sábado, 17 de noviembre de 2012

Todo lo que está por empezar


Cerca del mediodía todavía estoy revoloteando. Jose me espera con el abrigo puesto, para salir a la compra. Yo entro y salgo por las cuatro habitaciones de mi casa, con una zapatilla Converse a medio meter en el pie izquierdo, y una pantufla en el derecho, con la pistola limpiacristales en la mano izquierda, y el portaminas en la derecha. No quería que las nuevas tareas adultas que están invadiendo mi cabeza se borraran con las manchas del cristal de la mesa. Y no quería seguir vaciando la mochila que me llevé a Córdoba sin antes lavarme los dientes. Por eso, un momento antes de mi estrabismo zapatil, me he visto en el espejo sujetando todavía un folleto sobre el reforzamiento de poblaciones manchegas de conejo, mientras echaba espuma por la boca.

No de rabia. De nervios. Desde que me he levantado del sofá, no dejo de entreverar una acción en otra, en otra, en otra. Y eso debe de tener un nombre científico. Yo lo llamaré dispersión histérica. Empiezo una cosa y, antes de completarla, empiezo otra, y lo curioso es que no voy dejando nada a medias. Soy una especie de mujer orquesta de la tarea doméstica. Puede que este sea el más importante de los siete hábitos de las personas altamente inefectivas, pero el caso es que a mí, hoy, me funciona. Porque estoy eufórica. Hiperactiva. Y aunque ese estado pueda merodear peligrosamente por el territorio de la esterilidad, yo lo prefiero al tipo de ansiedad que me genera no saber qué hacer a continuación. Una de las frases que repetí durante mi infancia hasta que todas sus letras se volvieron redondas fue “me aburro”. Noticias frescas: esa niña pasiva que esperaba a que un hada madrina le resolviera sus problemas de juego ha muerto. Yo ya no sé aburrirme. Sí, puede que tenga una maraña de ideas en la cabeza. Pero sé dónde están las puntas del hilo. Y también tengo paciencia.

Ayer pasó algo parecido. La escena es asín: estoy comiendo sola en un garito atestado, a un paso liliputiense de la Mezquita. El camarero acaba de traerme mi media ensalada de berenjenas asadas, y yo no sé qué me alboroza más, si la perspectiva de comer, por fin, algo no pasado por una freidora, o la de refugiarme en mí misma durante una hora corta. Tengo mucho en que pensar, y eso me pone. Llevo cerca de treinta y dos horas, con un breve interludio de cuatro para el sueño, sentada junto a forestales, malcomiendo con forestales, peorbebiendo con forestales, hablando con forestales, haciendo como que escucho a forestales. Igual que el Rocío, eso es una coza mu grande que no ze pué explicá. Hay que estar muy preparado para practicar semejante deporte de riesgo. Y yo ahora necesito tomarme un respiro en medio de este entrenamiento bestial. Mi sangre se volverá salmorejo si vuelvo a escuchar otra anécdota de furtivos; o una condena más al Aparato Administrativo; u otro chascarrillo picarón; o más golpes en el pecho; o quejas amargas sobre la falta de vocación de las nuevas generaciones.

Pero por fin estoy sola, detrás de mi ensalada, primero, y de mi adultísimo café solo sin azúcar después. Y no encuentro manera de ordenar todos los discursos y estrategias que se me amontonan en la cabeza. Miro dentro de mí, y a mi alrededor, en busca de imágenes – espoleta, y sólo veo ruido y raciones de rabo de toro llevadas en volandas. Saco la libreta del bolso, me abraso la lengua con el café. Hojeo páginas salpicadas de semillas de ideas, y de entrevistas que tengo pendiente de hacerme a mí misma, si quiero extraer una serie de directrices vitales. He usado bolis de tantos colores que mi libreta parece un plano del metro de Nueva York. Necesito una pista para empezar a pensar, y los minutos de mi hora de soledad se agotan. Los ojos me duelen de sueño. Debería haberme acostado más pronto, anoche.

Entonces me acuerdo de la dulce habitación del hostal que pagué esta mañana. Y vuelve a mí esa calidez que sentí al entrar por primera vez en ella, la tarde anterior. Las paredes blancas, el alto techo artesonado que sobrevive del antiguo convento que era la casa (se llama así el hostal, El Antiguo Convento. Búscalo, si vas a Córdoba. Es barato y por la tarde te invitan a café y bizcocho casero, y el chico que te atiende comprende al vuelo tu necesidad sobrevenida de palique), el suelo hidráulico, la camita mullida como un nido. Todo eso puntúa y redondea el bienestar que me embarga, pero su médula está en otra parte. Está en mí. El calor es el mío propio. Soy yo, entrando sola en una habitación extraña, sin más carga que una mochila con un cepillo de dientes, un pijama, mi libreta y la crema hidratante. Es esta autonomía reconfortante. Este no necesitar asideros, y esta intuición de estar a punto de zampar a la vez de varios puertos.


Una doble para mí sola a 22'50. Con opíparo desayuno!!


En el bar, me recuerdo tendida sobre el edredón blanco, con los pies colgando al borde de la cama y los ojos cerrados, felizmente recostada en la i latina de la palabra vaivén. Cierro la libreta, y me doy cuenta de que la pista que buscaba en su interior es precisamente este momento, este ahora concreto en el que no estoy en ningún sitio y estoy en todos. No importa cuál será el primer paso, por dónde empezaré a pensar, o qué pregunta, de entre las que llamé incómodas en el post anterior, responderé en primer lugar. No importa si todavía no he asentado firmemente mi estrategia. No importa si esto no ha terminado siendo lo que yo quería escribir hoy. No importa si esta mañana ha sido un desbarajuste de pies y manos que no rimaban entre sí. La mochila ya está recogida, las camas hechas, la nevera llena de verdura. Y lo único que importa es esta absoluta disposición mía a empezar.

7 comentarios:

  1. Ese es el espíritu que debe habitarnos!.

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    1. Pos aplícate el cuento, hermosa. A empezar.

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  2. De premio nobel la frase del vaivén!!. Me encanta!
    Laura

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    1. Aunque mi mamá me diga que no está bonito decir cosas asín, debo reconocer que a mí también me mola esa frase. De hecho, iba a titular el post de esa manera: la i del vaivén.
      Un beso

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  3. Hija mia por qué no te dedicas a la escritura de intriga?

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    1. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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    2. ????!!!!

      Y no le quedó más remedio que matarla.

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