sábado, 4 de enero de 2014

Fábula de una tortilla


Hace tiempo que no lo hago, pero me gusta escribir sobre mis contiendas en la cocina. Entro en ella de lo más aguerrida, subiéndome las mangas de la sudadera. Porfío, me soplo un imaginario flequillo. A veces me da la impresión de que me muevo como una bailarina; otras me gustaría que me amputaran las manos y las sustituyeran por una prótesis biónica. Me pongo en jarras cuando estoy al borde de abandonar. Y al final termina saliendo algo que no es especialmente pulcro y bonito, pero que reconforta el estómago y a lo mejor hasta sabe a algún buen recuerdo. Me gusta cocinar y escribir sobre ello porque siempre encuentro correspondencias que me sirven para entrenarme en la vida.

Llevaba días emperrada con la idea de hacer tortillas de maíz. Adoro ese sabor que recuerda a un recreo pringoso de gusanitos Rufinos. Justo después del desayuno me pongo a elaborar un borrador. Ya me ha pasado otras veces que me dejaba llevar por una ventolera gastronómica que, a las dos de la tarde, y con el reloj de la jornada laboral marcando torvos tictac, se terminaba revelando improductiva. Suerte que siempre tengo algún boniato de emergencia, un bote de garbanzos cocidos y toneladas de curry para no marcharnos a trabajar con el estómago sucio de bocadillos. Hoy me he empeñado en que eso no pase.

Paso de buscar recetas por internet. No debe de ser tan difícil. Total, harina de maíz, sal y el agua que admita. Lo echo todo en un bol que siempre me recuerda a la marmita de Panorámix, y remuevo con una espátula, hasta que el devenir de la masa me advierte de que ha llegado el momento de ensuciarse las manos. Ojalá las señales en el día a día fueran tan claras. Moraleja número uno: quizás es más sencillo que eso; quizás la masa en que se va convirtiendo la vida exige siempre una implicación física instantánea. Ahora, y no cuando estés preparado, es el momento de pringarse.

Así que me pongo a amasar algo intrínsecamente inamasable. El abc de la panadería dicta que una masa necesita gluten o algún otro ingrediente más propio de la alquimia que de la despensa para convertirse en un material dócil y elástico. Y mi hermosa pasta amarillo fideo carece de ese tipo de magia. No tengo más que un puñado de arena gaditana en las manos. No es algo que precisamente me desagrade, pero aquellas costas alimentarán siempre mi amor, apenas mi panza. Sigo dándole con ferocidad a nudillos y dedos. Moraleja número dos: a veces uno pierde la perspectiva, y creyendo que está haciendo cosas importantes y serias, se olvida de que se trata de un juego.

Al fin consigo una bola sólo un poco chapucera. Media hora de reposo, que empleo leyendo ese libro revelador que es La vida simple. A continuación toca darle forma al asunto. He visto cómo se hace: coges un trozo de film, emparedas dentro tu bola, y pasas por encima el rodillo. Alehop. Ahí tenemos de nuevo el mapa de Francia. En fin, esto no es más que un borrador. Cuando llega el momento de pasar la pseudotortilla a la plancha caliente, se desencadena el desastre. Francia acaba de ser pulverizada por una ola de terremotos dantescos. De la tortilla sólo quedan esquirlas. No pasa nada. Recompongo la bola. Añado un poco de harina. Moraleja número tres: la vida es un borrador que nunca sale bien a la primera. Así que recompón como puedas, tantea, sigue amasando y corrigiendo la mezcla. Persevera.

Dejadme que os diga que insistiendo, improvisando, y aceptando el hecho de que los borradores jamás tendrán un aspecto impecable, terminé obteniendo algo parecido a una tortilla de maíz. O a un torto, o a un talo, que es como llaman al invento allá por el frondoso Cantábrico. Nombres que iluminan otros pocos recuerdos, como el polvo revelado por un rayo de sol. Vuelvo a ver el mundo impoluto de los maizales, los caseríos que desde la distancia se veían orgullosos como alcázares. Moraleja número cuatro: no hay autonomía en las experiencias. En cada cosa que hacemos reverberan otras cuantas. Yo hago pruebas en mi cocina, y a la vez, juego, emprendo, entreno, o revisito lugares que me cautivaron.

Una tortilla mal hecha te recuerda que no hay actos insignificantes.


Soy fea, pero simpática. Y reboso de hummus de lentejas y cosas prehispánicas.

8 comentarios:

  1. ¿No miras en internet? ¡Hasta para el salmorejo miro yo! (Por si se me olvida algo.)

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    1. Si me hubieras dicho el rabo de toro, me lo hubiera creído, pero el salmorejo? Niet! Los cordobeses lleváis la recetea en el ADN. Yo creo que hasta os laváis los dientes con él.

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    2. La "essageración" también entra dentro de la cadena helicoidal. (Seguro que tú tienes algún pariente de estos lares.)

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  2. Tu tortilla quizás no ganará un concurso de cocina, pero ha servido para darnos una lección perfecta de "crecimiento personal", como dirían los tratados de psicología.

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    1. No hables sin probar, mujer escéptica.

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  3. ¡Pues yo le daría un buen tiento!, ñam

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    1. Es que ya estás tardando en asomar por la Tasca.

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    2. ¡Sería un buen propósito para el año nuevo!

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