domingo, 7 de abril de 2013

La limpieza del sábado

 
Fregar los platos, barrer, no están mal en realidad. Son actividades con un antes y un después en torno a ellas. Una las hace, contempla el montoncito pavoroso de pelos y células muertas, los platos apilados con un orden lógico, y se siente una persona cumplidora y eficaz. Limpiar el polvo, repasa Raquel, es otra cosa. Una pequeña burla, si lo piensas: vale, tú pasas el trapo por la tele, que casi parece de peluche de tanto polvo como acumula; y puedes notarla inmediatamente, la ruta de tu limpieza señalada en la pantalla, como un zarpazo. Pasas a otra cosa, sigues con los libros, con los portafotos, confiando plenamente en esa historia del antes y el después. Y mientras, una parte del polvo que acabas de desalojar de la tele, y que revolotea a tu alrededor silbando y haciéndose la tonta, aprovecha para dejarse caer mansamente en la pantalla. La mugre es criatura tramposa y sedentaria.

Pero esto, esto de ahora, Raquel no lo aguanta. Si se empeña es capaz de encontrarle un lado gracioso al polvo, pero, vaya, limpiar la bañera entra de lleno en su clasificación de lo patético. Está arrodillada en el suelo, sintiendo la presión de las margaritas en relieve de la alfombrilla, marcada igual que el lomo de una vaca. Ha echado un artístico chorro verde de limpiador por el lienzo de la cubeta, y restriega y restriega; luego empuña el mango de la ducha, y enjuaga, y enjuaga. Y pasa lo mismo de siempre: que la superficie pulida a la que aspira, blanca, tersa como el interior de uno de esos carísimos morteros de mármol, sólo existe en su cabeza. Lo que tiene delante es una estafa que no reluce, que no agradece, que se ha quedado exactamente igual a como estaba antes de que ella sumara otros cuantos puntos en su depósito para la artrosis del futuro. Las paredes de la bañera, el mismo alicatado, siguen cuajados de gotas. Y su madre le enseñó que si quedaban gotas, es porque todavía tenían una suciedad a la que agarrarse. Raquel vuelve a echar otro chorro de limpiador, vuelve a restregar, vuelve a enjuagar, vuelve a toparse con la superficie surcada de lágrimas, con la sombra insidiosa de la cal.

Y entonces cae en la cuenta de que, en los tres años que llevan compartiendo piso, ni Alba ni ella se han dado un solo baño. Parece como si la bañera sólo cumpliese su misión en las películas románticas. Y hoy a Raquel una y otras le parecen igual de falsas. Pasa la bayeta de nuevo, intentando borrar las lágrimas de la bañera, y las lágrimas no desaparecen, sólo adoptan formas raras. Como la lluvia sobre un parabrisas en movimiento. Estruja la bayeta, vuelva a pasarla, esta vez con más saña, y no hay manera, la humedad sucia de la bañera no se va, y un eco de lo que anoche le dijo a Alba sigue resonando en la casa. Ya no va a haber manera de acallarlo.

Hoy ninguna de las dos ha considerado necesaria la música de todos los sábados por la mañana. Las canciones alegres, las canciones marchosas, las ridículas y ruidosas, las que ponían banda sonora al fastidio delicioso de la limpieza semanal compartida. Se turnaban a la hora de pincharlas en el ordenador, se retaban a ver quién encontraba algo más bizarro. Eran guiños que alargaban más de la cuenta la tarea, y que las dejaba graciosamente a las puertas de la hora del vermú, sin que apenas se dieran cuenta. Al final esperaban en el sofá a que el suelo terminara de secarse, y mientras, la música seguía sonando, y los calcetines naranjas de Alba rozaban sin vergüenza los calcetines verdes de Raquel.

Del salón le llegan ahora los chirridos del papel de periódico sobre los cristales. ¿Estuvieron siempre ahí, escondidos detrás del bum bum verbenero? La rutina de estos tres años estableció que fuera Alba la que se dedicase a las tareas agradecidas, y ahí está ella, en el salón y sin sudadera, con los brazos calientes por el sol que la baña. Convirtiendo la mugre miope del cristal en un limpieza tan patente que es como si las ventanas no existieran. Se le da bien eso de borrar, piensa Raquel, todavía arrodillada, peleándose todavía con las gotas de la bañera, resignada a la luz artificial del cuarto de baño. ¿Qué hará cada una, dentro de un rato, cuando tengan que volver a encaramarse al sofá? Alba pondrá a lo mejor los calcetines naranjas sobre el cristal de la mesa, se colocará el mudo ordenador en el regazo. Rebuscará sus cosas por internet, leerá sus páginas de cabecera, a lo mejor hasta lee en voz alta algún titular curioso, como si todo siguiera igual.

Ella se ve, en cambio, intentando adivinar en sus calcetines la respuesta a si debería empezar a mirar ofertas de alquiler. Sigue frotando en vano la bañera, alargando la tarea para que sus ojos enrojecidos no la delaten. Sabe que, cuando se siente en el sofá, no podrá dejar de escuchar en el silencio esa estúpida confesión de amor que no ha conseguido limpiar.

10 comentarios:

  1. Hacia tiempo que no limpiaba la casa, pero la crisis, problemas de salud y otras circustancias que no vienen la caso, me han retornado a esa tarea, precisamente los sabados. Reconozco que se me hace pesada y monotona, pero al tiempo me da la oportunidad de evadirme y concentrarme en otras cosas, en otras crisis y en otros problemas que a mi si deberian venirme al caso, a mi caso.
    Muchas de las cosas que escribes, tal vez porque son reales, cotidianas, cercanas, me llegan adentro. A veces como en este caso es como si me dieran un mordisco desde las entrañas. Me gusta como escribes.

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    1. Muchas gracias, Anónimo; no sabes cuánto me emociona eso del mordisco en las entrañas. Espero que las circunstancias de tu caso mejoren cuanto antes. Y lo hagan pronto o sean más perezosas, tú intenta hacer las tareas con música, cuanto más ridícula, mejor, como las dos del relato. Verás cómo la pesadez se aligera.

      Un beso.

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  2. Me quedo con ganas de saber más cosas sobre Raquel y Alba.

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    1. Pues eso me reconforta tope, porque yo creo que una marca de calidad de la prosa es la gana que te despierta de conocer la vida de antes y de después de los personajes.

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  3. Vaya, excelente blog, un gran descubrimiento.
    Te dejo un beso.

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    1. Beso que yo te devuelvo multiplicado.

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  4. Lleva razón lectoraadicta; no nos dejes así quería inombrable, cuéntanos de Raquel y de Alba, pero hazlo como tú sólo sabes hacer. Y déjate de marcas de calidad ni leches... continúa...

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    1. Señor, sí, señor!!!

      Lo que no me queda claro es si te ha gustado el relato y por eso quieres que la historia continúe, o si no te ha gustado precisamente porque anda escaso de material biográfico (Es un relato, y esto es un blog: hay normas tácitas!!)

      Un beso.

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  5. Pido perdón por escribir tan mal.

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