jueves, 31 de enero de 2013

Ideas peleonas contra el paro

 
Tal vez llegues al final de este primer párrafo un poco irritada. Tal vez pienses que sí, que puede que lo haya escrito con buena intención, pero que el mero hecho de publicar unas palabras que podría haberte dirigido perfectamente por teléfono, las convierte en cómplices de exhibicionismo. Ya está otra vez Silvia haciendo lo mismo: construyéndose una imagen de sabiduría altruista a través de discursos sobre problemas por los que ella nunca ha pasado. Eres mordaz, eres escéptica, y tienes ojo clínico para señalar la candidez ajena. Cierto, yo nunca he estado en paro. Pasé de la universidad a mi plaza de funcionaria sin sobresaltos ni espíritu crítico. Me esforcé con las oposiciones, pero bueno, tampoco eran para juez o neurocirujano. Compré mi seguridad con un temario asequible. Que encima fotocopié de un libro de la biblioteca. Así que mis consejos resultarán sospechosos. De presunción. De condescendencia. De figureo. Podría haberte escrito una carta, si es verdad que mis pensamientos salen más ordenados de mis manos que de mi boca. Podría haber escogido una vía íntima para demostrar mis ganas de ayudar. Pero créeme, no es que me haga ilusiones con la idea de que lo que te digo a ti podría servirle a más gente. No tengo tan elevado concepto de mi propia importancia. Sólo que, bueno, la rutina de escribir y la de publicar se han aleado de tal manera, que hasta las ideas idiotas y los pensamientos perecederos que le dedico solamente a mi libreta me parecen una pequeña traición al blog. Chorradas. Quizás deberías dedicar tu irritación a mi gusto por los preámbulos.

Empiezo, entonces: pienso mucho en ti. Llevo estos días intentando elaborar una especie de plan de acción. Puede que llamarte, demostrar que al menos mi voz está de tu lado, fuera de más provecho. Pero siempre me parece que presentarme de esa manera, sin nada que ofrecer, como un invitado gorrón, no es muy educado. Si me imagino en tu circunstancia, puedo verme perfectamente deseando que alguien me venga con el problema mascado. Así que le doy vueltas a la cabeza. Y como no sé de vinos ni de alternativas al paro, no termino de decidirme a coger el teléfono.

Pero es mejor un cartón de Don Simón que un insípido vaso de “Verás cómo todo irá bien. Ánimo”. Por ahora sólo se me ocurre esto:

Haz cuentas

Es cierto que tienes ahorros para ir tirando una temporada. Puedes quedarte en Madrid unos meses más, seguir confiando en que alguno de los muchos currículos que dejas por aquí y por allí llame la atención de alguien, y cuando se te acabe el dinero, siempre puedes pedirle a tus padres que vuelvan a alojarte. Pero, piénsalo, ¿ es el alquiler de un piso más pequeño que una alfombra una inversión de futuro? ¿Mejora tus opciones el hecho de estar en una gran ciudad? ¿Estás utilizando las oportunidades que se supone que caracterizan a la capital, más gente, mayor posibilidad de hacer contactos, más ideas originales, o el pesadísimo trabajo de desempleada podrías hacerlo igualmente en cualquier sitio con acceso a internet? Sé que la autonomía es adictiva, y que la perspectiva de regresar a una provincia donde una de cada tres personas está parada no parece una genialidad, pero ¿y si tu búsqueda no da resultado, al cabo de esos meses? Pasará que tendrás que volver igualmente, y que en la estación de autobuses tendrás que hacer cuentas para ver si puedes comprarte una bolsa de Doritos y una revista, o sólo los Doritos.

Invierte

Haz un estudio de campo. Echa mano de gente de la que conoces su segundo apellido y su tono de voz. Y pregunta. Oye, Caro, ¿siguen contratando a los alumnos de escuelas de hostelería en los restaurantes de la Costa del Sol? Porque el sol sigue brillando, un poco perversamente, pero bueno, y los guiris siguen llegando en manadas, y sus dimensiones generales delatan que siguen comiendo. A ti cocinar no te disgusta, ¿verdad? Entonces, tal vez el dinero que has decidido no gastar en alquiler pueda servirte para pagarte una nueva profesión.

Tómate medidas

Aunque es verdad, y las radios se empeñan en castigarnos con el dato, que el hecho de invertir en formación se parece peligrosamente a escalar sin cuerdas. Nunca hasta ahora tuvimos necesidad de poner en solfa la idea de que llegar a ser enfermera, o periodista, o maestro, nos permitiría pagar el móvil y los viajes a Tailandia. Pero las tarjetas de presentación son más útiles hoy en el contenedor azul que en tu cartera. La actividad que figura debajo de tu nombre, lo que seas o dejes de ser, lo que un organismo oficial desacreditado acredite con su sello, ya no tiene importancia. Lo que vale no es lo que eres, sino lo que sabes hacer. Una perogrullada. Así que coge papel y lápiz, y haz una lista. ¿Qué sabes hacer? Sabes sacar sangre y coger vías. A lo mejor alguien, en Guatemala, o en Angola, tasa ese conocimiento en forma de alojamiento y manutención. Hemos dicho que sabes cocinar, y sabes inglés, ¿sería descabellado ofrecer clases de cocina española, a domicilio, a estudiantes americanos?. A lo mejor no te da para pagar el piso, pero sí al menos para la factura de internet. Tienes una astucia terrorífica para esas cosas prácticas del dinero que a mí me apetecen siempre tanto como cortarme con el borde de un folio. Yo te pagaría unos eurillos por llevarme las cuentas. ¿Yo sola? Sabes cuidar. ¿No va a haber en Estepona ningún extranjero que ponga las achacosas noches de su madre nonagenaria en tus diminutas manos?

Intercambia

Es posible que el trueque te parezca de un candor preindustrial, pero hasta hace cinco años todo el mundo se tragó el cuento de que una casa en propiedad nunca perdería valor, y de que, bebiéndonos la botellita con la etiqueta correcta, como Alicia, la del ladrillo, la de los ceros en la cuenta corriente, por ejemplo, seguiríamos creciendo, y creciendo. Quizás lo material suponga ahora una débil esperanza, después de habernos inmolado en el altar de lo especulativo. Quizás lo que Madrid pueda ofrecerte, más que ningún sitio, sea la posibilidad de incluirte en redes de personas que dan y que reciben. A lo mejor un abuelo huérfano de nietos te cambia una habitación de su casa por compañía nocturna y atención. A lo mejor ponerle inyecciones a alguien puede reportarte que otro te cuide el gato mientras te vas a trabajar a los cruceros. Hay bancos de tiempo, hay gente que cambia lo que le sobra de la olla de curry por una clase de español, o que te ofrece alojamiento en una granja a cambio de unas horas de trabajo. Yo creo que quedan posibilidades creativas en la mutua confianza. Y creo que el desánimo nunca rinde un buen interés.


martes, 29 de enero de 2013

Una enfermedad rara

 
Y a partir de yo no sé qué kilómetro, empiezo a notar algo. No uno de esos mareos, creo que psicosomáticos, que me acosaban de estudiante, cuando deshacía en autobús el camino que se supone que había escogido para convertirme en adulta. Entonces era ocupar un asiento junto al pasillo, oler el desodorante del vecino mezclado con el humo de la estación, y empezar ya con las arcadas, antes de haber llegado siquiera a Santa Fe. Sin embargo, algo de esa blandura previa al mareo sí que identifico, una falta de consistencia que en sí no es desagradable. Es sentir el cuerpo, y sus tiranteces, y su manojo de tres o cuatro posturas rígidas, en sordina. ¿Sentirán algo parecido los que se mueren sólo durante unos segundos?

Y es también una especie de somnolencia. Rara. Los párpados pesan, pero por debajo de ellos el mundo no amenaza con disolverse, como cuando te vas quedando dormido. Todo lo contrario: primero es la Sierra, que está redonda de tanta nieve, y azul como una sinfonía alemana. Y luego la felicidad hecha paisaje, a la altura del Valle de Lecrín, con sus olivos espigados, y entre ellos, los naranjos, y los almendros también nevados. Una de esas estampas que sirven de base para crear leyendas de nostálgicas princesas árabes. Todo lo que el ojo entrecerrado ve parece más nítido y vivo que nunca. Es como esa clarividencia propia de algunos sueños, y quizás por eso a los párpados les parece normal ir cayendo.

El que conduce a mi lado habla, y aunque no diga más que mira qué bonito, o ¿te acuerdas del viento que hacía la última vez que pasamos por aquí?, a mí me parece un prodigio de sentido. ¿Puedo hacer otro símil idiota? Ahora soy uno de esos personajes de cuento o mala película que, en el transcurso de una noche, es capaz de aprender el idioma de la tribu exótica que lo ha acogido en su peregrinaje. Miro a mi piloto, y menos mal que va concentrado en la carretera, porque si pudiera mantenerme la mirada durante algo más de tiempo, tal vez se llevase la impresión de que me estoy volviendo lerda. Y quizás es eso, o quizás sólo que estoy escuchándole como pocas veces antes. A lo mejor ni siquiera lo escuché así la primera vez que me dijo te quiero. Sé por qué pasa esto. Hay un silencio nuevo en mi cabeza, y las palabras ajenas rebotan dentro, por aquí, por allá, creando ecos y resonancias casi geológicas, como glaciares que se desgajan.

Es un poco exagerado, lo reconozco, y un poco cursi. Y supongo que hasta fastidiosa, la frecuencia con las que últimamente narro episodios de despertar. Pero es que vienen acompañados de un júbilo tan grande, que guardarlos para mí sola me parece usura. A lo mejor tú que me lees eres capaz de descifrar una orden entre líneas. Mira, mira, escucha, mira. El color de los nudillos del chico que ocupa el puesto de al lado, en el cíber. La forma irrepetible de la barra de pan de Alfacar que acabas de comprar. Las lentejuelas sobre la superficie del mar. La queja crujiente de la lata de tomate frito, cuando tiras de la anilla de su tapa. El polvo que una diligencia tan secreta como la de tus intestinos y tus válvulas cardíacas se encarga de depositar en la superficie de la tele. A lo mejor esa orden te sirve para anclarte en una realidad que a veces puede parecerte tan cansina como una frase hecha.

A mí me sirve. Las montañas exageradas de Granada empiezan a parecer China conforme nos acercamos a la costa. Son una violación, claro, todas esas líneas rectas de las terrazas para la agricultura, pero el sol brilla tanto sobre las hojas de los aguacates, que la transformación del paisaje original se reviste esta vez de una bondad de cosa antigua. Vamos llegando a Motril, y el fantasioso de mi olfato se empeña en oler a salado. Y ya estamos aquí, en la charca, apartando las eneas, acarreando en la suela de las botas, como abejas, nuestra ración de barro putrefacto. Los patos nadan sin asustarse de nosotros, y contemplándolos, las hembras sositas, el derroche de la cabeza verde de los machos, descubro por fin que es lo que me pasaba durante el viaje.

Que no necesito nada que no tenga ya.

domingo, 27 de enero de 2013

Oh, cielos, me gusta

 
¿He dicho alguna vez cuánto me gusta cocinar? ¿No? Me extraña, porque yo soy de natural desprendida respecto a mis entusiasmos. Entonces, no me repito si hoy cuento que cocinar me parece, cada vez más, un ejercicio de entrenamiento de mis valores más apreciados, ¿verdad? Eso fue lo que le dio tiempo a formular a mi mente esta mañana, en las cerca de dos horas que dediqué a elaborar un pan de pollo. La culinaria entendida como acto de moralidad (II. Cualidad de las acciones humanas que las hace buenas, por si a alguien le provoca sarpullidos la palabra). No importa cuánto tiempo le dedique, ni siquiera si los resultados no se ajustan a la expectativa inicial. Cocinar es una de esas actividades que me sacian por sí mismas, más allá de lo que obtenga de ellas, o de lo mucho o muchísimo que me guste comer. El trajín sartenero (oh, automatismo mental anticuado: sustituid “sartenero” por “thermomixero”) funciona como cantera de tiempo pleno. Eso significa que cuando estoy liada con ello, no me queda espacio para esas abusivas y cada vez menos frecuentes nostalgias mías por opciones alternativas. Pico, muelo, sofrío (o le doy órdenes a mi cacharro mágico para que lo haga por mí), y mientras tanto, en ningún momento pienso en lo que se está quedando por hacer. Mundos paralelos de lectura o paseo se desvanecen. Así que cocinar es para mí una manera virtuosa de estar. Y más: es un oportunidad para dar la mejor versión de mí misma.

Porque, para empezar, es un acto bendecido por la tangibilidad: se usan cosas para transformar unas cosas en otras cosas diferentes, mediante procesos hasta cierto punto comprensibles. Si me preguntan por qué se monta una clara de huevo, puedo barruntar la respuesta, algo que no ocurre ni por asomo si en cambio me preguntan por qué la voz de mi padre puede sonar en el aparato que guardo en el bolsillo del pantalón. Además, cocinar tiene una utilidad impepinable, y esa es una cualidad que no abunda en la lista de actividades que cuajan cualquiera de mis días. Sirve, vaya que sí, para mucho más que para ir tirando como organismo vivo. Cualquiera podría sobrevivir a base de latas de atún y zanahorias sin pelar. Pero cocinar con un poquito de cuidado te permite mantener una ilusión de control sobre tu propia salud. Por no hablar del masaje tailandés que le regala a las sufridas neuronas que manejan tus centros del placer.

Y es una acción de servicio. Yo a veces flaqueo, lo confieso, y me pregunto qué necesidad tengo yo de sudar sangre triturando pechugas de pollo (con queso parmesano, pan rallado, perejil, ajo y romero. Cocinillas) para luego darle forma (de brazo de gitano relleno de jamón y más queso) de nuevo, si podría poner las pechugas enteras a la plancha, y en el tiempo ahorrado, dejar que el relieve de la funda del sofá se me quedase impreso en las mejillas. Entonces preveo los ojos redondos con que mi comensal recibe cada plano poblado de monerías ricas, y preoigo su mmmm siguiente, y vuelvo a acordarme de que el esfuerzo merece la pena. Cocinar para otros es una veta gorda de bondad que ninguna religión ha tenido la delicadeza de incorporar a sus mandamientos. Pero que no se me interprete mal: yo no soy de esos seres tristes que consideran una pérdida de tiempo cocinar para uno mismo, a solas con su mando a distancia. Para nada. Cocinar para nadie más debe entenderse como un indicio del propio respeto, y como una exhibición jubilosa de autonomía. Haceros vuestras propias lentejas, muchachos; demostradle al mundo que vuestras capacidades mundanas van mucho más allá de calentar una lata en el microondas, o de escoger un tugurio con menús del día baratos. Agarrad la poca rienda que el destino os concede.

Por si fuera poco, la cocina refina las aptitudes con las que la genética o el desarrollo normal de tu asistencia a parvulitos te ha dotado. Pone a prueba y robustece tus destrezas manuales. Ejemplo: si no fuera por mis años de entrenamiento, nunca hubiera pensado que mis dedos apopléjicos podrían llegar a extender un engrudo de pollo en forma aproximadamente rectangular, y enrollarlo con la sola y exasperante ayuda de un trozo de plástico. Le da vitaminas a tu astucia. Ejemplo: que no tienes ni un cuscurro de pan duro, porque cierto zampabollos que vive en tu casa no le dejaría una miga ni a Jesucristo, si no fuera para que hiciera uno de sus truquitos, pues utilizas copos de avena, o tostadas de maíz pulverizadas, o almendra molida, o un mix de todo ello. Que piensas que se está desaprovechando el poder calorífico del vapor generado por tu salsa de champiñones, pues subes un piso más en lo que has dado en llamar “castellets culinarios”, y te cueces unos boniatos a la par. No hace falta estirar el concepto de creatividad hasta los límites de chufla tan en boga últimamente, para que la práctica de la cocina avive el ingenio.

Más: cocinar potencia tu poder de concentración. Mejora tu capacidad para llevar a cabo acciones sincronizadas, y eso es un consuelo, en un mundo en el que cuando tú quieres, no te quieren, o donde pasa tan a menudo que uno no es lo bastante maduro como para afrontar las situaciones que le tocan en su momento. Más todavía: sacia tus apetitos de aventura y riesgo, y si no que le pregunten al esmalte de uñas, cada vez que te enfrentas a ese artilugio de inquisidores llamado mandolina. Se aproxima bastante al arte, en su versión más contemporánea, y hasta a los mandalas elaborados en arena por los tibetanos, por ser sus resultados inevitablemente efímeros. Te mantiene los glúteos firmes, si los aprietas durante el proceso. Mejora tu tanteo en el partido contra el Alzheimer, según un investigador japonés. Te calienta el cuerpo (cocinar, no comer) en las frías mañanas de enero. Es un pilar básico de la socialización humana. Y crea felicidad en bruto. ¿Se puede decir más de cualquier otra actividad?

(Y si lo tengo tan claro, ¿por qué no he cambiado todavía uniforme verde por delantal?)

miércoles, 23 de enero de 2013

Cuando las palabras no sirven

 
Mi enfermero reniega con un movimiento de cabeza. Seguro que piensa que soy una derrochona de cuidados, y que no merezco que se preocupe por cerrar las cortinas, para que no me moleste la luz, o que me suba la mantita hasta la barbilla, si al momento la aparto y me lanzo al ordenador. Eso, pastillas no, pero pantallas sí. Muy bien. Luego no te quejes si te vuelve la epilepsia. Y es verdad que a veces me concentro tanto en el ordenador que casi estoy a punto de convulsionar, pero no te preocupes, mamá. Sólo es que ayer, después de tirarme un par de horas enfrascada en el absurdo diseño de carteles para mis diez mandamientos, me dio un pequeño ataque de migraña. Me puse a preparar la ensalada, y de repente, dejé de ver. Un síntoma que es maná para cualquier hipocondríaco que se respete a sí mismo. Vale, no me quedé ciega, pero francamente, para ver hilachas mucilaginosas de realidad, quién necesita ojos. Y me fui a la cama temprano. Hoy sólo me queda un dolor amortiguado en la sien. Como si la novia de alguien hubiera intentado arrancarme un manojo de pelo.

Y tiene razón, mi enfermero. Debería cerrar los ojos, y limitar mi actividad cerebral al repaso de canciones de Enrique y Ana. Pero ahí fuera hay una luz blanca y crujiente como tortita de arroz, y con suerte a lo mejor se pone a nevar. Hay momentos en los que reposar, simplemente, no es oportuno. Y, además, si cierro los ojos, pienso en ella, lo cual es perfectamente válido. Pero si pienso en ella, pasa que la boca se me llena de torpes palabras dichas, y de las turbadas palabras por decir, y tengo que ponerme a escribir para que no se me piquen las muelas.

Ella, en esta habitación, es un poco abstracta. No la he visto nunca, no sé nada de su historia personal. No sé cómo es su cara, ni su tono de voz, ni si es dicharachera o reservada. Ella es uno de los tantos fragmentos densos de intimidad cuyo simple inventario me marea. Y, sin embargo, todavía guardo en la mochila del trabajo un papelito en el que anotó la dirección de una dermatóloga que le fue bien a ella. Todavía puedo acordarme de que su ejemplo me sirvió para rebatir una de las reticencias que tenía cuando me apunté a la piscina el año pasado. Entonces su hijo me contó que ella, con problemas de piel parecidos a los míos, se sumergía en agua clorada sin más problema, y yo me animé con un “qué demonios”. Y, ahora, no puedo dejar de pensar en si ella estará mirando por la ventana de su casa, igual que yo, aguardando la nieve con una congoja que a mí, pese a las prácticas de empatía, me resulta impenetrable. Quizás decida darle la espalda a la visión de la calle, y distraerse con una revista. Quizás se encuentre ya lo bastante fuerte, después de esta semana de diagnóstico, como para conjurar el pensamiento parásito de que, si nieva, a lo mejor es la última vez para ella.

Ella es la madre de alguien a quien conozco, y eso, en el canal privado de televisión que se emite en mi cabeza, la reduce a puro concepto. Pero me gustaría tanto hacer algo por ella y por su familia. Preguntar cuáles son sus comidas favoritas. Prepararle una buena tarta con nueces y fruta, y llevársela todavía caliente a su hijo. Estrecharle la mano y felicitarla por haber sabido criar a un hijo bueno y amoroso. Me gustaría ser capaz de redimirme con gestos de la ineptitud con que los sanos nos enfrentamos a la enfermedad ajena. Ayer tenía que encontrarme con ese hijo en la oficina, por primera vez desde que nos enteramos de la noticia. Y casi me alivió que fueran pasando los minutos a partir de las ocho de la mañana, y que él no apareciera por la puerta, porque sentía una inquietud parecida a la que precede a un examen de conducir. Me daba la impresión de que no me sabía ni la décima parte de ese temario. Preguntar por la situación. Hacer equilibrios entre un interés verdadero y el riesgo a parecer una intrusa; entre dar ánimos y el respeto a la magnitud de la situación. Quería ser a la vez empática y delicada. Quería ser lo bastante elocuente como para que cualquier ofrecimiento de apoyo no resultara una educada conveniencia. Y a la vez tenía que pronunciar ciertas palabras tan inútiles y postizas que, aunque fueran lo que había que decir, iban a sonarme inevitablemente a impertinencias.

Porque ¿qué se puede decir que sea humanamente tolerable? ¿Que no resulte vacío y mecánico, como el fraseo de la enlatada atención al cliente de una compañía telefónica? ¿Cómo se atreve uno a pronunciar siquiera las palabras “mucho ánimo”, si al cabo de media hora usará la misma voz para pedir un café con leche desnatada, en taza, mientras el otro se vuelve al hospital, o a una casa donde exactamente todos los gestos cotidianos han tenido que ser redimensionados? Uno habla, y se da cuenta de que sus palabras carecen por completo de eficacia. Son tan diplomáticas y programadas como el feliz año de hace veinte días. ¿Qué se puede hacer, cuando el lenguaje queda impugnado de esa manera? Qué nos queda, si respecto a las emociones básicas no hemos aprendido más a parlotear.

lunes, 21 de enero de 2013

Poder pegar

¿Cómo pasa? La realidad es demasiado inabarcable como para que nos quepa sin abreviaturas en el cerebro, y entonces, ¿cómo suceden de repente esos paralelismos? ¿Cómo es posible que tú digas “parece cosa de magia”, justo en el momento en que yo leo en una revista la palabra magia? ¿Cómo puede ser que el timbre del teléfono interrumpa un recuerdo tuyo, y que resulte que quien llama eres tú, precisamente? ¿Cómo es posible, si dos personas son países con idiomas a veces intraducibles, que un mismo día esas dos personas, cada una dentro de sus fronteras, escriban frases casi gemelas? ¿Por qué este libro del que no quise leer la contraportada me ofrece exactamente lo que yo necesitaba escuchar? Porque pasa eso cuando unas palabras ajenas logran disolver por completo tu entorno, y tu nombre y tu historia: que uno deja de llevar a cabo el acto más o menos comprensible de leer, y de repente, está escuchando. Una especie de milagro.

Ni siquiera sé cómo he podido sustraerme yo a esa voz que me tenía enganchada hace un rato. He tenido que hacer las camas y pasarme un rato en la cocina, antes de atreverme a silabear, torpe, por contraste, como un bebé antes de pronunciar mamá. En serio, cómo pasa. ¿Eliges por intuición un libro, o son ellos los que se hacen los inocentes, cuando pasas a su lado en la biblioteca, en la librería, y casi se dejan caer en tus manos? Y a veces siguen haciéndose los tontos a lo largo de unas cuantas páginas, hasta que deciden que ha llegado el momento de dejarse de medianías. De intermediarios. Vale, es verdad que los personajes están vivos, tanto o más que ese albañil que ahí afuera remienda un muro con bloques prefabricados. Pero eso que lees, que escuchas, ya no es una historia. De repente esa suspensión de la realidad personal que se supone que caracteriza a la buena literatura te importa una mierda. No quieres pasar la página para saber lo que está a punto de ocurrirle a esa pobre gente. Lo que quieres es saber qué va a pasar contigo. La lectura se ha convertido en un asunto puramente personal, algo que sólo te atañe a ti, con tu nombre propio esta vez, con tu historia, y al autor. Es como en La rosa púrpura del Cairo. Te están llamando. Te reclaman. Pero te da aprensión acercarte, porque algo te dice que el autor se está preparando para arrearte un puñetazo. Efectivamente. En el estómago, en tu comodidad de sofá mullido y comida rica y sana. En tu conciencia. Una lluvia de puñetazos que, misteriosamente, no quieres evitar. Esta vez no. Soportas los golpes, porque así es a veces la pasión, hasta que a ti mismo te dan ganas de golpear. Y por eso es por lo que te apartas, coges aire, y después enciendes el ordenador. Te han dado ganas de dar una paliza, de pagarla con alguien.

Y por eso, hoy me gustaría especialmente que este fuera uno de esos blogs populares a los que unos cuantos miles acuden a diario como a una misa de negros americanos. No por una cuestión de ego, claro. Últimamente estoy aprendiendo que esto que escribo y publico funciona más como una herramienta de control de mi ego que como un reforzamiento. No, no se trataba de eso (aunque “eso” sea una especie de humedad ambiental que lo acartona todo). Hoy quisiera ser un catalizador. Quisiera poder decir “cómo que no, cómo no va a ver otra alternativa. Que somos los reyes de la creación, colegas. Que hemos inventado el cepillo de dientes eléctrico y el cubo de Rubik”. Decirlo y que se me escuchara, igual que yo he escuchado a la Shriver decir que el niño obediente sólo alimentaba inercia y descontento. Quisiera que unos miles respondieran “eso, eso, por qué”, cuando yo escribiera que por qué tiene que ser la Otra Vida un amor inevitable e imposible, por usar la expresión exquisita de Autoayudado.

Quisiera contaros que ayer, en uno de esos misteriosos paralelismos de los que hablaba al principio, Jose me propuso ver Sicko, un documental de Michael Moore sobre el despropósito macabro de los seguros médicos en Estados Unidos. Resulta que ese es, precisamente, uno de los temas principales del libro que estoy leyendo. Y que, cuando acabó, volví a pensar que de qué me sirve a mí informarme y pasar un mal rato de descorazonamiento y rabia, si luego voy a pasar página, y a prepararme la cena con mi abejamayismo habitual. De qué me sirven los puñetazos que recibo, si no tengo unos brazos lo bastante largos como para propagarlos, si haga lo que haga, sigo siendo uno más de esa masa de individuos que sostienen y dan sentido a una filosofía y unas prácticas inhumanas.

Ejercer este tipo de liderazgo raro que son las palabras sería hoy tan bueno. Poder infectaros con frases que a mí ya me han subido la fiebre (Nada de lo que le habían enseñado en la escuela le había proporcionado la más mínima competencia sobre las fuerzas que controlaban su vida). Poder ofrecer la materialidad de mis manos y de mis capacidades. Tirar una primera piedra de cooperativismo. Aprender cómo funcionan las cosas y sudar un poco para arreglarlas (aunque el concepto mismo de reparación se había vuelto arcano; mucho más probable era comprarse otra máquina que trabajaba mágicamente y que luego, mágicamente también, dejaba de funcionar) Preguntar “qué puedo hacer realmente por vosotros”, y que me contestarais. Y que el eco de esa pregunta lograra generar un alud.

sábado, 19 de enero de 2013

De lutos e hidalguías

 
Hoy, cosa rara, no quiero mirar por la ventana. Enfrente de mi balcón, el bloque de cemento más próximo está como a quinientos metros, y esa abundancia de espacio libre de imantaciones perversas es una de las razones por las que le tengo apego a este piso pequeñito. A veces, cuando hago un parón en medio de mi actividad hogareña, en lugar de soltar un aparatoso suspiro, miro por la ventana. Casi siempre hay sol, y alguna vez he imaginado que alguien me observa de espaldas, y ve una especie de cerco dorado y puntillista ciñendo mi silueta, como en una de esas películas de historia mínima e imágenes de una intimidad absorbente. Otras veces, en cambio, he dejado que el color rosa de Sierra Nevada, a última hora de la tarde, vuelva a pillarme de nuevas, como si hubiera nacido ayer, o por lo menos, como si sólo ayer me hubiera mudado a Granada. Miro por mi ventana, saludo a mis árboles, y bendigo las casitas blancas y anacrónicas del Barranco del Abogado. Ya he dicho esto muchas veces antes.

Hoy los cipreses, normalmente tan dandis, tan circunspectos, están desmelenados. El viento se está cebando con ellos, y los muy masoquistas disfrutan, y bailan como si fueran un macizo de algas. El pobrecito naranjo, que tiene ese aspecto de deprimido olvidado de la cuchilla de afeitar, propio de los frutales mal podados, aguanta con el resto de estoicismo que queda en este solar de un cuartel que fue demolido hace años. Se mueven un poquito sus hojas superficiales, marrones y onduladas como las puntas tostadas de un huevo frito, pero el resto permanece firme. Y el olmo...El olmo no se mueve, y es por eso por lo que no quiero asomarme esta tarde a esa parcela diminuta de mundo que hasta ayer yo controlaba. El olmo, mi olmo, no se mueve, por la sencilla razón de que lo han arrancado. Vinieron con una retroexcavadora, y aprovechando su lapsus invernal, lo fueron desmembrando, rama tras rama desnuda. Fue como presenciar una ejecución. Muda, y por tanto, el doble de terrible. Había un ser vivo que cumplía unos cuantos milagros confidenciales. Tomaba un aire acosado por humos de motor, y lo depuraba. Sabía convertir lo inorgánico en orgánico, algo que deja lo de los panes y los peces al nivel de truco de aficionados. Era mi reloj de las estaciones, y ahora sólo es un muñón deshilachado.

Ya no volveré a ver mi ventana amarillea,  o estallar en verde

Como me resisto todavía a no verlo ahí enfrente, acudo de nuevo al libro. Hoy tengo que usar un pulmón alternativo, consolarme con los recursos que mi propia mano ha ido amontonando en este espacio. Cierro los postigos como si fueran párpados. Y sigo leyendo aquel libro del que os hablé hace un par de post, el de Lionel Shriver. Cuenta la historia de un hombre que se ha pasado media vida trabajando como un negro, haciendo cálculos y ahorrando, con el propósito de construirse Otra Vida más libre y relajada en un país donde el valor de sus dólares se multiplique. Y cuando ya está dispuesto a cumplir su meta, cuando ya ha comprado los billetes de avión hacia una isla africana, los compromisos funestos de Esta Vida se conjuran para abortar su plan de evasión.

Cada vez que me topo en la página con esa frase, la Otra Vida, siento un ligero pinchazo de incumplimiento. No porque se me aparezca como un espejo donde puedo ver el reflejo de la insatisfacción, que a lo mejor también, sino porque hace tiempo que llevo posponiendo la idea de escribir sobre un lugar llamado Ancadeira. Son unos cuantos esqueletos de cabañas a medio engullir por la voracidad del bosque asturiano. Cuesta imaginar una vida allí, adonde no llega más medio de transporte que el pie o la pezuña, y donde crece tal densidad de verde que parece que en cualquier momento vas a quedar embrujado. Y sin embargo, el sitio estuvo habitado hasta hace cuarenta años. Siguiendo la ruta de senderismo que descubre los restos de Ancadeira, puedes encontrarte un cartel que explica cómo casi todos los habitantes de aquellos lugares pertenecían a la nobleza, porque “una disposición real otorgaba el título de hidalgo a todo aquellos habitantes que fueran autosuficientes, o lo que es lo mismo, aquellos que no necesitaran trabajar para nadie, ni que necesitasen comerciar con nadie”. Desde que leí aquel cartel, Ancadeira es el nombre que le doy al lugar donde, sin mucho afán, sueño una suave utopía de autosuficiencia. Porque sí, lo confieso, yo también soy de esas personas patéticas que hacen eso: soñar estérilmente con una vida donde uno no es una pieza prescindible de un sistema que no entiende; donde nadie toma decisiones vitales que atañen a cada cual, sin pedirle su consentimiento. Un lugar donde las personas se prestan servicios directos entre sí, sin que una maraña de intermediarios sospechosos se interponga entre el que da y el que recibe. Donde si hay un enfermo, haya un médico; y si hay niños, haya quien les enseñe a valerse según las normas del respeto y de la propia independencia; y si hay estómagos, haya quien los llene con el trabajo de sus manos. Y si hay árboles, no haya necesidad de arrancarlos para ocupar su hueco con cemento. Un lugar donde las extensiones sutiles de la vida de cada uno se entrelacen con la de los demás sin menoscabo. Donde uno puede ser el custodio del árbol que crece detrás de su ventana.

Se llama la Otra Vida, y formularla siquiera suena a ñoñería. Como que te afecte un tocón herido cualquiera de Esta Vida.

El camino a la Otra Vida (AEC, está al ladito de tu Otro Lugar!)


jueves, 17 de enero de 2013

Mis básicos lisboetas (II)


4. Moverse:
 
Lisboa es una ciudad ubicada en el planeta Tierra, y como tal, padece de esa enfermedad degenerativa que es el tráfico rodado. Coches hay muchos, y sus conductores deberían ser tratados con diazepán. Pero también hay otras maneras de moverse que, si te mola lo retro, van a conseguir que te prendes todavía más de este paisaje urbano mestizo y embaucador. Están los archifamosos tranvías amarillos, que con su tintineo infantil te hacen creer que te has colado en un montaje para tren de juguete. A nadie le importa, pero a mí la red aérea de cableado y catenarias me conmueve, la verdad. Es como contemplar in vivo el sistema linfático de Lisboa. Es mi obligación, como guía turística de pacotilla, recomendar la línea 28, que funciona para llevar viejecitas achacosas a sus casas encaramadas en los acantilados de Alfama y Castelo, pero también como tranvía panorámico (leed esto antes). Y están también los tres elevadores, que permiten que te tragues el nudo de saliva que provocan ciertas cuestas, o esa chifladura de encaje metálico que es el elevador de Santa Justa, que a mí me hace pensar siempre en la ciudad de Gotham. Y está el pie, claro, homenajeado con esos mosaicos de cubos blancos y negros que son como una de las huellas digitales de Portugal.

Tin, tin, tin

 5. Deambular:

Muy bonitos, muy pintorescos, ideales para hacer una foto de grupo y colgarla en Facebook pero, por favor, hacedme caso: andad. Subid otra cuesta más (venga, a deshacer todos esos pasteis, leones marinos), bajad por allá, perdeos. Coleccionad escadinhas, imaginad amores de verano sobre ellas, compadeced a las abuelitas que las bajan en puntos suspensivos, con una mano en la barandilla y la otra sujetando la cesta llena de patatas y hojas de nabo. Adivinad quién vive en las casas y a qué dedican su tiempo, mediante el estudio de la ropa tendida. Agradeced que en la capital de un país europeo queden todavía tiendas diminutas de ultramarinos. Fabricad un muestrario de las preciosas fachadas de azulejos, que le dan un brillo como de mar soleado a la ciudad.


 6. Descansar:

Y luego posad vuestros huesos castigados en el banco de una plaza. Aparecen entre el laberinto callejero como si fueran oasis, y te atraen igual, aunque detrás de ti no lleves una caravana de camellos. Son paréntesis de sombra y juego, con viejos que le dan al dominó tan serios, que parecen como si se estuvieran apostando el destino de las naciones, y niños kamikazes sobre sus bicicletas. Madres que se masajean los riñones mientras suspiran por que el tiempo pase rápido, y sus críos se enganchen a la aventura de andar sobre sus propias piernas. Gente que lee, gente que enseña a gente a leer, niños de guardería siguiendo a sus maestras como una fila de patitos, gente que se para y, simplemente, respira. Buscad la Praça do Principe Real (flipad con el ciprés tamaño caseta municipal); el Jardim da Estrela, tan cursi como un merengue de fresa, tan ajeno al nuevo e higiénico diseño urbano; y el Largo do Carmo, que tiene el esqueleto de un convento, y unos soldados muy emperifollados, plantados en la puerta de un cuartel requeteimportante para la historia del país, y un encanto tropical de jacarandas, brutal.

7. Cotillear:

Claro que también podéis tomaros una cervecita en alguna terraza, espiando de paso a los lisboetas. En el Largo das Portas do Sol, arriba en Alfama, uno se puede quedar mirando el río hasta que se le queman los cristalinos, borracho de tejados. A veces suenan en directo ritmos brasileños, africanos, y los guiris se desmelenan bailando. El Largo de São Domingos, junto al Rossio, es el lugar perfecto para apostarse a acechar a los negros. Ellos esperan en los semáforos, corren para agarrar el autobús, hablan por el móvil, empujan carritos de niños-juguete, llevan dos bolsas del Pingo Doce en cada mano. Los negros no te ofrecen Cd's pirata ni bolsos de mentirijilla, no salen pitando con un petate al hombro cuando la pasma asoma por la esquina. No tienen más cansancio en la mirada que tú o que yo. Y, sin embargo, les gusta todavía reunirse, ellos solos, juntos, en un rincón de esa plaza que os digo, por la mañana, por la tarde, con pantalones, con largas túnicas estampadas, hasta que el gran pino que hay frente al palacio rojo se transforma en un baobab. Siempre me he quedado con las ganas de acercarme lo bastante como para saber si hacen tratos, si los corrillos funcionan como oficiosas agencias de colocación o inmobiliarias, si venden dudosas mercancías vegetales no registradas por sistema administrativo alguno, si entre ellos hablan en portugués o en algún abigarrado dialecto africano. Desde donde siempre los he mirado, los negros esperan, simplemente.

8. Abarcar:

Y admirar. Es en los miradores donde se comprende la anatomía de la ciudad, donde percibes que lo que hace la luz con esta ciudad es casi pornográfico. Graça, São Pedro de Alcântara, Santa Luzia, Santa Catarina...Imposible cansarse de mirar las piececitas de ese Lego, las motas de color, los árboles que parecen ovillos un poco desmadejados. Los miradores tienen el mismo efecto que esa frase con chispa, esa sonrisa definitiva, ese hoyuelo que te informa educadamente de que te acabas de enamorar de alguien.


miércoles, 16 de enero de 2013

Mis básicos lisboetas (I)


Me pregunta mi prima MJ (eh, me encanta empezar así, en plan consultorio sentimental) si podría hacerle el favor de preparar una lista sobre lugares donde comer y beber bien y barato en Lisboa, porque la muy funcionaria ha decidido que enero de 2013 es muy buena fecha para coleccionar ciudades portuguesas: no contenta con huir a Oporto con las uvas todavía en la garganta, pues hete aquí que, antes de que llegue febrero, se nos marcha a Lisboa. Y yo digo “aaay” (que significa: celos y envidia). Y también “bueeee”(que significa: mujer, mejor id en primavera, que el clima es muy voluble por esa parte del planeta). Y luego “yupiii” (que significa: por fin, una excusa para hablar de mi ciudad favorita). Para acabar con un “glup”, porque cualquiera que me conozca un poco sabrá que nunca me podría ganar la vida como guía turístico. A quien no me conozca debo confesarle que yo suelo permitir que las ciudades me engullan a su antojo. Soy bastante facilona, a ese respecto. Me lío a andar, andar, y cuando tengo hambre, paro, y luego sigo andando, andando, y me siento en una plaza, y sigo andando, y cuando mi castigado organismo dice que ya está bien de tanto andar, me marcho adonde tenga fonda. Primera consecuencia: a la hora que algunos seres humanos dedican a trasegar bebidas de alta graduación, yo estoy ya en el segundo sueño, así que no, no puedo hacer una lista de bares, qué lugares. Y segunda consecuencia: que de tanto andar, y tan poco mirar planos, mi visión sistemática de la realidad flaquea, y ya no sé decir si la tasca donde hacían aquella tarta de galletas tan buena está más arriba o más abajo, en este barrio o en aquel. Sumado a que no tengo memoria, y a que no soy una de esos turistas que se toman su trabajo en serio, resulta que, si me preguntas si en Lisboa se come bien y barato, te responderé que sí, y si después preguntas dónde, me encogeré de hombros hasta que se me junten con las orejas.


Pero si mi prima me pide una lista, yo le hago una lista, porque soy amor en rama. Si al final resulta que no le saca provecho, pues bien merecido se lo tendrá, por acudir a mí en lugar de a Tripadvisor
 
1. Llegar:

Alguien dijo que la mejor manera de llegar a Lisboa es en barco. Ojalá pudiera confirmarlo. Mi primera vista de la ciudad siempre ha sido desde ese prodigioso, escandaloso, presumido, copión puente rojo llamado 25 de Abril. Atravesarlo es una especie de rito iniciático: te armas de paciencia en las colas del peaje; intentas no pronunciar en voz alta la queja “pero ¿cómo? ¿es que hay que aflojar para entrar a este sitio?”, para no parecer cateto; te apabulla esa peligrosa manada de ñus que son los portugueses al volante; te colocas en el carril de la derecha, echando de menos una estampita de San Cristóbal; y, de repente, ya estás rodando por el puente, más bien asustado por el ruido que las ruedas hacen sobre sus tripas metálicas. Entonces es cuando miras a tu derecha, y te enamoras de esa conchita clara y con tejados rojos que está aparcada junto a un río que no te puedes creer que sea tal. En ese momento, cuando las exigencias del tráfico te empujan hacia adelante, e impiden que te des un atracón de vistas, es cuando echas de menos no haber llegado en barco, acercándote lentamente, seduciendo a la ciudad, acostumbrándote. Así que te cuento un secretillo: si dispones de tiempo, puedes coger un barco hacia la orilla contraria, en el muelle de Cais do Sodré, igual que hacen muchos trabajadores de la periferia que tienen su puesto laboral en la capital. Luego te tomas un café en un bar que hay por ahí, junto al agua, y calculas para volverte a la hora en que Lisboa empieza a ponerse colorada. Que no te dé vergüenza si te parece que la ciudad te está empezando a corresponder, y que se pone tontorrona cuando te ve acercarte por el agua.

2. Comer:

¿Comer bien y barato en Lisboa? Te respondo con otra pregunta: ¿se come bien y barato en la casa de tu abuela?. Porque esta ciudad es como una de esas viejas de pueblo que aprendieron cinco o seis guisos al poco de casarse, y que, ya de viudas, siguen cocinando exactamente el mismo estofado, el mismo puchero. En Lisboa hay un número de tascas que es digno de estudio, todas con sus manteles de papel, sus pocos platos de carne y de pescado, su menú pinchado en un trozo de papel junto a la puerta, escrito a mano, su ramillete de clientes de todos los días, jubilados, trabajadores de las tiendas cercanas, estudiantes. Una se pregunta si es que en las casas lisboetas no hay hornillas. Si buscas sofisticación, pide consejo en la oficina de turismo. Si prefieres llenarte la panza por poco dinero, y jugar a que vives en la ciudad, y que eres uno más de esos parroquianos que cenan hipnotizados con un partido del Benfica y que, después del postre, se toman el café, sí o sí, de un trago, entonces, Dorothy, sigue el camino de los manteles de papel. Recomendar uno entre miles cuesta, pero yo volvería siempre a A merendinha do arco (Rua dos Sapateiros, saliendo de la plaza del Rossio, y enfrente de un lugar muy especial...) Esos azulejos como de cocinilla de huerta, ese lavabo ahí, junto a la misma puerta de entrada, esos bancos corridos, esos bigotes amarillos, esos corrillos de sesentones sin mujer, esos peroles de hojalata que te traen enteritos para ti...Claro que también puedes probar un buffet vegetariano como el Jardim das cerejas (Calçada Sacramento), o ese otro buffet un poco más caro, pero más exótico que ofrecen en el restaurante del preciosérrimo Museo do Oriente. Otro secreto para tentempiés improvisados: un bocata de cochinillo (sandes de leitão), sentado en cualquier plaza.

Te sientas al lado de estos zagales y es que se te enfría la comida

 3. Pecar:

No es un secreto: los portugueses son unos galgos. Les gusta más el azúcar que a las hormigas. En la célebre Antiga Confeitaria de Belem, las colas de viciosos esperando turno para llevarse un paquete de pasteis son todavía más largas que las del paro. Y tiene sentido: si a mí me colocas un rastro hacia un pozo de esos manjarcitos recién hechos, todavía calientes, con esa crema tan suave que debe de ser pecado, y ese olor a canela, yo me tiro de cabeza. Muchos turistas se llevan paquetes con la intención de regalarlos, pero yo no lo recomiendo: fríos y fuera de contexto pierden todo su poder erógeno. Es así. Y si no quieres perder la juventud en una cola, siempre puedes merendar en cualquiera de las muchas pastelerías agradables de la ciudad. En ellas parece que en cualquier momento va a presentarse un par de señoras estiradas y con corsé. A mí la Suiza del Rossio me encanta. Disfruto mucho viendo desayunar a esa gente: se piden un café en taza minúscula, solo, y en cero coma tres minutos se lo echan al coleto, se comen un pastel en dos bocados, y se largan zumbando.

"Este tipito tenía yo antes de entrar aquí y comerme quince pasteis de nata", parece decir el muñeco.

(Y con este dulce sabor de boca, lo dejamos, hasta mañana)

lunes, 14 de enero de 2013

Lunes de confianza

 
No es tan difícil, en realidad. No hay necesidad de arrimarse al ordenador armando un drama. A veces basta con elegir una palabra, y con mascarla hasta que se quede sin sabor. Si eso es posible. Porque a veces también pasa que las palabras se van haciendo más y más raras, conforme las vas pensando. Repites “libro”, “libro”, “libro”, “cariño”, “cariño”, y llega un momento en que “libro” podría ser la manera que tienen de llamar en el Tíbet a la mierda de yak. 

Hay días de gracia en los que todo lo que entra por tus sentidos apenas si encuentra correlato con lo que guarda tu memoria. La realidad humana te parece una cosa exótica, y entonces es cuando tú y el Tarzán recién arrancado de la selva parecéis la misma persona. Ves como un milagro la inteligencia de las farolas, que se encienden solitas cuando la luz del día flaquea. Una madre paseando a un hijo con parálisis cerebral, que debe de andar ya por la cuarentena, y que grita, grita, como si lo estuvieran despellejando, y a lo mejor sólo intenta decir “mira qué cielo malva tan bonito”, porque su madre arrastra el carrito con una sonrisa tan plácida que cómo no va a resultar extraña. Algunas motos berrean como ciervos en celo. El silencio de los árboles, en cambio. Toda esa gente que anda cargada con bolsas por las calles del centro, y que estará muerta antes de que las mismas bolsas se desintegren en el suelo de un vertedero. Toda esa gente que da por sentado que “libro” es un objeto paralelepípedo compuesto habitualmente por un puñado de hojas de papel cosidas, donde los fuegos artificiales del lenguaje estallan de manera salvajemente callada.

Yo elijo hoy la palabra confianza, con la esperanza de poder estirarla una vez, otra vez, mil veces, sin que llegue a parecer insípida. No hace mucho que aprendí que no es necesario tener una potente confianza en ti mismo para actuar con eficacia en las parcelas de la vida que de verdad te interesan. Pero cuando te das cuenta de que la confianza está ahí, y de que al menos hoy va a quedarse a pasar lo que queda de día contigo, entonces llegas a la conclusión de que ni siquiera es preciso que inicies esa acción que tan vital parecía hace un rato.

Puede pasar en cualquier momento, porque la confianza es de natural imprevisible. Puede que estés esperando a que te den el cambio en el Corte Inglés. O que lleves más de una hora pelando almendras crudas, disuelta en tu tarea como un yogui entonando el om. Puede que estés llevando a cabo otra de esas obtusas faenas de un trabajo que hasta hace un momento te parecía un insulto a la esencia humana. O a punto de quedarte dormida en el sofá. Entonces pasa. Sin avisar. Es una criatura tan tímida como las mitocondrias celulares, la confianza. Llega, y todos los huecos que observabas en tu vida de pronto se colman. Pero no te vuelves maciza, no. Te vuelves fluida, como si obedecieras la orden de ese anuncio en el que salía Bruce Lee. Simplemente, te adaptas a la configuración del instante. Estás caminando. Bien. Estás doblando la ropa. Bien. Estás recordando un viejo amor que te hizo daño. Bien. Estás escribiendo. Bien. No estás escribiendo. También. Estás sola. Bien. Estás cerca de alguien. Mejor todavía. No importa lo que estés haciendo, porque la confianza te sostiene, y te recuerda que sólo necesitas estar. Como sea. Donde sea. Seas lo que seas. Estás.

Por un momento se suspenden los planes. Ya no tienes historia ni trayectoria. No tienes atributos ni nombre propio. No tienes una manera única de ser y de responder a los estímulos. La afirmación reemplaza a la interrogación murmurante. Los juicios, como corresponde, se demoran. La exigencia pierde sentido. Los “debería”, los “sí, pero...”. Sí, pero nada. No hay otra opción mejor, cuando simplemente estás. Lo que antes parecía una condición ineludible para vivir con sentido, abre esa mano que se apoyaba sobre tu hombro, o que te apretaba la garganta.

Y entonces es como si todo conspirara. Le das una oportunidad al libro que hasta ahora no te terminaba de enganchar (*). Así es como conoces a ese personaje que ya no puede posponer más su proyecto de Otra Vida más digna y autónoma que la que lleva, porque abandonar y “tirar la toalla sería como morir”. Y también a ese otro que, secamente, le replica: “Creo que descubrirás que en absoluto es como morir. No hay nada que sea como morir. Usamos la muerte como una metáfora para decir otra cosa. Algo más insignificante y más tonto y mucho más soportable”. Y a ti te parece que lo que acabas de leer rima perfectamente con ese momento tuyo de confianza que convierte cualquier cosa en tolerable. Más tarde, decides escribirte a ti misma, escribir lo que ahora mismo te gustaría encontrar en un libro. Pasa un rato a la vez efímero y larguísimo. Hasta que levantas la vista del ordenador, y sorprendes a alguien que te está mirando y te dice “pero qué bien estamos”.


(*): El libro al que respeto desde esta tarde es Todo esto para qué, de Lionel Shriver.

sábado, 12 de enero de 2013

Indiscreción

Salimos estos días, y nos escandalizamos por el estado lamentable de las calles. No son sólo las montañas de basura alrededor de los contenedores, que están logrando el milagro de que los frioleros bendigamos, por una vez, el efecto criogénico del enero en Granada. También están los papelotes sucios, acosando la pulcritud irreal del Corte Inglés; las mierdas de perro restregadas por las aceras, tan grandes que parecen de brontosaurio; las hojas secas que han dejado de recogerse; los ectoplasmas sobre el asfalto (¿meadas? ¿vómitos de Don Simón?); las papeleras vomitando cajas sucias de pizza, bandejitas de napolitanas saladas del Mercadona, botellas de cocacola con un culo de líquido viscoso. Y vemos a turistas con cámaras de fotos colgadas al cuello, con el smartphone abultando en un bolsillo trasero de los pantalones, y nos preguntamos cuánto tardará en aparecer en Facebook alguna foto indiscreta sobre nuestras suciedades, o qué cara entre desilusionada y condescendiente se nos pondría a nosotros si hubiéramos recorrido más dos mil kilómetros para toparnos con una ciudad tan guarra descuidada como esta. ¿Pensaríamos en una huelga episódica, o nos pondríamos a hacer, automáticamente, sociología de baratillo? ¿Diríamos algo así como estos italianos, lo guarretes que son, eh...La mafia, ya se sabe...? ¿O huyhuyhuy, los moritos...Y pensar que nos están llenando el mercado de tomates. Sabe dios lo que comeremos?


Granada llena de color

Y a pesar de tantos melindres, ¿a quién no le gustaría rebuscar en la mierda ajena? Lo he visto ya varias veces, desde que la basura empezó a acumularse. No a los pobres carroñeros profesionales, a esos que se acercan a los contenedores, carrillo en mano, en busca de materia prima, sino a gente como tú y como yo, que se lava las manos más de cinco veces al día. He visto a un abuelo estudiar un bidón vacío de aceite para bares, haciéndolo rodar un poco con su bastón, mientras le comentaba al hijo lo bien que le vendría como bebedero para las gallinas. He visto a una señora muy bien cardada a la que por poco se le rompe el cuello de pavo, de tanto mirar, sin pararse, una bolsa despanzurrada por la que asomaba un potosí de palmeras de chocolate. Y yo, bueno. La comunidad de mi piso nos hace la inmensa gracia de recoger las bolsas de basura que dejamos en la puerta, como si la generación de mierda no fuera con nosotros, realmente. Y más de una vez he estado tentada de echar una ojeadita a la cara oculta de la rutina de mis vecinos.

Porque no revelo el evangelio si digo que la basura es lo más parecido que cada uno puede tener a un biógrafo. Nuestra porquería dice más que una entrevista de trabajo, que los cuatro detalles gruesos que soltamos cuando nos presentan a alguien, que lo que decimos en las cenas de empresa, casi más que lo que revela un análisis de sangre. La basura es una huella de nuestra intimidad, de aquello que sólo compartimos con los que viven en nuestra casa y llenan el mismo cubo. ¿Cómo no sentirse atraído por ella? Ah, si yo pudiera husmear en la basura de mi vecina de la derecha, la que tiene la tele puesta a todo volumen de nueve de la mañana a una de la madrugada, la que nunca jamás, nunca, abre los postigos de sus ventanas. Si pudiera comprobar que lo único que come en su casa, porque la comida del mediodía la hace fuera, son magdalenas La Bella Easo, paquetes sin cuento de Cheetos, y pan de molde con paté, para la cena. Si encontrara botellitas de whisky, tamaño minibar, camufladas en las latas de tomate de la vecina de la izquierda, que me explicaran esa cara suya siempre tensa, siempre recelosa, a pesar de los buenos días, y de la diligencia que muestra para los asuntos de la comunidad.

Y si saliera esta noche, aprovechando el frío mata-peste, y ratoneara alrededor de los contenedores, ¿qué historias me encontraría? Una bolsa que tuviera manojos de dos tipos de pelo me hablaría, quizás, de una pareja de viejos que se cortan el pelo en casa, siempre los dos el mismo día, siempre el uno al otro, para ahorrarse unos euros de la pensión, como una enésima ceremonia de su larga vida privada.
O un ramo de rosas frescas, todavía con la tarjeta, y en ella, “Debo de ser muy bueno, para que Dios me premie con la mujer de mi vida en el trabajo de mi vida”. Y en la misma bolsa, un bote gastado de espuma de afeitar.
Un blíster de anticonceptivos con cuatro, seis píldoras dentro, correspondientes a días salteados. Ningún condón usado. Un olor inconfundible a tongo íntimo. A novio engañado.
Una lata vacía de fabada, un culo de salchichón con cuerda, y un montón de trozos de fotos del mismo niño, me obligarían a imaginar a un desconsolado divorciado al que acaban de dejar sin hijo.
Un montón de mantillo viejo de jardinera, con unos claveles secos, y entre ellos, colillas de cigarros plantadas como champiñones. Una bolsa llena de tabletas de chocolate mordisqueadas, de cajas de Donettes, de envases de helado. Todo ello me susurraría propósitos para el nuevo año.
Ocho rebanadas de pan carbonizadas, y un montón de bolsitas de tila, escribirían la palabra tristeza. Un periódico doblado por la sección de anuncios, con los de alquiler de pisos de un dormitorio marcados a bolígrafo, puesto al lado de dos botes de potito, diría “Desesperación”. Cáscaras de pistacho y mondas de patata, medio enredadas entre una bolsa de salvado de avena bendecido por Dukan, y otra de cereales con miel y chocolate, igual a “Desaliento”. Una bolsa vacía de macarrones de marca blanca, una botella de aceite de girasol bien exprimida, y la cáscara de dos mandarinas, “Banco de alimentos”. Una compresa Tena Lady, escondida al fondo de la bolsa de basura, entre hojas feas de lechuga y restos de potaje de lentejas, “Vergüenza”.

Lo que escondemos dice más que cada una de nuestras caretas.

jueves, 10 de enero de 2013

Thermomística

 
Ahora entiendo bien el primer cosquilleo en el ego del que es captado por una secta. Cuelgo el teléfono en el Carrefour con una sonrisa gorda que me ilumina la (ya de por sí iluminada por la sección gourmet) cara. ¿Era ella?, pregunta Jose. Era ella, responde esta monja tibetana en la que estoy a punto de convertirme. Ella es Toñimix, mi presentadora. Mi líder. Toñimix me acaba de contar que ya ha encontrado alguien que guíe mi desamparado deambular por el mundo de la Thermomística, aquí, en Granada. A partir de ahora deposita mi cuidado en las manos solícitas de Patrimix. Que sólo un día después me llama para invitarme a una primera clase, y presentarme a otros novicios como yo.

¿Cómo, que todavía hay alguien que no se ha enterado? Ovejitas descarriadas, ¿no sabéis que me he venido del pueblo con la Thermomix puesta?¿Y que la he pagado a tocateja, con dos ovarios, y bastantes más euros? Es posible que esta noticia bomba contradiga el tono de aquel post deplorable en el que esbocé un plan para obtener el aparato mediante sablazos a amigos y familiares. Pero creedme, el año nuevo me ha cambiado en materia pecuniaria. El mismo día 31, cuando el 2012 ya había recibido la extremaunción, y yo ayudaba a poner la mesa para la cena, me caí del caballo como San Pablo: yo quería ese cacharro. Me habían hecho una muy buena propaganda, y gente que me conoce de sobra, y que me quiere, juraba y perjuraba que éramos almas gemelas, la Thermomix y yo. Tenía pasta de sobra para comprarlo. Y eso es exactamente lo que iba a hacer, en cuanto amaneciese el primer día hábil.

Pero, pasada la euforia de la Nochevieja, la conversión no fue tan espontánea. El mismo día uno, la parte más austera de mi raciocinio consideró que, si llevaba cerca de quince años cocinando con cazuelas, sartenes y salpicones en la hornilla, con resultados bastante aceptables, bien podía pasarme otros tantos, o más, dale que dale a la cuchara de palo. Mi mundo no necesitaba un cacharro más, ávido de electricidad. No necesitaba establecer un nuevo vínculo emocional con un objeto. Y podía pasar perfectamente sin atarme a una enésima posesión. Una, dos, trescientas veces cavilé; ochocientas eché mano de argumentos ecológicos y psicosociales de semejante calaña. Y así, abogando por una vida sencilla, me ocultaba a mí misma que lo único que me retenía para comprarla eran los más de mil euros de gasto.

El segundo día del año, justo antes de salir de excursión por Despeñaperros, abrí al azar un libro de Vila-Matas que estaba leyendo mi tía, y me topé con una referencia al sórdido personaje automático al que uno termina imitando día tras día. No pude evitar sentirme aludida. Rápidamente identifiqué a ese personaje del que yo no consigo desprenderme: su cháchara mental, que ensucia como con mocos hasta la cuestión más trivial. Su incapacidad para decidir de manera tajante. El hábito de dejarse influir por discursos heredados. Su actitud gazmoña y campesina frente al dinero. Con la leche de mi madre aprendí que el dinero es una cosa muy seria y digna de todo respecto. Que era vital no causar el menor quebranto a ese ente abstracto que duerme en el banco.

Así que, de vuelta ya al pueblo, y por gusto de divorciarme de mi personaje, fui por la tarde al cajero, y sin pega alguna, saqué los mil dichosos euros. Los deposité en un bolsillo del abrigo de Jose, que es mucho más cuidadoso que yo, y gesticula mucho menos con los brazos. Y al rato los saqué de ahí para ponerlos en la mano de mi prima Ana, que hacía de intermediaria. Tan simple como eso. En total, el dinero estuvo en mi mano no más de veinte segundos. Como billetes del Monopoly. No existía antes de esa transacción. Y ahora, milagro, se ha convertido en ese cacharro que me ha hecho cambiar toda la disposición de la cocina. Una cuenta corriente es una cosa tan matemática, que se parece bastante a la nada.

Ayer mismo saqué a la criatura de su caja, con una reverencia casi religiosa. Merodeé en torno a ella, temerosa de ponerle encima mis patosas zarpas. Y, poco a poco, la desmonté, estudié sus partes, y la fui lavando, concienzudamente, como si la preparara para un bautizo, o una boda, o un entierro. Pulsé sus botones. La sentí ronronear de gusto, y poco me faltó para creerme el Doctor Frankenstein. Y luego le ofrecí una primera ofrenda. Un kilo de cebollas. La froté como a la lámpara maravillosa. Y en tres segundos, la hortaliza del diablo quedó reducida a escombros, que ni en Hiroshima se vieron tan pequeños. Quise llorar. Y ya no pude echarle la culpa a los gases azufrados de la cebolla.

Sólo tengo una pega: el nuevo personaje automático que he creado. Sinceramente, me preocupa su estabilidad mental. No puede dejar de pensar en la elaboración de dos, tres, hasta cuatro recetas simultáneas. Deambula por la página Facebook de Thermomix. Cuenta las horas que le quedan para conocer a sus acólitos. Se pasa el día con ganas de llamar a su prima y a su tía, que fueron captadas previamente, para chismorrear con ellas sobre la liturgia del invento. Le molesta encender la hornilla aunque sea para poner la cafetera. No sé, creo que se ha dejado caer en las redes de una secta.


Mi tesssoooro


miércoles, 9 de enero de 2013

Diccionario abreviado del estado de excepción

Amor:

Supongo que lo hace porque mi frío le duele más que el suyo propio. El cuarto de baño de la casa de mis abuelos está en un rincón del patio, y bañarse de cuerpo entero, en invierno, es una heroicidad para la que la blandura navideña no nos ha programado. Ella me pone una mano sobre el cuello, y me hace agachar la cabeza sobre el lavabo. Con la otra, sujeta el mando de la ducha. Luego me enjabona, me rasca, me masajea, me frota las orejas. Yo hago pedorretas, como si tuviera seis meses y me hubiera entrado agua por la boca. Las dos nos divertimos un rato, igual que hace más de treinta años. Con la ventaja de que, ahora, también yo tengo la oportunidad de saber que este momento en que mi madre me lava el pelo es un pedazo de intimidad en bruto que, al menos a mí, me acompañará adonde quiera que vaya.

Baile del Caballo:

El año que comienza con una pareja que consuma semejante danza tribal en el salón de una casa vieja, mientras la madre y la tía de la moza se van quedando dormidas en los sillones, no puede ser un mal año. Los cuatro, mozo incluido, llevan todavía los labios pintados de rojo, a pesar de las uvas, del besuqueo posterior, del cava, porque a la descerebrada que baila se le ha ocurrido, justo antes de la cena, ese pequeño rito de bienvenida. Y a pesar también del pragmatismo de esta-es-una-noche-cualquiera, han sacado un mantel bonito y servilletas de tela, se han servido una cena ligera pero buena, hasta se encendió una vela. Un año que comienza con unos cuantos gestos gratuitos y alegres no puede ser nunca un mal año.

Mi reino por un canapé de cecina y membrillo

Ciudad Encantada:

El lugar así llamado en los mapas no se merece el nombre. Un puñado de piedras no más alucinadas que las de cualquier lugar donde haya piedras grandes. Un montón de pinos, como pareos puestos para ocultar la poquita cosa de una anatomía. Un aire como de postal hiperpigmentada de los años del desarrollismo franquista. Y una ausencia flagrante de recuerdos de la niña que fui y que se supone que paseó por esos andurriales. En cambio, Cuenca... Llegamos de noche, y primero fue una subida tremenda, y luego bajar, bajar, bajar, por calles mal iluminadas con puntos de luz flacos como antorchas. Como apenas si se veían trozos de cielo entre los edificios altos, me costó poco imaginar que andábamos por una ciudad subterránea, un meollo kárstico colonizado a duras penas por los humanos. De día, sin embargo, la piedra se disuelve, la cueva se derrumba y, oh, mira, ahí está ese manojo de estalagmitas multicolores, adorables, y esas revueltas de cuestas donde la esquina del ojo encuentra un ramalazo lisboeta.

Belén viviente
 
Fotos:

¿Es lícito mantener un idilio apasionado con un objeto? Que se me condene por frívola, que se me cante por las esquinas el Material girl de Madonna, pero cada vez que mi nueva cámara me regale una foto tomada con poca luz, pero precisa, una foto de colores tan cálidos que dan ganas de acariciarlos, una foto que hermosee la realidad, yo derramaré unos lagrimones que ni Romeo.

Con esta foto desfloré dulcemente a mi cámara. Había luz de velas, los ruiseñores trinaban...

Metáfora:

La posada en la que nos alojamos tiene una salita; la salita, un ordenador público; y el ordenador, una conexión de internet infame. En el transcurso de las dos primeras operaciones las uñas me crecen por lo menos cinco milímetros. Abro mi sesión de Blogger. Y ya no puedo hacer nada más. El sistema se bloquea una y otra vez, y lo único que alcanzo a ver es ese tablón desvergonzado que me muestra los cuatro gatos que han visitado el blog en mi ausencia. Mi amor propio vuelve a llevarse un picotazo. Es el cuervo malo del fracaso, revoloteando sobre mi cabeza. Me insinúa que tal vez deba abandonar. Apago el ordenador sin poder cerrar mi sesión. Y, mientras subo las escaleras crujientes que llevan a la habitación, vuelvo a acordarme de la chorrada del Año Nuevo. No puede seguir todo igual, manifiesto, y me lo creo. No puedo quedarme bloqueada ante respuestas de un sistema que no depende de mí. No puedo escribir mientras escucho las notas de la ansiedad por que me lean.

Puente:

Y como no puede seguir todo igual que antes, me atrevo a cruzar una segunda vez el puente. Es metálico y rojo, como deben ser los puentes; cojea sobre una sola pata tremenda, e incita al suicidio hasta al Dalai Lama. La primera vez que lo hice, era de noche, soplaba un viento asesino, y sólo podía pensar en que ni siquiera la ingesta masiva de polvorones de este año iba a salvarme de ser empujada al abismo por una corriente de aire. Atravesé sus sesenta metros con las manos en los bolsillos y la cabeza gacha, como una lunática, y con un paso entre trote y galope. Cuando llegué al otro extremo, dije “ah, sí, las Casas Colgadas, muy bonitas”, y a dios volví a poner por testigo de que jamás volvería a etc, etc. Pero al día siguiente, con una luz solar absolutamente precisa en lo que se refiere a la magnitud de los abismos, me tragué mis promesas, y volví a cruzarlo. Porque Jose quiso hacer el mismo camino de la noche. Por propia gallardía. Porque me gusto cuando hago cosas que el miedo me tiene vetadas. Esta segunda vez fui lentamente. Me fijé en lo que deben de fijarse los turistas profesionales. Me fijé en los candados de novios que probablemente ya habrán roto. Me fijé en el río que, allí abajo, parecía una tira de papel de aluminio en el belén. Me fijé, lo reconozco, en las caras de la gente con las que nos cruzamos, para detectar posibles intenciones homicidas.

Thermomística:
¡Ah, pero esta entrada se merece un tomo enciclopédico completo!

martes, 8 de enero de 2013

El fin de la indulgencia


Así que aquí estoy de nuevo. Nerviosa, como si esperara en el banco de una plaza a ese tío que me enamoró hace tres años, y que no he vuelto a ver desde entonces. ¿Seguirá habiendo aquella conexión loca entre nosotros? ¿O descubriré, al primer “qué me cuentas”, lo ciega que estuve entonces? En tales momentos, una echa de menos la seguridad de su salón y de su soledad libre de interrogatorios. Y yo, ahora, echo de menos las largas tardes paralíticas en las que la imagen de estar escribiendo era otro de esos villancicos ininteligibles, que te suenan tanto como tu propio pulso en el oído, cuando aprietas la cabeza contra la almohada, pero cuyo estribillo, analizado objetivamente, eres incapaz de descifrar. Hace poco leí que para que una nueva destreza llegue a convertirse en un hábito, es preciso practicarla habitualmente durante un periodo mínimo de dos meses. Yo sólo he necesitado diez días para desaprender mi rutina de escritura.

Me he estado levantando de la cama crujiente de mis abuelos, volviéndome a acostar, y entre medias, me he limitado a tomar en una libreta unos cuantos apuntes diarios de libertad completamente chabacana. Sabía que eso no era lo que yo acostumbraba a hacer. Que era como si un atleta de élite, salvando años luz de distancia, se consolara de abandonar su entrenamiento andando a trote cochinero, de escaparate en escaparate. Anotaba mis estados de ánimo, con los dedos agarrotados por el frío y la pérdida de costumbre de escribir a mano, dispuesta a no desengancharme del todo de esa hechicería de ordenar la vida vaga en palabras. Pero no había juego, ni chispa, y sólo un poco del mundo de alrededor. Pinceladas de viñetas familiares, tomadas con esa pereza apresurada propia de la hora que rodea al sueño. Un boceto esquemático de retrato. Una guía de viajes a Cuenca tan escueta como un billete de autobús. Un montón de frases sucias de sentimientos, impublicables. Conforme las escribía, me iba sintiendo cada vez más frágil. Me maravillaba de que esa mano, a la que le costaba llenar más de dos páginas de tamaño cuartilla, fuera la misma que antes zapateaba al compás con la otra mano, sobre la pista de baile de un teclado. Me asaltaban dudas feroces sobre mi vínculo con la escritura. Realmente, si dejar de escribir acarreaba tan pocos síntomas, si no lo echaba de menos más que un minuto al día, es que mi implicación era del mismo calibre que la que me mantuvo yendo al gimnasio, exactamente hasta que dejé de ir, y los días se fueron acumulando y se convirtieron en un año. Y temía que se me secara la fuente de blog, y que no se me ocurriera ya nada que no fuera instantáneo, o que fuera un poco menos perecedero que las cabezas de las gambas.

Hasta que la misma víspera de Reyes me regalé un indulto. Silvia, me dije, estos días vives en estado de excepción. Todos lo hacen. Tú misma lo haces. Comes más de la cuenta. Tu nivel de glucosa en sangre empalagaría hasta a las moscas de agosto. No lees nada. Apenas escribes. Te manejas tan ricamente con las elementales funciones del piloto automático. Prestas poca atención. Estás hasta el gorro de excursiones y escapadas. Pero escucha: tienes permiso para dejar la voluntad en la guantera del coche, al menos durante los tres días que quedan para que el mundo vuelva a ponerse en marcha. Que todavía es Navidad, mujer, época para disolverse en el nido familiar. Se te concede poner en suspenso tu trayectoria individual. Puedes aparcar todos los proyectos. Puedes desmontarte minuciosamente. Ya te armarás de nuevo, cuando estés en Granada.

Pues bien, ya he vuelto a Granada. Esta mañana me despertaron los niños que suben la cuesta camino del colegio, en lugar de la María, que todas las mañanas, allá en el pueblo, enrolla su persiana de madera a eso de las nueve menos diez, para que un fogonazo de niebla manchega ventile su habitación. Como siempre jaleaban, los niños, se gritaban como si no hubieran descubierto aún la cruel noción del despertador. No parecía haber en sus voces ni un rastro de las vacaciones recién terminadas. No arrastraban por el suelo pies, mochilas o caras. Y luego, a mediodía, Jose y yo hemos rescatado un rosconcito de Reyes superviviente en el Carrefour, y lo hemos echado al carro, porque el viaje a Cuenca nos dejó con las ganas de natuza y de sorpresas escondidas. Eso a pesar de que, ayer, a dios puse por testigo de que jamás volvería a merendar guarradas.

Queriditos, queriditas regresadas al redil, me enorgullezco de proclamar que he cumplido mi promesa. He desoído los cantos de sirena de mi cerebro yonqui, y me he limitado a chupar el cuchillo con el que Jose, ese bendito ser libre de autoexigencia, se ha cortado su porción de roscón. Y aquí estoy, desempolvando el vicio de las palabras. La máquina esta fría, y cruje como cadera de abuela. Pero no tardará, espero, en recuperar la soltura. La calidad de mi vínculo con la escritura es una cosa medio abstracta que ya no me interesa. Quiero repetirlo de nuevo, porque me suena bien: estoy aquí. Y eso sí me interesa.