domingo, 17 de junio de 2012

El carnet de conducir explicado a un arqueólogo del siglo LXXI


Estimado Arqueólogo del año 7012:

Nos separan cinco mil años, y a mí, con suerte, me quedan unos cincuenta de vida, así que perdona si no me distraigo con ceremonias epistolares. Lo que te acabo de decir te vuelve a sonar a chino, ¿verdad? Sí, a chino, el idioma más hablado de este planeta. Síiii, idiomas, tenemos un montón de idiomas diferentes para hablar entre nosotros. ¿Desde cuándo? Pues supongo que desde el mismo momento en que se empezó a articular el lenguaje hablado. Ya, ya sé que vosotros no le dais a la lengua. Empezamos bien. Mira, ya te hablaré otro día sobre cartas y otros medios de comunicación. Hoy voy al grano. Deja que te cuente algo sobre mi experiencia con los coches.

Primero unas cuantas generalidades, de las que espero que ya tengas noticia (porque si no, empezaré a dudar de la disciplina arqueológica de tu tiempo):

  1. El coche es el medio de transporte por excelencia de mi sociedad.
  2. El coche es el dueño y señor de las ciudades, que es donde la mayoría de nosotros vivimos: ocupa sus calles, tiene prioridad de paso sobre las personas, y le da al aire un color y un aroma muy especial.
  3. Un coche fomenta en ti la ilusión de que, si puedes ir adonde quieras, eres libre.
  4. Si no tienes coche la gente te mira raro.
  5. ¿Y qué es un coche? Pues ni más ni menos que un habitáculo metálico dotado de cuatro ruedas que se mueve mediante la combustión de varios derivados del petróleo (¿recuerdas? Nuestro líquido vital), y la dirección de un ser humano.
  6. Pero no todo ser humano puede conducir un coche. Para ello hace falta que un organismo oficial compruebe que estás capacitado: te hacen un examen, y si lo superas, te entregan un trocito de papel o plástico, sin el cual no se te permite conducir. Efectivamente, el llamado carnet de conducir.

Te hablo de esto porque esta semana he tenido que hacer gestiones para renovar el mío. Ya hace la friolera de diez años que me lo dieron por primera vez (ay, pero que son estos diez años míos frente a la barbaridad de tiempo que nos separa. Te da ternura, ¿verdad?) y, déjame que te confiese, para mí fue todo un trauma. Aprender a conducir me costó una cantidad morbosa de tiempo y dinero. Tiempo mío, y dinero de mis padres, todo hay que decirlo. Eso te da una pista de cómo andaban las cosas, al menos en el mundo occidental, cuando yo era veinteañera: los jóvenes de clase media éramos criaturas delicadas, animalitos domésticos acostumbrados a que nos proporcionaran alimento, abrigo y juegos, a cambio de nada. A mí, que nací justo cuando mi país empezaba a creerse que era un lugar moderno y civilizado, nunca se me llegó a pasar por la cabeza que mis estudios universitarios o mi carnet de conducir tuvieran que provenir del sudor de otra frente que no fuera la de mi padre.

Así que, inconsciente como una cigarra, tuve que recibir un número X de clases antes de aprobar el examen (obviamente, ese número X jamás será desclasificado) ¿Qué me pasaba? Yo no era ni mucho menos la persona más lerda de mi generación. ¿Por qué era incapaz de pisar un pedal con el pie izquierdo mientras hacía un movimiento en ele con la mano derecha? ¿Por qué no podía mirar por un espejito situado a mi derecha sin que todo mi cuerpo, y con él, el coche, se me fueran con cierto peligro para la derecha? Estaba claro, conducir era una capacidad que aberraba a mi peculiar coordinación neuromotora. Clase a clase (y mes tras mes: las hojas de los árboles (te contaré también lo que son los árboles) pasaban del verde al amarillo al marrón al verde, y en mi autoescuela vieron toda la ropa que por entonces cabía en mi armario), me fui refinando, aprendiendo esa sutil coreografía, y perdiéndole el respeto a los salvajes marbellíes (habitantes de una famosa ciudad muy próxima a la mía) que conducían a mi lado. Y clase tras clase, mi profesor, que era de Olvera, y metía una zeta en cada palabra, insistía en decirme que todavía no estaba preparada. A lo mejor es que la lastimita engreída e impaciente que me tenía al principio se fue transformando en deseo.

El caso es que por fin aprobé, y por fin pude meter en mi bolso el dichoso carnet, que se mantuvo virgen hasta que al año siguiente empecé a trabajar. Para entonces todas mis nuevas habilidades conductoras se habían disipado. El proceso de reaprendizaje, a lomos de un cuasi-coche montado en la Edad de los Metales, fue igual de penoso. Metí el trasto en mil cunetas, casi acabé con la salud vertebral de mi compañero de trabajo, a fuerza de tirones, y una vez me quedé varada en un paso a nivel cuando las barreras ya estaban bajadas. Pero, después de mucho carril pedregoso, y mucho barro y mucho polvo, me hice una con los pedales y volantes. Me compré un coche. Llené su maletero repetidamente con el fruto de mi locura consumista de entonces (bragas, bragas, blusas, libros, discos, libros, discos, bragas). Ponía música alucinante en su radio. Conducía cerca de una hora para tomarme un café a Tarifa.

Después de esta trayectoria, ¿no te parece insultante la facilidad con la que he renovado mi carnet esta semana? Un médico sirio que apenas sabía mi idioma (que sí, que te hablaré de idiomas en otra ocasión) me pidió que identificara un par de letras pequeñitas y el color de un par círculos, me hizo una mala foto, sin darme tiempo siquiera a que me pintara las pestañas, y mi pidió 60 euros (una moneda que está a punto de desaparecer). Ni gota de épica.

Amigo del futuro, ¿no te parece que, vistas desde el retrovisor, las dificultades pasadas son conmovedoras? ¿Mirarás con esos mismos ojos compasivos cuando estudies nuestro siglo? Y un consejo, si tus piernas todavía no se han atrofiado, desplázate con ellas todo lo que puedas. Si es que no os piden un carnet para andar.

3 comentarios:

  1. Anónimo entre comillas17 junio, 2012 22:38

    Conmovedoras para tí, porque tal como lo cuentas, yo no he podido hacer otra cosa que reirme.
    Al menos tu caso ha seguido una secuencia lógica: aprendizaje costoso (nunca mejor dicho), práctica (peligrosa al principio, vale) y renovación sin problemas, ahora que ya eres "una asa" del volante, pero ¿qué me dices del mío? Aprendizaje/exámen, sin dificultad, práctica llevadera al principio y luego como si hubiera metido la marcha atrás, cada vez peor, menos...así que la renovación, sí, como la tuya, sin mirar si era persona, animal o cosa el renovador, un fraude total en mi caso.

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  2. Bieeeeeeeeen!!!!. Volvió el arqueólogo!!!!.
    Laura

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  3. Conque el número X jamás será desclasificado?.La próxima vez que amenaces con mandarme a Prados Soleados lo sabrá cualquiera que lea tus ¡¿articulitos?!.

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