miércoles, 29 de mayo de 2013

Resinación


Trece. Catorce. Quince. Cuarenta y dos, cuarenta y tres. El goteo inicial de coches se convierte en reguero, en torrente, en cascada. Felisa siempre se atasca a la altura de la setentena: le da la impresión de que esos nueve números ya los ha contado. Por eso hace trampas y se los salta. Ochenta y cuatro. Ochenta y siete. Noventa. Ya no hay manera de volver a ordenar las cuentas. Cada vez hay más coches, y su hija se empeña en distraerla. Mamá, ¿quieres hacer el favor de parpadear de vez en cuando? Ella no aparta la mirada de la ventana, pero aunque disimule, no consigue ignorarla. Es que le cuesta un poco entender su manera de hablar. Demasiadas erres; demasiadas letras en cada palabra. Y esa forma de llamarla. Mamá. Suena a burla. Huele a capa gruesa de maquillaje. Ella siempre fue mama, sin el retintín final. Cuando restregaba sus calcetines en la tabla de fregar, sudando todavía a esas horas más cercanas ya a la cena que al pan con miel de la merienda, y la veía llegar corriendo a trompicones del monte, con un ramo de romero casi más grande que ella. Mamaa, así la llamaba entonces. Y cuando se casó, y se fue, y lloraba al otro lado del teléfono, porque no terminaba de acostumbrarse al jaleo de la ciudad, y echo mucho de menos aquello, mama. Ahora su hija parece extranjera. Y a los extranjeros perdidos hay que atenderlos.

Mamá, por favor, estás asustando a los niños. ¿A qué animal la habrán comparado ahora? Hace un rato quiso decirles que no, que los murciélagos no tienen grandes ojos abiertos, sino todo lo contrario, que a lo mejor las lechuzas; pero que, fuera lo que fuese, estaban muy equivocados al asustarse, porque tanto los murciélagos como las lechuzas son vecinos bien recibidos en un cortijo. Mamá, se te van a secar los ojos. Y no tengo tiempo para llevarte otra vez al oculista. Felisa hace entonces una concesión. Dos parpadeos evidentes y rápidos. Ahora ha sido ella la que ha sentido un poco de miedo. ¿Y si terminara quedándose ciega? ¿Cómo podría detener entonces el caudal de imágenes que la arrastra cada vez que cierra los ojos? Por eso se planta junto a la ventana y observa la calle. Un coche, dos coches, tres coches. Cuando se pierde la cuenta, lo mejor es empezar de nuevo. Los mira, los va sumando. No se acostumbra del todo a ellos. Pero mantienen a raya el recuerdo.

Aunque empieza a costarle más de la cuenta. Simplemente, son demasiados. Al principio pasan de uno en uno, como las primeras gotas de resina cuando se empieza a rajar el pino. Era lo que más le gustaba ver a Felisa, cuando subía al monte a llevarle la comida al marido. Las primeras gotas tímidas de un pino recién herido. Toda esa vida escondida del árbol que luego ya no sabe dejar de brotar. El olor que picaba en la nariz, como las guindillas que traía para acompañar el potaje. Las manos del marido nunca perdieron ese olor caliente y bravío. Estaba debajo de sus uñas, incrustado en las huellas de los dedos. Cuando la tocaba, era como si la dejase perfumada. Él se iba temprano al pinar, y dejaba su sombra en las sábanas. Luego volvía, y por mucho que se lavara las manos pegajosas en la fuente, el monte no se le despegaba del cuerpo. Qué vergüenza le dio a su hija, cuando en el velatorio descubrió que el padre nunca había dejado de tener aquellas uñas amarillas.

Ya no es preciso que tenga los ojos cerrados para que vuelva el olor de su vida. Los coches pasan y pasan, como el árbol que se desangra. La memoria no para. Se acuerda de las moscas y de la matanza; de las escobas de retama y los sabañones y los rayos como hachazos. Se acuerda de su hija con fiebre altísima y el médico que no terminaba de llegar con la penicilina. De cuando el marido volvía con un par de conejos al cinturón y una de sus raras sonrisas. Los jarrillos de lata y las estrellas como hogueras que apenas si sorprendían. La sombra rápida de las nubes sobre la era. Los mochuelos, el gran incendio. La capa de hielo en la alberca. Se acuerda del silencio cuando salían al fresco en las noches de julio, y de las cuadrillas que bullía monte arriba. De toda la gente muerta. Felisa ya sólo es un pasado que se derrama.

3 comentarios:

  1. lectoraadicta30 mayo, 2013 20:14

    Que ternura produce Felisa. Que añoranza de madres como ella o parecidas.

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  2. Totalme de acuerdo lectoraadipta...
    Primica

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  3. Totalmente de acuerdo lectoraatita.
    Primica, que gusto da leege, de donde sacas toas esas ideas??

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