lunes, 15 de abril de 2013

Mansita

Algunos lo llamarán astenia; otros, más perversos o más morales, decadencia. Yo lo llamo docilidad. Consiste en andar por la calle como las medusas; en dejarse arrastrar por corrientes de algo más grande que uno mismo, cayendo en picado a veces, ascendiendo después como esos globos metalizados que los niños, benditos sean, siguen reclamando a sus padres en la feria. Consiste también en dejarse galantear por el aire de la tarde. Las chicas brotan hoy como hierba oportunista, exagerando la consistencia del primer calor, rasgándose las medias oscuras, presumiendo de carne. Las hay gordas, las hay esbeltas, las hay especiales, las hay parásitas de los blogs de moda. Las hay de una seguridad que alarma, y al verlas te preguntas si en el futuro llegarán a experimentar ese particular bochorno por la propia, indefinida y penosa imagen con que la mayoría nos recordamos en los primeros años jóvenes. Las hay incómodas en su derroche de muslos y brazos. Pero todas son guapas, como las amapolas. Todas saben que el aire nos requiebra a todas, y no les importa. La primavera no es celosa. Nadamos empujadas, pasivas no, entregadas. Como en un domingo de cama lenta, cuando cierras los ojos para no adivinar en qué parte de tu cuerpo va a caer el siguiente beso.

Y consiste en prestar una atención ligera. No se mira esta vez con ojos de águila. No se analiza, no se trazan mapas mentales, no se caza. Pasan personas viejas y jóvenes, pasan palomas que se persiguen con grititos adolescentes, pasa la tarde. Pasan a través de mí, del material poroso en que me he convertido. Estoy mirando como deben de mirar los viejos fantasmas. Con una curiosidad no aprensiva, con desapego. En mi mano sorprendo un petisú de chocolate, y aunque había jurado sobre la biblia que jamás volvería a merendar pastelazos, no me reprendo. Recuerda: consiste en suspender la propia iniciativa, en decir vale y dejarse.

Recordar está permitido, aunque sin mucho ahínco. Coges un recuerdo, contemplas su brillo de canica, lo sueltas. Podría ser la vida de cualquiera. Podría ser una película que viste hace mucho y que te gustó; de ella no conservas la trama, pero sí el olor. Delante de donde estoy pasa mi antiguo profesor de Botánica Marina. Sigo un segundo sus pasos grandes, su cabezota hermosa de vaca, y el nombre de la asignatura se me vuelve esotérico. Botánica. Marina. La chica que acude a mi memoria vuelve a tomar apuntes impecables, a dibujar dinoflagelados, a chupar el boli mientras sueña el instante de rigor con la iridiscencia de ciertos organismos del plancton. La veo, la dejo seguir su camino incierto sin darle ni una sola pista. Hoy no se me va a ocurrir pedirle explicaciones a la que fui con veinte años, espolearla, obligarla a que se deje de aulas y se apunte a la actividad de buceo propuesta como complemento optativo a la clase.

Hoy soy uno de esos viejos a los que llamamos los iniciados. Están en el ajo atmosférico, predicen el sol y la sombra antes que nadie, y antes que nadie ocupan los mejores bancos de la plaza. No sé cómo lo hacen. Quizás les avisan las rodillas; quizás el proceso de desprenderse de las tareas de toda una vida, de la misma individualidad, les compensa con una serie de discretas sabidurías. Salen a la calle confiados cuando a ti el viento te sigue pareciendo amenazante; se retiran previsores aunque tú sigas ronroneando en tu parcelita de sol. A veces chismorrean entre sí, a veces señalan a las mozas semidesnudas con un atisbo del viejo pasmo. Pero los auténticos iniciados, los catedráticos del aire, se limitan a estar sentados, viviendo una vida lenta y disimulada de líquenes. Han acumulado muchos fríos, han visto desfilar demasiadas primaveras. Y por eso no se fían del buen tiempo que ha venido, como las chicas, y tampoco lo critican. La edad de hacerlo pasó también de largo. Esta podría ser la última primavera, y ahora se limitan a fundirse con ella.

Y, bueno, yo pienso vivir muchas más, si nada me quita la idea. Pero hoy no aspiro a otra cosa que a acumular luz y a practicar la mirada desprendida de los iniciados.

5 comentarios:

  1. Siempre hay en tus blogs una frase, una como mínimo, que me engatusa, que me deja enganchado a tus palabras: "Como en un domingo de cama lenta, cuando cierras los ojos para no adivinar en qué parte de tu cuerpo va a caer el siguiente beso." Y como he leído por ahí: no se puede tener más arte. D.J.

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    1. Y por si quedaba alguna duda, lo reitero.

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  2. Voy a aprender a dejarme llevar, alguna vez, sin tantas exigencias ni comecocos.

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    1. He ahí la clave de la serenidad, amiguita.

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  3. Anónimo entre comillas17 abril, 2013 22:29

    A la Sombra de las Muchachas en Flor, que decía el otro...

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