domingo, 19 de mayo de 2013

Decálogo de la disolución (I)

Creo que el estado de mi amor propio puede calificarse de razonablemente sano. No me siento mejor, pero tampoco peor que nadie. Procuro huir tanto de la falsa modestia como de la soberbia. Mi capacidad de admirar es aguda, y no recuerdo la última vez que me dejé ganar por la envidia. A veces dejo el piloto automático prendido, y entonces me veo circulando a trompicones, como en un atasco, por el trillado camino psicológico de la insuficiencia. No tardo mucho en encontrar mis atajos: me basta con recordar que tengo un cuerpo que funciona y personas a las que cuidar y que me cuidan, para comprender que el saldo de mi vida es favorable.

Y sin embargo, hay momentos en los que me canso de mi mismidad. Me he acostado ya, por ejemplo, y el premio de irme quedando dormida con un libro entre las manos se devalúa, porque los conflictos y las decisiones de un día que no quiere terminar se empeñan en entreverarse con la historia que estoy leyendo. O me despierto de madrugada, y encuentro, por todos las rincones del sueño, trozos de discursos diurnos perfectamente legibles. Voy en coche, y el parabrisas me sirve de pantalla para proyectar mi propia película. Miro la hora en el móvil. Chequeo la lista de todo lo que debería cumplir para que este no sea un día fallido. Mi personaje pronuncia un guión verborreico, aparece en todos los planos. Y a veces me dan ganas de cargarme a la estrella. Llego a aburrirme un poco, no de mi identidad, sino del hecho mismo de tener una sola y bien definida. El impulso vital revienta las costuras del yo. De repente me siento encansillada.

Momentos así me han servido para ir construyendo un aprendizaje de la disolución. Es un tipo de circuito que funciona más bien en corriente alterna. Me olvido de mí misma, y luego me recupero. Me escondo de mi ego, y al rato permito que me encuentre. Me pierdo en lo que miro, y después vuelvo a pensar en lo que voy a escribir hoy, o en la manera en que resolveré este o aquel problema. Quizás llegue un día en que pase más tiempo fuera del hogar de mi propio yo que dentro. Mientras tanto, me entreno para rebajar unos kilos de la importancia que me doy a mí misma. Esto que sigue es mi rutina de ejercicios:
 

1. Iconoclastia personal. Quema tus ídolos. Derriba las imágenes que has erigido de ti mismo en las plazas centrales de tu consciencia. Consigue que te suenen raras en la boca expresiones como yo soy así o no me sale de otra manera. No eres un acrónimo: no te resuelvas con cuatro palabras. Risueña/inquieta/torpe/holgazana. ¿Eso es todo lo que hay? Relativiza tus opiniones sólidamente forjadas, juega incluso a defender las contrarias.

2. Desnúdate de roles. Nos han amaestrado para ser algo. Tenemos un carnet de identidad y una profesión que nos permite rellenar eficazmente los huecos de un montón de formularios. Una vocación que hay que cumplir, y un mapa de relaciones que estudiamos concienzudamente para no equivocar el camino. Tú eres médico, las veinticuatro horas del día. Te presentas como médico, respondes como un médico, te identificas con el colectivo de los médicos. Yo me identifico con un rol de escritora. Observo, enlazo, busco imágenes, escribo. Y cuando no lo hago, siento una punzada de inconsistencia. Estoy fallándole a la idea de lo que creo que soy, y eso me intranquiliza, cuando lo cierto es que nacemos y morimos sin etiquetas.

3. No tomes decisiones basadas en lo que se espera de ti. Si resolvemos nuestra propia identidad con cuatro adjetivos, imagina el ejercicio de simplificación que practicamos con los demás. Este es un flojo. Aquel, un inconstante. La de ahí, una madre amantísima. A veces tenemos que enfrentarnos a la imagen que la gente se ha forjado de nosotros, y nos asusta lo poco que nos parecemos a ella, o lo pequeña que nos queda. Yo soy una buena chica que nunca ha armado jaleo en clase. Enrojezco si debo alzar la voz, procuro llevar mis deberes al día, casi siempre prefiero callarme y no protestar. Si me ignoran, me enfado. Si en el patio de recreo no me eligen para formar parte del equipo, me entristezco. El yo es una esquemática obra colectiva. Así que, si pretendes disolverte, obvia las firmas que figuran al pie de ti mismo.

4 comentarios:

  1. Anónimo entre comillas19 mayo, 2013 23:28

    Buen entrenamiento. Espero seguir practicando el primer ejercicio hasta que sea pura mecánica, de tan trillado. Fuera los "yo soy así" o los "a estas alturas de la vida".
    No teniendo una vocación clara, me ahorro la necesidad de responder por ella o la intranquilidad por no hacerlo.
    Lo que esperan los demás de nosotros...hay tantos están de más en nuestras vidas...que sigan esperando.

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    1. Viva tú por ese segundo párrafo.

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  2. lectoraadicta20 mayo, 2013 12:09

    Voy a copiar tus ejercícios y me pondré a la tarea, aunque creo que el suspenso lo tengo asegurado.
    O quizás, si me aplico mucho, consiga un aprobado aunque sea raspadillo.

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    1. Mmm, anda que vamos lejos con ese espíritu, mujer. Enga, a hincar los codos, y como vea una chuleta...

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