miércoles, 17 de agosto de 2016

No hace daño

 
Dejarte caer en la tristeza. Un rato. Y no en el lado entumecido del corazón, sino ahí donde las emociones cogen décimas. Sentirte un poco mala, como cuando empieza una estación y tu cuerpo piensa que tiene que estar a la altura del cambio. Te tumbas en el sofá, con un albornoz por encima que se te escurre, y es un efecto calculado, porque muy en el fondo lo único que quieres es que vengan a taparte y te den algo tibio. Miel con limón o una caricia. Sentir esa pequeña fiebre dulce sabiendo que habrás crecido cuando te levantes.

Pero por un instante creer que serás incapaz de levantarte. Una mentirijilla que no hace daño. Dejar la voluntad tirada en el suelo como un uniforme muy sudado. Exhibirte como te trajeron al mundo: desnuda, delicada y vulnerable.

Arrojarte a esa nostalgia como a un colchón blando, una almohada informe de plumas que no es lo mejor para tus cervicales. Como a un vicio: el segundo trozo de tarta que no necesitas; la copa que sólo es buena para la pose; el flirteo con alguien que se queda a medias con tus gracias. Al menos por un momento, renunciar a controlarte.

Sacar de la memoria trozos congelados de tu vida, y dejarlos gotear y que huelan. Poner patas arriba los altillos. Revolver lo que estaba ordenado. Lo que pasó y lo que no. Lo que no pudo saltar de tu imaginación al mundo por falta de piernas. Los desvíos que pasaste de largo. Las cien vidas alternativas. Lo que pudiste haber hecho mejor si hubieras tenido las herramientas del futuro. Haber tenido que guiarte siempre a ciegas.

Afearte que no estás siendo lógica o madura, e ignorarte como a una madre. Aburrirte de tu voz adulta. Sí, había que sacar de una casa demasiado llena un montón de cedés que ya no escuchaba nadie. Sí, los tiempos han cambiado y los objetos ya no son fundamentales. Y sí, en la vida hay que saber tirar y hacer sitio. Pero esa música fue importante. Adornó escenas de amor y viajes y cada vez que te enamoraste sin remedio sirvió de sustituto. Fue un torniquete, chimenea en invierno y granizada en julio. Ducharte después del monte y dormir al raso.

Bajar al garaje y poner uno de esos discos en el coche. Recordar tiempos en que la música era física y la vida un ir tanteando. Dejar que la tristeza suba, en homenaje.

Y luego, claro, levantarte: unos centímetros más alta, y con quince kilos menos de lastre*.


*Lo que pesa mi banda sonora.

5 comentarios:

  1. Incrédibol me parece que ayer leí tu entrada y puse la canción, que no había oído en la vida. Esta mañana, en Hoy Empieza Todo de Radio 3, ¡han puesto la canción! Yo creo que Gustavo Iglesias, el locutor, te lee. No me extraña.

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    1. Amos, chica, qué cosa de libro de Paul Auster.

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  2. Qué buena entrada sobre la tristeza. Me ha encantado.

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  3. En su día no pude comentar este post, ahora que lo releo recuerdo que en el momento que hacías limpieza de CD, yo estaba haciendo la mía de ¡casetes! Que cosas.

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  4. ¿Dónde y cuándo hiciste ese agujero en la pared para observarnos mientras calculábamos el peso del pasado? ¿por qué no avisaste si ya tú lo sabías?
    https://www.youtube.com/watch?v=uQRv5d3nvMQ

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