domingo, 26 de febrero de 2017

Guardarse las montañas (14)

Nueva Zelanda. Algo tiene ese par de palabras. Puro horizonte vertido al lenguaje. Un límite físico y el deseo de abatirlo, de ver lo que hay al otro lado: un final, una respuesta, la posibilidad de seguir andando o pura nada. No me digas que no te excitan. Pronúncialas en voz alta. Nueva Zelanda... Difícil hacerse a la idea de que viva allá gente, que se opera los juanetes y suda la hipoteca. Difícil extirpar los tonos románticos, acallar las sirenas del viaje. Si leíste novelas de Julio Verne antes de los diez años estás perdido. Puede que no cojas aviones ni tengas un pasaporte digno de lucirse; puede que no salgas a menudo de tu barrio o del de tus padres, pero tienes inoculado en la sangre ese virus: la vocación de entender lo lejano como algo íntimo. O quizás seas hijo de una educación adicta a las listas pintorescas y al chascarrillo. Los ríos más largos. Las montañas más altas. Nueva Zelanda, nuestras antípodas. Un dato sentimental, como los cuadernos de caligrafía y las plantillas para calcar el contorno de la península.

En el vértice opuesto del planeta uno se pregunta cómo es posible obviar un origen que suena a eslogan del exotismo. Cómo se desliga tu biografía de aquellas dos palabras. Cómo refutas Nueva Zelanda. En los cuadernos de Betty Molesworth florece un vergel de paisajes y excursiones, idas y venidas, especies botánicas e incomodidades de transporte en el que no caben aquellos bosques del fin del mundo, aquellas montañas que fueron para ella las primeras, aquellas costas que abordaron navegantes de prestigio. Betty no hablaba de donde era oriunda. No era proclive a satisfacer la curiosidad de los habitantes del presumido hemisferio norte. No bromeaba con que allí, en su tierra, la gente andaba pies arriba. Simplemente porque aquella ya no era su tierra. El registro que hizo de su vida y sus rastreos arrancó tras casarse con Geoffrey. Y no fue hasta instalarse en Malasia cuando empezó a colar en tímidas frases habladas ese mito universal de mi lugar, mi sitio. Nueva Zelanda, fin de un mundo, portazo a una época, secreto en el corazón y en los documentos oficiales que el paso del tiempo se encarga de ir acallando. Y sin embargo.

Guardar un secreto te envuelve en un aura. Te dota de empaque y cierto porte de peligro. Tienes que ser concienzudo y audaz para que esa granada no te estalle en las manos. Tienes que ser digno de custodiarlo. Un secreto puede hacer de ti un ser mezquino, pero de algún modo te fortalece. Aunque seas esclavo de él, tienes que estar a la altura de lo que no se dice. Betty le dio la espalda a su neozelandesa vida de soltera, modelando así su personaje. Pero antes de eso ya había comenzado a crecer guardando secretos. Un sigilo en el que el paisaje también tuvo un papel relevante.

Cómo no ocultarle a su madre que de pronto lo único que le interesaba era subir montañas. Ella, con su cuerpo lleno de aristas y un pasado de fiebres que todavía la amenazaba. Su madre, emperatriz socialista, intolerante al capricho. Nellie Maud no creía en el dinero contante y sonante. No consideraba que su hija necesitara recibir una paga. Betty tuvo que costearse las clases de alpinismo con los diez chelines semanales que Lucy le daba a cambio de sus servicios. Qué hubiera dicho Nellie de saber que no se gastaba ese dinero en reponer las medias cien veces zurcidas, sino en otra de aquellas fijaciones repentinas e idiotas para las que no estaba en absoluto dotada. Claro, había que ocultarlo. Tenía que guardarse para sí su sueldo, aunque no pudiera pagarse el té y el sandwich; aunque tuviera que furtivear manzanas de casa para llevarlas al museo. Era excitante que su madre, tan dominante, tan astuta, ni sospechara. Un pequeño triunfo. Esta vez no iba a consentir que la despojara de su deseo. Como siempre había sucedido.

Pero qué podía hacer, con qué iba a cebar ese fuego. Repechos, despeñaderos, traidoras pendientes de roca suelta. Un aire picante de tan puro, que absolvía sus pulmones. El cielo ecuánime que no la juzgaba. La vista desde esa salita de estar de dios que son las cimas. La sensación inédita de ser capaz, estar abajo y paso a paso, arriba; a este lado del peligroso nevero y con cuidado y esfuerzo, superarlo. Esa euforia. Cómo renunciar a ella ahora que la había probado. Ahora que la vertebraba la visión de un sentido, de un proyecto. Ahora que por fin sabía que esa era su vida.

Enamorada de las montañas, Ruapehu, Taranaki, volcanes activos, emblemas del poder salvaje, Betty encontró la forma de colársela a Nellie y escapar de su brida. En una de las ocasiones cada vez más raras y desalentadoras en las que asistía a una lección universitaria, se dio milagrosamente de bruces con lo que estaba buscando. Publicidad en un tablón de anuncios, animosa, jovial, destinada a jovencitos aguerridos. ¿Quieres hacer algo de provecho en tus vacaciones de verano? Camarera en un hotel de la otra isla. ¿Ganarte un sueldo en plena naturaleza? Un empleo como perfecta excusa. Los indómitos Alpes del Sur te están esperando. Cruzar por primera vez el estrecho de Cook que separa los dos pedazos de Nueva Zelanda. Nieve sobre el perfil meticuloso de las sierras. Paisaje inverosímil, aristocrático. Un horizonte que alcanzar y tras el que por fin poder echar un vistazo. La llamada a la aventura a la que también ella era sensible. Otra vida, sin freno, suya propia. Nellie no pondría pegas a que se marchara, con tal no tener que mantenerla. Las montañas segurían siendo un secreto.

Resultado de imagen de Mount Ruapehu
No robo, comparto.

2 comentarios:

  1. A mi me saca de los All Black, y los paisajes de la saga de El Hobit, el Sr. de los anillos y Xena y no le veo el punto. ¿Tienen Semana Santa y Ferias en Nueva Zelanda?

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    1. Es que el punto del paisaje es De-fi-ni-ti-vo.

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