martes, 29 de enero de 2013

Una enfermedad rara

 
Y a partir de yo no sé qué kilómetro, empiezo a notar algo. No uno de esos mareos, creo que psicosomáticos, que me acosaban de estudiante, cuando deshacía en autobús el camino que se supone que había escogido para convertirme en adulta. Entonces era ocupar un asiento junto al pasillo, oler el desodorante del vecino mezclado con el humo de la estación, y empezar ya con las arcadas, antes de haber llegado siquiera a Santa Fe. Sin embargo, algo de esa blandura previa al mareo sí que identifico, una falta de consistencia que en sí no es desagradable. Es sentir el cuerpo, y sus tiranteces, y su manojo de tres o cuatro posturas rígidas, en sordina. ¿Sentirán algo parecido los que se mueren sólo durante unos segundos?

Y es también una especie de somnolencia. Rara. Los párpados pesan, pero por debajo de ellos el mundo no amenaza con disolverse, como cuando te vas quedando dormido. Todo lo contrario: primero es la Sierra, que está redonda de tanta nieve, y azul como una sinfonía alemana. Y luego la felicidad hecha paisaje, a la altura del Valle de Lecrín, con sus olivos espigados, y entre ellos, los naranjos, y los almendros también nevados. Una de esas estampas que sirven de base para crear leyendas de nostálgicas princesas árabes. Todo lo que el ojo entrecerrado ve parece más nítido y vivo que nunca. Es como esa clarividencia propia de algunos sueños, y quizás por eso a los párpados les parece normal ir cayendo.

El que conduce a mi lado habla, y aunque no diga más que mira qué bonito, o ¿te acuerdas del viento que hacía la última vez que pasamos por aquí?, a mí me parece un prodigio de sentido. ¿Puedo hacer otro símil idiota? Ahora soy uno de esos personajes de cuento o mala película que, en el transcurso de una noche, es capaz de aprender el idioma de la tribu exótica que lo ha acogido en su peregrinaje. Miro a mi piloto, y menos mal que va concentrado en la carretera, porque si pudiera mantenerme la mirada durante algo más de tiempo, tal vez se llevase la impresión de que me estoy volviendo lerda. Y quizás es eso, o quizás sólo que estoy escuchándole como pocas veces antes. A lo mejor ni siquiera lo escuché así la primera vez que me dijo te quiero. Sé por qué pasa esto. Hay un silencio nuevo en mi cabeza, y las palabras ajenas rebotan dentro, por aquí, por allá, creando ecos y resonancias casi geológicas, como glaciares que se desgajan.

Es un poco exagerado, lo reconozco, y un poco cursi. Y supongo que hasta fastidiosa, la frecuencia con las que últimamente narro episodios de despertar. Pero es que vienen acompañados de un júbilo tan grande, que guardarlos para mí sola me parece usura. A lo mejor tú que me lees eres capaz de descifrar una orden entre líneas. Mira, mira, escucha, mira. El color de los nudillos del chico que ocupa el puesto de al lado, en el cíber. La forma irrepetible de la barra de pan de Alfacar que acabas de comprar. Las lentejuelas sobre la superficie del mar. La queja crujiente de la lata de tomate frito, cuando tiras de la anilla de su tapa. El polvo que una diligencia tan secreta como la de tus intestinos y tus válvulas cardíacas se encarga de depositar en la superficie de la tele. A lo mejor esa orden te sirve para anclarte en una realidad que a veces puede parecerte tan cansina como una frase hecha.

A mí me sirve. Las montañas exageradas de Granada empiezan a parecer China conforme nos acercamos a la costa. Son una violación, claro, todas esas líneas rectas de las terrazas para la agricultura, pero el sol brilla tanto sobre las hojas de los aguacates, que la transformación del paisaje original se reviste esta vez de una bondad de cosa antigua. Vamos llegando a Motril, y el fantasioso de mi olfato se empeña en oler a salado. Y ya estamos aquí, en la charca, apartando las eneas, acarreando en la suela de las botas, como abejas, nuestra ración de barro putrefacto. Los patos nadan sin asustarse de nosotros, y contemplándolos, las hembras sositas, el derroche de la cabeza verde de los machos, descubro por fin que es lo que me pasaba durante el viaje.

Que no necesito nada que no tenga ya.

5 comentarios:

  1. ...al menos , en los próximos minutos, ¿no?.

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  2. Hola no se que poner, pero quiero que sepas que te leo.

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    1. Qué consuelito dan esas palabras, amiguito

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  3. Anónimo entre comillas31 enero, 2013 23:34

    Por favor, no te guardes nunca esos despertares; a mí me parecen una prodigiosa ración de hiperrealismo.
    El Valle de Lecrín, "la felicidad hecha paisaje"; parece que lo tuvieron fácil para buscar el nombre ¿verdad? Estaría bien ser la nostálgica princesa de tu leyenda, aunque sólo fuera el tiempo que dura un sueño...

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    1. Es que a veces me da cosita de resultar una pesada con mi candorcillo sensorial. Desde aquí ratifico que mi té verde carece de otro tipo de sustancias verdes.

      Y esos olivos que tanta rabia dan en otros lugares, que estilizados, qué bonitos, a esa altura agradecida de la provincia.

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