domingo, 14 de abril de 2013

Los anti-relatos


Sé la receta para fabricar un relato. Tengo la materia prima de una idea, mi historia de lectura, y un montón de instrucciones extraídas de los tantos y tantos libros de anatomía narrativa que cacarean en mi biblioteca. Tengo también las ganas, y el recordatorio de una de esas iniciativas mías formuladas con solemnidad y negligencia: la intención, que no el presupuesto, de escribir por lo menos un cuento a la semana.

El domingo es un buen día para ello, una especie de interludio en la rutina. Ha pasado el frenesí de actividad del sábado, la actualización del modelo de vida que uno aspira a construir, y que se desmorona un poquito durante los días no tan hábiles. Hemos llenado la nevera con los alimentos que creemos que nuestro cuerpo se merece; hemos adecentado nuestro nido; nos hemos dado permiso para vagabundear por nuestra casa; hemos buscado espacio para que la criatura que seríamos si no tuviéramos que mantenernos con nuestro trabajo respire. Ya hemos hecho todo eso, y el despertador que le da latigazos a nuestro tiempo todavía no ha aullado. Mañana volveremos a aparcar los proyectos, o a saltarnos los semáforos. Pero hoy, entre el yo que pretendemos, y el yo que de lunes a viernes damos por sentado, tenemos permiso para no ser nadie. Ese es el hábitat ideal para que una comunidad de personajes ficiticios se instale.

Así que, después del desayuno, he hecho las camas, he ignorado al sol regio que entra por la ventana, y he resistido la tentación de pasarme la mañana entera encadenando discos en el Spotify, y bailando hasta el último tema de música negra y caliente. He lanzado mi cojín rojo al suelo, y he vuelto a humillarme frente a la pantalla. Y así es cómo he compuesto unos pocos párrafos de mi obligado relato dominical. Pulcros. Efectivos. Bastante profesionales. Tanto, que he tenido que borrarlos. Acataban demasiado obedientemente el credo de la iglesia narrativa oficial. Buscaban con descaro el sobresaliente y la alabanza del profesor del taller de literatura. Tenían todo eso que un buen relato, según mis libros de texto, ha de tener. Eran, en definitiva, de una ortodoxia que daba grima.

Así que un día de estos tendré que hacer realidad una de mis últimas ventoleras: pediré un mes de vacaciones no remuneradas, con dos ovarios, y me dedicaré a terminar todo lo que atropelladamente empiezo. Escribiré por la mañana y por la tarde. Me revolcaré en la hierba como los mulos. Haré cien tipos diferentes de galletas. Sestearé sin complejos. Leeré todos mis manuales de técnica narrativa, y a continuación los quemaré en la hoguera. Luego, purificada por el fuego cual valenciano, inventaré mi propia receta para cocinar un buen relato. 

Mentiría como una bellaca si dijera que los he leído todos. De hecho, sólo han sido tres los que me he tragado al completo.

No volveré a plantearme rebuscadas hipótesis que respondan a la pregunta “¿Y si...?”. Y si un día bajo a comprar el pan, y todo el mundo habla un idioma desconocido y particular. Y si mis pies empiezan a adquirir vida propia y a rebelarse contra mi voluntad. Y si el cielo amaneciera teñido de verde. Y si, igual que hay ciegos, sordos, y pobres desgraciados con el gusto o el olfato atrofiado, hubiera alguien que careciera del sentido físico del tacto. Y si el ego se convirtiera en un fósil psicológico. Y si, y si. Pues no. No aspiraré a ensanchar con fórceps los límites de la realidad. Eso está muy bien como juego. Pero en mi nueva religión del cuento, el realismo mágico será lo que los fuegos artificiales con respecto a una luz solar como la de esta mañana.

No volveré a plegarme a la imposición de epatar con la primera frase. Respetaré a mis teóricos lectores: no trataré de embaucarlos con un llamativo juego de manos. No tendré tantos humos como para esperar que sus vidas queden suspendidas mientras mi historia dure. No querré dejarlos fulminados en la silla con mis palabras de mago. Será hermoso si sus discursos internos se enredan con la lectura.

Me propondré crear personajes que no sean ni héroes ni antihéroes, sino personas tan portentosas o lamentables como tú o como yo. No habrá obligatoriamente un conflicto concreto al que deban enfrentarse, y que los transformará en el proceso de resolverlo. No se someterán siempre al yugo de una motivación verosímil. Si van a ser personas, tendrán que comportarse como tales: gente que lleva muchedumbres escondidas en su interior; que no siempre sabe ser consecuente o constante; que anda buena parte de su camino sin razones claras ni dirección.

No embutiré mi relato con un barullo puntillista de detalles y gestos sin importancia, para obtener así un simulacro fino de la realidad. Y al contrario, obviaré la exigencia de que cada cosa que se plante en el papel sea relevante y significativa. Tendrá que haber, como en la vida, pistolas que no se disparan, cartas que nadie lee, historias que no llegan a nada.

Habrá ocasiones en las que el cuadro sinóptico que esperamos extraer de una historia escrita no termine de fraguar. Tendremos que quedarnos a veces sin respuestas que nos expliquen esta realidad un poco obtusa que es la vida humana. Tendremos que resignarnos a leer de vez en cuando de manera desprendida, sin esperar a que se nos regale una epifanía. Tendremos que acostumbrarnos a que la literatura no sea tanto una vía de escape, como de escalada.

13 comentarios:

  1. Respuestas
    1. ¿Ves como al final te vas a hacer religiosa, pequeña F?

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  2. Muchos párrafos de tus post ya son un relato.

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    1. Esa lectoraadicta, esa lectoraadicta, eh, eh

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  3. Anónimo entre comillas14 abril, 2013 22:32

    No es por dar envidia (jeje) pero mañana será el primero de mis próximos 17 días hábiles, así que de aparcar proyectos nada, al contrario...
    Toma lo que necesites y esté en tu mano para ir dando forma a los tuyos.

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    1. Pues si que la das, y lo sabes y disfrutas con ello, malvada.

      Tu última frase sugiere convertir los días hábiles en relatos. Mmmmm

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  4. Pues esperaremos esos cuentos con los ojos abiertos...

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    1. Sentada en un mullido cojincito para las meditaciones, ¿vale?

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  5. Se cogen unas patatas, unos huevos, sal y aceite. Seguro que de ahí sale algo bueno, pero ¿qué?

    Manolo.

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    1. Y se obtiene un revuelto que nunca llegó a cuajar; una buena y modesta tortilla como la de tu madre; o una chorrada deconstruída.

      Me encantan tus comentarios puntillistas.

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  6. Divino, relatas la realidad de muchos de nosotros. Al parecer lo leí más de dos años después de que lo publicaras... y sigue siendo la misma historia...

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    1. Pues me congratula saber que alguien encuentra esto todavía fresco. A mí me cuesta la vida volverlo a leer.

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  7. Divino, relatas la realidad de muchos de nosotros. Al parecer lo leí más de dos años después de que lo publicaras... y sigue siendo la misma historia...

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