Lucy Cranwell, desde los veintiún años directora de la sección de Botánica del nuevo museo de Auckland, tiene alguien que la redondea y la termina. Lucy tiene una semejante. Tanto, que también se llama Lucy. Naturalista como ella, igual de aguerrida y atlética. La segunda Lucy se apellida Moore, y en su tierra se la conoce como la madre de la botánica neozelandesa. Así que Linneo no andaba tan equivocado. Las dos Lucies forman una categoría: la de la leyenda. Amazonas, mujeres que viajan solas y juntas. Se ensucian de barro las piernas desnudas, en una época en la que en las tiendas que aprovisionan de ropa a los montañeros no hay sección femenina. Toman las botas prestadas a sus hermanos pequeños, sombreros de ala ancha, pantalones cortos de lona. Duermen al raso, se ríen echando hacia atrás las cabezas, se abrasan, se empapan, se caen y se arañan. Suben picos, descifran los entresijos de las selvas, viajan como prisioneros en trenes de carga. Estudian todo lo que pueda haber vivo entre las algas de la playa y las humildes flores de las cimas. Y luego publican artículos, ganan becas que gastan en nuevos viajes, son admiradas por sus colegas masculinos, les dedican incluso un poema: tan briosas, tan brillantes, tan bravas, tan fuertes, tan alegres, y tan listas.

Betty las ve llegar a veces al museo, todavía sucias de campo, incapaces de despedirse. Con esa hermosura silvestre que desprecia los cánones sociales. Huelen igual que aquella yegua Beauty de su padre. Y le despiertan el mismo deseo de ser libre y fuerte, el apetito de la intemperie, la vocación de ser alguien.


Lucy Cranwell and Lucy Moore at Maungapōhatu, 1930
Las dos Lucies. Gobierno de NZ mediante.