jueves, 28 de febrero de 2013

Mi casa, la nieve, y un reto que no acaba

Así que ya estoy aquí, y debería de albergar algún sentimiento conmovedor. Una paz especial, una sensación de integridad. Esta mañana fue necesario retrasar unas cuantas horas la partida, y me lo tomé como si estuvieran a punto de desollarme. Tenía verdadera hambre de mi casa, mi techo alto, la luz minuciosa, el mar. Tenía tantas ganas de ver a mi familia como si me hubiera despistado, y volviera a casa por Navidad. Y ahora por fin escribo bajo este techo tan considerado con mi necesidad de espacio, permitiendo con gusto que la chimenea mal diseñada me ahúme como a los salmones. Y repaso la línea oscura de los árboles, como si los acariciara con la mirada, y me pregunto si la masa de nubes color mercurio terminará desplomándose sobre nuestras cabezas, tal y como amenaza. Y sólo puedo percibir el cambio de escenario. A mí no me ha cambiado la cara, no brillo más que ayer, no me siento especialmente bienaventurada. Y no os podéis hacer una idea de la buena medicina que eso es. Sólo hace falta que, la próxima vez que enferme de anhelo, recuerde este tratamiento. No es el lugar lo que atrae la bonanza.

Lo peor de la enfermedad de la ganas es que te vuelve ciega. Estaba yo tan loca esta mañana por llegar a la casa de mi padre, que por poco me pierdo un milagro. Me levanté de un salto, dispuesta a desayunar rápido y a meter el pijama todavía caliente en la maleta. Abrí los postigos del balcón, y el entusiasmo de contemplar cómo la nieve emborronaba las calles de mi rutina me duró lo que una pausa para la publicidad. Caía, y caía, sibilina y categórica, tan perfecta que apenas si se atrevía una a decir una palabra. Y la punta de los cipreses se fue jorobando, los escalones de la cuesta se convirtieron en una mullida rampa, y el cielo se desmoronaba en pedazos de fieltro a un ritmo que parecía como si nunca más fuera a recomponerse. Tan suntuoso. Tan descaradamente largo. La nevada que la radio ya anunciaba como histórica duró cerca de dos horas, y la logística empezó a ponerse complicada. Los locutores hablaban de carreteras cortadas. La carretera a mi casa, entre ellas. Y no hacía falta asomarse al balcón para saber que mi coche no iba a poder salir inmediatamente del garaje. Mandé a la mierda el espectáculo, si he de ser sincera. Me olvidé de mis mandamientos, y volví a escaparme hacia la nostalgia.

Y sí, ya estoy aquí, y sigo siendo la misma, como cantaba la sin par Tamara. A veces esperamos, esperamos. Nos pasamos la vida esperando a protagonizar el siguiente rito iniciático. Por ejemplo, tenía también tantas ganas de que llegara este último día de febrero. Tachaba casillas del calendario, hacía cuentas con los dedos, y la cifra de post entre días se acercaba con bastante exactitud a la que me había marcado como reto. Día diez de febrero, diez post. Día veinte, diecinueve post, porque un desafío sin un mínimo de resquicio para la indulgencia se convierte en primo hermano de la inflexibilidad. Y porque me apeteció salir a pasear y tomarme unas cervezas con Jose, y coincidió que era San Valentín, y me pareció una chorrada simpática regalarle toda mi tarde. Día veintiuno, ya sólo queda una semana, y lo estás consiguiendo, chavala. Día veinticuatro, por dios, ¿no era este el mes más corto del año? Día veintiséis, pues va a resultar que sí, que puedo.

Día veintiocho. Así que ya he llegado al final del reto. ¿Debería albergar algún sentimiento conmovedor, una paz especial, una sensación de integridad? Casi me imaginaba llegando a este día, colgando este post, y tirando después el ordenador (el superviviente) por el balcón. Me imaginaba una nevada de confeti mental de calibre Ana Mato. Y resulta que sólo siento una sobria responsabilidad de continuar. Mi cara no brilla más que a finales de enero. No he desarrollado un superpoder. Ha llegado el día veintiocho, y también la hora de seguir trabajando.

¿Una diferencia con el paralelismo un tanto sutil entre el final del reto y la llegada a casa, tan anhelados ambos? Tenía tantas ganas de salir esta mañana de Granada, que si de repente el Veleta hubiera entrado en violenta erupción, yo me habría encogido de hombros, y hubiera soltado muy bonito, tú, ¿y las carreteras? Tenía tantas ganas de que se acabara mi reto de escritura diaria. Y sin embargo, con qué entrega me he dedicado a la escritura diaria. De qué manera, mientras mis deberes me absorbían, olvidaba cualquier meta. Qué hermoso me parecía, día tras día, el espacio vacío del ordenador donde iban a fijarse mis palabras, tan blanco, tan callado como la nieve.

La he puesto en el Facebook, la pongo aquí, en la Puerta del Sol la pongo, si hace falta


miércoles, 27 de febrero de 2013

Hoy, a callar

 
De la sierra a casa, escucho en la radio algo así como que los arquitectos, aquellos reyes del mambo inmobiliario, hundidos hasta las cejas en la lobreguez actual, pobrecitos, podrían dedicar parte de sus supuestos talentos a la recuperación de espacios públicos y vacíos, ahora que la construcción se ha convertido en una cosa trasnochada. Tendrían la oportunidad, así, de redimirse de todos los pecados estéticos de los que son directa o indirectamente responsables, de hacerse perdonar las urbanizaciones hacinadas sobre los montes y sobre las vegas, los centros comerciales, las moles informes de oficinas, los monumentos a su propia soberbia. ¿Cómo? Regalándonos a los sufridos ciudadanos el diseño de unos parques donde sentarse no suponga una amenaza a la salud lumbar; la reordenación de las calles caníbales; la conversión digna de lo que antes sólo eran solares codiciables en espacios donde respirar y escuchar no constituyan actos casi suicidas.

Y puede que el sueño hoy se haya cebado de mala manera conmigo. Puede que el contraste con la quietud del pinar me haya causado unas cuantas fisuras en el espíritu, como le pasa a las piedras del desierto con los picos de calor y frío. O que me dure todavía la vulnerabilidad de encontrar el páramo granadino convertido en un vergel de almendros en flor y hierba recién nacida. Puede que tenga un tema para post atravesado en el corazón como una raspa en la garganta, y que no salga ni con miga de pan ni con agua. O que mi enésima crisis de lectura me obligue a mirar lo que otros han escrito con ojos de drogadicta. Puede que sólo esté un poco cansada.

El caso es que hoy, esos arquitectos volcados hacia el aire de los espacios vacíos, en lugar de hacia el sólido de los ladrillos, me parece un motivo lo bastante sugerente como para compartirlo. Me hacen imaginar un mundo en el que los médicos se preocuparan más por la salud que por la enfermedad. Los maestros, más por escuchar que por disertar. Los oftalmólogos, más por lo que se esconde que por lo que se ve. Los músicos, más por el silencio que por el sonido. Los gestores de lo público, más por dar que por tomar. Los escritores, más por el mutismo que por las palabras.

Esta mañana, antes de bajar de las sierras rudas y de, curva va, curva viene, escuchar la radio, escuché una nota sostenida, a un volumen muy bajo, en algún lugar que, dada la soledad, el silencio salvaje que me rodeaba, sólo podía ser mi cerebro. Una especie de pitido basal que jamás podré compartir con nadie, porque debe de ser como una especie de huella dactilar de mi propio yo. Estaba en medio de un circo de riscos de grava blanca, erizados por pinares enratonados. Y miraba por el catalejo, y el nido del águila parecía que estaba al alcance de mi mano, pero qué va, estaba muy lejos. Entonces el puto viento del Ártico dio una tregua, y no se escuchó nada. Nada absolutamente, salvo el pitido impertinente de mi conciencia. Y quise que parara, también. Quise probar el auténtico silencio.

Os meto este rollo transcendente para aclarar que, desde esta mañana, tengo hambre de silencio. Y siento una especie de curiosidad profesional hacia él. El silencio elude y pone en solfa la vocación de contar, porque es en silencio cuando se dan los actos de comunión más intensos. Vas en un coche, paseas por la calle con alguien tan íntimo que ni siquiera necesitáis el papel mediador de las palabras. La comunicación verbal es nuestra manera característica de suturar como podemos la distancia que nos separa. Cuando compartimos en silencio, en cambio, parece como si esa distancia se disipara. Por eso, siendo como es un rival tan poderoso, tan imbatible en realidad, es por lo que pienso que los escritores tienen que poner especial cuidado en comprender y respetar al silencio. Para estar mínimamente a su altura. Para no quedar como idiotas con sus pobres y torpes palabras. Los que no podemos dejar de pronunciarlas, los que no sabemos dejar de escuchar aquel pitido inevitable, deberíamos intentar de vez en cuando convertirnos en arquitectos del silencio.

Y sin más, me callo.

(¿Algo intraducible, el post de hoy?)

martes, 26 de febrero de 2013

Lo que me enseñaron

Me enseñaron a no hacer ruido mientras mis mayores dormían la siesta. Eran una cárcel esa horas, y eran La máquina del tiempo, y El hombre invisible, y Viaje al centro de la tierra, y las primeras ganas de salir en busca de aventuras a algún lugar donde pudiera armar escándalo.
Me enseñaron a no molestar nunca, nunca, nunca. Me enseñaron así las tácticas terribles del regomello.
Me enseñaron que la gente a la que se le acababa de morir el padre, la hija, el marido, podía hablar mal de mí si yo no iba a decir mi frasecita en el ceremonial funerario.

Me enseñaron que cuando fuera madre, comería carne, y que los niños, oír, ver y callar.
Me enseñaron a procurar no llamar mucho la atención.
Me enseñaron a bajar la voz para que los vecinos no se enteraran de lo que pasaba en mi casa.

Me enseñaron un catálogo minucioso de maneras en las que una puede quedar en ridículo.
Me enseñaron que la risa de los demás era siempre una cosa temible.
Me enseñaron a sospechar de que, detrás de cada gesto de atención, de cada mirada un poco detenida, pudiese haber agazapado un juicio negativo.
Me enseñaron a huir de la crítica ajena como de las víboras.

Me enseñaron a que el futuro me sonreiría si aprendía a dar las respuestas que otros consideraban correctas. Me enseñaron a guardar dentro de mí una copia de lo que venía escrito en los libros de texto, y a devolverla intacta cuando me la pidieran mis maestros.
Me enseñaron que un diez significaba talento e inteligencia. Me enseñaron una escala de notas con la que medirme a mis compañeros. Me enseñaron a competir y a desear quedar por encima de ellos.
Me enseñaron a que me asustara la posibilidad de cometer errores.
Me enseñaron que la pereza era una cualidad propia de los pobres de espíritu.

Me enseñaron a defender mi territorio.
Me enseñaron una variedad de circunstancias cotidianas en las que es mejor ahorrarse las sonrisas. En el aula, en el banco, en la consulta del médico, o esperando a que cambie de color el semáforo.
Me enseñaron a apretar los dientes y a mostrarme circunspecta.
Me enseñaron a considerar un regalo imprevisto casi como una amenaza.
Me enseñaron que es mejor no necesitar nunca a nadie.

Me enseñaron la conveniencia de no quedar nunca expuesta.
Me enseñaron que a la gente no hay que decirle alegremente que la quieres.
Me enseñaron a respetar escrupulosamente la distancia correcta entre los cuerpos. Me enseñaron que la intimidad es peligrosa.
Me enseñaron lo comprometido que puede ser mostrarte sola y enamorada. Me enseñaron a no dejar traslucir mi deseo.

Me enseñaron a presentar mi cuerpo como un curriculum.
Me enseñaron a esconder lo que no se ve perfecto.
Me enseñaron a calibrar mi valía en función de la apariencia de otras mujeres. Me enseñaron a compararme con la más guapa y a rastrear si en una reunión las hay más feas.
Me enseñaron a que si no se enamoraban de mí, yo era un ser fallido o incompleto.

Me enseñaron que detrás de cada elección hay un peligro. Y detrás de cada iniciativa, un peligro; y de cada contacto, un peligro.
Me enseñaron que de la muerte no se habla.
Me enseñaron a decir me enseñaron, en lugar de aprendí.

También me enseñaron a ser cortés y a ponerme en la piel de los demás. A ser independiente y a resolver mis propios problemas, antes de esperar a que otro los solucione por mí. Me enseñaron a esforzarme, y a hacer lo que tengo que hacer sin buscar un premio. Me enseñaron a no ser más caprichosa de lo que puedo permitirme, y que las cosas que uno quiere no cuelgan de los árboles. Me enseñaron a no hacer daño. Me enseñaron a ser un buen ser humano.

lunes, 25 de febrero de 2013

Es M-Í-O

 
El otro día, cuando hablaba de lo invisible, de todo aquello que nos construye o nos destruye sin que nos demos cuenta, me quedé corta. Se ve que en mi cabeza “todo” equivale alegremente a “un poquito”. Optimista que es una. O totalitaria. El caso es que se me olvidó mencionar al Aparato. Qué ingenuidad. Y no puede decirse que desconozca su existencia, no-no. Somos uña y carne, yo y el Aparato. No en vano, le sacrifico un veintiún por ciento de mis horas semanales. Él me llena la nevera. Yo respeto con bastante escrupulosidad las cláusulas del contrato que me puso por delante nada más nacer, sin que pudiera leerme la letra pequeña, ni firmarlo siquiera. A cambio, él me compensa uniformando a robustos muchachotes con trajes de bomberos y policías nacionales. En su hucha dejo otro veintiún por ciento de lo que él mismo me paga. Él me saca las amígdalas, me paga la mitad de las cajas de drogas que otro de sus esbirros me receta; tiende puentes y carreteras a mi paso, para que yo me pasee con mi coche como una starlette en la alfombra roja; y trata de arreglar como puede el hecho cierto de que el hombre es un lobo para el hombre. Nos conocemos bien, sí, el Aparato y yo. Pero, lo saben hasta las gallinas, llega un momento en que la confianza da asco.

Os cuento una historieta. Érase una vez, hará cerca de diez años, inicié mi vida laboral en un pueblo de la provincia de Cádiz, en un tiempo en que mi proceso de madurez psicosocial todavía no se había completado. Como no tenía conocidos allí, ni tampoco recursos necesarios para llegar a adquirirlos, cada fin de semana me refugiaba en el nido del que acababa de salir volando. Había un pequeño problema: la heroína de este cuento, que apenas había desvirgado aún el carnet de conducir que la DGT había terminado dándole un año antes, por lástima, carecía también de coche, así que para desandar los apenas sesenta kilómetros que la separaban de su casa, tenía que subirse a dos autobuses y emplear cuatro horas de su corta y desaprovechada juventud. Llegó el momento, pues, en que su padre, digo, mi padre, terminó dándome un ultimátum, harto ya de acarrear con mi persona y mis trastos, cada domingo por la tarde. Así es como fui a parar con mis apocados huesos a un concesionario, sin recordar siquiera cómo era que se metía la quinta marcha. Mis ahorros ascendían entonces a la friolera de, pongamos, once euros, y mi madre, con su sagacidad manchega característica, decidió que ellos, papá y mamá, pondrían el taco monetario, y yo les iría pagando cuota tras inflexible cuota, para que así pudiera ahorrarme los intereses. Ellos pagaron a tocateja, y por no recuerdo ahora qué cambalache pecuniario, el flamante coche y su aún más flamante seguro, fueron puestos a nombre de mi padre. Pasaron los meses, y hasta los años espabilé moderadamente, y gracias a tantas nóminas como caben en un trienio, mi coche quedó religiosamente pagado. A fecha de hoy, sigue siendo mi posesión más cara. Habrá padres que les compren el coche a sus hijos. Los míos no, y así es como los prefiero. Mi tiempo trabajado se había convertido en un objeto tangible que, fíjate, resulta que era mío.

O al menos eso creía yo. Hasta esta mañana. Ya no quería seguir demorando el momento de poner mi coche y mi seguro a mi nombre. La apocada Cenicienta que era yo encontró hace tiempo su botita de montaña de cristal, y se convirtió en Xena, la princesa guerrera. Y quién sabe en qué líos no podría llegar a meter a esa alma buena que es mi padre. ¿Y si el hampa colombiana me robaba el coche, y lo utilizaba para acarrear coca por toda la Península Ibérica? ¿ Y si yo atropellaba alegremente a un par de monjas y luego me daba a la fuga, dejando que un agente de la autoridad copiara la numeración de mi matrícula? ¿Y si a él le daba un soponcio, y la larga de mi hermana menor, que siempre fue mucho más despierta que la primogénita, se aprovechaba de su estado gagá para poner mi coche, pagado con mi sudor, a su nombre? No, eso no lo podía tolerar. Había llegado el momento de cortar los vínculos administrativos, que no sentimentales, con el ser que me dio la vida. Sería fácil. Cosa de llamar a Tráfico, y mencionarles, con mucha educación, que lo mío, pa' mí.

Inocente de mí. Ahora resulta que el pago que le hice a mis padres tiene el mismo valor legal que si lo hubiera hecho con garbanzos. Para que se me considere propietaria legítima, tendría que a) pagar un super-impuesto de transmisiones, previa presentación de un contrato de compra-venta que jamás existió; o b) pagar un super-impuesto de donación, como si mi padre me hubiera regalado graciosamente el coche. Y entonces es cuando se me pone una cara verde de Mourinho. Y cuando me preguntó por qué. Por qué.

Por qué el Aparato tiene que meter sus codiciosas narices en apaños tan personales. Por qué si A le regala algo a B, ya sea un cromo de los phoskitos o un diamante de ochenta quilates, se tiene que beneficiar el Estado. A mí me recuerda a una de esas esposas de película viejuna que se tragan los cuernos a cambio de un abrigo de pieles. Por qué hay que donarle al Estado una parte de lo que pago por la camiseta que me pongo, los tampones que uso, o la entrada del cine. Por qué no bastan unos impuestos sobre el trabajo que crecen y crecen, a cambio de unos servicios sociales que se degradan tras cada consejo de ministros. ¿En qué organización de consumidores puedo denunciar que nunca se me dio mi copia del contrato social? ¿Por qué no puedo ir desnuda por la calle, si me da la gana? ¿Por qué no se me puede enterrar debajo de una encina, si esa es mi última voluntad? ¿Por qué no me puedo casar con dos hombres a la vez, o con un hombre, una bata-manta y un mulo? ¿Qué es esto, el puto feudalismo?

Y por último, ¿me convierten todas estas preguntas en una neoliberal? Si es así, no es culpa mía, sino de James Coburn, que ayer me encandiló de mala e infructuosa manera en Pat Garret & Billy the Kid.


La ley se inventó a beneficio de tres tíos con muchas vacas, y para que yo pudiera jubilarme en Benalmádena, dice el flacazo impoluto de la derecha.

domingo, 24 de febrero de 2013

Queremos tanto a Quique



Hay un momento en el desayuno en que, vista desde fuera, debo de volver a recordar a una de esas mujeres de los cuadros de Vermeer, tan llenas de sí mismas, tan pálidas, con tan poco pelo (en estas dos últimas cosas, obviamente, no me parezco), de las que no se sabe muy bien si son el colmo de la ecuanimidad o el colmo de la memez. Por el balcón entra una luz como la del final del túnel; de nave espacial colocándose encima de tu coche y tu cabeza para proceder a abducirte. Una luz que a mí me desactiva consciente, preconsciente e inconsciente, todo a la vez. Meto un cuchillo en el bote de miel de aguacate, y la dejo caer. Con esa morosidad envidiable. El sol atraviesa el chorro casi estático, y me convierte en rica. El sol es el rey Midas. Me acuerdo del anuncio de J'adore; me asaltan visones eróticas somnolientas. Así me paso un rato, el codo izquierdo sobre la mesa, la mejilla apoyada en la mano, viendo caer la miel dorada. Jose me pregunta si estoy bien, de donde deduzco que la expresión extasiada que creo tener es mucho más íntima de lo que pensaba. Claro que estoy bien, le sonrío, sólo que... Entonces me acuerdo de aquella canción de Quique González, Torres de Manhattan. Sólo que, después de estos últimos días de aguacero, estaba muy falta de domingos soleados.



Y al encender el portátil (el sano), he buscado una lista de canciones de Quique. Qué tiempos aquellos, eh, Quique, cuándo creíamos que, poniendo la pose adecuada y eligiendo unas gafas de aviador de cristales ahumados, conseguiríamos parecernos a los héroes de nuestras películas favoritas. Lo escuché mucho, entonces, en las tardes solitarias de Jimena. Me hice un poco la loca: me empapé, a sabiendas de que esa dieta de canciones mojadas no era la más conveniente para la salud de mi corazón. Pero cómo no iba a escucharlo. Miguel, que era amigo suyo, me había prestado uno de sus discos. Y como Miguel no parecía tener la menor intención de saber de qué color eran mis pijamas, tuve que conformarme con la metadona de la música.

Y la verdad es que nunca entendí bien aquellas letras un tanto esotéricas. Enamorada como una idiota, oh, tautología, yo escuchaba cosas como que hay que creer en el milagro mundano de carnes a la brasa, y el poco raciocinio que permanecía latente en mi cerebro me informaba de que, a continuación de ese verso, pegaban unas cuantas burlas de mi parte. ¿Carnes a la brasa? ¿Lo qué, chaval? ¿Eso es una metáfora, o es que los porros te han dado tela de hambre de proteínas? Nunca me enteraba muy bien de quién era más golfo en las canciones, si la rubia con el rimmel corrido, o el rockero empapado de gin tonic, o ambos, o ninguno de los dos. Pero qué importaba. Y esa atmósfera de road movie, esa complacencia del dolor suave, las pérdidas, los hombres taciturnos que nunca dejan más huella que un chupetón efímero en el cuello; la noche tóxica y la resaca, y la desolación eterna de los kamikazes enamorados. Qué importaba: me daba grima, y a la vez, me enganchaba. Cómo no. Si pasaba lo mismo conmigo. Era una adicta a la falta de raíces, y a la cascada de sonidos duros y afligidos de la carretera americana, las cuerdas afiladas de la guitarra acústica, la armónica, las ganas de escapar en un descapotable. Yo odiaba la parálisis de aquel invierno tan lluvioso, cuando me pasaba tardes enteras pendiente como una Medea a que sonara el portero automático. Pero no ponía ningún empeño en calzarme las botas del trabajo y el impermeable, para quemar el flechazo estéril dando pasos voraces y largos por cualquier camino embarrado. O para llegarme hasta la caravana del hombre al que esperaba como la princesita dormida de un cuento.

Y es que estaba tan falta de domingos soleados como el de hoy. Ahora escucho las canciones de Quique con un deje de ternura paternal, y ganas de aconsejar a la Silvia de hace diez años. Era tan fácil salir de aquello. Sólo había que dejar de tenerle miedo a la lluvia. O esperar a que, con el sol, todo se fuera secando.


sábado, 23 de febrero de 2013

Oh-dios-mío


En estado de shock me hallo, todavía. Con las manos agarrotadas cual Nosferatu. Que nadie se lleve a engaño con este idiomilla amanerado. Estoy consternada. Mi portátil. Ohdiosmío. Tantos días cargándolo alegremente bajo el sobaco, camino de mi refugio en el dormitorio. Tantas miguitas, tantas de mis dolientes células epidérmicas bajo sus teclas. Tanta huella profundamente enamorada del acto de la escritura. El portátil que vino a restaurar la paz cibernética a mi hogar. Ohdiosmío. Por qué no nacería yo en la Edad de los Metales. Sin objetos desesperadamente frágiles a mi alrededor (Mejor en la Edad de Piedra. No quiero ni pensar lo que podrían hacer mis manos con tanta fíbula y tanto machete a mi disposición). Sin placas base radicalmente abstemias. Quién iba a pensar que una anodina infusión de manzana y canela podría llegar a ser tan dañina. Malditos hábitos saludables. Seguro que una buena, una confiable taza de café con leche no hubiese armado tanto estropicio.

¿A saber? Antes de someterlo a un coma inducido, mi teclado había dejado de pronunciar las letras w, e, r, t, d, f, k. Que tampoco es que sean los pilares de la literatura contemporánea, la verdad. Seguro que el Quijot se entendería igual que el Quijote. Y Hamlt podría seguir cuestionándose si sr o no sr. Pero es que la escritura abreviada a mí no me va. Cada vez que me como algún carácter al escribir un msm (huy, perdón, un whataspp), me siento medio culpable. Y esos jueguecitos llamados lipogramas

(Del gr. λείπειν, abandonar, y -grama).
  1. m. Texto en el que se omiten deliberadamente todas las voces que contienen determinada letra o grupo de letras.


me tocan de mala manera la moral. Y es mi portátil. Mi portátil. El siamés sobrevenido de mis falanges. Rezumo un apego insano hacia ese cacharro. Creo que esta tarde, en paralelo al Desastre del Teclado, han quedado ahogadas en mi cerebro las neuronas que a partir de marzo iban a convertirme en una esmerada discípula del yoga. Que me he convertido en un caso perdido para el budismo. Irrecuperable. ¿Como mi portátil? Ohdiosmío.

Y aquí se va a quedar la narración de esta tragedia. Me parece escuchar unos pasos furibundos acercándose al piso, desde el descansillo comunitario. Unas llaves salen de un bolsillo. La cerradura girará en breve. Rápido. Tengo que alejarme de este otro ordenador, todavía intacto, con el que estoy contrabandeando las líneas que leéis. Su dueño no me dijo que no pudiera cogerlo, al marcharse. Todo lo contrario. Me animó a utilizarlo, con un filo de navaja albaceteña en la voz. Pero en sus ojos pude leer claramente lo que sigue: ahora mismo me voy a pedir una orden de alejamiento al juzgado más cercano. Como te acerques a menos de cinco metros de mi ordenador, te meto un puro, torpe de los cojones.

Así que actúa todo lo rápido que tus complejos físicos triunfalmente reactivados te permitan, Silvia. Dale al off. Pon cara compungida. Y vete a meditar a oscuras, sin un mal cojín bajo las nalgas, como penitencia. A ver si adivinas de una vez si lo tuyo es o no normal.

viernes, 22 de febrero de 2013

Bonnie & Clyde

 
Una mano con las uñas pintadas de estrellas empuja la puerta sembrada de huellas. Entra una pareja muy joven, vestida de una forma que se amolda perfectamente a los cánones de elegancia de esta cafetería, de la que saldré con un olor a grasa sospechosa pegado en la ropa. Ella lleva una sudadera rosa comprada en el top manta, unos leggins que no disimulan la blandura característica de esas delgadas que nunca tienen problemas para metabolizar sin remordimiento lo que sus amigas se prohíben; y unas zapatillas con estampado de leopardo, deformadas a fuerzas de unos malos pasos que nadie ha sabido corregir. Él siempre debe de emplear mucho más tiempo en peinarse que ella. Sus rasgos recuerdan a los de Cristiano Ronaldo, aunque también a las aves rapaces, y seguro que él se vanagloria secretamente de ese parecido en su barrio. Se sientan tres mesas más al fondo de donde yo estoy, y piden su desayuno a la camarera, ahorrando sonrisas, sin molestarse en mirarla.

Sí miran en mi dirección, en cambio, de manera breve y furtiva. Mira ella, volviéndose de espaldas cuando él se pone a repasar la carta de unos zumos que no va a añadir a la comanda. Mira él, aprovechando que su chica se ha despistado con un perro salchicha que cruza de punta a punta el escaparate de la cafetería. Ella da entonces un respingo, clavándole unos ojos que, por la expresión de haber sido pillado in fraganti que ha puesto el chico, deben de estar interrogando. Ambos andan a la caza de algo, a pesar de sí mismos. Ambos parecen querer esconderle al otro su apetito.

Llega la camarera con la bandeja. Él se bebe su café solo y sin azúcar, de un trago, y tuerce el ceño al final. Esa manera de tomar el café debe de parecerle lo más. Ella intenta deshacer los grumos de su colacao con la mano derecha, mientras que con la izquierda sujeta un bollo suizo chorreante de mantequilla que devora en cuatro bocados. El chico la ve comer, ensimismado. No necesito agacharme para comprobar cómo una de sus zapatillas no para de repiquetear en el suelo. Ella se chupa los dedos, suspira, y se bebe el colacao a sorbitos cortos, sujetando el vaso con las dos manos, volviendo a suspirar entre sorbo y sorbo. Parece como si bebiera en código morse. Él coordina ahora el movimiento crispado de su rodilla con el tamborileo de sus dedos sobre la mesa. Vuelve a mirar en mi dirección, después la mira a ella, y se pasa una mano a unos milímetros del pelo duro de gomina, con cuidado de no despeinarse.

Y entonces se levanta, y se acerca adonde estoy. Pasa de largo mi mesa. Hacia la máquina tragaperras. En la cara de la chica, que todavía mantiene el difícil escorzo que adoptó cuando él empezó a cruzar la cafetería, aparece una fugaz expresión de desencanto. Pero su paisaje facial cambia, y de pronto recuerda a las hienas de los documentales. Se pone de pie, se limpia los colmillos con la manga de la sudadera, y se coloca a la derecha de la tragaperras. Sus miradas se cruzan fugazmente. A él, vuelto sobre la máquina, no puedo verlo. En los ojos de ella hay un cansancio mucho más viejo que sus pocos años, y unos cuantos reproches, y por encima de todo, el hambre que todo lo arrasa. Se queda absorta en las cerezas, en los sietes esquivos, en los corazones descontrolados. Él pulsa con violencia los botones. Ella recibe en su cuerpo los embates, y se muerde los labios, y apenas puede contener una sonrisa cada vez que la voz fulana de la máquina reclama otra moneda. Tras unas cuantas rondas, él baja los brazos flojos, y le cede su puesto ala chica. Ella culebrea unos minutos delante de la máquina. Sabe bien de qué va esto. Es como si se hablaran telepáticamente, su mente y la voz enlatada que la azuza con un vamos.

Lo siguiente es una cascada de monedas que no parece tener fin. La chica alza los brazos triunfalmente, y los pasa luego por el cuello de su compañero. Él decide no enlazar los suyos en la cintura de ella, con algo muy parecido a la militancia. La moneda que iniciará un nuevo juego no ha caído aún al vientre de la máquina, cuando él abandona su puesto. Espera fuera, con los manos en los bolsillos del chándal. No mucho tiempo. Sin su presencia, la pericia o la suerte de la chica no parecen durar demasiado.

Dentro de la cafetería, el clima de aflicción alrededor de la tragaperras tarda en disiparse. Observo el hueco que han dejado, y me pregunto desde cuándo llevarán desarrollando su carrera insaciable. En qué punto sus cortas vidas empezaron a enredarse. Si fue en la tapia exterior del instituto cuyas clases eludieron con flema. O en algún local de recreativos de los que sobreviven en su barrio, allí donde los Reyes Magos no saben de qué va la marca Nintendo. Los imagino, casi por deformación profesional, durmiendo en un coche tuneado, los ojos de ambos girando al ritmo de las frutas poco inocentes de esas máquinas de las que no pueden separarse. Los imagino conteniéndose el uno al otro, comprometiéndose a no volver a caer, haciendo serios actos de contrición, rehabilitándose durante un par de días, arrastrándose, azuzándose, compitiendo entre ellos, odiándose. Incapaces de romper sus vínculos envenenados, compartiendo una misma caída. Tan jóvenes.

Y pienso en la fuerza que podría llegar a desarrollar su asociación, si compartiesen algún tipo de recreo más sano. Ni se imaginan lo difícil que es que a los dos polos de una pareja los imante una misma causa.


jueves, 21 de febrero de 2013

Los androides nos invaden

SEUR ha llamado dos veces al interfono de esta casa. Dos veces se han pedido DNIs. Dos paquetes han sido entregados. Dos veces hemos rasgado el plástico opaco e indestructible que los envolvían. Dos veces hemos gritado yiipiii, como si acabáramos de descubrir los regalos dejados por los Reyes Magos. Dos medias tardes las hemos gastado poniendo a punto nuestros nuevos cacharros. Ahora, el estante donde siempre dejamos las llaves se ha convertido en una especie de altar. Dos smartphones han llegado a esta casa con la intención de reprogramar nuestras psicologías.

Porque ¿sabéis qué? Un smartphone se introduce amable, insidiosa, voluptuosamente, entre la realidad y tu manera particular de responder a sus estímulos. Corrige las dioptrías de la mirada que le lanzas a lo que te rodea. Se convierte en una especie de bisagra. A las pocas horas de convivencia, empiezas a contar los años en A.S. (Antes del Smartphone, of course) y D.S. La era A.S. de pronto te huele a rancio. Definitivamente, el aparato te cambia. Te desconfigura o reconfigura lo suficiente como para que lo consideres, más que un aparato, una extensión de tu organismo.

Dejad que os presente a un personaje ficticio para explicarlo. Puede que a alguien le resulte familiar, y que tienda a compararlo automáticamente con cierta persona que aparece por estas líneas con bastante frecuencia. Pero, creedme, todo parecido con la realidad es pura causalidad. Lo llamaré Anacleto. Podría decirse que Anacleto es un conservador. No en lo que respecta a sus convicciones sociopolíticas o culturales. De hecho, Anacleto se precia de ser un tío moderno. Usa zapatillas molonas y gorritas de las que se ven ciento por La Latina o Malasaña, y es capaz de chuparse una sesión continua de cine compuesta por Morena Clara y Taxi Driver. Pero en lo que se refiere a sí mismo, Anacleto no es muy amante del cambio. Si algo lleva funcionando en su vida desde que iba con pañales, para qué va a cambiarlo. El marco con el que encuadra el mundo lo heredó de la abuela que de niño le preparaba la merienda y le enseñaba a distinguir los lances del toreo. Eso, por supuesto, hace de él una persona pintoresca y adorable, pero, para qué negarlo, a veces te da la impresión de que Anacleto se recrea gratuitamente en lo antiguo.

Y, sin embargo, hace unos días, Anacleto transigió. Una de esas series aleatorias de sucesos que a veces dan un resultado insólito. Hace años, cuando no le pareció ni siquiera normal seguir posponiendo el momento de llevar teléfono móvil, se compró un modelo de esos que él llama de conchita. De los que tenían una tapa que se abría con un movimiento grácil de muñeca, y se cerraba con un gallardo y asertivo plop. De esos que hará sólo cuatro años eran el colmo de lo chic, y ahora se ven paleolíticos. Pues bien, Anacleto es de esas personas que más que cuidar sus cosas, se desviven por ellas. Es un poco animista, la verdad, y establece vínculos de amor con sus objetos. Su teléfono de conchita, sin embargo, empezó hace unos meses a manifestar síntomas de senilidad. Se oía mal y perdía por completo la cobertura, lo cual, unido al hecho de que Anacleto apostaba disparatadamente por las tarjetas de prepago, hacía de él, en lo que toca a las telecomunicaciones contemporáneas, una persona digna de lástima.

Pero Anacleto, ya lo sabemos, es muy suyo. Sobrio, un tanto asceta. Cada vez que veía a un grupito de adolescentes dale que dale a las teclas de sus smartphones, en vez de comparándose las respectivas tallas de sujetador, pegadas unas a otras, y a la vez tan distantes, Anacleto renegaba. Mundo gilipollas, maldecía. Él, bueno, quería un teléfono únicamente para hablar con sus padres y con su novia Petra, no para esas chorradas. Porque a él le gustan los seres humanos en vivo y en directo. Y, sin embargo, cuando ya no pudo seguir posponiendo la hora de jubilar a su molusco de teléfono, y de pasarse a contrato como cualquier adulto con nómina, se encontró con que la compañía telefónica le enviaba uno de esos smartphones del diablo.

¿Creéis que nuestro amigo se ha mantenido firme en su celibato androide? Para nada. Anacleto ya no es el mismo. No hace ni veinticuatro horas que recibió su nuevo aparato, y ya no es capaz de separarse de él. No ha aprendido todavía a quitarle el sonido a las teclas (a su abuela también le hubiera costado), así que ahí está, haciendo música mientras le comunica a todos sus conocidos que ya tiene whatsapp. De repente tiene la impresión de que algunos contactos que languidecían en la agenda de la conchita pueden ser de nuevo recuperados. Es como si el mundo se hubiera teñido con una intimidad especial. Toda la gente que ha conocido y a la que dejó de tratar está metida en su teléfono nuevo, ávida por escuchar un bip de aviso. Una modalidad intacta de comunicación se abre ante sí. Ya puede el mundo entero volverse sordomudo. Qué más da, mientras sus dedos sigan teniendo yemas. A partir de ahora, Anacleto mirará cada poco la pantalla impoluta, para verificar su grado de pertenencia a la sociedad. Va a convertirse, esa pantalla, en algo como el espejito mágico de la madrastra de Blancanieves. Y eso por no hablar del hecho de tener, via internet, todo lo divino y lo humano metido en el bolsillo. Ahora puede acceder gratuitamente a lo que le gusta. Si quisiera, podría descargarse aplicaciones con tablas de Pilates y con mil recetas para hacer la paella. Ya no necesitará apuntarse a gimnasios ni a clases de inglés. No necesitará rozarse con la realidad física de otros seres humanos para aprender lo que no sabe y compartir lo que le anima. Tal vez se vuelva bidimensional.

Anacleto can´t stop (Foto tomada con mi cacharrito nuevo. Faltaría más)

Si no fuera porque Anacleto, como dijimos, es un poco antiguo. Se crió en una época de radiocasettes y transistores que aquellas adolescentes autistas no podrían ni concebir. Eso lo salvará de volverse irrecuperable.

miércoles, 20 de febrero de 2013

Lo invisible

 
Por si el mundo material no fuera lo bastante complejo, encima tenemos que soportar el acecho de lo invisible. Abro los postigos del balcón al levantarme, y antes de volver a darle la espalda a la calle, ya estoy estornudando. Apenas si ha empezado a amanecer, y a esta hora los cipreses de enfrente son sólo sombras recortadas sobre un fondo de sombra de tonos sepia. No se ven amenazantes, en realidad. No han desplegado todavía su énfasis diurno, esa figura un poco pagada de sí misma, a fuerza de metáforas de los poetas. Y, sin embargo, míralos, tan severos ellos, tan majestuosos, cómo me están agrediendo. El aire va cargado de un polen amarillo como el azufre, y yo no puedo verlo. Los cipreses están a cincuenta metros; yo estoy en mi casa, creyéndome a salvo, aún, de lo que ahí fuera pueda traerme el día; y nada parece atarnos. Pero aquí estoy, medio llorando, en pijama. Hay un juego imperceptible de fuerzas entre ellos y yo. Una red pegajosa de energías que me envuelve, me debilita o me impulsa, y que no puedo ver, ni mucho menos controlar. Hay historias de mí misma que no me es dado escribir. Todo lo más que puedo hacer es corregirlas. Ponerme hasta arriba de antihistamínicos, o empapar una docena de kleenex.

Y, cielos, el catálogo de lo invisible es tan extenso.


Algo ominoso que se larva en tus intestinos, en el pulmón de tu pareja, en el pecho de tu madre. 
 
Los gases volátiles que se elevan en espirales, como genios de una lámpara perversa, del envase de fregasuelos que te has dejado abierto mientras le dabas al cuarto de baño. Del limpiacristales. De la botella de salfumán. La savia tóxica de plaguicidas que todavía circula por la lechuga de la cena. El mercurio del atún que lleva tu bocadillo. El gluten, las proteínas, el colerestol, codificados bajo la apariencia humilde de una croqueta.

Un hervidero de ondas electromagnéticas zumbando en torno a tu piel y a tus orejas, vistiéndote con el traje nuevo del emperador, interactuando quién sabe cómo con la membrana de tus células. 
 
La montaña que a veces te da la impresión de estar a punto de derrumbarse sobre tu tejado. El empuje un tanto erótico de las placas de la corteza terrestre, que se buscan y se cortejan, y más nos vale que no terminen montándose unas sobre otras.

La mirada de deseo anónima que resbala por tu silueta de espaldas, cada vez que pasas por esa calle. Una corriente de calidez inesperada al llegar a tu puesto de trabajo. Todo el amor o la tirria que nunca te serán confesados, pero que de algún modo te imantan.

El humor de la gente aturdida o jovial con la que te cruzas, esa exudación espiritual que termina calándote como chirimiri. 
 
El collage de estampas que los otros pegan sobre un maniquí que eres tú mismo, y en cuyo aspecto robusto, hermoso o ridículo no eres capaz de reconocerte. 
 
Todo lo que alguien está pensando ahora mismo sobre ti.


¿Podremos algún día llegar a descifrar el poder de lo invisible? Revelar, como los espías de las películas, los mensajes ocultos de todo eso que, sin saberlo, influye sobre nuestra vida. Leer las historias que nos han sido preparadas, y que a lo mejor terminan superponiéndose a nuestros buenos intentos de narrarnos a nosotros mismos.

martes, 19 de febrero de 2013

Beso el suelo que pisan mis botas de montaña

Miraba con desconsuelo tanta barriga, tanta mandíbula mal afeitada; oía el rosario eterno de quejas y de refranillos corporativos, y me explicaba a mí misma por qué mi trabajo me ha proporcionado tan pocos contactos que guardar en mi teléfono privado. Y luego me fijé en las arrugas de intemperie, y en las muchas botas con el cuero corroído a fuerza de barro y roces con el matorral, y en tantas de esas manos curtidas y anchas que me han ofrecido ayuda a la hora de trepar barrancos; y un ramalazo de ternura me obligó a admitir que me costaría hacerme a la idea de trabajar sin estar rodeada por estos hombres uniformados.

Hoy la ternura dura, y se hace extensiva a tantas cosas que me han pasado desde que empecé a trabajar, hace casi diez años. Yo, que tanta hambre tengo de vivir el mayor rango posible de experiencias que tenga a bien conceder la vida humana, me doy cuenta ahora de todos los bocados que llevo ya tragados gracias a mis horas vestida de verde. Si no hubiera sido por este trabajo que a veces me excita y a veces me mata, nunca habría volado en helicóptero. No habría visto colinas y pantanos con ojos de águila, y a los retenistas sofocando el perímetro de un incendio, con sus cascos amarillos como muñequitos de Playmobil.

No habría escuchado la verdadera voz de gigante del fuego. Yo conocía las llamas dentro de una chimenea, las llamitas tísicas de los quemadores de butano, y en ellas nunca había sentido la cercanía de una presencia casi divina, como cuando me puse a tiro del avance de un incendio.

No habría gateado por el entabacado del palacio de Carlos V, a la luz vacilante de una linterna, aspirando el polvo que levantaba el compañero de delante, obviando la evidencia de que todo eso que crujía a nuestro paso era una alfombra de mierda de murciélago. No me habría deslumbrado la luz ámbar del atardecer sobre la Alhambra. No habría esperado la noche fría sentada sobre unas tejas catalogadas como Patrimonio de la Humanidad.

No me habría metido de cabeza en un rally por carriles blandos como plastilina. No lo habría ganado, teniendo en cuenta que yo era la única participante, tras la proeza de volver a casa sin haberme despeñado. No me habría quedado una vez varada en un camino, metida en barro hasta la altura de las ingles. No me habría reído hasta el infinito al ver cómo mis sucesivos rescatadores se iban quedando igualmente varados. No hubiera andado unos cuantos kilómetros para encontrar a alguien que pudiera remolcar el land rover, y sacarlo de la cuneta adonde mi compañero había tenido el buen tino de empotrarlo.

No habría contestado muy seria, muy lúcida, muy tranquila, a las preguntas de jueces, fiscales y abogados. No habría aprendido a apaciguar a gente que se acercó a mí con ganas de pegarme un estacazo. No habría parlamentado, negociado, interrogado, curioseado en vidas muy diferentes a la mía. No habría sido testigo de un mundo rural que se resiste a morir. No me habrían invitado a compartir un trozo de pan con chorizo de matanza casera. No me habrían regalado miel y naranjas a cambio de nada.

No habría andado dentro de un río, con el agua a la cintura. No habría sentido los efectos un poco estupefacientes del aire mineral de las cumbres de Sierra Nevada. No me habría puesto negra de hollín y jaras. No habría desafiado a la ley de la gravedad poniendo paso tras milagroso paso en riscos por donde sólo andaría a gusto una cabra montesa.

No sabría que los ojos de algunos toros de más de quinientos kilos son dulces y tímidos como los de una monja de clausura. No habría aprendido que, de todos los sonidos amenazantes de un bosque, los más miedo causan son los que las propias botas van generando. No habría conocido esos momentos de intimidad indescifrable que se dan cuando dos personas, sentadas lado a lado, miran con los prismáticos a la misma águila haciendo piruetas en el cielo.

No habría compartido mi tiempo con algunos compañeros generosos, divertidos, buenazos y hasta sexys. No viviría con quien vivo en la actualidad.

lunes, 18 de febrero de 2013

De cháchara con mi avatar lamentable

Sólo necesitan una micra de descuido por tu parte para hacerse con el control de los mandos. Ya puedes estar trazando planes para las vacaciones, o escuchando las noticias de un amigo al que hacía mucho tiempo que no veías. Los automatismos se cuelan en la cabina de tu consciencia, como esos terroristas tan educados, con esa pinta tan poco musulmana, que acabaron resultando ser tus vecinos. Y no les importa, si les dejas, chocar tu avión contra alguna torre muy alta. El pasaje de tu mente es comodón, y mientras se mantenga en movimiento, pasa bastante de quién está pilotando la nave. Vale, sé que estoy escribiendo demasiado sobre contenidos mentales invasores. Pero es lo que pasa cuando una se pone a prestarle atención al ecosistema de su cabeza. Que acaba reconociendo al vuelo a los recuerdos aleatorios. Las cosas que hacemos en estado de semitrance. Los pensamientos que no pasan por ningún filtro crítico. Están ahí. También son tú. También son yo. Quién sabe si no son más yo que todo lo que en el presente es mi trending topic personal. A lo mejor esos posos de antigua suciedad mental son mi verdadera esencia.

Esta mañana volví a sorprender una vocecita que, dentro de mí, gemía eso tú no puedes hacerlo. Hay quien recomienda el truco de darle una cara y un aspecto a esos personajes mentales con quien uno no quiere identificarse. Yo lo he hecho. La dueña de mi vocecita es una de esas amas de casa inadaptadas de Minessota, que parecen ser las víctimas favoritas de los reality de cambio de imagen. El tinte rubio muy frito, las indiscretas raíces de color ratón, y la sonrisa medio paralítica por culpa del pudor a mostrar una dentadura cubista. Vestida con una sudadera que se le ha quedado pequeña a su hijo adolescente de 200 kilos, y que a ella le tapa el culo con forma de limón exprimido. Así es mi yo acomplejado. A priori parece un poco cretina, pero cuando ve la ocasión, es capaz de apropiarse de mi diálogo mental con la agilidad de una pantera. 
 

- Vamos a tener que buscarnos una excusa, me dice. Y ella misma se encarga de sugerirme  alguna. Tú no tienes la piel como para coger bichos sarnosos, pulgosos o agusanados.

- Es verdad. Podrían pegarme cualquier cosa. ¿Y si me vomita encima un buitre, o un tejón desquiciado me araña con sus uñas ponzoñosas?
No es tan lerda como parece. Sabe que para mí “piel” y “drama” son palabras prácticamente sinónimas.

- Quita, quita. Mejor le llevas un informe de la dermatóloga al jefe, y que te borre de la brigada
 
- ¿Le pregunto a Jose? 
 
- Buena idea; a él se le nublan las entendederas cuando se trata de tu salud. Seguro que está de acuerdo conmigo
 
- Tenías razón; ¿has visto qué cara de preocupación ha puesto? 
 
- Un primor de chiquillo.

- De verdad. Pero, oye, es que a mí los bichos resulta que me gustan. Al principio sería difícil, pero a lo mejor, con el tiempo...

- Ah, no, no, me interrumpe, no, de verdad. Imagínatelo: animales enfermos, nerviosos, asustados. Culebras. Cosas con garras. Garzas con pico de arpón. ¿Cómo vamos a atrapar eso nosotras? Que no. Mejor se lo dejamos a los chicos. 
 
- Pero es que... Es una cosa práctica y real. Útil. Con una captura bien hecha, yo podría contribuir a que su recuperación fuera menos traumática. Y aprendería mucho de comportamiento animal. Aprendería a tomar y a generar confianza. A acercarme a ellos sin que me vieran como una amenaza o una posible víctima. Lo que les asusta y lo que les relaja. Me sentiría verdaderamente cerca de todo el dolor de la naturaleza. 
 
- Oye, mira, a mí no me metas uno de tus rollos blogueros, ¿vale? Que las dos sabemos cómo somos. Que tenemos pegotes de yeso en vez de articulaciones. Que entre una orden de nuestro cerebro y el movimiento correspondiente se podría escribir otro libro como ese famoso de tu país, ¿Don Cipote, no es? Que nos aturullamos a la hora de enrollar un cable de medio metro de largo. Que podríamos dejar tuertos a toda la población de forestales con un cazamariposas. ¿Una actuación bien hecha para reducir el estrés de los animalitos heridos? Je je je. Tenemos que atrapar a un águila real, y capaces somos de hacer hamburguesas con ella en el intento. O de acabar con los ojos fuera de las cuencas. Que no. Que eso nosotras no podemos hacerlo. Y PUNTO.


He dejado que se desahogue. Pobrecita, últimamente está sometida a mucha presión. Se ha dado cuenta de que cada vez le hago menos caso, de que me hallo inmersa en un proceso de desactivación de automatismos, y tiene miedo por su supervivencia. Y la verdad es que he estado a punto de volver a confiar en ella. Pero durante su última perorata he observado fijamente a la veterinaria que nos explica cómo realizar este nuevo trabajo. Es rubia como la mantequilla, y tiene unos hombros todavía más frágiles que los míos. Es a la vez ligera y recia. Tiene un par de brazos flacos. Yo tengo un par de brazos flacos. Tiene unas maneras un poco encogidas y tímidas. Yo tengo unas maneras un poco encogidas y tímidas. Ella atrapa animales heridos con redes y lazos; tiene la vacuna antirrábica puesta, ha pasado la sarna, y ahí está, intacta. Yo voy a intentarlo.

Qué le vamos a hacer. Voy a tener que mandar a mi avatar acomplejado a Tu estilo a juicio. A ver si le arreglan los dientes y me la devuelven, no digo yo que hecha una Lara Croft, pero sí un poquito más presentable.


domingo, 17 de febrero de 2013

Teselas (II)

 
(Sigo secretando recuerdos arrinconados)

Más sobre roles escolares. Qué más da su nombre, si todos tuvimos a uno como este en clase. Liberado de gimnasia gracias al asma. Con unos cristales de gafas tan gruesos que las pocas veces que se las quitaba, daba la impresión de que, en vez de ojos, tenía pegatinas. Y una depravada inclinación a soltarte rollos sobre la atmósfera de Saturno o los sellos de Madagascar. Me lo sentaron unos meses en el pupitre de al lado. No sé. A lo mejor el profesor pensó que yo podía ser un ejemplo de empollonismo no patológico. Tenía un diccionario de inglés muy gordo y muy superfluo que él se preciaba de haber recibido de Oxford. Como suena. Siempre entraba en clase con el diccionario en la mano, y hasta al recreo se lo llevaba. Cómo no iba a resultar provocador. Una vez consiguieron hurtárselo y durante un buen cuarto de hora, lo estuvieron lanzando de una punta a otra de la clase, como si fuera una pelota de balonmano. Él, a mi lado, lloriqueaba. Y el juego consiguió ponerme tan nerviosa que, toda una Batman yo, conseguí interceptar el dichoso diccionario, y devolvérselo. Lo estampé contra su mesa, y volví a sentarme. No pude ni mirarlo, de lo repulsivo que me resultaba. Él, y sus ojos detrás de las gafas húmedas, dándome las gracias. 
 
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Ahora mi madre dirá que mi memoria retoca como le da la gana, pero alguna vez, siendo yo bastante pequeña, me asomaba de noche a su dormitorio y le decía no puedo dormir, mamá. Lo que pasaba es que había descubierto hacía poco que ella, y mi padre y mi hermana, y hasta yo, todos íbamos a morirnos, a desaparecer sin remedio, y la angustia me hacía levantarme de la cama.

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Todavía me avergüenzo de la mentira más abyecta que he dicho jamás. A mi virginidad ignominiosamente longeva ya no se le ocurrían más excusas para darle largas a una pobre criatura con la que estuve jugando una temporada. Entonces le dije que, bueno, no se lo había contado a nadie, pero, allá por mis doce o trece años, el hermano de una amiga, había, me había... Si hay un infierno, caeré de cabeza en él por culpa de semejante cobardía.

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Había un pastel de crepes de espinacas. Un sorbete de maracuyá cuyo sabor se ha convertido en mi Eldorado particular. Había un farolillo con una vela encendida que tres de los presentes, en horario de trabajo, hubiéramos tenido que denunciar. ¿Había luna llena? La había, y transformaba la copa de los alcornoques que nos cobijaban en un escenario de película de Tim Burton. No había venados berreando, pero sí cárabos. Uh-uh-uh-uh, me encantan los cárabos. Había un tío que me gustaba más de lo recomendable, y que me resultaba tan accesible como Lawrence de Arabia. Todos se fueron quedando dormidos, arrebujados en sus forros polares. Todos, menos yo.

Si tres forestales hubieran provocado un incendio con esto.
 
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Cuando comía en su casa, siempre echábamos el colchón al suelo a la hora de la siesta. Forzábamos la noche en el salón, poníamos una película antigua, y casi al terminar los títulos de créditos, ya estábamos dormidas las dos. Era íntimo, y también un poco exasperante. Se abrazaba a mí como un koala, en busca de ese placebo que era para ella el calor humano, e impedía que me moviera. Después de mi sueño de cinco minutos, y de muchos más de obligada parálisis, a mí me dolía ya todo el cuerpo. Y no veía la hora de largarme.

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Aquella cara, aquel cuerpo huidizo, sacados de un cuadro del Greco. El casilheiro cruzaba el Tajo color mercurio, y la vista de la ciudad era tan bonita que yo no quería que el viaje se terminara, y él esquivaba de tal modo mis carantoñas, que ojalá que nunca hubiera empezado.

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Volvíamos a Jimena en su caravana, y yo no podía dejar de bostezar. A veces me pasa. Cuando escucho canciones emocionantes me pasa. Él manejaba el cuadro de mandos para intentar que el frío de las noches levanteras se me saliera del cuerpo. Mañana le voy a decir a todos que llevé a una chica al cine, y la dejé completamente fría y aburrida. Eso dijo. Y su gracieta me resultó tan tierna, y él era tan bombero de mis amores ideales, que en ese momento no me salió responderle que no, que se apartara en cualquier sitio, y nos echáramos los dos a dormir calentitos en su cama .

sábado, 16 de febrero de 2013

Teselas (I)


A veces jugamos a esto: hacemos un tetris de piernas y brazos en el sofá, y forzamos la duermevela. Entonces empezamos a hablar. Nada iluminado, nada de revelaciones esotéricas. Únicamente describimos lo que nos pasa por la cabeza, y durante casi todo el juego sólo nos pasan tonterías. Una vieja trenzando cuerdas de esparto a la puerta de su casa. Una mandarina. Los peces blandos y oscuros que merodean en torno a los barcos de los puertos. Una envoltura plástica de paquete de tabaco, llena de confeti. Chorradas de este calibre. Lo divertido del juego es dejarse arrastrar. Como en el movimiento de retroceso de un columpio. Se trata de verbalizar algo que no controlas completamente, y de sorprenderte con el sonido de tu propia voz pronunciando motas de pensamiento tan invasivas como las del polvo. Es como si estuvieras siendo poseído por un fantasma no demasiado listo. Es divertido. Al final siempre nos dormimos con una sonrisa tan poco discreta que, si uno tiene la cabeza sobre la barriga del otro, la camiseta de este acaba siempre babeada.

Hace un rato, con las camas y la comida de hoy y mañana ya hechas, me he sentado en el suelo sobre un cojín rojo, y me he puesto a jugar yo sola. He esperado a que las puertas de emergencia de mi memoria se abriesen de par en par. Y he ido anotando en la libreta, convenientemente colocada a mi vera, todos los recuerdos imprevistos que nunca abandonan los puestos de cola de mi consciencia. Esta mañana, mientras desayunaba y rastreaba temas para el post de hoy – una asociación que se está haciendo tan habitual, que el café con canela ya me sabe a palabras – me cansé de todos los escaparates de mi mente. De mis soles y de mi empeño en mejorarme, y de mi felinidad adquirida y de mis instrucciones para la vida. De los textos que se cierran sobre sí mismos con una especie de moraleja, de la vocación un poco ingenua de obtener y mostrar una enseñanza de cada experiencia. Me pareció, por un momento, que todo el primer plano de mi consciencia se me había convertido en un lugar común. Y eso me despertó las ganas de abrir los desvanes abandonados de la memoria. Recordar y regurgitar. Sin controles, sin estructura, sin la manía del análisis. Aparcando el manual de marketing. Ahí van unas cuantas teselas sueltas del mosaico de vida que no le cuento a nadie. Ni siquiera a mí misma.

Ino. Supongo que lo primero que supo de sí misma, cuando le tocó aprender a conjugar el verbo ser en primera persona, es que era guapa. Y lo era. Los rizos de oro maya le caían en cascada hasta media espalda. Tenía una piel tan pulida que daban ganas de pintarla como a los bustos de escayola para manualidades, y una de esas caras de gato que, copiadas sobre una calavera humana, a unos fascina y a otros espanta. Tenía la boca como un broche victoriano, y una amenaza fatal de manchas solares en el bigote. Pero era la guapa oficial de octavo, y una vez, en el recreo, me dijo que si es verdad que los muertos ven pasar su vida como una película, entonces yo me iba a aburrir mucho con la mía. Yo era callada, y la más lista de la clase.

Una vez mi hermana se cayó de la bici, y fue a dar con la frente en la fachada de la vecina del pueblo. Yo creí que se había abierto un agujero un cráneo, y que lo mismo se iba a morir. Y me puse de rodillas con los codos apoyados en la cómoda de la habitación de mi abuela, y allí le recé a la figurita del Niño Jesús pastorcillo, y le prometí que, si le salvaba la vida, iba a ser siempre buena con ella y a cuidarla. Luego me enteré de que sólo se había hecho un rasguño, y la promesa se me olvidó. Cada vez que vuelvo a ver la figurita, me siento vigilada.

La casi insoportable felicidad de botar en una cama elástica. El viento soplándome en la nuca en los barcos croatas, de Split a Korçula, de Dubrovnik al edén de Mljet.

En el viaje de intercambio que hice a Hungría, todas las chicas españolas estábamos prendadas de Adam. Esa morenez impoluta, esos ojos de caballo. Él conducía una de las furgonetas con las que recorrimos el país, y yo, sentada en la primera fila de asientos traseros, creía que me lanzaba miradas furtivas por el retrovisor. Hasta que me di cuenta de que cada uno de nuestros cruces de ojos coincidía con un cambio de carril. Él, como si de alguna manera hubiera presentido mi decepción, me regaló una pluma de arrendajo. It´s a present for you, me dijo. Fueron las únicas palabras que llegamos a intercambiar. Sus ojos, y detrás, todo el verde de la hierba alta de su país.

Otra vez vuelvo a ser pequeña, y en vez de construirme una cabaña en la copa de un árbol, me la he montado debajo de la cama. Mi espacio propio es un zulo, casi un ataúd, pero tengo una manta doblada bajo la espalda, y un montoncito de libros, mi Barbie, y un paquete de magdalenas. El refugio de una cría urbana.


(¿Pero cómo me he despistado tanto? Ya es la una de la tarde, y en hora y media tengo que estar comida y uniformada. ¿Puede seguir mañana?)