viernes, 18 de mayo de 2012

Carta desde una piel herida



Hace un par de semanas me juré que nunca más volvería a publicar un post que reuniese las palabras “piel” y “dolor”. En serio, no estaba dispuesta a seguir dando la murga con mis penas epidérmicas. A partir de ahora, mi lucha por recuperar la salud de este herido pellejo mío iba a ser una tarea secreta. Iría por la calle, con mi media sonrisa de siempre. Haría mi trabajo calladita, redactando en la oficina o trepando riscos o recorriendo toda la provincia a lomos de los tristes coches de la Junta. Me apuntaría al curso de natación, o volvería a atarme las zapatillas de correr. Escribiría cosas alegres, cosas que luego terminarían pareciendo sesudas, quizás alguna cosa imaginativa, a lo mejor hasta ficción. Y, mientras, nadie se daría cuenta de que por dentro estaría tramando estrategias, como una espía, para que mi cuerpo volviera a ser eso por lo que siempre me he sentido agradecida. Iba a ser divertido tener todo ese depósito de valentía sigilosa en mi interior.

Hoy ese depósito se ha agotado, así que vais a tener que perdonarme. Porque necesito escribirme a mí misma. Al que no le apetezca volver a toparse con el espectáculo de la debilidad humana, puede ir en paz, con mi bendición. Ya vendrán los días en los que se me vea de nuevo fuerte y confiada. Días en los que pueda cerrar el puño derecho y coger un bolígrafo sin que me duela. Sí, es verdad que no tendría por qué publicar esto que quiero decirme. Bastaría con abrir un documento en blanco de Word, desahogarme, y luego dejarlo dormir en el limbo de los textos destinados a nunca ser leídos. Y, sin embargo, me parece que, si dejo pinchadas en este tablón que es el blog las palabras que sólo quiero dirigirme a mí misma, más adelante podré entenderlas mejor.

Así que escucha, Silvia del mañana. Quiero que recuerdes lo que pasaba por tu cuerpo en un día como hoy. Es curioso que te hable así, desde esta orilla del tiempo, sin tener ni idea de lo que habrá sido de ti. Quizás ya no queden en tus manos más cicatrices que las propias de la edad o de esa vida activa que por fin te has animado a llevar. A lo mejor donde yo tengo heridas, tú sólo tienes los callos que te han dejado el escardillo, o la vela de windsurf, o las riendas del caballo. O todo lo contrario, quizás has tenido la mala suerte de que a tus huesos haya empezado a carcomerlos la osteoporosis, antes de tiempo, o tu vida sosegada ha dado un vuelco, y la pena se ha enamorado de ti, o un tumor ha recortado hasta límites indignantes tu fecha de caducidad. Cómo puedo saberlo. Sea lo que sea, a lo mejor desde tu perspectiva te parece difícil de creer que una vez toda tu atención y tu energía giraron en torno a la piel de tus manos. La salud es olvidadiza, y la verdadera enfermedad, intransigente. Ninguna de las dos admite la posibilidad de que, entre ambas, haya estados intermedios.

Así que deja que te recuerde este poco que padeciste. El desaliento cuando empezaste a pensar que no había nada, pero nada, que pudieras hacer para estar mejor, porque ni la química farmacéutica, ni la alimentación, ni la relajación consciente, ni los dichosos omega-3 ni la milagrosa levadura de cerveza podían evitar que en los dedos de tu mano derecha siguieran brotando un millón de vesículas parecidas a huevas de pescado. Recuerda que, por muchos ejercicios de mentalización que llevaras a cabo, no podías dejar de mirarte las manos, ponerlas al trasluz, y hasta llegar a maravillarte por la existencia de esa fuerza ajena a tu voluntad que se había apoderado de tus células. Te acariciabas las ampollas y las asperezas, dejabas de hacer las camas para volver a mirarte, y cuando te peleabas con la escritura, entonces ya no podías controlarte, y te rascabas, escamas de tu piel caían como nieve sobre el teclado del ordenador, te rascabas como si quisieras castigarme por algún pecado.

Recuerda cuando flaqueaste del todo, y te encerraste a oscuras en el cuarto de baño para llorar sin que te viera nadie. Recuerda el ardor lacerante al anotar un teléfono. Recuerda el guante azul que tuviste que ponerte para cocinar, y lo difícil que fue agarrar el cuchillo para picar cebollas y ajos. Recuerda que estabas tan apática que ni la imagen de una misteriosa mujer que se pasea por las calles con un eterno guante azul en la mano derecha, fue capaz de arrastrarte a imaginar un relato. Recuerda que llamaste a tu madre la mañana de un viernes, y el lloriqueo se te escapó, y entonces ella juró que para el domingo siguiente estarías curada, y tú estuviste a punto de creerla y de aprender a rezar.

Recuerda también que te echaste en la cama mientras se secaba el suelo que Jose acababa de fregar, mientras pensabas en lo poco comunicable que es el dolor y, en general, todo tipo de experiencia humana. La empatía es limitada, te decías, y a pesar de la compasión, nadie iba a ayudarte a que sujetar el mundo no doliera, o al padre de Jose a que respirar dejara de ser una tarea de titanes. Recuerda que entonces él (el hijo, no el padre) se acercó, vestido sólo con los calzoncillos más feos del mundo, porque hacía mucho calor, se puso a tu lado en la cama, y te acarició todo el cuerpo, como si fueras un bebé, y quisiera relajarte para meterte después en la cuna. Recuerda cómo fue invocando cada uno de tus músculos y tus articulaciones, la cara interna del tobillo, la silueta de la axila, la punta de la ceja izquierda, las menudencias óseas de la espalda, cómo hizo sonar cada una de esas partes para acallar a las que ardían. Cómo imaginaste que te envolvía en un capullo de seda, una especie de manto de la invulnerabilidad parecido al de Aquiles. Recuerda que sonreíste con un poquito de suficiencia cuando alcanzó a acariciar suavemente tu talón.

Recuerda que, pese a todo, fuiste capaz de preparar una buena comida, bastante más elaborada de lo que tus manos y las restricciones de tu dieta te permitían. Moldeaste una difícil pasta a base de harina de arroz, jugaste con ella como si fuera plastilina, y conseguiste forrar unas tartaletas, la verdura (ecológica) quedó bien sofrita, y las colas de las sardinillas de lata se pusieron crujientes como encajes, tras su paso por el horno. Recuerda que abristeis una botella de un vino blanco muy rico que hacen aquí en Granada, y brindasteis, y la sensación triunfal de transgresión que te embargó al merendarte un helado gigante y perverso de azúcares y grasas hidrogenadas. 

Exquisita receta apta hasta para paleogentes y ovopescovegetarianos

No te olvides nunca, Silvia, de que una vez viviste de esta manera inflamada y endeble, y que, gracias al dolor de tu mano, juraste que nunca volverías a obviar el milagro de tener un cuerpo sano. Recuerda lo fuerte que te sentiste cuando al fin recuperaste tu capacidad de aguantar.

2 comentarios:

  1. gracias Silvia

    María

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  2. Hija de mi sangre,cómo me duelen tus dolores!.

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