domingo, 12 de enero de 2020

Los niños que saben



Ayer un niño al que no conozco, pero al que quiero ya casi como a un sobrino, me ayudó a identificar un pájaro. Ayudar no es el verbo exacto, porque supone que yo tuve parte en el proceso. Y lo único que hice fue preguntarle: Daniel, pequeño Adán, poniéndole nombre a los animales del paraíso. Sería bonito que la iconografía ortodoxa y toda la historia del arte estuvieran confundidas, y que dios en realidad hubiera creado a su imagen y semejanza a un niño.

Tras un viaje exprés a Granada para trabajar cuatro días raspados, ayer volví a mi particular edén de las hierbas y los aguacates. Donde campo y salón a veces se confunden. He usado las ramas de las higueras como un sillón anatómico. Se me ha enfriado el té fisgando en la complicada vida íntima de los mirlos. Ayer Nico pareció querer contribuir con un regalo a los gastos de la casa. Gatos: adorable fisionomía de peluche expresamente seleccionada para hacerse perdonar su alevosía. Era un pájaro pequeñito, con un ojo muy cerrado, como quien no está dispuesto a dejar entrar una verdad dolorosa en la conciencia. El pico negro, afilado, diminuta daga de juguete. Colores de discreción exasperante. Supongo que su identificación no hubiera sido complicada para alguien sólo un poco menos ignorante que yo al respecto. Daniel resolvió mi duda muy rápido: tarabilla hembra. Qué portento. Su sabiduría no es relativa ni crece al medirse con mi ignorancia. Es una cosa completa en sí misma, flamante y luminosa, en la que no ha penetrado todavía el ego.

Justo como mi analfabetismo en cuanto a las pequeñas cosas que vuelan. Hay ahí un dolor y una timidez de campesino que no ha aprendido a coser letras con hilos de sentido. Pero no vergüenza. Desconocer algo vuelve a agrandar un mundo que este siglo hiperexpuesto se empeña en recortar y volver ordinario. Desconocer es tener toda la infancia por delante. Que un niño de nueve años sepa lo que yo, jornalera y pretendiente de la naturaleza, debería tener sabido no me causa bochorno. Es ver zonas blancas sin nombres en los mapas. Leer con reverencia crónicas de exploraciones. Soñar con llegar a ser aventurero, rastreador. Construir trozos de vida en torno a ello.


En realidad está sólo dormidito, querido hater (con tu poquita de razón)  de los gatos.


Me encantaría salir al campo, explorar con Daniel. Lo hago siempre que puedo con Diana. Diana es mi hija imaginaria, la persona a la que mi nulo instinto maternal, propio de una hormiga Drácula, niega la existencia. Suelo permitir, con la zona del esternón agarrotada, que salga sola por ahí afuera. Siempre llega con la camiseta y las rodillas y el culo del pantalón y las uñas sucios de tierra. Tiene un dibujo florido de arañazos que ni un futbolista tatuado. Procuro no regañarla, porque mugre y rasguños son efectos colatelares tolerables. No le hago un caso desmedido cuando se da porrazos. Yo me he dado más de los que la numeración arábiga es capaz de cuantificar, y aquí estoy, irrompible y sin demasiado miedo al daño. Sólo soy dura con ella cuando se muestra caprichosa. La gente confirma por lo bajini que nunca debí reproducirme.

Me importa un carajo: Diana crece sin darse importancia, no vacila, sabe más que yo de la vida y a pesar de ello aún piensa que soy la reina de las amazonas. Yo a cambio contemplo embobada su adherencia a las cosas, su mirar y comprender despojado de pautas. Pega la nariz al suelo y cuando encuentra una araña que no ha visto antes, no deja de dar por saco hasta dar con su nombre. Tiene intimidades con todas las criaturas. En su mente no entran todavía categorías ni abstracciones. Sabe que debajo de esa viga abandonada vive el señor sapo. Sabe que los vilanos son paracaídas de semillas y frutos, y sin embargo sopla dientes de león encandilada, como si no supiera y todo fuera un acto de magia. Sabrá tanto como Daniel y me chivará cuál es este y aquel pájaro. Yo bendeciré todas las veces que hagan falta mi ignorancia. Será la forma de recordar que procure parecerme siempre a ellos, los niños que todavía saben.


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