martes, 19 de febrero de 2013

Beso el suelo que pisan mis botas de montaña

Miraba con desconsuelo tanta barriga, tanta mandíbula mal afeitada; oía el rosario eterno de quejas y de refranillos corporativos, y me explicaba a mí misma por qué mi trabajo me ha proporcionado tan pocos contactos que guardar en mi teléfono privado. Y luego me fijé en las arrugas de intemperie, y en las muchas botas con el cuero corroído a fuerza de barro y roces con el matorral, y en tantas de esas manos curtidas y anchas que me han ofrecido ayuda a la hora de trepar barrancos; y un ramalazo de ternura me obligó a admitir que me costaría hacerme a la idea de trabajar sin estar rodeada por estos hombres uniformados.

Hoy la ternura dura, y se hace extensiva a tantas cosas que me han pasado desde que empecé a trabajar, hace casi diez años. Yo, que tanta hambre tengo de vivir el mayor rango posible de experiencias que tenga a bien conceder la vida humana, me doy cuenta ahora de todos los bocados que llevo ya tragados gracias a mis horas vestida de verde. Si no hubiera sido por este trabajo que a veces me excita y a veces me mata, nunca habría volado en helicóptero. No habría visto colinas y pantanos con ojos de águila, y a los retenistas sofocando el perímetro de un incendio, con sus cascos amarillos como muñequitos de Playmobil.

No habría escuchado la verdadera voz de gigante del fuego. Yo conocía las llamas dentro de una chimenea, las llamitas tísicas de los quemadores de butano, y en ellas nunca había sentido la cercanía de una presencia casi divina, como cuando me puse a tiro del avance de un incendio.

No habría gateado por el entabacado del palacio de Carlos V, a la luz vacilante de una linterna, aspirando el polvo que levantaba el compañero de delante, obviando la evidencia de que todo eso que crujía a nuestro paso era una alfombra de mierda de murciélago. No me habría deslumbrado la luz ámbar del atardecer sobre la Alhambra. No habría esperado la noche fría sentada sobre unas tejas catalogadas como Patrimonio de la Humanidad.

No me habría metido de cabeza en un rally por carriles blandos como plastilina. No lo habría ganado, teniendo en cuenta que yo era la única participante, tras la proeza de volver a casa sin haberme despeñado. No me habría quedado una vez varada en un camino, metida en barro hasta la altura de las ingles. No me habría reído hasta el infinito al ver cómo mis sucesivos rescatadores se iban quedando igualmente varados. No hubiera andado unos cuantos kilómetros para encontrar a alguien que pudiera remolcar el land rover, y sacarlo de la cuneta adonde mi compañero había tenido el buen tino de empotrarlo.

No habría contestado muy seria, muy lúcida, muy tranquila, a las preguntas de jueces, fiscales y abogados. No habría aprendido a apaciguar a gente que se acercó a mí con ganas de pegarme un estacazo. No habría parlamentado, negociado, interrogado, curioseado en vidas muy diferentes a la mía. No habría sido testigo de un mundo rural que se resiste a morir. No me habrían invitado a compartir un trozo de pan con chorizo de matanza casera. No me habrían regalado miel y naranjas a cambio de nada.

No habría andado dentro de un río, con el agua a la cintura. No habría sentido los efectos un poco estupefacientes del aire mineral de las cumbres de Sierra Nevada. No me habría puesto negra de hollín y jaras. No habría desafiado a la ley de la gravedad poniendo paso tras milagroso paso en riscos por donde sólo andaría a gusto una cabra montesa.

No sabría que los ojos de algunos toros de más de quinientos kilos son dulces y tímidos como los de una monja de clausura. No habría aprendido que, de todos los sonidos amenazantes de un bosque, los más miedo causan son los que las propias botas van generando. No habría conocido esos momentos de intimidad indescifrable que se dan cuando dos personas, sentadas lado a lado, miran con los prismáticos a la misma águila haciendo piruetas en el cielo.

No habría compartido mi tiempo con algunos compañeros generosos, divertidos, buenazos y hasta sexys. No viviría con quien vivo en la actualidad.

9 comentarios:

  1. Anónimo entre comillas19 febrero, 2013 23:25

    Envidiable. No sabes (bueno, sí) hasta qué punto.

    Por un segundo he pensado que "la ternura dura" sería la forma de ser tiernos, a su modo, que tienen tus rudos colegas...

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    1. Qué va, mujer. Pues no sabes tú (bueno, sí) lo blanditos que pueden llegar a ser estos tipos.

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  2. Me han dado ganas de adoptar un toro y llevármelo a vivir a mi piso monoplaza. Precioso, Silvia.

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    1. Vuelvo a estar contigo:mi vida estará culminada cuando viva en una casa con vaca.Hay amor en esos ojos.

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  3. Tú,que a veces te quejas de lo escasa en aventuras que es tu vida...

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    1. He ahí la moraleja del post, queridita.

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  4. Vida mia me pones el corazón en un puño.

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    1. Ese es el tratamiento que se merecen todas la madres miedosas. Viva el Mal. Viva el Forestal.

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    2. el amante de lady chaterlay06 marzo, 2013 19:08

      Precioso y tierno.
      vivan las aventurillas forestales

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