domingo, 28 de septiembre de 2014

Sobre viejos que esperan

 
Me da un poco de apuro seguir relatando el último viaje. Repaso las notas que tomé en mi cuaderno y las noto todavía frescas, todavía con algunas gotas de zumo que puede exprimirse. A lo mejor soy yo la que está un poco pasada de fecha. Me imagino dándole al botón de publicar después de escribir otro capítulo. ¿Cómo me veo? Sonadilla. Como el abuelo encasquillado en historias de la mili. Treintañeros repasando su top ten de dibujos animados de la infancia. Agentes de seguros madrileños dándole la enésima vuelta a su versión de la movida.

Pero tampoco he hablado tanto, y no ha pasado tanto tiempo. Miro la fecha que hay encima de estas palabras, y el mes que hay en ella es el mismo que el de mis notas. Y a mí me parece como si todo lo que vi y todo lo que olí perteneciera a otra época geológica. Perfectamente enterrado en un cajoncito clausurado de mi memoria.

Es que no soy diferente de cualquiera de los que esperan a mi lado, impacientes, en los pasos de cebra. El veneno de la urgencia impregna mi mente y la vuestra, igual que el DDT prohibido hace unas décadas sigue viviendo en nuestras células, en duermevela. Tenemos muy bien entrenado el derecho a que en el Alcampo la pescadera nos atienda cuanto antes. Una nueva gotita inapreciable de nerviosismo cae cuando nadie responde inmediatamente a las paridas que soltamos en los varios canales sociales que dejamos prendidos todo el día. Inapreciable, vale, pero cada uno lleva su particular charquito de ansiedad allá donde va. Nunca falta quien te pita si buscando aparcamiento reduces la marcha. El ordenador siempre se toma un tiempo exasperante al arrancar. Por todas partes nos acechan salas de espera. En el banco, en el metro, en el médico de cabecera. Los cambios de escenario y las vueltas de tuerca en la rutina parecen siempre definitivas. ¿No hace una vida y media desde que guardaste el bikini bien plegadito?

Un mes no es nada, y de repente parece un siglo. Aquello ya pasó, y no merece la pena revivirlo. La urgencia no es amiga de que pongamos al Cid a ganar batallas después de muerto. Los días van pasando, y si eres como yo, seguirás esperando íntimamente a que una nueva experiencia le dé un vuelco radical a tu vida. Que tal y como está ya te gusta, por cierto. ¿Qué pueden conseguir al respecto unos cuantos paseos por ciudades no tan distintas de donde vives, unos cuantos paisajes cazados al vuelo desde el tren?

Y, sin embargo, no puedo olvidarme de algunas de las caras que vi entonces. Son como posesiones. Veo a una vieja sentada a la puerta de su casa vieja, en el Casco Viejo de Vigo, tranquilamente acosada por las grúas de la remodelación urbana. Veo también a tres putas de por lo menos sesenta años, esperando también en su puerta, y una de ellas tiene, misteriosamente, el aire de una catequista virgen. Veo a otras tres viejas vendiendo verdura a las puertas del mercado de Pontevedra, apenas una bolsa de tomates, unos melocotones picados y chiquititos, un manojo de nabos, levantando el mísero chiringuito cada vez que la policía local se deja caer por la calle. Veo al camarero de bigote más amarillo que cano que monta el desayuno buffet en un hotel que vivió tiempos de gloria mucho antes de que yo naciera. Lo veo colocando un mosaico de lonchas de queso como si fuera un tejadillo de la catedral de Santiago. Veo a dos mujeres y un hombre sordomudos intentando hacerse entender por conductores de autobuses: el pelo teñido hace demasiado tiempo, la maleta demasiado vieja, el aspecto de haber dejado pasar más autobuses de la cuenta. Gente que ya hace mucho vivió el penúltimo gran vuelco de su vida, y que sabe seguir esperando.


En los márgenes de la foto, todo el jaleo de las obras y de la urgencia.


Y me veo también a mí misma, esperando tres horas y media en la estación de tren de Coimbra. Tenía un libro, tenía mi cuaderno, y ninguna prisa. Saber esperar tanto tiempo era la gran enseñanza del viaje, la verdadera aventura. Te pasas la vida esperando que un espectáculo nuevo lo ponga todo patas arriba y, mientras, lo pequeño y pasado, lo que parecía ya tan viejo, te va transformando sin que lo notes.


6 comentarios:

  1. Comparto la misma sensación de Septiembre que describes. Aun sin haberme dado tiempo a hacer el temible Cambio de Armario, me parece increíble que haya camisetas de tirantes y vestiditos finos colgando de las perchas. Ha pasado mucho y poco al mismo tiempo.
    De lo demás que describes, sólo puedo leer atónita y preguntarme que cómo lo haces.
    Besos!

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    1. ¿Que cómo lo hago? Siempre que empiezo me tiro de los pelos por no tener la fórmula. Siempre que acabo me alegro de no tenerla: si la supiera, ejercería demasiado control sobre algo que prefiero que me posea. Daría gato de escayola por liebre.

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  2. ¡¡Uff!! en plena crisis de mis futuros cuarenta, chicas, la verdad es que lo de esperar es lo que más me apetece y lo que menos sé (y sabemos) hacer.

    ¡Abrazos!

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    1. Cuchi, la que no tenía edad para memes. Mujer, que con el aumento de la duración de la vida esa crisis se ha retrasado a los setenta. Nos quedan todavía tres décadas (y media) para saber ser pacientes.

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  3. Soy como tú, exactamente...

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    1. Habremos bebido del mismo agua envenená.

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