miércoles, 27 de febrero de 2013

Hoy, a callar

 
De la sierra a casa, escucho en la radio algo así como que los arquitectos, aquellos reyes del mambo inmobiliario, hundidos hasta las cejas en la lobreguez actual, pobrecitos, podrían dedicar parte de sus supuestos talentos a la recuperación de espacios públicos y vacíos, ahora que la construcción se ha convertido en una cosa trasnochada. Tendrían la oportunidad, así, de redimirse de todos los pecados estéticos de los que son directa o indirectamente responsables, de hacerse perdonar las urbanizaciones hacinadas sobre los montes y sobre las vegas, los centros comerciales, las moles informes de oficinas, los monumentos a su propia soberbia. ¿Cómo? Regalándonos a los sufridos ciudadanos el diseño de unos parques donde sentarse no suponga una amenaza a la salud lumbar; la reordenación de las calles caníbales; la conversión digna de lo que antes sólo eran solares codiciables en espacios donde respirar y escuchar no constituyan actos casi suicidas.

Y puede que el sueño hoy se haya cebado de mala manera conmigo. Puede que el contraste con la quietud del pinar me haya causado unas cuantas fisuras en el espíritu, como le pasa a las piedras del desierto con los picos de calor y frío. O que me dure todavía la vulnerabilidad de encontrar el páramo granadino convertido en un vergel de almendros en flor y hierba recién nacida. Puede que tenga un tema para post atravesado en el corazón como una raspa en la garganta, y que no salga ni con miga de pan ni con agua. O que mi enésima crisis de lectura me obligue a mirar lo que otros han escrito con ojos de drogadicta. Puede que sólo esté un poco cansada.

El caso es que hoy, esos arquitectos volcados hacia el aire de los espacios vacíos, en lugar de hacia el sólido de los ladrillos, me parece un motivo lo bastante sugerente como para compartirlo. Me hacen imaginar un mundo en el que los médicos se preocuparan más por la salud que por la enfermedad. Los maestros, más por escuchar que por disertar. Los oftalmólogos, más por lo que se esconde que por lo que se ve. Los músicos, más por el silencio que por el sonido. Los gestores de lo público, más por dar que por tomar. Los escritores, más por el mutismo que por las palabras.

Esta mañana, antes de bajar de las sierras rudas y de, curva va, curva viene, escuchar la radio, escuché una nota sostenida, a un volumen muy bajo, en algún lugar que, dada la soledad, el silencio salvaje que me rodeaba, sólo podía ser mi cerebro. Una especie de pitido basal que jamás podré compartir con nadie, porque debe de ser como una especie de huella dactilar de mi propio yo. Estaba en medio de un circo de riscos de grava blanca, erizados por pinares enratonados. Y miraba por el catalejo, y el nido del águila parecía que estaba al alcance de mi mano, pero qué va, estaba muy lejos. Entonces el puto viento del Ártico dio una tregua, y no se escuchó nada. Nada absolutamente, salvo el pitido impertinente de mi conciencia. Y quise que parara, también. Quise probar el auténtico silencio.

Os meto este rollo transcendente para aclarar que, desde esta mañana, tengo hambre de silencio. Y siento una especie de curiosidad profesional hacia él. El silencio elude y pone en solfa la vocación de contar, porque es en silencio cuando se dan los actos de comunión más intensos. Vas en un coche, paseas por la calle con alguien tan íntimo que ni siquiera necesitáis el papel mediador de las palabras. La comunicación verbal es nuestra manera característica de suturar como podemos la distancia que nos separa. Cuando compartimos en silencio, en cambio, parece como si esa distancia se disipara. Por eso, siendo como es un rival tan poderoso, tan imbatible en realidad, es por lo que pienso que los escritores tienen que poner especial cuidado en comprender y respetar al silencio. Para estar mínimamente a su altura. Para no quedar como idiotas con sus pobres y torpes palabras. Los que no podemos dejar de pronunciarlas, los que no sabemos dejar de escuchar aquel pitido inevitable, deberíamos intentar de vez en cuando convertirnos en arquitectos del silencio.

Y sin más, me callo.

(¿Algo intraducible, el post de hoy?)

4 comentarios:

  1. Algún malaje pondría en duda lo de tus ansias de silencio dada la verborrea de las yemas de tus dedos, pero tú ni caso, sigue hablando. Me gusta lo que dices.

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    1. Callo más de lo que hablo. Con eso vale.

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  2. Te va a encantar la meditación. Tengo ya ganas que lo experimentes y, por supuesto, que nos lo cuentes. Y ya que tienes crisis lectoras (mee too), te recomiendo el Tao Te King.
    Ójala y des con alguien que te encante en tus yoguiclases!

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    1. Ay, Laura, que mañana empieza el reto yóguico, y yo con estos pelos aventados por el levante esteponero. Pero vive dios que, cuando vuelva a Granada, dedicaré la primera tarde que tenga libre al noble arte de la asana.

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