lunes, 4 de febrero de 2013

Esperando a los bichos

 
Hoy hago algo nuevo. Saco de debajo de la sombra hondureña del aguacate una silla de plástico en la que hasta a Isabel la Católica le hubiera dado cosica sentarse, y me aposto en un rincón del huerto, dispuesta a no levantarme hasta que no haya entendido algo del funcionamiento de esta isla de vida zumbante y cegadora. Que amo el huerto de mi padre es algo sabido desde el Neolítico, pero hoy se me ha despertado un prurito de honestidad. Me he cansado de amores abstractos y a distancia. Yo, que tengo cierta tendencia morbosa a idear utopías pastoriles, que aprendería a tocar el caramillo (el caramillo, jiji) para hacerle los coros a los pájaros, que bailotearía descalza entre lechugas y matas de fresones, no suelo llenarme las uñas de tierra de vega, la verdad. Y eso no puede ser. El amor tiene que pasar por la prueba de los pedos y las legañas del despertar.

Así que me arrimo a las coliflores, porque yo sé que los bichos adoran sus hojas gordas como edredones, y espero a que empiece el circo de alas. Quiero ver con mis ojos todo el juego de idas y venidas, de libaciones, polinizaciones, depredaciones. Quiero estudiar las coreografías. Quiero cotillear la red de relaciones de gula y lujuria que se monta con descaro en esta parcelita. Quiero apropiarme de un universo minúsculo que me ignora olímpicamente, aunque mi padre sea el que lo sostiene a fuerza de sudor y semillas, y yo la que se beneficia de tanto trabajo animal y humano.

Si fotografío el huerto en sepia, me creo que voy a a ver aparecer a mi abuelo.


Pero pasan los minutos, a mis ojos les cuesta mantener el tipo frente al centelleo de las hojas, y esos bichos que han de protagonizar la función parecen estar hoy de retiro espiritual. Escucho pájaros, sí, en genérico. Sería bonito y digno poder identificarlos por sus cantos, pero la sección vertebrada del ecosistema es una lección que no toca todavía. Las coliflores se ven vírgenes, los brotes de espinacas y lechugas hoja de roble exhalan una tranquilidad zen, y creo que el único ser vivo que ahora mismo se encuentra receptivo al olor de las mandarinas soy yo. Espero. La naturaleza tiene sus ritmos. Eso se sabe. Empiezo a tamborilear sobre el reposabrazos cochambroso de la silla. El público se está impacientando. Hormigueo también los dedos de los pies, y me recreo eróticamente con el tacto de la arena que llevo en las zapatillas, desde el paseo por la playa de esta mañana, y que pienso llevarme para Granada. Me gustará verla caer al suelo extranjero de mi piso. Será una especie de travesura contra el orden natural de las estaciones y las rutinas laborales. Pero ni un bicho. A lo mejor estoy a punto de descubrir que la rúcula es un potente insecticida natural. A lo mejor este descubrimiento me quita de trabajar.

Pasan más minutos, y yo pienso que este ejercicio le va a venir muy bien a mis niveles de vitamina D, y pare usted de contar. Pienso en el libro que me he dejado en el porche de la casa. Pienso en que la posición sedente es una cosa antinatural, y que, oh, cielos, esa hierba, qué blandita se ve. Pienso que tal vez tenga una discapacidad del 98% para la meditación. Pienso que no sería capaz de escuchar ni a un pterodáctilo, de tanto ruido como hay en mi cabeza. Pienso que es preciso ser un buda para aprehender el runrún biológico del mundo. Pienso que, sentada a duras penas en mi silla, con los ojos luchando por mantenerse abiertos tras las gafas de sol, y los miembros completamente lacios por culpa de un síndrome premenstrual de proporciones apocalípticas, podría tener la actitud y el aspecto de alguien a quien le hubieran dado tres meses de vida. Con un hambre desaforada de sol y clorofila. Con una fijación morbosa por comprender lo que ya se está a punto de abandonar, lo que seguirá zumbando, volando y fecundando, completamente indiferente. Con un anhelo de ser absuelto de la condena de la conciencia individual, admitido en el ciclo de los seres que nacen y mueren, abrazado por la ley natural. Pienso en muchas cosas mientras espero a que aparezca el primer bicho. Y pienso que, ejem, estamos en invierno, y que a lo mejor he calculado mal el momento oportuno para mi expedición. Y pienso también en lo hermoso y lo serio que es sentirse englobado en una red que sólo puede intuirse. Y, por muy poca idea que se tenga de su naturaleza, amarse.

8 comentarios:

  1. Anónimo entre comillas04 febrero, 2013 23:51

    Creo que debes tener un poco más de paciencia.
    Muchas veces recuerdo un principio de poema, algo así como "en octubre los animales se vuelven subterráneos...". Octubre pasó, pero hace suficiente frío todavía como para que no tengan ganas de despertarse; como mucho, abrirán un ojo para reirse un poco, como yo, con la impaciencia de "su público" y se volverán del otro lado para echar esa última cabezada que a todos nos resulta tan dulce.

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    1. Sí, yo también creo que las orugas se estaban tapando la boca mordisqueadora con sus cientos de patitas, para que no escuchara sus jijijiji

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  2. No hija no, elegiste muy sabiamente, justo la hora en que yo me peleaba con el pulpo que te comiste en el almuerzo. ¡PAJAROCUCO!.

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    1. Licenciá como eres, has vuelto a mal decir: mi entomomento fue un poco antes, mientras tú leías revisticas con los pies en alto. Luego, de pura rabia, arrasé el huerto y dejé pelados los naranjos, para tener que darle a mis churumbeles.

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  3. En fín que tus uñas siguen incontaminadas, ¿no?.
    Besicos.





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    1. Cualquiera sabe lo que esconde el esmalte coral

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  4. Qué bueno!. Yo podría hacer una tesis doctoral de las cosas que pasan por mi cabeza cuando en primavera y verano, ejem, lucho pasivamente con las hormigas que salen por mi cocina. Lucha pasiva: no dejar miga minúscula alguna por ningún resquicio. Es que no me gusta luchar activamente con criaturas que me sirven para crecer intelectualmente.
    (Es hora de siesta y estoy en el trabajo...espero que sirva como excusa al comentario.
    Besis

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    1. Entonces eres la Hormi-amiga del Año. Ya nos contarás cómo te hacen crecer esas criaturillas.

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