lunes, 28 de noviembre de 2016

Lo suyo

 
Betty interrumpe su marcha renqueante y terca para esperar de nuevo a su marido. Después de tantos días varada en casa, con una pierna en alto y la lluvia furiosa asediando las ventanas, no está tan impaciente como podría esperarse. Por un instante se alegra de que Geoffrey tenga aún más dificultades que ella. Lo oye gruñir como un oso recién salido de su letargo, muerto de hambre y con los dolores propios de haberse pasado cinco meses acostado. Ni siquiera parece acordarse hoy del sagrado sigilo que siempre le exige cuando va al encuentro de los pájaros. A Betty este nuevo ritmo no le parece mal del todo, la humildad a la que sus respectivas cojeras les obligan. Alza la cara al sol y cierra los ojos. El tobillo malo hormiguea, como si fuera especialmente sensible a la onda expansiva que el andar desacompasado de Geoffrey genera. Al fin y al cabo, llevan casados dieciocho años.

Ambos han tenido tiempo de sobra para acostumbrarse a que, de los dos, él sea el más fuerte. El soporte corpulento y jovial de una diminuta familia formada por ellos dos, sus cámaras de fotos, los cuadernos de notas y el gato. Cómo reprocharle que, pese a quedarse rezagado a cada metro que avanzan, él la siga tratando como si fuera una cosita frágil que hay que manejar con cuidado. No deberíamos haber salido tan pronto, le dice cuando por fin se pone a su altura. Tu tobillo no está al cien por cien. Betty se obliga a abrir los ojos y ve de color naranja a su marido. Mi setenta por ciento basta para los dos, contesta. Y así, bajo este sol sedante, siguen andando hacia la formación rocosa. A ella le hace gracia observar cómo sus dos sombras cojean. La sombra voluminosa de él, su propia sombra no tan delgada como antes. Él con su talón maltratado por la gota. Ella con una exuberante historia médica lastrando sus articulaciones. El pie izquierdo de él. Su pie derecho. Nunca dejarán de complementarse.

Él persiguiendo criaturas del aire. Ella, inventariando lo que se ancla a la tierra. Quién lo diría al observarlos. El hombretón con un aire a Orson Welles y la desarraigada. El ornitólogo y la botánica. Cada uno intentando compensar sus propios huecos a su manera. Cada vez que sigue un pájearo con los prismáticos, Geoffrey recupera la levedad de sus tiempos de piloto. Cada vez que Betty reconoce una especie de planta, su concepto de hogar se apuntala. Lo que era ajeno empieza a formar parte de ella. Es como aferrarte a los libros cuando eres una niña solitaria. O como ser admitida en una comunidad después de años pensando que eras una apestada. Betty de eso sabe de sobra.

Pero hoy, en este día de principios de febrero, seguir apuntalando es todavía posible. A pesar de los los accidentes y de los achaques. Entre los dos han construido un nido acogedor y hermoso, pero nada de lo que quepa entre paredes puede compararse a lo que les rodea. Este sol amigo de los huesos por el que merece la pena haberse cruzado el globo terráqueo. Este brillo de cosa nueva en cada hoja y en cada piedra. Betty y Geoffrey cojean y se apoyan el uno en la otra para alcanzar la cara opuesta del risco. Les basta un pie bueno por cabeza. Qué cómicos, piensa Betty. Viejo de mierda, sigue gruñendo Geoffrey. Cada uno va a lo suyo. Lo suyo: uno se siente un rey cuando puede afirmar este de aquí es mi trono. Cuando llegan adonde quieren  ninguna otra cosa importa mucho. Ni tobillo ni talón, ni mujer ni marido.

Él intenta escuchar por encima de las gárgaras del torrente. ¿Será eso un mosquitero musical, o acaso es demasiado pronto? No le preocupa demasiado ver por el rabillo del ojo cómo su mujer trepa por las rocas. Betty es frágil pero indestructible. Ella estudia las grietas en la arenisca y el corazón le da un pequeño vuelco. En su cuaderno de campo anota Psilotum y vuelve a acordarse de su maestro. Por ahora es sólo el reconocimiento, el viejo rescoldo. Un rastro del hogar que en otro tiempo empezó a levantar por su cuenta. Todavía no sabe que la ciencia botánica también está a punto de sufrir un vuelco.

sábado, 19 de noviembre de 2016

Psilotum

 
A veces el mutismo de la naturaleza me irrita. Otras, cuando me sangran ya el corazón y el cerebro de estamparme contra los lenguajes, pido asilo allí donde callan las cosas y los individuos. En realidad nada deja nunca de comunicarse. La red de micelios de los hongos obliga al ecosistema a entenderse. Una nube de mensajes bioquímicos cuelga sobre tu cabeza y te envuelve, y de alguna forma consigue que hasta tú captes sus discursos. Pero a veces desearías que la vida no humana se dejase de sutilezas. Que no fuera tan tímida, o tan celosa de sus verdades, y contase lo que tiene que contar sin dejarse avasallar por tus interferencias. Querrías escuchar y no imaginar que escuchas. No ser más el ventrílocuo de lo que te rodea. Olvidar lo que has aprendido en los libros y en las aulas, donde lo más verde que encontrabas eran la pizarra y la bilis que te provocaba el encierro. Y así, libre de emociones predigeridas y conocimientos previos,te gustaría atender hechizada.

Porque es difícil que, por sí mismo, un ser como Psilotum nudum consiga fascinarte. No tiene majestad, no tiene belleza, no va a empezar nunca una conversación si tú no lo incitas. Ahí lo tienes delante, esa hierbita refugiada en la fisura de un bloque de arenisca que, él sí, es regio, es hermoso, y tiene tantos matices de color que no para de hablarte. Ese es el Psilotum, y no es una hierba, sino un helecho. Aunque no tenga nada que ver con la copia categórica que en tu cerebro guardas de la entidad helecho. Aunque verlo no te deje el menor regusto a frondoso. Aunque te parezca una simple broza. Tallitos más pequeños que mi mano dibujados por un niño de cuatro años. Para que Psilotum nudum te convenza necesitas estar iniciado.

Necesitas que alguien te diga: mira a tu alrededor y señálame lo más viejo que veas. No vale el sol, ni tampoco el cielo. Si te atreves con esta pared de arenisca, te equivocas. Hay algo en tu campo de visión que es más antiguo que cualquiera de estas piedras. ¿Y si te revelo que la respuesta correcta es: la arquitectura obvia del Psilotum? Un tallo que se divide en dos que se divide en dos que se divide. Sin raíces, sin hojas. Psilotum es el último mohicano de una cultura cuya senectud abruma. Primo hermano de una especie pionera. Depositario del mayor episodio de valentía que jamás haya visto la Tierra.

Ahora voy a decirte cuatrocientos millones de años, pero no pretendas hacerte una idea de cuánto tiempo cabe en esa cifra. Simplemente, tu razón no ha evolucionado lo bastante como para asimilarlo. Sólo precisas saber que en aquel antes impensable, la vida era un asunto marino y la corteza terrestre, algo bastante parecido a una distopía apocalíptica. El suelo estaba desnudo como el de la Luna y la atmósfera no era respirable. Entonces, de algún modo que te lleva a cuestionar si tu ateísmo no será porfía, ciertas algas decidieron salir del agua. Y ese paso cambió para siempre el planeta, con una fuerza sigilosa e imprevista mucho más potente que la de cualquier meteorito. El alga se endureció y se convirtió en una primera planta terrestre. Poco a poco la piedra primigenia se fue fisurando, la superficie seca se tapizó de una pelusilla verde y el oxígeno dejó de ser un gas de lujo. Piénsalo friamente: antes. Antes de cualquier cosa que conozcas, salvo el sol, el cielo, el agua y algunos tipos de roca. Antes de nuestras preocupaciones y nuestros dolores. Antes de tu piel caliente. Antes del primer útero. Antes de los pulmones. De los dinasaurios y los insectos. De las flores y de los pájaros. De la madera. De una atmósfera acogedora. De la sombra del bosque.

Antes hubo una primera planta insignificante. Una hierbita ridícula. Una broza. Un tallo que se dividió en dos y en dos y en dos, y así hasta llegar a la lechuga y al león y a ti mismo. Pero ese diseño primitivo se mantuvo. Pura simplicidad convertida en potencia. Un ser sin raíces ni hojas que se aferra a la piedra, esa arenisca que tienes delante o aquella primera superficie intratable. De ese diseño es heredero el Psilotum.

Y esa es la historia abrumadora que no se decide a contarte, porque, quizás, después de ese primer capítulo fastuoso cualquier relato que venga pueda no interesarte. Y sin embargo, Psilotum nudum ahí puesto, en esa fisura de un bloque de arenisca en el extremo sur de Europa, es señal y testigo de más aventuras. Hasta que Betty Molesworth no descubrió justo aquí su presencia, allá por 1965, este helecho insignificante siguió guardándose sus secretos para él solito.


lunes, 14 de noviembre de 2016

Así es cómo empieza


Llueve bíblicamente, y por primera vez reparo en que el hombre que me está hablando es peculiarmente guapo. Tiene el arco superciliar un poco demasiado macizo, y los ojos pequeños y tan oscuros que parecen carecer de profundidad. Pero un rizo húmedo se le ha pegado a la mejilla, entrecomillando su sonrisa. Es así cómo pasa. Ese latigazo en los órganos vitales; el viaje fulminante del cero al todo. Puede que mi compañero me siga esperando dentro del coche. Puede que las mujeres del pueblo sigan haciendo malabarismos con las bolsas de la compra y el paraguas. Puede que mis botas de trabajo no sean tan impermeables. El bombero de pelo largo me habla y en la lluvia se abre un hueco que sólo incluye su cara, su cuello de ciervo y sus hombros. Todo lo demás se empaña. Una gran ola de oxitocina aniquila mi capacidad de entender el lenguaje. Muevo la cabeza de arriba abajo. De alguna forma consigo mover también la boca. Él sonríe y estira la última sílaba de cada palabra que dice. Como un niño que siempre está preguntando.
  
Cuando entro en el coche mi compañero me mira como si yo siguiera siendo la misma. "Vas a empapar la tapicería", creo que dice. En el hueco en la lluvia caben ya la espalda del bombero, las piernas no tan largas como para resultar intimidantes, su cintura. El tío no lleva puesto ni abrigo: acabo de descubrir que es mi hombre y ya me mata. "¿Cómo que qué de qué?", sigue mi compañero. Un gran mérito por mi parte, conseguir exasperar a una criatura mansa como un ternerito. "Que qué te han dicho". Eso, qué carajo me han dicho. Por suerte, una especie de sistema de alerta ha permanecido activo mientras mi inteligencia quedaba anulada. "Me ha dicho que... Que sí, que ahí es donde escalan, que se van a estar quietos, y que le diera mi teléfono para quedar con nosotros y que les enseñemos el Psilotum. Por si lo ven en algún otro sitio".

Es así cómo pasa. Cómo tu fragilidad se alía con la química erótica y te desarma y te vuelve a la vez poderosa. Cómo de repente tienes la corona de la belleza en tus manos y la pones en la cabeza equivocada. Cómo tu fantasía se escapa de tu cuerpo y te desdobla en personajes que, a diferencia de ti, sí que son perseguidos, descubiertos, besados y vueltos especiales. Y así es cómo una plantita ridícula se enreda con tu historia. Mi teléfono sonó un día. Era el bombero y la Botánica se la traía al pairo. Se preguntaba, con esa última sílaba suya aniñada y nociva, si querría ir con él al cine. Y fuimos. Me subió a su autocaravana. Oh, sí, también eso: justo lo que mi enajenación romántica necesitaba. Mi héroe de piel nobuk que callaba los aspectos más truculentos de su trabajo y vivía en una casa rodante. Otro día bebimos vino y me besó mientras nos refugiábamos de la lluvia. Necesité ocho meses para recuperarme. 

Y nunca lo llevé al cortado rocoso donde su grupo hacía prácticas de escalada, poniendo en peligro una población aislada y minúscula de uno de los helechos más singulares de la flora de Europa. Nunca me miró con ojos de carnívoro mientras yo le explicaba cómo distinguir el Psilotum nudum y por qué era tan importante. No fui capaz de provocarle ni ese ni ningún otro tipo de embeleso. Y lo que no pudo interesar a mi amor dejó por tanto de interesarme. Lo que no llegamos a compartir volvió a esfumarse tras la lluvia. Y es una pena, porque si hubiera podido contarle lo que ahora sé del Psilotum, si hubiera tenido la oportunidad de maravillarle en voz alta, pero sobre todo de maravillarme, aquella plantita ridícula y todas las demás plantas y todos aquellos paisajes hubieran seguido enredados en mi historia. 

viernes, 11 de noviembre de 2016

A lo mejor un prólogo

 
Ahora son sólo buitres, y en ese sólo hay muchos contrarios que se solapan. Un surfero y un monje budista. Una gallina y una alimaña. Repulsión y ternura. Tosquedad y gracia. Los he mirado a los ojos y he visto mansedumbre. He olido su aliento repulsivo que yo creo que les avergüenza. He admirado la distinción de su estola. Algo se me ha templado por dentro viéndolos arrellanarse en el aire, en movimiento pero tan quietos, girando en las circunvalaciones del cielo, sumisos y soberanos.

Ahora son sólo todo eso, pero entonces eran puro símbolo. En otro tiempo vi girar buitres sobre mi cabeza y ni se me ocurrió pensar en corrientes térmicas, plumas o nidos. Yo estaba enamorada y la realidad entera era un resumen de mi causa. Los árboles se callaban a mi paso. Todos los charcos eran espejos para mi cara triste. El desamor se parecía al paisaje: cortados de piedra blanca y alienígena que desafiaban la posibilidad de un camino; el bosque visto desde fuera, cerrando sobre sí mismo sus promesas. En la distancia no puedes imaginar siquiera las cristaleras de sol y sombra que oculta dentro de sí la masa de árboles, la red intrincada de conexiones, todos los seres que berrean y ululan y zumban. Alrededor campaban la misma soledad y el mismo rechazo que mi corazón sentía. Los buitres me estaban esperando.

A veces salía de mi casa cuando el dolor de desear se me subía a la garganta. Buscaba el paseo junto al río, que bajaba turbulento y feo porque no había parado de llover en varias semanas. Andaba y pisaba mi cara en los charcos. Si me quedaba un poco de brío, planeaba estrategias románticas. Casi siempre me llamaba cobarde. Era esa forma de amor arbitraria y autónoma que apenas necesita motivo. No deseaba exactamente a una persona sino estar dentro del bosque. Sentir intimidad y dejar de estar sola. Cuando todos los diálogos y todas las risas que no compartía, los abrazos y besos que no daba, los juegos sin compañeros hacían una bola y se me atragantaban, me sentaba debajo de un buen alcornoque y boqueaba y me compadecía de mí misma. A veces miraba el cielo y veía girar los buitres como manecillas de un reloj funesto. Yo era más joven y mucho más melodramática. Radicalmente subjetiva. Nada de lo que veía tenía entidad propia porque mi pena lo ensuciaba. No podía salir de mí para salvarme porque yo-yo-yo estaba en todo lo que veía.

Así que nunca podría haberme interesado por el Psilotum. Lo tenía justo ahí enfrente, en la orilla opuesta del río, una especie de hierba insignificante cuya nimiedad se perdía en un cortado rocoso. Desde luego que no era una hierba, eso hasta yo lo sabía, pero su singularidad, su inconcebible arcaismo eran incapaces de abrir una grieta en mi concha de desahuciada afectiva. Ahora que esa concha se ha hecho añicos, que he entrado en lo hondo del bosque, que sé que los buitres son pájaros nobles y no símbolos, me pregunto si mi soledad no se hubiera curado antes si, en vez de la huida, hubiera escogido la estrategia de la mujer cuyo nombre prácticamente se funde con aquel Psilotum. Una criatura solitaria y herida que salió de sí misma a través de las plantas.


https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/0/0b/Starr_030628-0095_Psilotum_nudum.jpg
Lo ves tan poquita cosa y no te haces una idea de su relevancia.

lunes, 7 de noviembre de 2016

Deshoras

Por un instante Concha siente que todo vuelve a derrumbarse, no como en un desprendimiento, cuando una sola piedra insignificante se escapa y al poco rueda la montaña entera, sino como cuando estalla una bomba en un barrio de protección oficial de una ciudad de provincias. Es la misma perplejidad, la misma sordera repentina, la misma ausencia de lugares donde agarrarse. Y otra vez es la misma estridencia de una llamada telefónica.

¿Di-diiga?, titubea. Algo que en otro tiempo debió de ser el corazón retumba brutalmente en sus sienes. Pero al otro lado una voz dulzona consigue abrirle las orejas. Hoola, buenass tardess, mi nombre es Estela, ¿sería posible hablar con el titular de esta línea? La normalidad flagrante de estas palabras pone a Concha en su tiempo y su sitio. Llamadas comerciales a la hora de la siesta. La Tierra sigue girando de forma obtusa. Las bombas estallan sólo en países de Oriente Medio cuyas fronteras siempre confunde. Le parece increíble que el teléfono haya podido despertarla: pensó que jamás podría volver a quedarse dormida así, en el sofá y a salto de mata, después de comer, como siempre, sin media pastilla siquiera. A lo mejor es un síntoma de que algo avanza.

Eeh, no, responde como puede. La voz de azúcar contraataca: ¿Acaso el titular de esta línea no es Don Luís Pacheco de la Hermosa? Concha se defiende: Sí, es mi marido. Pero ahora mismo no puede ponerse. Está.. en el trabajo. Ni ella misma ha podido darse cuenta de la pausa mínima que ha hecho en medio de esa frase. La amabilidad por contrato la desarma: ¿Entonces cuándo vendría bien que lo llamase?

Concha cuelga el teléfono como si alguien la estuviera teledirigiendo. ¿Reaccionarán los drones de alguna forma ante los lugares que sobrevuelan? A veces a ella le cuesta un buen rato poder interpretar sus actos. Mira, escucha, anda, responde. Todo en modo automático. No entiende cómo ha podido decir que sí, que vuelva a llamar sobre las ocho de la tarde. Habrán sido el sopor y la sorpresa. La violencia de que la hayan vuelto a sacar de la siesta y el alivio de que una tal Estela quiera venderles algo. La vida es todavía ese espacio en el que pueden negociarse algunas cosas. Salpicada de llamadas fastidiosas pero triviales.

Desde luego que Luís hubiera montado su número. Inmune a las vocales largas y a las voces dulces, habría colgado a la pobre chica. Pero es que él estaba acostumbrado a una vida fácil. Se indignaba por faltas de cortesía tan pasables como que te asalten con publicidad en tu propia casa y en horas de descanso. Nunca lo sacaron de la siesta para informarle de que su marido, lo siento mucho, señora, hemos hecho todo lo posible, se había matado en un accidente. Si Luís volviera esta tarde del trabajo, si hubiera conocido antes esa sordera repentina y absoluta, esa ausencia de asideros, la vida derrumbándose como cuando una bomba explota, tal vez entonces hubiera estado dispuesto a escuchar mansamente cualquier oferta que quisieran plantearle.


jueves, 3 de noviembre de 2016

Georgia o la virginidad

He venido a Georgia porque adoro ver películas sin tener ni idea de su argumento y hablar con gente de la que no sé nada de oídas.

Hice en casa una lista de posibles destinos de viaje. Ya sabes: Noruega, Laos, Sri Lanka. Eslovenia, Nueva Zelanda, Belice... Y me di cuenta de que ya tenía una imagen mental de todos esos lugares, y que viajar a ellos no iba a suponer mucho más que ratificarme. Dejémonos de romanticismo: equiparar viaje y descubrimiento es una cosa de otra era. Uno no viaja realmente para que le pongan patas arriba para siempre su artrítico esquema del mundo. Si fuera así nos compraríamos todos un billete de ida a Aleppo. Y en realidad llegamos a Cabo Verde o a Tanzania en busca de una versión light de lo exótico que rete pero no avasalle lo aprendido. ¿Te imaginas la decepción de pisar Cuba y conocer sólo con gente sosa?

Por eso te escribo desde Tiflis. Si me hubieran preguntado media hora antes de reservar el vuelo cuál es la capital de Georgia, hubiera respondido mmm, ¿Ereván? A mí las ciudades de esta parte del mundo me suenan todas a medicamentos. Tampoco hubiera ubicado exactamente el país en el mapa. Georgia, por ahí cerca de Irán y Rusia. ¿No? Pues no. El saldo de acierto de esa respuesta no pasa de un mediocre 50%. Búscalo en internet y sal de dudas. Definitivamente, no sabía nada de Georgia. Territorio virgen. On my mind, sólo la de Ray Charles. Pero ojo, no se te ocurra venir a este país y llamarlo Yoo'ya. Si te preocupa parecer un plebeyo.

Si no tenía mucha idea de su capital ni de la localización gruesa, imáginate del resto. Tiflis, colega: ahora me suena a nombre de rey élfico. He aquí las dimensiones de mi ignorancia: tiniebla absoluta acerca de la pinta de la gente. Musicalidad del idioma. Paisaje imperante. Comida. Nivel de desarrollo, signifique eso lo que signifique. Influencias. Traumas y orgullos de la historia. Lugares que sólo un imbécil pagado de sí mismo se perdería. Burdas pinceladas psicológicas.

¿Te digo la verdad? Esta geografía y yo aún no hemos consumado las nupcias. Llegué ayer a este hotel a última hora de la tarde, y hoy he preferido escribirte antes de salir para que no me des por desaparecida. Tengo wifi en mi habitación: nivel de desarrollo aceptable. Podría haberte avisado antes de despegar, pero prefería que no me abrieras camino con tu cultura. Recuerda: ni una palabra acerca de qué va la peli, ni una sola de tus opiniones sobre la catadura de Fulanito. Me habrías dicho: Caúcaso. Y yo ya llevaría en mí una expectativa medio erótica de montaña abrupta. Habrías dicho Cólquida: automáticamente me habría acordado de Medea y del vellocino de oro, y me decepcionaría no encontrarme mujeres con negros ojos de bruja. Habrías dicho algo sobre cierto pan plano relleno de queso, y ya andaría yo salivando antes de salir del avión, dispuesta a apostar que nunca he probado nada más genuino.

Así que Georgia sigue siendo virgen. Y yo que tengo todavía toda mi ignorancia encima, me siento inmaculada y pura. Esta nueva inocencia me excita, pero, qué quieres que te diga, todavía lo hace más desenvolver regalos, rasgar tinieblas, manchar lo blanco: aprender verdaderamente sin el lastre de las ideas preconcebidas.

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La puntita

martes, 1 de noviembre de 2016

Eso que sólo tú haces

 
Llega un momento en que por fin asumes que ciertos aspectos de ti no pueden corregirse. La forma de tu pelvis. La incapacidad de retener nombres a la primera. Comenzar explosivamente los planes y quedarte sin gas a medio camino. Levantarte abatida de la siesta. Aceptas tus taras de fábrica y entonces es como si te absolvieran. Le quitas la faja a tu propia imagen retocada y te responsabilizas honradamente de tus chapuzas. Recuerdas que la Venus de Milo no tiene brazos. Admites que con frases como la anterior sólo llegarás a dominar la escritura de autoayuda.

Yo, por ejemplo, asumo que nunca podré domesticar mi glotonería de libros. Nunca me comportaré sobriamente con los que me gustan. Nunca los digeriré por completo porque soy voraz con ellos y me los trago antes de masticarlos como es debido. Nunca leeré como si cada libro fuera el elegido para la estancia en la dichosa isla desierta. Nunca tomaré apuntes. Nunca sabré analizar con rigor por qué ese libro en concreto me dejó huella.

Así que si yo no fuera una yonqui y una descuidada, ahora podría echar mano de una cita. Acudiría a mi libreta de notas literarias y recuperaría un pasaje de Tom Spanbauer sobre los gestos que definen inequívocamente a cada persona. Ahora es el momento pasó por mi cama, por mi sofá, por mis playas y por mis campos, y volvió para siempre a la biblioteca. Ya sólo me quedan ese aire de amor de verano y mis palabras.

Ese pasaje en cuestión se me agarró adentro. Puede decirse que me dejó preñada y ahora es cuando he salido de cuentas. En él el narrador de la novela describe a su mejor amiga a través de una serie de gestos casi imperceptibles que únicamente hace ella. Una manera de fumar característica. Quizás una forma de reír como si algo se despeñase, como si la alegría se confundiera con la desesperación, o viceversa, y ambas hicieran eco en las tripas. No busquéis esto en el libro; es de mi cosecha.

Gestos sutiles. Ademanes que singularizan. Huellas dactilares de tu conducta. Ese conjunto de pequeñeces tan indudablemente propias que ni siquiera tú identificas. Me pareció tal expresión de amor: esa manera de mirar y entender a alguien como quien dice “te reconocería en cualquier situación como las madres de las manadas reconocen a sus crías”. Y me dejó un tanto noqueada. Porque me hizo caer en que mi atención también tiene taras. ¿Tengo yo acaso una mirada así de penetrante, capaz de empaparse así de la excepcionalidad ajena? ¿Podría reconocerte en medio de la muchedumbre o la niebla? ¿Podría salir de mí y darme cuenta de lo que solamente yo hago? Comprendí que me relaciono con el mundo como con mi espalda. Sé que sigue ahí y la observo lo justo.

Sé que Jose canturrea mientras se lava los dientes. Sé que mi madre anda con una verticalidad de otro planeta. Sé que mi padre come pescado como si lo hubiera criado un duque. Conozco los timbres inconfundibles de las gracietas de mi hermana. Sé que yo me toqueteo la cabeza cuando hablo por teléfono con quien no tengo confianza. ¿Sirven estas chorradas que veo para definirnos? ¿Basta mi atención mediocre para recolectar y revelar lo raro y asombroso y disperso que es estar vivo? ¿Hay en mí amor suficiente?

¿O a lo mejor la torpeza al mirar es otro de esos aspectos que ya no se arreglan?