domingo, 26 de marzo de 2017

Micorrizas


Los talentos tienen muy buena prensa, pero tal vez la falta de maña tenga aún más poder para dictar el rumbo de una vida. A uno le gusta identificarse con lo que le sale: metes a menudo un balón entre tres palos y te haces llamar futbolista; juntas palabras con cierta solvencia y esperas que el mundo te llame escritora. Pero cuántos de los nudos decisivos de tu historia no han estado marcados por la incompetencia. Cuántas biografías alternativas has dejado de contarte porque no sabías o no te atrevías a hacer tal cosa. Cuánta de tu fuerza vital no ha germinado al plantarle cara a una falta de aptitudes. Es una posibilidad incómoda, pero también bastante reconfortante: tu torpeza construye y por tanto puede llegar a ser absuelta.

Betty Molesworth era en verdad una camarera torpe. Es algo que intuyes al ver sus primeras fotos, los brazos como alambres, la seriedad incrustada en los ojos. Ahí no ves rastro de don de gentes, de paciencia a prueba de clientes asesinables. No era una mujer robusta. Tal vez no tuviera el duende necesario como para que sus desaguisados con las bandejas y los platitos de té inundados se perdonasen a primera vista. Y sin embargo, algo debían de ver en ella para que no la mandaran con viento fresco a casa de su madre. Quizás una combinación infalible de determinación y desamparo.

Cuando se hizo evidente que Betty era una calamidad en los comedores, alguien la recolocó en recepción, donde su seriedad podía tornarse fácilmente en prudencia, y su falta de vigor en una estampa de delicadeza elegante. Fue un buen trato para ella. Como trabajaba los fines de semana, después se la compensaba con días laborables libres, y como había sido exonerada del ajetreo de cocinas y salones, podía reservar su energía física para las montañas. El asunto era todavía más ventajoso fuera de temporada, cuando el hotel echaba el cierre: las chicas que sí valían para camareras debían recoger su maleta y sus destrezas y bajar allí adonde el verano, a diferencia de lo que ocurría en una estación de esquí, pudiera ser convertido en dinero. Betty, marcada felizmente por su torpeza, se quedaba en las alturas de guardia, pendiente de la llegada de clientes ocasionales. Tenía la llave del hotel; tenía la novedad excitante de alquilar una habitación con algunos de los amigos que, ella, sí, por fin había hecho; y sobre todo, tenía todo el tiempo del mundo para darle suelta al romance.

No tengo datos ni tengo derecho ninguno para insinuar que el objeto de sus amoríos fuera otro que el paisaje. Yo sé en mis carnes que una puede enamorarse del aire libre. Pero también sé de sobra que ese es del tipo de amor que crece misteriosamente al ser compartido. No es necesario ponerle un toque de picante al impulso que está a punto de tomar la vida de Betty. Pero, después de haber entrevisto una infancia marcada por la falta de afecto, después de haberme compadecido de su larguísima y abandonada convalecencia, estoy deseando que alguien demuestre al fin cariño por mi personaje.

En el momento en que el reverendo Holloway aparece en escena, la biografía cede paso a la ficción. Suponiendo que sean dos cosas distintas. Yo estoy firmemente convencida de que hasta la historia más enraizada en la verdad entra en simbiosis con los cuentos. Es como una forma de micorriza. Sin tal alianza entre raíz y hongo, la planta apenas tiene esperanzas de hacerse madura. Sin invenciones la vida no puede contarse.

Así que, por qué no, imaginemos a Betty enamorada. La majestad de la roca nevada ha empezado a operar el hechizo. La está haciendo fuerte de corazón y de piernas; ha cavado en ella para rescatar su vehemencia de niña. La enfermedad pasó y ha dejado en su pecho un espacio disponible. Betty, loca de las montañas, está lista para entregarse. Pasa siempre cuando te encandilas: que el encantamiento se propaga. Ponle a esa entrega la connotación que más te guste. Piensa en su cuerpo, en su mente o en su mirada y crea así tu propia novela. Haya o no algo de cariz romántico entre Holloway y ella, su relación dará frutos. 

Estensione delle radici di mycorrhizal
Wood wide web, qué inventazo.
 

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