miércoles, 6 de abril de 2016

Volver a lugares de los que nunca te has ido


Había una casita en medio del bosque que hace más de diez años amenazaba ruina. Así al menos la viste mi memoria, y ya sabéis cómo trabaja esta furcia: cómo traviste, cómo maquilla, cómo dramatiza la cosa. Mi cuerpo no ha vuelto al lugar desde entonces. Los ojos de mi cara no han visto si se ha combado alguna otra viga, o si el techo ha cedido del todo, y una hipotética colonia de murciélagos ha tenido que volar con lo puesto como criaturas de Siria. Pero los ojos de adentro sí han visto, y para ellos todo sigue tal y como estaba. Renqueante y desconchado, pero en pie y con el corazón indemne. Tengo unos ojos miopes pero enamorados.

Vuelvo allí cuando no funciona ningún otro truco para dormirme. O cuando me puede el síndrome de abstinencia de clorofila. Siempre hay sol en mi imaginación, como aquel primer día. La cronología del flechazo se repite. Ahora ese juego hipnótico de luces y sombras. Ahora el olor condenadamente dulce de los brezos, como de siesta infinita. Ahora algún bicho volante: un abejorro, o una de esas mariposas pequeñitas que le escamotean al mundo su preciosa espalda lila. Una curva a la izquierda, y entonces. Ah: el árbol más guapo del mundo, o quizás no, pero cómo olvidarlo a partir de ahora: la robusta delicadeza, su silencio franco, la transparencia, el verde de otro planeta. En cuanto abandono el camino y me meto bajo su copa, sé que en adelante, si la desolación me cerca o la ausencia me da zarpazos, encontraré un resquicio y un punto por donde vadear lo oscuro. Un espacio de confianza. Miro hacia arriba y sé que la alegría es una buena estrategia.

Y junto al árbol está la casita. Puede que el bosque la haya ido reclamando a lo largo de los años. Es el único cambio que introduzco: los varios tipos de verde que la acorralan. Con el tiempo lo vegetal siempre le gana el pulso a lo humano. Pero ahí sigue, y ahí quiero entrar de nuevo, a escuchar cosas, como si fuera posible hacerte pequeña y entrar en una caracola. A respirar un aire que aunque reciclado un millón de veces por las hojas, quizás todavía sea el mismo que infló el pecho de otras personas. Gente que mamó bosque, y lo aborreció, y ya nunca tuvo paz si se marchó a esos lugares donde la vida se organiza en líneas rectas. Trato de revivir a esta gente. Un guarda forestal quizás, soberano en el monte, con la gorra entre las manos sudadas si había que bajar al pueblo. Un ángel para algún maquis o un asqueroso chivato.

Pero no escucho más que el frufrú de los árboles y zumbidos. Nadie viene a visitarme, pero no me siento sola en absoluto. Tengo ese resto de aire secreto en mis pulmones. Me voy volviendo verde poco a poco. Miro al árbol más guapo del mundo por un hueco sin cortinas ni cristales, y no tengo ya tan claro que haya un adentro y un afuera. Sé que puedo irme si quiero. Ya no hay desvelo ni síndrome de abstinencia.

1 comentario:

  1. Anónimo entre comillas10 abril, 2016 09:43

    Sencillamente espectacular.

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