lunes, 20 de enero de 2014

Eh, tú, frío


(Lo leeis un lunes, pero se escribió el día anterior. Maravillas de la publicación programada)

Mañana glacial de domingo. Por más que barro no deja de aparecer una pelusa tras otra. Me conmueve su perseverancia. Sé que si volviera a vivir sola, terminaría hablándoles e interesándome por la salud de toda la familia escondida bajo el sofá. Soy de ese tipo de personas capaces de coger cariño a velocidad demencial. Y hoy el cielo muestra ahí afuera una hostilidad tan enorme, que la presencia de la pelusa, silenciosa y ligera aunque invasiva, tampoco es tan mal recibida. Cuando el tiempo se pone feo, el hogar se ramifica. Sorprendo una nueva pelusa ovillándose como un gato debajo de la butaca, otras cuantas tapizando la inclemencia de las esquinas, y pienso más que nunca en cómo los pájaros construyen su nido, usando su propio plumón, trayendo de aquí y allá ramitas y musgos. Nuestra casa está mullida con el material de nuestro propio desgaste.

Cuando me doy cuenta de que la limpieza es una guerra perdida, me largo al gimnasio. Sensación térmica que recuerda a la tundra. La lluvia pegando bocaditos de piraña en las pantorrillas. No hay cola hoy delante del kiosko de churros; no hay padres modernos flirteando junto al columpio donde juegan sus niños; no hay ningún señor con sombrero dejando que un par de barras recién sacadas del horno y un periódico casi igual de aromático y crujiente expresen toda su satisfacción respecto al curso de su vida. Los pocos coches se suceden como estrellas fugaces. El sonido de sus ruedas chirriando sobre el asfalto mojado persiste más que su marcha. ¿Qué hace la gente ávida de calle en un día como hoy? Toda la gente que no encuentra placer en un libro, en un ordenador o en la pura contemplación. La ciudad se ha convertido en un gigantesco complejo de madrigueras. Criaturas apelotonadas unas contra las otras. El pulso que se ralentiza. Pelusas por todas partes. El frío no despeja en absoluto la mente. Otro gran mito caído. El frío te hace fantasear con la posibilidad de hibernar.

Y ahí estoy yo, buscando la calle igual que en abril o en una noche de agosto. No hay ninguna ansiedad. Mi propio tejado no se me cae sobre la cabeza. No estoy huyendo de nada. El aburrimiento y yo hace tiempo que rompimos nuestra relación. Y vaya si encuentro placer en los libros o en el ordenador. Podría escribir el comienzo o la mitad de un puñado de historias; pasarme la mañana drogada con el olor opiáceo del pan en plena cocción; embobarme con las gotas de lluvia deslizándose sobre los cristales. Pero sigo de pie en la intemperie, dirigiéndome exactamente al lugar adonde iría si hoy no hiciera un día de perros.

Este otoño pensé que mientras en mi interior mantuviera intacto un trocito de la calidez y la expansión del verano, el frío no se me haría tan odioso. Bastaba con conservar imágenes soleadas y confiar en que la piel que hoy está triste lucirá en unos meses su aspecto de enamorada. Hoy ese repliegue me parece un poco cobarde. Prefiero la actitud que ayer mismo mi tía me aconsejó: frente al frío, pecho en alto. Salir de la madriguera cuando una lluvia antipática arrecia no es más que mi manera de llevar a la práctica esta nueva estrategia de supervivencia. 

 
Maldito frío, a la vez hórrido y bonito

Pero la cosa no es tan dramática: en casa me esperan toneladas de amistosas pelusas, y un par de habitaciones caldeadas por el aliento de un buen ser humano.

6 comentarios:

  1. Jope!, no le pega la etiqueta de "El post más lamentable...", para muestra un botón que extraigo y que me ha encantado: "no hay ningún señor [...]expresen toda su satisfacción respecto al curso de su vida.

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    1. Eres un amor impugnador de etiquetas. Me quedé un poco "ay, qué he perpetrao".
      Muchos besos.

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  2. Salir de casa para hacer ganas de volver a ella.

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    1. Estar fuera casi tan bien como en casa.

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  3. Anónimo entre comillas21 enero, 2014 22:59

    Tienes frases que son un hallazgo: nuestra casa está mullida con el material de nuestro propio desgaste, como la propia vida.
    Creo que el consejo de tu tía es bueno, aunque tu idea de conservar un trocito de verano contra el frío fuera más literaria, hacerle frente sin encogerse ante él da mejor resultado en la práctica.

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