sábado, 11 de marzo de 2017

Tu debilidad tan bella

 
Cuando el levante cortocircuite tu mente, Betty; cuando las moscas del verano andaluz te hostiguen; cuando en el aire sólo detectes mierda de vaca o el aliento fétido de la refinería; cuando un Geoffrey consumido, del mismo color que las sábanas, te suplique con los ojos que lo liberes de una vez de tu esperanza; cuando a la hora del whisky no quede en la casa más compañía que la del dolor de huesos y las últimas chicharras; cuando huyendo de tus muchos años te refugies en la memoria y te empeñes en poner una fecha en el envés de tus fotos en blanco y negro; cuando una negra nostalgia te venza y no sepas flotar en tu edad dorada y entonces recuerdes lo mejor de tu vida: no te frenes en Malasia.

No te detengas en las selvas en las que fuiste única testigo y soberana. En la sonrisa genética de los que te hicieron cómodos los días. El té de las señoras pudientes. Las largas horas despreocupadas que tu marido te compraba. Su sombra de roble y sus carcajadas y su mirada pilla. La armonía posible de la tierra y los hombres en los arrozales. Tu fuerza y tu independencia y aquel categórico soltar amarras. Tu cuerpo tuyo, tu albedrío, tus cuadernos, el mundo reventando en botánica.

No te estanques en tu mito. Retrocede, Betty. No te pongas aún tu vestido blanco. No seas todavía y casi a tu pesar una novia. Sáltate la segunda guerra mundial, las penúltimas batallas con tu madre. No ensayes tu coraza hasta hacerla más tuya que tu dermis. Vuelve a tu crisálida, al tiempo en que ya no eras la de ayer pero tampoco la de mañana. Recupera aquella fragilidad de potro recién parido, la endeblez rebatida por el empeño de ser tú misma. Recae en la enfermedad de la indefinición, titubea, duda de tu competencia. Devuélvete a la edad en que eras un brote tierno, víctima potencial de las fuerzas externas. No prestes atención al florecer que vendrá, a la madera que endurecerá tus miembros. Sé arcilla fresca, sé de nuevo vulnerable.

En el barco, dale la espalda a Wellington, que un terremoto la arrase, que no quede piedra sobre piedra del Hospital de la Fiebre. Entiende el perfil de la isla sur como un abrazo, las salpicaduras del mar en la cara, un bautizo. Siéntate sola en el tren, ave zancuda fuera de lugar, vacilando entre la sed de aventura y el desamparo. El mundo es demasiado grande, el viaje demasiado largo, pero qué mundo, y qué viaje. Habrá momentos en los que estés a punto de bajarte en la siguiente estación. Te ahogarás sin duda en el trauma de los espacios cerrados y el cansancio. Pero allá, al fondo de ese apeadero de ovejas, la tierra se eleva cincelada por los dioses. Aquel tiene que ser el Monte Cook. Tú exudas romanticismo. Es preciso seguir: aparear la mirada con el paisaje, emborracharse con el esplendor de la roca tallada como un diamante. La nieve lejana parece un vestido de novia, pero qué va, Betty, tú quieres ser una vestal,subirte al templo de las montañas.

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Autoridades de NZ: creo que mi publicidad bien merece una invitación (y un par de kilos de benzodiazepinas)

Y cuando el tren se detenga finalmente en Queenstown, observa con ternura a esa criatura inerme, Betty vieja. Síguela por la ciudad desconocida, al encuentro de desconocidos que todavía la intimidan. Acompáñala en su primera noche en la estación alpina, rodeada de otras chicas ávidas de sueldo y riesgo, mucho más sueltas que ella. Ámala cuando la veas morderse los labios, casi sintiendo nostalgia por lo malo conocido. Absuelve su torpeza, su andar desgarbado en los salones, su ineptitud como camarera. Cuando haga un gurruño con el delantal manchado de sopa y se tire boca abajo sobre la cama dura. Cuando una de aquellas chicas de novela consiga arrancarle unas risas, cuando juntas se beban una botella extraviada del bar que la otra ha acogido maternalmente.

Cuando en su día libre lo olvide todo y vaya al encuentro de aquello a lo que realmente vino. Cuando acuda a la montaña con el mismo apremio y la inquietud de las citas: entonces mírala con orgullo. Tal vez no sea la mejor Betty, mariposa por volar, autoridad en las selvas, pero es la primera auténtica. Vulnerable. Inconcreta. Libre. Una promesa.

1 comentario:

  1. Muchas cosas aún por hacer antes de darse por vencido.

    Si es que pretendemos hacerlo.

    Saludos,

    J.

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