domingo, 19 de febrero de 2012

Mi playa privada


Quiero hacerlo aquí, ahora mismo, en esta cama todavía sin hacer. Quiero escribir sobre el sol, con el sol presente. Hacer lo que esté en mi mano para abolir el retardo que tan bien conoce el que escribe: se vive un poco (o mucho, según el grado de implicación de cada uno) para después escribir lo vivido y, sin embargo, cuando escribes, es como si no estuvieras vivo del todo, o como si vivieras de otra manera. Como si escribieras sobre un personaje y no sobre ti mismo, y tú, el que escribe, fueras un espía de tu propia vida. Hoy no. No voy a esperar a la tarde para dar cuenta de mi día. Nada de luz eléctrica, nada de balances ni de presupuestos. Quiero hablaros de mi playa privada en vivo y en directo.

Son las once y cuarto de la mañana, y no me he puesto todavía las gafas. A veces, cuando no tengo que madrugar, me gusta retrasar el momento de ponérmelas, hasta que me lío con el ordenador, o me pongo a barrer (no le puedo dar la más mínima opción a esas zorras pelusas) o a trastear en la cocina. Leer puedo hacerlo, hasta cierto punto, sin gafas. Basta con cubrirme la cara con el libro. A veces pienso que, en realidad, en esos momentos leo con la nariz. Huelo las palabras. Pero es que me gusta dejar de sentir ese peso perenne sobre la nariz, y cómo de repente se difuminan los contornos, y la realidad se convierte en manchas de colores, como si fuese un cuadro de Kandinsky. Ahora, por ejemplo, con las piernas a lo indio y el ordenador en el regazo, apenas si consigo ver las letras del teclado. Ah, pero he conseguido aprenderme sus posiciones, aunque a mí mis padres nunca me apuntaran a mecanografía, en la lejana época en que eso se llevaba. Las frases de la pantalla... Como si no fueran mías. Quién sabe lo que puedo estar escribiendo, y las palabras que mis dedos deben de estar inventándose. No importa. No voy a mirar todavía, no voy a corregir. Sólo quiero este ruido continuo, el repiqueteo de las teclas, que a veces me suena a lluvia, y seguir teniendo el sol de cara.

Porque aquí, en mi playa privada, donde no hace falta cambiar pijama por bañador, el sol calienta, pero no quema. Este sol de febrero, aunque esté separado de mis mejillas por una ventana, es un don. Consigue que los músculos, acostumbrados ya a las contracciones del frío, se relajen. El cuerpo deja de amontonarse sobre sí mismo, y encuentra espacio. Hay hueco dentro de él para respirar mejor. La piel se siente respetada, como si el aire fuera por fin solidario. Y luego está la fe: el sol hace que te creas que estás donde tú quieras. Si yo ahora dejara de escribir y cerrara los ojos, si apartara el ordenador a un lado y me repantigase en este amasijo de almohadas y sábanas de flores (yo conozco playas así, con la arena sembrada de flores), me olvidaría rápido de que esto es una cama, y este, mi pisito de Granada, y aquello que brilla ahí enfrente, Sierra RequeteNevada.

Igual podría estar tumbada en una piedra blanquísima, junto al mar irreal (por transparente, por puro y por turquesa) de Croacia. O en Bolonia sin levante, salivando ya, a estas horas, por el plato de choco en salsa que dentro de un rato me voy a regalar. O debajo de una encina con la copa como un planetario, a unos treinta kilómetros de Évora. O, como entonces, cuando la casa de mi padre todavía no era más que un chambao de aperos, e íbamos a pasar el domingo a la parcela. Yo me tumbaba, me tumbo sobre los tréboles con el Pequeño País medio desbaratado, estiro los brazos, y los colores de las viñetas se vuelven diáfanos, como una oreja atravesada por el sol. Y ahora me doy la vuelta, y me pongo a examinar el mundo misterioso de las hierbas, chupando un tallo de vinagreta. El sol, la caricia del sol, es el hilo que une todos estos momentos. Estando yo bajo el sol, todo lo demás, el tiempo, el espacio, es intercambiable. Cierras las ojos. Puedes creerlo. Estás aquí, cualquiera que sea su nombre. El sol hace religiones.

Y aquí, como siempre en la playa, tengo a mi libro esperando. El pobre, que pensará de este cacharro, el ordenador, que tantas horas de mi tiempo le está robando. Si me hubierais visto hace un momento, antes de que se me ocurriese compartir con vosotros esta esquinita soleada del mundo. Cómo me reía con las peripecias de “Mi tío Oswald”, de Roald Dahl. Si la querida Marina de massobreloslunes (no la enlazo porque está ahí al lado, en puestos de honor) se paseara por aquí, se encontraría de nuevo con mi agradecimiento. Porque ha sido gracias a su blog que me he reencontrado con uno de los héroes de mi infancia. Cuántas veces, de pequeña, no leería yo El gran gigante bonachón, tantas que apenas puedo ver un helicóptero sin nombrarlo, para mí sola, como el bueno del gigante me enseñó a hacerlo, belimpómpero. Más de una vez me he sorprendido, entre risas, deseando sacarle los zapatos a alguna horrorosa, no sé, a la celadora de mi centro de salud, a la secretaria de mi superjefe, o a Angela Merkel, para comprobar que, efectivamente, todas ellas tienen los pies cuadrados, sin dedos, que, como Roald Dahl le reveló al mundo, es como tienen los pies Las brujas.

El gran Quentin Blake, y sus adorables criaturas hociquilargas.
Y no me había vuelto a acordar de él, al menos conscientemente, hasta que vi el dibujito del perfil y del blog de Marina, que tiene el sello inconfundible del ilustrador de aquellos libros, y leí las recomendaciones entusiastas que la misma Marina anota en el blog sobre la obra de Roald. Ahora, de nuevo, me he topado con esa maravillosa sensación (no, no es una sensación, sino una forma aguda de sabiduría) de la lectura como jolgorio, esa manera de leer de los diez años que casi te ponía a dar saltos sobre la cama. Hace un rato he dejado el libro a un lado. Me quedan muy pocas páginas, y pienso aplazar su lectura para esta noche, cuando ya esté acostada. Quiero dormirme con la misma alegría, con esta levedad que, combinada con el sol, me ha impulsado a escribiros una postal (otras) desde mi playa.

Dos horas después: he cocinado algo parecido a un dhal, un curry de lentejas rojas, que estaba para chupar el plato. Francamente. Dahl/Dhal, especias picantes comunes, rimas curiosas de la vida.

Exquisito, a pesar del cilantro.

Cinco horas después: sigo riéndome por dentro. Es genial ir por la calle portando este secreto de alegría. Se siente una importante y responsable. Dentro de media hora empieza, en el teatro Isabel La Católica, Bienvenido, Mr. Marshall. Voy a tener suficiente energía fotovoltaica en mi cuerpo como para no tener que comer en toda una semana.

Ocho horas después: mi madre me dice al teléfono que nuestra vecina del campo ha muerto. Hay ciertos seres luminosos de los que el cáncer, hijo puta, se enamora. Y ella era tan cariñosa, tan dulce, abrazaba con tanta honestidad y tenía siempre tan poco empacho en decirte cosas bonitas a la cara, que me niego a pensarla en pasado.

Nueve horas después: nerviosa por los últimos tres minutos de la Copa del Rey de baloncesto. Quiero que gane el Madrid para que Jose haga el avioncito por toda la casa. Es tronchante. Es la única persona que conozco que suda de emoción. A veces sale del cine con la espalda empapada.

Casi once horas después: al que empiece a estar empalagado de tanta felicidad dominical le comunico que a) las lleva claras, porque he decidido crear una etiqueta que se llame precisamente así; y b) que no desespere: en breve aparecerá en los mercados la tercera parte (tras las Grandes aberraciones estéticas de la humanidad y las Frases del horror) de la Trilogía de la Grima.

3 comentarios:

  1. No puedo creerlo,ni continuar leyendo,acabo de salir de mi clase de adormecimiento colectivo(yoga)y al pasar por una gran cristalera sobre la que daba el sol de lleno me he pegado a ella deseando una junto a la que sentarme a leer.

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  2. Gasipún y popotraques!!

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