lunes, 17 de febrero de 2014

El Rastro interior


Yo debía de ser muy chica, porque en el recuerdo participa mi abuela. No, no participa: lo protagoniza. Quizás sea un recuerdo falso, o un brebaje compuesto de escenas de diferente naturaleza. No lo sé. El caso es que ella está ahí, sentada en una silla baja, una de esas con el asiento de mimbre a las que ya no les queda mucho para dar el salto de lo pintoresco a lo vintage. Tiene las mangas negras subidas a la altura del codo, por la faena, o a lo mejor porque trabaja al aire libre del patio y hace buen tiempo. En la flaca memoria que conservo de ella, siempre la veo vestida de oscuro, como si fuera un tótem de su tierra.

Hay un barreño lleno de agua a su lado, un montón de plumas pardas al otro, un animal que se va quedando desnudo encima del halda. Ella va dando tirones, dejando a la vista la carne un poco ridícula, sin saña. Seguro que hay plumón flotando en el aire. Seguro que tengo la esperanza de que se me termine posando encima de la nariz o la frente. Seguro que siento a la vez la fascinación y la repugnancia propias de la niña retraída en la que estoy a punto de convertirme. Es toda esa suciedad y esa descomposición, ese olor terrible del pollo escaldado, y esas manos que, yo no lo sé todavía, han trabajado tanto.

Es posible que me lo haya inventado, y que la que preparaba lo que poco después sería milagrosamente un guiso no fuera mi abuela, sino mi madre o alguna de mis tías. Pero ella está ahí de modo tan pertinente, cuadra tan bien con el color extraviado de la escena, que no me atrevo a levantar el teléfono para consultarlo con alguna de las tesoreras de mi primera memoria. Hay algo remoto en ese acto de transformar un animal en comida, tanto como en la abuela que murió antes de que yo aprendiera el significado de la pérdida.

Un montón de plumas pestilentes como canon por quitarle la vida y la forma a un pollo para comértelo. Suena primitivo y vetusto, en nuestro realidad de poliuretano, ¿verdad? Pienso en los otros animales que se han despellajado en aquel patio, conejos y alguna que otra liebre, para alegría de los paladares adultos. Pienso en el huerto de mi padre, que antes fue de su padre. Me honro de tener una herencia de manos sucias de sangre y uñas negras de tierra.

Aparte de aquella escena, hay otras cosas que el correr de mi vida ha convertido casi en leyenda. Los huevos naranjas y blandos que las gallinas se reservaban adentro, como si fueran lingotes. Leche caliente de teta en una cántara de plástico verde. Los cubos llenos de altramuces y chufas que colgaban de un puestecillo de chucherías rodante. La cinta paranoide de una casette, cuando se enganchaba en las tripas de la radio. El descaro rojo de la mercromina. Las pocas obleas consagradas que se fundieron sobre mi lengua. El botón de encendido de una calculadora. La expectación con que recibíamos a mi padre cuando llegaba a casa con el Teleprograma, y la tele era todavía un acto de magia. Las buretas y demás cachivaches del laboratorio. El caracoleo de la aguja en una brújula que nunca llegué a dominar. Ah, el sádico compás. La llamita que asomaba en los bajos del horno de gas. Los dedos de V. cortando cebolla con precisión de forense, y yo sin saber dónde acababa su mano y dónde empezaba el cuchillo. La cinta transparente que sellaba los paquetes de Ducados de mi padre o mi tía, y que yo recogía para enrollármela en los dedos. Su voz tan fornida.

Todo tan antiguo y tan analógico como el olor a pluma mojada o las manos de una abuela muerta hace treinta años. No volverán nunca. Quizás nunca se han ido.

11 comentarios:

  1. Hija, que alegría poder recuperar tantos recuerdos, a través de tu memoria.
    Te quiero.

    ResponderEliminar
  2. Las cosas, las personas, nunca se van si hay alguien que las recuerda.
    Gracias.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Por si eso es así, tendremos que esforzarnos por construir de la mejor manera posible nuestros futuros recuerdos.

      Eliminar
  3. Pelar un pollo, pelar un palomo. No desplumar: pelar. Era un acto cotidiano, lo mismo que desollar una liebre. Y no pocas veces un lujo. Ya no hay lujos. Ahora hay caprichos de rico, que nos cansan de tan repetidos. Comer carne era un lujo. Un helado, un pastel, los primeros yogures, el pan de molde. ¿Lo creerás?
    Manolo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Y Yo me pregunto qué lujos de hoy nos aburrirán mañana. Si quedará alguno no virtual.

      (¿Pelar palomos, desplumar liebres?)

      Eliminar
  4. Anónimo entre comillas17 febrero, 2014 23:07

    Tiene cierta gracia que de esa "herencia de manos sucias de sangre..." hayamos salido descendientes tan incapaces de matar una mosca. Leía ayer, incrédula y horrorizada, la explicación de cómo debía sacrificar a las ocas, en esa granja autosuficiente que podría conseguir si sigo los consejos del libro que me regalaron en mi último cumpleaños y se me pusieron los pelos de punta. Y justo entonces me acordé de mi madre, que sí, que es la viva estampa de la abuela que tú, casi sin conocerla, retratas en el post, pero que tenía que pedir a una vecina que hiciera pasar a mejor vida al animal que ella después convertiría en un manjar, pero ¿matarlo...?

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Va a ser entonces que la compasión también se hereda.

      ¿Qué tienes que hacerles a las ocas? ¿Y quién querría comérselas, con lo buenos que tienen que estar sus huevos?

      Eliminar
  5. Cien veces he visto yo a mi abuela "apañar" un conejo colgado por las patas de un gancho de su "corral". A veces me sorprendo del estómago que tenemos de niños, impertérritos viendo (aprendiendo) escenas que ahora mismo no podría tragarme.
    Besitos!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Las autoridades sanitarias y las asociaciones protectoras de los roedores camperos advierten que en este blog hay una amenazadora abundancia de manchegos.

      Eliminar